Chapter 15
El carruaje por fin llegó a la cabaña a las afueras de Ciudad Iridia.
En cuanto Naima la divisó al girar por un camino, se apeó del vehículo con rapidez y salvó los últimos metros volando a ras de suelo, dando pequeños saltitos e impulsándose con las alas, que hicieron aparición con presteza; en las últimas horas su amante había empeorado demasiado y ya hasta le costaba respirar. Tenía que conseguir el antídoto ya.
Mientras se desplazaba hacia la vivienda, el aroma de las flores del bosque se introdujo en sus fosas nasales y trajo consigo recuerdos que la embargaron, reminiscencias de una época pasada en la que ayudó a los supervivientes de la guerra contra Argentos por las minas de metales preciosos.
Fiz, el propietario de aquella cabaña, era uno de ellos.
Encontró la choza tal y como la recordaba, nada había cambiado en apariencia.
Mantenía el tejado de tablas de madera, la fachada de piedra vista y las ventanas de formas irregulares.
Y en el umbral de la puerta se encontró con alguien que llevaba tiempo esperándola y que le cortaba el paso al interior de la vivienda.
—Naima… Has venido.
A la diosa se le atragantó el tono de esperanza con el que su antiguo amante había hablado. No era el momento de aquello, tenía que conseguir el antídoto.
—Fiz, creo que tienes algo para mí. Dámelo y luego hablamos todo el tiempo que quieras.
—Te marchaste sin decir adiós, como si fueses a volver de nuevo al día siguiente, pero no regresaste. Te estuve esperando mucho tiempo.
—De verdad, lo hablamos en cuanto me hayas dado el antídoto.
—¿El botecito que me trajo el dios?
—Ahora es semidiós —apostilló ella.
—Ya me advirtió de que me lo pedirías para dárselo a tu nuevo novio. Que si venías hasta aquí era solo por ese motivo que nada tiene que ver conmigo, con nosotros —expresó dolido.
—No hay tiempo para esto ahora mismo. —Se empezó a desesperar—. En cuanto me lo des, podremos hablar.
—¿Es por él que dejaste de venir a verme? ¿Qué tiene él que no tenga yo? Me salvaste, te quedaste conmigo, me amaste. Y luego te marchaste.
—Fiz, dámelo. Ahora.
Se plantó firme frente a él, dando un paso en su dirección y dispuesta a hacerse con el antídoto aunque fuese a la fuerza. El hombre retrocedió un tanto, conocedor del poder que albergaba aquella delicada mujer.
—Claro que te lo voy a dar —convino—, tan solo quería hablar contigo antes de que te marches otra vez.
—Luego.
Una orden. Una promesa.
Fiz asintió y desapareció en el interior de la vivienda.
Naima lanzó miradas furtivas hacia el carruaje, preocupada por el estado de su compañero.
El hombre no se demoró y apareció enseguida con el brebaje que le salvaría la vida a su actual amante.
La diosa se acercó y alargó el brazo para tomarlo, pero el viento se levantó y, antes de poder tocar siquiera el frasco con la punta de los dedos, alguien se interpuso en su camino y la botella de cristal desapareció de las manos de Fiz.
—¡Zephyr! —gritó enfadada, pues, aunque no había llegado a verlo, sabía sin lugar a dudas que se trataba de él.
—¿No pensarías que sería tan sencillo, verdad? —sonrió el semidiós apareciendo junto a la choza con la botellita en la mano, agitando su contenido con diversión.
Fiz se vio venir el conflicto y se quitó de en medio, cerrando la puerta con pestillo al huir. No obstante, asomó la nariz por la ventana para cotillear sobre lo que sucedía en el exterior de su casa.
—Dámelo —exigió la diosa estirando la mano, esperando que su oponente depositara el antídoto sobre ella. Pero esto no iba a ocurrir.
—Aún hay algo que quiero que hagas por mí. —Se acercó con pasos lentos, cerrando la mano con firmeza alrededor de la botellita de cristal.
—Primero el antídoto.
—Quítamela. —Se señaló la máscara verde que cubría su rostro. Naima negaba con la cabeza en silencio—. Tú me la pusiste, ahora te exijo que la retires.
—No puedo —respondió con calma, incluso con lástima.
—Cinco años han pasado desde que me castigaste con ella, ¿no ha sido suficiente condena?
—No es tanto en la vida de un dios, o semidiós. Aún estoy decidiendo si me arrepiento o no de semejante castigo, pero sabes que no puedo quitártela, no funciona así.
—Quiero recuperar mis poderes, mi estatus.
—Dame el antídoto, Zephyr, y no sumes con la muerte de ese hombre inocente un nuevo error a tu ya de por sí larga lista de malas decisiones.
—Quítamela. —Era una súplica y una amenaza en una misma palabra.
—El antídoto. —Volvió a alzar la mano para que se lo entregara—. Se está muriendo ya. Es ahora o nunca.
Zephyr la observó desde el interior de aquella maldita máscara que mermaba sus poderes y que no había podido quitarse en cinco largos años.
—Tú puedes evitarlo. No te conviertas en un asesino a sangre fría, por favor. Eso sí que no podría perdonártelo jamás, hermano.
«Hermano». Zephyr entrecerró los ojos ante la mención de aquella palabra. Hacía tanto que no la escuchaba… Se recompuso, trató de fingir que aquel apelativo no le había afectado en absoluto.
Pero Naima lo conocía mejor que nadie, habían crecido juntos. Hermanos. Amigos. Inseparables. Hasta que Evonne lo embaucó. Sabía muy bien lo que rondaba por su cabeza en aquel instante, así que insistió.
—La vida de ese hombre está en tus manos, elige con sabiduría. No cometas un fallo del que no habrá vuelta atrás.
Zephyr aprisionó la botellita con más fuerza, tanta que Naima pensó que iba a romperla, que la posibilidad de salvar a su amante se derramaría entre los dedos de su hermano pequeño junto con el líquido anaranjado, pero en el último momento, cuando creía todo perdido, Zephyr bajó la cabeza y alargó la mano.
Se la estaba ofreciendo. ¿De verdad había recapacitado?
¿Estaría volviendo a ser el hermano que ella conocía?
La diosa se acercó con prudencia, aún no terminaba de fiarse de él, sin embargo, se llevó una grata sorpresa al comprobar que le entregó la botella sin dobleces, sin juegos.
—Gracias —expresó mientras acariciaba su mano con disimulo al tomar el frasquito. Y corrió de vuelta al carruaje.
Zephyr dio varios pasos en esa dirección, atento a lo que sucedía en el interior del vehículo.
Escuchó cómo el tapón de corcho era retirado, el trago del hombre al beber el antídoto que él mismo había preparado.
Luego tosió, una vez, otra, hasta que se hizo el silencio.
El llanto de su hermana hizo que casi se arrepintiera de no haber seguido la fórmula al pie de la letra, de no haber incluido todos los ingredientes a conciencia.
De haberle tendido esa última trampa a su hermana.
Pero entonces recordó que Naima le había entregado los zapatos de Evonne a aquella humana que viajaba hacia Ciudad Boreal y todo rastro de posible arrepentimiento se esfumó. Debía encontrarla y recuperarlos.
—No sabía que en tu corazón aún albergabas esperanza para mí. No debiste hacerlo —expresó en un susurro antes de dar un salto hacia el firmamento.
Se concentró en la ráfaga que tiró de él hacia adelante y que lo llevaría hasta Argentos, el país que lo veneraba a él. Allí él era el rey.