Hasta la última gota Chapter 14
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Chapter 14

Argentos quedaba ya atrás y ahora el carruaje discurría por el bosque de Paladias, el cual adquiría unos tonos rojizos que a Naima siempre impresionaban.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que lo hubo pisado, la larga vida de la que gozaba por ser una diosa le había llevado por otros derroteros, pero, debido al forzoso regreso, comenzaba a rememorar las largas temporadas que pasó allí y el sentimiento de paz que el bosque le transmitía por aquel entonces.

Las minas de metales preciosos, famosas por la variedad de minerales que se encontraban en su interior, con los que luego los artesanos fabricaban las más bellas y aclamadas joyas, eran lo que le había llevado a Paladias aquella última vez, hacía ya cinco años.

Una explotación joven, recién descubierta por los humanos que allí habitaban, y que tuvo que defender ante la codicia de otros.

Metallia se dividía en cinco grandes países: Platinia, Auria, Cuppros, Argentos y Paladias, que a su vez estaban bajo la protección de algún dios, al que los habitantes rezaban, honraban y realizaban festejos en su honor.

Y allí, en Paladias, era a ella a quien las personas imploraban.

Por ello se vio en la obligación moral de terciar en la lucha cuando el dios Zephyr trató de invadir Ciudad Iridia con un ejército de humanos para hacerse con el control de las minas, algo que la enfadó muchísimo, pues los dioses no intervenían ni tomaban partido; su misión era guiar a las personas y darles algo en lo que creer, nada más.

Pero Zephyr no era el mismo desde que había conocido a Evonne, a quien había entregado unos zapatos del cielo robados y la había nombrado semidiosa sin el consentimiento de los demás dioses de Selenia.

Y, conociendo su naturaleza avariciosa y mezquina, no tenía dudas de que había sido ella quien había instado a Zephyr a tomar Ciudad Iridia para quedarse el yacimiento para sí y explotarlo a su propia conveniencia.

Naima se presentó en la batalla para enfrentarse a Zephyr en un combate mágico individual, y cuando salió victoriosa lo castigó ajustando en su rostro una máscara que, si bien no lo despojaría de sus dones sobre el viento, sus poderes de dios sí se verían afectados y no sería capaz de convocar sus alas, cayendo un escalón en el rango celestial y pasando desde ese momento a ser considerado un simple semidiós.

Derrotado y con su inmenso orgullo malherido, Zephyr se retiró a su escondite a lamerse las heridas… y a planear la venganza.

Naima, por su parte, se quedó un poco más para ayudar a las personas y sanar a aquellos que habían sobrevivido a la guerra. Los que no lo habían logrado fueron enterrados y llorados durante dos días, como era tradición.

El carruaje atravesó un tramo de la calzada que estaba en deplorable estado, lo que se tradujo en vaivenes y bandazos de los dos únicos pasajeros que allí dentro se encontraban.

Naima agarró con fuerza a su amante para minimizar los daños, quien dormitaba hasta ese momento y los impactos le pillaron de imprevisto.

Maldijo una vez más a Zephyr y al cuervo que le hacía de espía, y que los seguía sin descanso durante todo el trayecto.

Cuando el camino volvió a ser tranquilo, el hombre hizo un gesto con la cabeza para agradecerle y siguió durmiendo; poco más podía hacer.

Para entonces ya había perdido la capacidad de hablar y sus movimientos se veían bastante limitados.

Menos mal que la choza donde Zephyr aseguraba que les esperaba el antídoto no estaba lejos, apenas quedaban unas pocas horas de viaje.

Solo deseaba que fuera cierto y no un ardid del semidiós.

Si su amante moría por culpa del veneno, no se lo perdonaría jamás.

El riachuelo que serpenteaba por Argentos volvió a cruzarse en el camino de Melina y sus nuevos amigos, por lo que pararon a recargar las cantimploras, asearse y lavar sus ropajes.

Hacía una mañana espléndida y cálida, y soplaba una suave brisa que les acariciaba la piel.

Tanto Helmer como Aidan se tumbaron en la hierba a tomar el sol mientras las prendas se secaban.

—¿No vas a lavar tu ropa? —preguntó Helmer a Melina al ver que se volvía a poner aquellos pantalones ásperos llenos de suciedad y verdina.

—¿Y llevar los vaqueros mojados? Preferiría morder una piedra antes que ir escocida el resto del camino —expresó con una mueca de disgusto.

—Deberíamos conseguirte ropa más ligera —opinó Tabar, quien no había hablado demasiado desde que se unió a ellos.

Al granjero todavía le pesaba el haber huido como un cobarde y dejar atrás a la muchacha, por lo que le costaba integrarse en el nuevo grupo que se había formado. Aún trataba de encontrar su lugar.

—Me gusta mi ropa, aunque sí que está empezando a ser bastante incómoda —recapacitó.

—En el próximo poblado que atravesemos pararemos a comprar algo —prometió Aidan con una sonrisa que contagió a la chica.

Dicho y hecho. Se pusieron en marcha y, cuando llegaron a una aldea llamada Villa Calcias, Helmer se ocupó de buscar ropas sueltas y cómodas para Melina.

—Elige lo que quieras, llévatelo todo si así lo consideras, pero, por favor, encuentra a mi hijo —le suplicó la dueña de una humilde sastrería.

Helmer aceptó, cómo no iba a ayudar a una madre a encontrar a su hijo, y de camino hacia el bosque les contó lo ocurrido a sus compañeros.

—Es un niño de siete años, ayer no regresó a casa. El pueblo entero está preocupado, creen que algo malo le ha podido pasar, pues no es normal en él desaparecer así.

Melina tenía el corazón encogido, ella conocía bien ese agrio sentimiento de no saber nada de un ser querido desaparecido.

Barrieron aquella parte del bosque llamándolo por su nombre, separándose entre ellos para cubrir más terreno, Melina siempre pegada a Helmer, su protector oficial.

Tabar se afanó en localizar al crío, consciente de que era su gran oportunidad de volver a ganarse la confianza total de la muchacha.

Si la ponía de su lado, el mercenario dejaría de lanzarle miradas asesinas y de vigilar cada paso que daba.

Además, una vocecita en su cabeza lo animaba a tratar de impresionarlo. No podía fracasar.

Durante la búsqueda coincidieron con los otros habitantes del pueblo que también rastreaban al niño, e intercambiaron impresiones y sospechas.

Y cuando vieron los zapatos de Melina la confundieron con una diosa y le imploraron clemencia para el pequeño.

Ella pronto los sacó de su error, pero los aldeanos no dejaron de mirarla con devoción.

—Yo no debería llevar puestos estos zapatos —se lamentó la muchacha—. Están poniendo sus esperanzas en la persona equivocada.

—Por lo que me has contado de esa tal Evonne, están mejor en tus pies —le recordó Helmer.

A pesar de su clara intención de calmar la inquietud de su amiga, Melina no se sintió mejor. Evonne al menos pertenecía a Metallia, mientras que ella era solo una intrusa.

Inspeccionaron cuevas, matorrales, árboles y riachuelos, pero no daban con el crío.

Aidan se alejó unos metros más hacia el oeste, había captado algo en el viento.

Olisqueó con vehemencia y se dejó guiar por el olor.

Tabar se percató y fue con él, dejando a Melina y a Helmer buscando por otro lado.

Quedaban pocas horas de claridad cuando el granjero alzó la vista hacia una robusta haya y gritó:

—¡Allí arriba!

Todos los que buscaban por la zona corrieron junto a ellos y pudieron ver al niño agarrado a una de las ramas, demasiado alto para bajar solo o para alcanzarlo.

—¡Tranquilo, te rescataremos! —gritaban los aldeanos, aunque intentar escalar aquella lisa corteza era tarea imposible. Por mucho que se subieran a las raíces que asomaban, no conseguían salvar la distancia que los separaba del pequeño.

Todos los esfuerzos de subir hasta él fracasaron estrepitosamente. El niño ya no respondía y temían que su vida estuviera en verdadero peligro.

Entonces, Aidan dio un paso al frente. Había pretendido quedarse al margen, permitir que fueran los vecinos del pueblo quienes lo rescataran, quienes fueran los héroes, pero, viendo que ninguno era capaz de escalar tan alto, decidió que era su turno.

Se deshizo de la ropa para que no se enganchara a las ramas y dificultara su misión, quedándose en taparrabos.

Se agarró al tronco de la haya con manos y pies y comenzó el ascenso con demasiada facilidad.

Todos los presentes lo observaron con estupefacción, preguntándose de dónde había salido y cómo podía escalar con tanta agilidad.

—¿Estás bien, pequeño? —le preguntó en cuanto llegó junto a él a lo más alto.

El niño no contestó, tan solo entreabrió los ojos como respuesta y los volvió a cerrar. Se aferraba a la rama con las pocas fuerzas que le quedaban y su respiración era ya muy débil.

—Necesito que seas valiente y aguantes un poco más, la bajada es más difícil que la subida. Rodea mi cuello con tus brazos y mi torso con tus piernas, ¿de acuerdo?

El niño asintió aún con los ojos cerrados.

Aidan le abrió los dedos para separarlo de la rama y hacer que se agarrara ahora a él.

Se lo echó a la espalda y, despacio y con mucho cuidado, comenzó el descenso.

Apenas quedaban un par de metros para llegar abajo cuando la gente empezó a aplaudir y a vitorear, dando ya la misión por exitosa.

En cuanto puso los pies en la tierra, todos se acercaron y los rodearon, y comprobaron que el niño no estuviese herido. Este rompió a llorar y a llamar a su mamá, así que, tras agradecer de nuevo la hazaña de Aidan, se lo llevaron de vuelta a la aldea.

—Menudo Tarzán estás hecho —lo halagó Melina sonriendo antes de que Helmer tirase de él para darle palmadas en la espalda y felicitarlo.

Aidan sentía su corazón rebosando de alegría, de orgullo hacia sí mismo. Hacía varios años que no experimentaba algo parecido. Se vistió y regresaron al poblado, donde lo recibieron con vítores y lanzaron pétalos a su paso; sus tres compañeros caminaban tras él.

Tabar tuvo que soportar cómo los aldeanos trataban a Aidan como a un campeón, cuando había sido él quien había encontrado al niño en lo alto de aquel árbol.

Al parecer ese detalle se les había olvidado a todos.

Claro que él lo había encontrado porque había seguido a Aidan, quien parecía haber captado el olor del pequeño, aunque no era necesario que los demás supieran eso.

—¡Mi niño! —La madre del pequeño corrió para abrazarlo, tomándolo con urgencia de los brazos de quien lo cargaba y colmándolo de besos.

—Mamá… —Rompió a llorar, sabiéndose a salvo ya por fin en brazos de su madre.

La gente arrancó en aplausos al comprobar que el suceso había tenido un final feliz.

Melina tuvo que tragar con fuerza y mirar hacia otro lado para evitar echarse a llorar de la emoción. Ella también necesitaba un beso y un abrazo de su madre, pero eso nunca más ocurriría. Lo había aceptado hacía mucho, pero en momentos como aquel era difícil no extrañarlo.

Helmer se acercó a ella y le dio un abrazo apretado. Melina le había contado su pasado y se podía imaginar lo que estaba pasando por la cabecita de la muchacha.

—¿Qué queréis? Pedid lo que sea —habló uno de los hombres.

—Ropas nuevas para mi amiga —expresó Aidan—, y dormir esta noche en una cama con comida caliente en la barriga.

—Dalo por hecho —aseguró—. Los cuatro tenéis nuestro más sincero agradecimiento, sois bienvenidos a pasar la noche con nosotros. ¡Qué digo la noche! ¡Todo el tiempo que queráis!

Se quedaron en casa del niño y su madre, pues tenía sitio de sobra para los cuatro ya que sus otros dos hijos mayores hacía tiempo que se habían marchado del pueblo para buscar sus propias aventuras, y su marido había fallecido hacía unos años.

Mientras acariciaba a Tattoo, el niño les explicó que había escalado al árbol para escapar de un jabalí que lo atacaba, pero había subido demasiado y le daba miedo bajar al ver la distancia que lo separaba del suelo.

Como agradecimiento por salvar a su hijo, la mujer les invitó a lavarse en una casetilla de láminas de madera que había en el patio trasero y que hacía las funciones de baño, mientras ella preparaba un estofado de gallina para cenar.

También les proporcionó mantas calentitas para pasar la noche, ropas nuevas para Melina, víveres para el viaje y otra cantimplora llena de agua, además de rellenar las que ya tenían ellos.

Ella durmió con su hijo en la cama de este y cedió la suya de dos plazas a los viajeros, aparte de las otras dos de sus hijos mayores. Antes de irse a dormir, tuvo unas palabras en privado con Helmer cuando él la ayudó a recoger los trastos de la cena.

—Muchas gracias por vuestra ayuda, no solo habéis salvado a mi hijo, sino también a mí.

No sé qué haría sin él. Mis hijos mayores ya se fueron hace tiempo y mi marido murió, estoy muy sola —explicó acercándose más al mercenario—.

Quizás vuestra presencia en mi casa pueda ser aún más agradable para ti.

Helmer captó enseguida lo que la mujer le estaba ofreciendo, no se le habían pasado por alto las miradas que le había dedicado durante la cena; sin embargo, compartir lecho con ella no entraba en sus planes, por lo que rehusó su oferta con toda la delicadeza que pudo reunir y se marchó a dormir junto a Melina, a quien había prometido escoltar.

Melina durmió tranquila sabiéndose protegida por él.

Dudaba que nadie intentara quitarle los zapatos mientras descansaba junto a ese hombretón que no dejaba la espada ni para pasar la noche —por fin en una cama mullida en vez de recostada contra un árbol—.

Y con el corazón rebosante de alegría por haber ayudado a reunir a una madre con su hijo.

A la mañana siguiente, los cuatro viajeros partieron de Villa Calcias en pos de Ciudad Boreal, la cual les aseguraron en la aldea que estaba ya muy cerca.

—Hace tiempo que Zephyr no viene a molestar. Es raro —se escamó Melina.

—No cantemos victoria —respondió Helmer—, seguro que está tramando algo.