Hasta la última gota Chapter 13
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Chapter 13

Tras una noche tranquila y sin altercados, el camino hacia la capital discurría ahora junto a un riachuelo lo bastante profundo como para sumergirse en él, así que hicieron un alto en el camino para descansar, darse un baño y llenar las cantimploras con agua que más tarde hervirían en la hoguera para potabilizarla.

Helmer se deshizo de la armadura y la dejó sobre la hierba junto a la espada, el casco y el resto de bultos, y se metió en el río totalmente desnudo tras quitarse también el gambesón y las finas ropas que llevaba debajo.

Melina se bañó un poco más alejada de ellos, buscando paz y tranquilidad, y algo de intimidad también. Se dejó puestos los zapatos que Naima le había advertido que nunca se quitase, y tan solo al terminar de lavarse liberó sus pies para que se secaran antes de volver a calzarse de inmediato.

Aidan, por su parte, se dio un breve chapuzón y se sentó al sol a esperar a que sus compañeros estuvieran listos.

Mientras aguardaba, se acarició las mejillas, el largo cabello, el pecho…

Se observó las manos, los brazos, los pies, las piernas…

incluso echó un rápido vistazo al interior de su pantalón.

Se dejó caer hacia atrás para quedar tumbado sobre la hierba e inhaló en profundidad, lleno de júbilo.

Hacía mucho tiempo que no disfrutaba de su forma humana, no podía creer que volviese a ser una persona en vez de un mono pulgoso.

Helmer armaba un gran escándalo, resoplando, salpicando y cantando —o más bien graznando, si le preguntaban a Aidan—, pero Melina pasaba desapercibida, callada, tímida por tener que mostrar tanta piel desnuda y haciendo movimientos cortos, lentos y delicados.

Y era una mujer. Hacía años que Aidan no veía una a tan poca distancia, desde que Zephyr lo transformase en capuchino.

Por ello, no podía evitar la fascinación que suponía la muchacha y le era difícil quitarle los ojos de encima, a pesar de que trataba de contenerse para que no lo pillase mirando y se asustara.

Sacudió la cabeza y llevó sus pensamientos a otros lugares.

No podía fijarse en ella, no de aquel modo, tenía por delante una importante misión que cumplir.

El día murió y la noche volvió a hacer acto de presencia, obligándoles de nuevo a detener su avance.

A la hora del crepúsculo, Helmer tenía preparadas dos trampas para conejos que había construido con un trozo de red y unas manzanas a las que ya les quedaba poca carne que aprovechar.

Se sentaron a esperar contra el tronco de un árbol, iluminados por la lumbre que Helmer, quien estaba más pendiente de las trampas que de la conversación, había preparado y prendido con su yesquero.

—Le gustas —expresó Melina al ver cómo Aidan acariciaba la cabeza de Tattoo y este se estiraba para refregarse contra su mano—. Tienes suerte, no suelen agradarle las personas.

Aidan se contuvo de responder nada al respecto. ¿Qué podía decirle, que había pasado los últimos años convertido en mono y apenas se sentía persona?

—También a mí me gusta él —acertó a contestar.

—¿Dónde está Naima?, ¿por qué no vino ella?

—Es una diosa muy ocupada. —No era mentira, se dijo.

—Shh —les regañó Helmer—. Espantaréis la cena.

Melina se acercó más al joven para no tener que alzar la voz, tanto que sus brazos se rozaban sentados uno al lado del otro. Aunque la muchacha ya se tapaba con su propia manta, Aidan la cobijó también bajo la suya para asegurarse de que no tuviese frío.

—Menos mal que ella apareció para ayudarme. Curó las heridas de Tattoo, pero el daño interno persiste, es por eso que debo llegar lo antes posible a Ciudad Boreal y pedirle al hechicero que lo atienda —le contó en susurros.

—Espero que se salve —expresó de todo corazón.

—Yo también, no me imagino mi vida sin él. No es solo mi mascota, es mi familia. Me lo regalaron mis padres cuando cumplí diecisiete años, antes de que murieran en un accidente.

Melina no solía contar aquel episodio de su vida tan a la ligera, pero Aidan le daba confianza. Supuso que a veces era más fácil abrirse con un desconocido.

—Cuánto lo lamento. —Aidan sintió el palpitar de su propio corazón al observar la tristeza en el rostro de la muchacha.

—¿Y tú, tienes familia? —preguntó ella para espantar los malos pensamientos.

El joven abrió la boca para responder, pero tuvo que pensar un instante sobre qué partes de su vida podía compartir con ella y cuáles no. Se preguntó si una verdad a medias podía considerarse una mentira.

—Tengo una madre y una hermana pequeña. Hace muchos años que no las veo por culpa de mi trabajo.

—¿Por servir a Naima?

—Sí. Cuando ella me llamó yo tuve que abandonar Villa Croma, la aldea que era mi hogar en Platinia.

—Qué mal, no me parece justo —se quejó Melina suspirando.

—Es una diosa, los mortales cumplimos sus órdenes y deseos.

—No me dio la impresión de que ella fuese así de severa cuando la conocí, vaya fiasco —se lamentó—. Supongo que las echarás de menos, ¿no?

—Mucho —asintió Aidan tratando de ocultar las lágrimas que se asomaban a sus ojos.

Melina se percató y le dio un leve y cariñoso apretón en el brazo. Quería que supiera que estaba ahí, a su lado. Que podía contar con ella.

—Cuando todo esto pase y Tattoo esté curado, le pediré a Naima que te libere de tus responsabilidades, al menos unos días para que puedas ir a visitar a tu familia.

Aidan la observó maravillado.

—¿Harías eso por mí? —balbució.

—Claro, como agradecimiento por ayudarme a llegar a Ciudad Boreal.

La sonrisa de Melina iluminó la noche y el frío en el pecho del joven se tornó calidez.

Aidan pudo sentir el momento exacto en el que su corazón se detuvo, y cuando retomó sus latidos, lo hizo por y para ella.

Pero al instante recordó que debía cumplir unas órdenes muy precisas y su gesto se nubló con amargura.

—Ahora vuelvo. —Se levantó y caminó unos metros, alejándose de ella, de la amiga a la que debía engañar.

Aidan metió las manos en los bolsillos del pantalón de lino y suspiró.

La misión era simple: acercarse a ella, ganarse su confianza y desviarla hacia el castillo de Zephyr.

¿Entonces por qué sus pensamientos eran una maraña y no sabía cómo actuar?

¿Por qué sentía que si cumplía con su objetivo la estaba traicionando?

La traición implicaba sentimientos, pero él no tenía sentimientos por Melina, ¿verdad?

Implicaba creer en la lealtad de alguien y que esa persona te fallase; no era posible quebrantar una fidelidad inexistente.

Una ligera ráfaga de aire llegó hasta él y su cuerpo se tensó al instante. ¿Conocería Zephyr las dudas que habitaban en su corazón y le enviaba una señal como advertencia?

—Vuelve —le avisó Helmer, que permanecía cerca a la espera de algún animalillo al que cazar. Había percibido algo.

Aidan regresó junto a Melina, quien se puso en pie alarmada. Helmer olisqueaba el aire, se movía de aquí para allá con la espada en las manos. Se oyó un chasquido y el mercenario cargó con un grito.

—¡Fuera de aquí! —bramó antes de propinarle un corte al tronco de uno de los árboles—. ¡Fuera, fuera, fuera!

Melina creyó que se trataba de otro de sus ataques de locura, pero, para su sorpresa, un hombre salió de su escondite, corriendo marcha atrás y cayendo de culo sobre el suelo rocoso.

—¡No me mates, no me mates! —suplicó lloriqueando.

Helmer lo agarró de la tiranta del peto de algodón y lo llevó a rastras junto a sus compañeros. Entonces Melina lo reconoció.

—¡Tabar! —exclamó al verlo arrodillado frente a ella.

—¿Lo conoces? —gruñó Helmer.

—No quería espiaros, lo siento, no me matéis —⁠gimoteaba.

—Es el granjero del que te hablé.

—¿El que salió huyendo y te dejó sola? —Helmer estaba muy enfadado.

Tabar alzó la vista y se encontró con el rostro de la muchacha, quien lo observaba disgustada.

—¿Qué estás haciendo aquí? —exigió saber ella cruzándose de brazos.

—Os he estado siguiendo, lo siento. No quería estar solo, pero después de salir corriendo y abandonarte con ese dios, me daba vergüenza pedirte siquiera que me dejases viajar contigo.

—Claro que debe darte vergüenza —manifestó Helmer—. Cobarde, bastardo, blandengue, mentecato.

El granjero se hizo un ovillo. El exsoldado estaba fuera de sí y Melina temía que pudiera usar su espada contra él en un arrebato.

—Vale ya —intercedió para que dejase de cebarse con él—. Sí, saliste corriendo. Sí, me abandonaste… Pero, aunque no sé si te he perdonado, no te guardo rencor.

Tabar volvió a alzar la cabeza hacia ella con esperanza. Una mirada compasiva y unas manos que se ofrecían a ayudarle a ponerse en pie eran lo que aguardaba para él. La propia Melina sentía ganas de huir en presencia de Zephyr, no podía culpar al granjero de haberlo hecho.

—Gracias, muchacha. —Trató de recomponerse.

—Puede que ella te perdone porque es una bella persona, pero yo no lo soy —advirtió Helmer—. Ojito conmigo.

Tabar le dedicó una mirada azorada de arriba abajo al hombretón antes de permitir que Melina tirase de él.

—¿Desde cuándo vienes tras nuestros pasos? —La chica lo acompañó y se sentaron de nuevo bajo el árbol, refugiándose del frío con las mantas.

—Os vi partir de la laguna de Nitreas y os seguí —⁠musitó.

Melina escuchó todo lo que Tabar quiso contarle sobre lo que había sido de él desde que lo perdiera de vista varios días atrás.

Le ofreció también una manzana, la cual el granjero devoró en cuestión de segundos.

No sabía cazar y al huir había perdido todas las provisiones.

Según contó, se había estado alimentando de los restos que los otros iban dejando atrás, demasiado avergonzado como para dar la cara y salir de sus escondrijos.

—No me fío de él —le confesó Helmer a Aidan, quien había permanecido imparcial todo el tiempo—. Si la traicionó una vez, puede volver a hacerlo. Y yo odio a los traidores.

Aidan asintió, pero la mirada de Helmer se le clavó bien dentro del pecho. ¿De cuántas maneras posibles podría blandir aquella espada para castigarle si se enteraba de que el verdadero traidor era él?

—Dejé mi hogar en busca de respuestas —le contaba Tabar a Melina— y no pienso regresar sin ellas. Si me lo permitís, viajaré con vosotros a Ciudad Boreal para exigirle al hechicero que dote de seguridad los caminos y ponga fin a los asaltos.

—¿Y no preferirías pedirle un cerebro, mejor? —⁠intervino Helmer—. Es de necios huir y dejar a una damisela sola y en apuros. Y encima luego esconderse y no dar la cara.

—No soy ninguna damisela —intercedió Melina pidiendo a Helmer que cesara con su malhumor—. Y claro que eres bienvenido en el grupo. Toma, esto es tuyo. —Le devolvió el sombrero de paja, el cual Tabar aceptó como muestra de buena voluntad.

—Estupendo —se quejó Helmer—. Una boca más que alimentar, y por su culpa nos hemos quedado sin cena. A ver si hay más suerte por la mañana.

El alboroto había ocasionado que los conejos no se acercasen a las trampas, así que aquella noche tocaba irse a dormir con el estómago vacío.

—Joder, daría mi alma ahora mismo a cambio de una pizza. Aunque llevase piña, me la comería entera —⁠protestó Melina—. Ven, Aidan, métete bajo las mantas, hace mucho frío —le invitó tratando de serenarse.

Aidan esbozó una sonrisa. Hacía frío, era cierto, pero la calidez en su pecho, un sentimiento que hacía demasiados años que no experimentaba, le ayudaba a sobrellevarlo.

Helmer montó guardia y vigiló las trampas mientras los otros tres descansaban, aunque no le quitaba ojo a Tabar. No confiaba en él.

Aidan se había colocado al otro lado de la muchacha, dejándola en medio para que se sintiera protegida, y aprovechó para acariciar a Tattoo, que dormitaba dentro de la cesta en brazos de la joven.

Los cuatro formaban un extraño grupo, sin embargo, Melina sentía paz junto a ellos. Estaba en buenas manos.