Chapter 12
Melina y Helmer viajaban a buen paso. El dolor en el tobillo por el golpe con la espada había remitido y tampoco había vuelto a llover.
Los pajarillos volvían a cantar en las ramas de los árboles e incluso Tattoo parecía un poco más animado gracias a los bichos que Helmer había cazado para él.
Era un buen compañero de viaje, se dijo Melina, pese al abrupto comienzo.
Era bonachón, charlatán y tenía buenos modales, aunque su aspecto rudo pudiese hacer pensar lo contrario.
A su lado las horas pasaban más deprisa.
El hombretón le contó que él mismo había nacido y vivido en Ciudad Boreal, pero estalló una guerra contra el país vecino de Paladias por controlar las minas de metales preciosos y cientos de ciudadanos acudieron a la batalla.
Sin embargo, la guerra se saldó con la victoria de los enemigos y muchos tuvieron que huir.
—¿Cuánto hace de eso? —preguntó Melina al observar que su acompañante no tenía heridas visibles, tan solo antiguas cicatrices.
—Cinco años —respondió lacónico.
La muchacha dudó si preguntarle sobre que aún vistiese la armadura, pero no hizo falta, pues Helmer carraspeó para espantar los fantasmas del pasado y continuó su relato.
—La guerra te chamusca el cerebro, soy consciente de que no estoy en mis mejores cabales. Me he vuelto un poco chalado y no puedo evitarlo, lo sé.
—Eres muy valiente —lo animó ella.
—Ahora sirvo como mercenario a quien requiera de mis servicios.
—Razón de más para que me permitas pagarte por ayudarme.
—No insistas. Además, desde que partí a la guerra no he vuelto a la ciudad, ya va siendo hora de ver cómo va todo.
—Te lo agradezco —sonrió Melina, pese a notar que el hombre no parecía demasiado alegre por regresar a la ciudad que lo vio nacer.
Helmer le sonrió de vuelta, le caía bien aquella chica.
Ella, por su parte, le contó cómo había llegado a Argentos y por qué viajaba a Ciudad Boreal.
Al igual que le ocurrió a Tabar, el mercenario no sabía lo que era una moto, una furgoneta ni nada parecido, pero creyó su relato sin dudar un instante de su palabra, cosa que Melina agradeció, pues ella también creía estar volviéndose loca a ratos.
También mencionó en su historia a Tabar, el granjero cobarde que había huido y la había dejado sola a su suerte.
—Mira. —Helmer señaló el camino que tenían por delante—. La laguna de Nitreas.
Melina abrió mucho los ojos, por fin habían llegado al lugar de encuentro con Naima.
Localizó la acacia más alta y se apresuró hacia ella, saliendo del camino de adoquines y adentrándose en un paisaje más árido que el que habían dejado atrás.
Corrió con la cesta de Tattoo en la mano y Helmer la siguió, y juntos se sentaron a descansar sobre una roca a la orilla de la laguna.
—Menos mal que hemos llegado ya, apenas quedan provisiones —informó Melina al rebuscar algo de comida en el zurrón que Helmer le entregó.
—Tranquila, soy bueno cazando, algo apañaríamos.
Mientras esperaban la llegada de la diosa, ambos compartieron el último pedazo de queso, y Helmer le cedió a la muchacha las pocas gotas de agua que quedaban en su cantimplora. Ella se negó varias veces, pero el hombre insistió tanto que tuvo que acabar aceptando.
—Ya la rellenaré en el próximo riachuelo de agua dulce que encontremos. El agua de esta laguna es demasiado salada.
—El camino se me está haciendo eterno. Si al menos tuviésemos un mapa para comprobar lo que queda para llegar…
—Venga, no te desanimes. —Helmer le dio una palmada en la espalda para sacarla de su amargura, demasiado fuerte tal vez, pues casi escupió el queso.
Para distraerla, Helmer le contó cómo era Ciudad Boreal, tan llena de vida, floreciente y pintoresca. Era la capital de aquel país llamado Argentos y muchas personas habían abandonado sus hogares en las aldeas para vivir allí, en el lugar donde los sueños se hacían realidad.
En Ciudad Boreal la vida estaba llena de posibilidades.
El tiempo pasaba y Naima no aparecía, por lo que Melina se angustiaba más y más. ¿Habrían llegado tarde? ¿Habrían llegado pronto? No tenía forma de saberlo.
—Vas a gastar la suela de los zapatos si no te estás quieta —opinó Helmer en un intento de lograr que se tranquilizase.
Melina dejó de agitar las rodillas arriba y abajo, pero la inquietud seguía en su interior, implacable. Se mordía las uñas por la impaciencia, y también por la falta de nicotina.
—¿Es normal que aún no haya aparecido?
—Es una diosa —explicó—. Ellos no esperan por los humanos, los humanos esperamos por ellos.
—Si vamos a tener que seguir viajando por nuestro propio pie, no sé para qué me citó aquí. Estoy perdiendo un valioso tiempo.
—Ella no sabe que viajas acompañada. Tal vez quisiera comprobar que no te habías extraviado. —Se encogió de hombros.
Aquello no convenció a Melina, la incertidumbre y la preocupación por Tattoo la carcomían por dentro.
Poco tiempo después, vieron a alguien a lo lejos aproximándose a la laguna, aunque, para desconsuelo de la muchacha, no se trataba de Naima, sino de un joven de barba desaliñada, cejas anchas y mandíbula prominente.
Llevaba el cabello marrón-grisáceo suelto y largo hasta los hombros, y parecía más despeinado que ella.
Vestía pantalones marrones de lino y una blusa blanca y suelta que dejaba entrever la parte superior del pecho, poblada de pelillos ensortijados que asomaban por el cuello desenlazado.
Iba descalzo, cosa que extrañó a Melina, aunque no le dedicó mayor atención, pues el joven ya había llegado hasta ellos y los contemplaba con interés.
Pese a tener abundante bello corporal y facciones marcadas, Melina notó que en sus ojos había una inocencia propia de alguien más joven que ella.
Helmer desenfundó su espada para posicionarse entre ella y el desconocido, quien frenó en seco ante semejante bienvenida. Melina se puso de pie, permitiendo que el fornido cuerpo de su compañero la protegiera.
—¿Quién eres? —exigió saber con autoridad el mercenario.
—Me llamo Aidan, qué alegría encontrarte por fin, Melina. Porque eres Melina, ¿verdad? —Intentó disimular el temblor de su voz con un carraspeo—. Temía llegar demasiado tarde. Naima me envía. —Trató de asomarse por encima del hombro de Helmer buscando contacto visual con la chica.
—¿Naima? —exclamó ella—. ¿Dónde está? Habíamos quedado en reunirnos aquí.
—No ha podido venir, asuntos importantes la han retrasado, por ello me ha enviado a mí, para que yo sea tu guía a partir de ahora.
—¿Cómo podemos fiarnos? —preguntó Helmer con suspicacia.
—Me entregó su fular para demostrar que podéis confiar en mí. —Aidan sacó del bolsillo del pantalón la delicada prenda de la diosa. La misma que Zephyr había sustraído de casa de Naima—. Aunque mi ama no me informó de que viajabas acompañada —apostilló con recelo ahora él.
—Él es Helmer —le presentó a su compañero—, nos encontramos por casualidad y me ha ayudado a llegar hasta aquí.
—Te lo agradezco en nombre de Naima, Helmer, pero ya me encargo yo de ella a partir de ahora.
Aidan dio un paso al frente, pero Helmer dio también otro y se volvió a colocar entre él y Melina.
—Yo iré con vosotros —dijo con firmeza—. Hace tiempo que no viajo a la capital, me gustaría ver cómo va todo por allí.
—Claro, por supuesto —accedió Aidan, aunque una sombra de duda en su voz hizo sospechar a Helmer, que aferró con más vehemencia la espada.
Pero antes de poder continuar con la conversación, una ráfaga de viento se levantó y azotó la laguna, revolviéndoles el cabello y arrancando hojas de las acacias.
Se giraron para ver qué estaba ocurriendo, aunque debido a la polvareda levantada tuvieron que protegerse los ojos.
Cuando el viento cesó y pudieron abrirlos de nuevo, Zephyr los observaba con una sonrisa bailando en los labios.
—Vaya, vaya, así que te has buscando un nuevo protector —se burló retirando una pelusa de la manga con indiferencia—. No has perdido el tiempo.
—¿Otra vez tú? —expresó con fastidio—. Ya te he dicho que no pienso darte los zapatos.
—Eso aún está por verse. —El descaro de la muchacha lo irritó y dejó de fingir que no le importaba aquella situación.
—Atrás —amenazó Helmer.
Aunque situó la espada por delante de su cuerpo, apuntando al hombre de oscuros cabellos, se debatía sobre cómo actuar, pues el recién llegado también portaba unos zapatos alados.
Si de verdad era un dios, tendría que estar arrodillándose y mostrándose sumiso en vez de adoptar una actitud hostil con él.
Melina, ajena al dilema que enfrentaba su compañero, sintió una punzada de orgullo, aquel hombre al que apenas conocía desde hacía unas horas estaba dando la cara por ella, no como Tabar, el cobarde que huyó sin mirar atrás ante el primer contratiempo.
Zephyr se pavoneó alrededor de ellos, mirándolos con altanería y una mueca de desagrado en los labios.
—¿Quién eres? —preguntó Aidan—. Quítate la máscara para que podamos ver tu rostro.
—Ya me gustaría… —murmuró Zephyr—. Deberíais agachar la cabeza y mostrar respeto ante vuestro dios.
—Semidiós —puntualizó Melina, sacando a Zephyr de sus casillas.
—Estúpida humana.
Caminó hacia ella con ira en los ojos, pero antes de poder acercarse más, Helmer dibujó un arco con la espada entre ellos y Zephyr tuvo que detenerse.
El semidiós extendió los brazos a los lados con ímpetu, las palmas de las manos bien abiertas, y una ráfaga de viento lanzó al hombretón hacia atrás, haciéndolo caer y trastabillar por el árido terreno. Su arma quedó tirada en la tierra.
Zephyr levantó la mirada de nuevo hacia Melina, ella se la devolvía con inquietud, temía que cogiera la espada y la atacara con ella. Pero él ignoró el arma y caminó hasta llegar a ella, la asió del brazo con fuerza con una mano enguantada y la zarandeó.
—Dame los zapatos. Ya.
—Ay, suéltame, me haces daño.
—¡Déjala!
Ambos se giraron para ver a Aidan sosteniendo la espada de Helmer, quien aún trataba de ponerse en pie debido al peso de la armadura. El joven asilvestrado la empuñaba con ambas manos y le apuntaba con ella, no había ni un ápice de miedo en su rostro.
—Sí que es cierto que no has perdido el tiempo. No un protector, sino dos —se mofó.
Zephyr aflojó el agarre sobre el brazo de Melina, mas no se apartó de ella, sino que se colocó detrás y le habló muy cerca del oído, consiguiendo que se le erizaran los vellos de la nuca.
—Ten clara una cosa: esos zapatos acabarán en mi poder, y tú te arrepentirás de haberme hecho esperar.
Volvió a apretarle el brazo una última vez antes de liberarla del todo. Melina no dudó en alejarse de él, situándose junto a Aidan y Helmer, quien por fin se había puesto en pie de nuevo y ambos flanqueaban a la muchacha.
—Está bien, veamos cómo os las arregláis cuando lleguéis a Ciudad Boreal. Os estaré esperando.
Los tres observaron cómo Zephyr subía hacia el cielo con un salto vertical y se marchaba planeando ayudado de una corriente de viento.
—Menos mal que se ha ido. —La voz de Aidan se quebró—. No sabía si realmente iba a ser capaz de enfrentarme a él.
—Te lo agradezco —le dijo Melina poniendo la mano sobre su hombro en señal de confianza—. Y a ti también, Helmer, no has dudado en defenderme.
—Por muy dios o semidiós que fuese, no podía permitir que te hiciese daño.
Los ojos de Melina se llenaron de lágrimas, así que tragó saliva para aliviar la tensión en su garganta y carraspeó.
—Gracias, chicos, de verdad. No sabéis lo que significa para mí que, sin apenas conocernos, me defendáis y protejáis. Y ahora, pongámonos en camino hacia Ciudad Boreal, mi pequeño Tattoo lo necesita.
—Vamos, yo os guiaré a ambos —manifestó Aidan de buen humor—. La ciudad queda todo recto hacia el norte.
Aquellas palabras animaron a Melina, quien recuperó la cesta de Tattoo y acarició al animal antes de reanudar la marcha junto a sus dos compañeros. Nada sospechaba de que aquel ataque de Zephyr y la defensa de Aidan formaban parte de un teatrillo del enemigo en el que ella era la protagonista.