Hasta la última gota Chapter 11
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Chapter 11

Melina proseguía su viaje sin salirse de la calzada de adoquines para no perderse, solo se desviaba cuando necesitaba hacer un alto en el camino para saciar sus necesidades. Esperaba no estar lejos ya de la laguna donde la diosa Naima se reuniría con ella.

El sol bajaba por el horizonte una tarde más, despidiéndose con pereza para dejar paso a la noche, así que, cuando la oscuridad reinó, la muchacha de nuevo se detuvo a descansar.

Se lamentaba por no llevar ninguna linterna que le sirviera para iluminar sus pasos y poder seguir avanzando, pues, aunque ella consideraba que viajaba a buen ritmo, no sabía con certeza si llegaría a tiempo a su cita con la diosa.

También echaba en falta artículos de aseo como un peine, un cepillo de dientes o papel higiénico.

Al menos entre las pertenencias de Tabar había una pastilla de jabón, y, aunque oliese a sebo, la utilizaba para mantenerse lo más limpia que podía en aquellas condiciones.

Tattoo apenas dio un par de bocados a un trozo de queso que desmigó su dueña para ayudarle a no tener que hacer tantos esfuerzos. El pobre animalito parecía agotado, a saber qué daños internos sufría. Si tan solo en aquel lugar hubiese algo parecido a un veterinario…

Melina se guareció bajo un árbol cuyo tronco se retorcía en un arco del que colgó una de las mantas para construir una especie de refugio y quedar oculta a posibles miradas ajenas.

Esta vez Tabar no la acompañaba y no le hacía ni pizca de gracia quedarse sola en la oscuridad en un mundo desconocido, y sabiendo que existían asaltantes de caminos que no dudarían en robarle las pocas pertenencias que portaba.

Mas cuando volvió a amanecer, comprobó que había pasado la noche sana y salva, aunque no hubiese dormido más que un par de cabezadas.

Se desperezó y se frotó los ojos con fuerza, y asomó la cabeza fuera del refugio improvisado. Se preguntó cuánto tiempo podía sobrevivir una persona en aquellas condiciones, sin apenas comida, agua o descanso.

Recogía las mantas cuando oyó a su espalda un ruido metálico y se giró asustada, había sonado demasiado cerca. Alguien corría en su dirección, un hombre vestido con casco y armadura y que sostenía una espada alzada sobre su cabeza en posición de ataque.

Melina trató de apresurarse en guardar las cosas, pero era inútil, la había visto y se dirigía directo hacia ella, dispuesto a embestirla si era necesario.

Optó por coger solo la cesta donde reposaba Tattoo y salió huyendo, sin embargo, no llegó muy lejos, pues tropezó con una de las raíces del árbol y cayó de bruces sobre la hierba.

Al menos le había dado el tiempo justo de apartarse de la trayectoria de la espada.

El asaltante ya lanzaba una estocada al aire con su refugio como destinatario.

—¡Mierda! ¡Tattoo! —gimió arrastrándose hasta su amigo, cuya cesta había rodado por el terreno con él en su interior.

—¡Largo! ¡Largo! —gritaba el hombre dando golpes al tronco del árbol sin ningún criterio—. ¡Toma esto, y esto!

Melina gateó para alejarse de aquel loco que se empeñaba en hacer tajos a la corteza del árbol, pero de nuevo él la vio por el rabillo del ojo y pareció recordar su presencia.

Se giró hacia ella y se fue aproximando despacio, entreteniéndose en dar estocadas al vacío entre ambos.

La chica estaba bloqueada, nunca la habían atacado con una espada y apenas podía pensar con claridad.

—¡Socorro! —acertó a gritar, pero en los alrededores no había nadie, estaban en mitad de ninguna parte.

—¡Te mataré! —amenazó el hombre con gesto iracundo.

Cogió impulso con el arma hacia atrás y lanzó una nueva arremetida, directa hacia la hierba donde Melina se arrastraba.

Esta se giró a tiempo de ver sus intenciones y recogió las piernas, rezando por que aquello fuera suficiente para esquivar la mordedura del acero, pero el arma alcanzó su pie izquierdo y golpeó con fuerza contra su zapato.

—¡¡¡Aaah!!! —chilló Melina fuera de sí, creyéndose ya herida de muerte—. ¡Mi pierna! ¡Me ha cortado la pierna! ¡Socorro! ¡Socorro! —gritaba a pesar de sostenerse la rodilla con ambas manos contra el pecho y ser conocedora de que la pierna seguía en su sitio.

La punzada de dolor a causa del impacto subió con rapidez por todo el músculo y hasta la cintura, sin embargo, el zapato no sufrió ningún daño.

El hombre volvió a alzar la espada amenazante, pero antes de atacar se detuvo; había visto los zapatos alados.

Perdió la fuerza en los brazos y sus dedos se abrieron, y el arma cayó a la hierba por detrás de su cuerpo.

Dejó que la gravedad tirase de él hacia el suelo, se rindió con las rodillas clavadas en la tierra.

—Majestad, lo siento. —Curvó la espalda en una reverencia—. Lo siento, no la he reconocido.

El hombre comenzó a gimotear. Melina continuó arrastrándose lejos de él, apartando la cesta con Tattoo según se iba alejando.

—Por favor, Majestad, déjeme ayudarla.

Se apresuró en ponerse de pie y tirar de ella para que también recuperase una posición erguida.

A pesar de que la espadona yacía olvidada sobre la hierba, ella no quería ni que se le acercase, sin embargo, no tuvo opción contra sus fornidos brazos, que la levantaron cual muñeca de trapo y la depositaron con increíble cuidado frente a él.

El hombre volvió a arrodillarse y agachó la cabeza, entonando una nueva retahíla de disculpas.

—Hace muchos años que no visito el templo. Perdóneme, Majestad. Debí ser más devoto, así la habría reconocido seguro. Lo lamento. Lo lamento.

Melina no sabía qué hacer o pensar, estaba aturdida. Lo observó mientras trataba de poner en orden sus pensamientos. Comprobó que la armadura lucía abollada por todas partes y había perdido su lustre, y la espada estaba mellada a lo largo de toda la hoja.

—Ay. —Un calambre le subió por la pierna dolorida.

—Majestad, lo siento. ¿Le he hecho daño?

El hombre se quitó el casco de metal y lo dejó caer de mala manera, desde luego no le guardaba demasiado aprecio a su armadura si la trataba así.

—Me duele mucho el tobillo.

Aprovechó para estudiar su rostro, el cabello negro y apelmazado, la cara sucia y sudorosa, la barba descuidada, los ojos marrones de cordero degollado suplicando clemencia.

—No me castigue, Majestad, por favor. —Estaba a punto de echarse a llorar—. La he confundido con el enemigo, no me castigue.

—A ver, vamos por partes —comenzó a hilar pensamientos en su cerebro—, no voy a castigarte, tampoco sabría cómo hacerlo. Me duele el tobillo, pero creo que no tengo nada roto.

—Los zapatos la han protegido, sin duda —explicó con devoción en la voz.

—¿Por qué me llamas «Majestad»?

—Es una diosa, no merece un tratamiento inferior.

El hombre hizo el amago de volver a arrodillarse frente a ella, pero Melina lo tomó por los hombros y lo detuvo.

—Espera, espera. No soy una diosa, y, aunque lo fuera, dudo mucho de que esa sea la fórmula correcta para dirigirte a una. —Él la miró confundido—. Tampoco soy una semidiosa o una reina ni nada parecido —⁠aclaró.

—¿Sois una farsante, pues? —Su gesto se endureció de nuevo.

—No, no, para nada. Solo soy una humana a quien la diosa Naima le ha prestado estos zapatos. No me mates, por favor —suplicó ahora ella poniéndose de rodillas y entrelazando las manos.

El hombre pareció poner en marcha los engranajes de su cerebro, Melina casi podía ver el humo de la maquinaria saliendo por sus orejas. Entonces la asió de los hombros y la levantó de nuevo.

—Si la diosa Naima te ha prestado los zapatos, mereces el mismo respeto que ella —declaró y volvió a agacharse.

—Por favor, para de hacer reverencias, me da vergüenza —expresó sonrojada, aunque no había nadie alrededor que pudiera verlos—. ¿Cuál es tu nombre? —⁠preguntó para tratar de mantener una conversación normal.

—Helmer, mi señora. Mi nombre es Helmer.

—Helmer, yo me llamo Melina, y voy camino de Ciudad Boreal.

—Aún te separan varias jornadas de tu destino y el camino podría resultar peligroso —informó para disgusto de ella.

—¿Eres soldado? —Se le ocurrió una idea—. Tengo algunas monedas, podría pagarte para que me protegieses. Si no tienes nada mejor que hacer, claro.

Comenzó a andar hacia el refugio, indicándole con la mano que la siguiera. Helmer recuperó su casco y la espada y se acercó al árbol que había lacerado con sus arremetidas. Melina le mostró la bolsita de cuero que Tabar había dejado atrás, la sacudió y las monedas tintinearon en su interior.

—Mi señora, después del daño ocasionado jamás podría aceptar su dinero. La acompañaré con mucho gusto.

—No, no, te pagaré. —Le tendió la bolsita.

—Insisto. —Él la retiró de nuevo hacia ella.

—Eres cabezota, ¿eh?

Sus palabras arrancaron una sonrisa en el rostro macilento de Helmer.

Melina suspiró, no tenía ganas de discutir, así que se guardó el dinero en el bolsillo de la chaqueta de cuero y recogió los bártulos dentro del zurrón.

Se puso el sombrero de paja y volvió junto a Tattoo, a quien no parecía haberle afectado el ataque de Helmer.

—Déjeme llevar esto, mi señora —pidió el hombre y la despojó del pesado zurrón.

—Gracias. —Esta vez no le llevó la contraria, él era mucho más fuerte que ella y así avanzarían más deprisa.

Helmer se puso el casco, se colgó la espadona a la espalda dentro de su funda y se echó el zurrón al hombro junto a su propia bolsa de provisiones.

Era un hombre fornido y no parecía molesto por llevar tanto peso.

Melina asintió conforme y, tras comprobar que el dolor del tobillo no le impedía caminar, juntos se pusieron en marcha.

—Y deja de llamarme «mi señora», que solo tengo veintitrés años.

Zephyr se encontraba sentado sobre la silla a la que le gustaba llamar su trono, pero que no era más que un pedazo de piedra pulido excavado en la propia pared.

Observaba el amplio reloj de arena, regalo del dios Azariel, sobre el aparador, veía cómo los granos caían perezosos, más que su estado de ánimo.

Si antes el paso del tiempo le resultaba perturbador, ahora, tras la muerte de su amada Evonne, metido todo el día en aquel castillo y sin poder regresar a su verdadero hogar, era fustigador.

—Querida. —Alzó una mano y acarició el vacío frente a él, como si ella estuviese allí, como si fuese posible volver a sentir el tacto de su piel.

Pronto su mano se tornó puño y una amenaza de muerte abandonó sus labios. Aquella muchacha iba a pagar por todo el daño y el caos que había causado en su vida; empezando por su aliada Naima, quien ya estaría en marcha hacia la otra punta de Paladias para salvar la vida de su amante.

El mono capuchino entró en la habitación en silencio, tan sigiloso que ni el propio Zephyr fue consciente de que ya había llegado hasta que el animal de pelaje marrón-grisáceo saltó sobre la mesita situada a un lado de la estancia. Adoptó una postura agachada, mostrando sumisión ante su amo.

—Justo a tiempo. —Se alegró Zephyr de verlo allí⁠—. Tengo una importante misión para ti. Espero que la lleves a cabo con éxito.

Se levantó del trono y el capuchino lo observó acercarse a él mientras agitaba un frasco para mezclar el contenido y lo descorchaba, impregnándose la habitación de un aroma dulzón.

El mono cogió la botellita por sí mismo cuando Zephyr se la ofreció y se bebió obediente todo el líquido rosado sin dejar ni una gota.

—Irás hoy mismo a la laguna de Nitreas, donde te encontrarás con una muchacha de extrañas vestimentas.

Ella espera reunirse con Naima, pero aparecerás tú en su lugar.

La reconocerás, además de por dichas vestimentas, por un gato negro que la acompaña.

Y porque lleva unas botas idénticas a estas.

—Se señaló las suyas—. Quiero recuperarlas, pero no intentes quitárselas, no podrás y levantarías sospechas sobre ti.

—Como ordenéis, amo —respondió el capuchino, ahora transformado en un muchacho humano gracias a la poción suministrada.

Zephyr meditó un instante, debía conseguirle algo de ropa si tenía que parecer que lo enviaba Naima, aunque a la diosa los muchachos como él le gustaban más desnudos que vestidos.

Dedicó unos minutos a contarle su plan para que todo saliera a pedir de boca mientras rebuscaba entre una pila de prendas.

Cuando consideró que ya estaba listo, le entregó el fular que había sustraído de entre las pertenencias de Naima y lo despidió levitando con una ráfaga de viento que llevó al ahora humano hasta el bosque, más allá de las fronteras del castillo.

—Esa chica no sabe la trampa que le he preparado.