Chapter 10
La hermosa mañana de Argentos apenas acompañó a Melina un tramo del camino, pues, poco antes de hacer una pausa para almorzar, las nubes se fueron acumulando en el cielo y la lluvia comenzó a caer, primero de forma tímida, luego con más vehemencia.
La muchacha se refugió bajo un árbol de abundantes hojas hasta que la tormenta pasase y sacó a Tattoo de la cesta para acariciarlo y para que le hiciese algo de compañía.
También le dio un poco de embutido, apenas un par de trocitos, pues no quedaba mucho y quería reservar el resto para más adelante.
—Ojalá tuviese un cigarrillo… —se lamentó.
Tuvieron que permanecer bajo el árbol más tiempo del que ella hubiese deseado dado que la tormenta no amainaba. Y allí, sentada bajo el cielo gris, pasando mucho frío a pesar de cubrirse con las mantas, y con la humedad calándose entre los huesos, Melina comenzó a llorar.
Jamás había echado tanto de menos a sus tíos.
Apenas pasaba tiempo con ellos, lo justo y necesario para una buena convivencia y para que le permitiesen entrar y salir a su aire.
Muchos fines de semana ni aparecía por casa, se marchaba al paseo marítimo a escuchar tocar a los artistas callejeros o se iba de fiesta a algún festival de música, y podía pasar noches enteras quemando las suelas de los zapatos sin preocuparse por la hora de regreso.
Nunca lo reconocería delante de nadie, pero el principal motivo por el que pasaba fuera el mayor tiempo posible era su tía.
Era injusto para ella, lo sabía, pero no podía evitarlo.
Y es que su madre y su tía eran muy parecidas físicamente a pesar de llevarse dos años de diferencia.
Melina casi podía ver a su madre en ella.
Incluso a veces, cuando la luz entraba perezosa entre las cortinas y se despertaba adormilada, le daba un vuelco al corazón al ver a su tía allí de pie, junto a su cama.
Por un eterno segundo, creía que el accidente de avión había sido una pesadilla, tan solo un mal sueño del que por fin despertaba, y que su madre estaba otra vez con ella para abrazarla y amarla.
Pero la realidad golpeaba más fuerte que un puñetazo directo al estómago, y comprendía que el accidente sí había sucedido y los restos mortales de sus padres seguían estando perdidos en el fondo del mar.
El funeral celebrado había sido simbólico, y en la tumba lo que había enterrado eran sus pertenencias más preciadas, junto al osito de peluche favorito de Melina, ese que le habían regalado cuando apenas tenía tres años y no quería dormir sola en su cama.
Pero esta situación que ahora atravesaba no era una separación voluntaria fruto del dolor que provocaba a Melina ver el rostro de su tía mañana tras mañana. Esta separación era una cruel prueba del destino para comprobar cuánto podría soportar lejos de su familia y de su hogar.
Y cuantas más horas pasaban, más caía la lluvia, y con ella más lágrimas se derramaban de los ojos de la muchacha.
—Quiero volver a casa —gimoteó sorbiendo por la nariz.
Y el cielo pareció escucharla, pues, aunque despacio, muy poco a poco, la lluvia comenzó a amainar y las nubes dieron un paso atrás.
Y con los primeros rayos de sol que pudieron liberarse de aquella prisión de oscuridad y abrirse paso por el firmamento, siete colores se dibujaron en el horizonte y un hermoso arcoíris insufló nuevos ánimos en la joven, quien se puso en marcha en cuanto el temporal lo permitió.
Naima tomó el cepillo dorado del tocador y comenzó a peinarse con parsimonia su largo cabello plateado.
Se observó en el espejo y descubrió una marca en el cuello, fruto del apasionado encuentro que acababa de disfrutar con el humano que aún se desperezaba entre las sábanas.
Tomó una cajita circular de cosmético y sacó una esponjita con la que se aplicó un poco de polvo de sílice para disimular la mancha en su nívea piel.
—¿Qué hora es? —ronroneó el hombre.
—Hora de marcharme. Hay una muchacha que me espera.
Regresó junto a él y le dio un beso en los labios. Los dedos de él recorrieron el borde del fino camisón grisáceo como si fueran lenguas de fuego, invitándola juguetón a un segundo asalto, pero ella lo declinó con una sonrisa, aún con su boca sobre la de él.
—La poderosa diosa Naima, siempre dispuesta a ayudar a los demás —susurró entremezclando su aliento con el de ella.
—El deber llama —suspiró apartándose. Necesitaba enfriar la mente.
—De acuerdo. —Se levantó y se dirigió hacia el aparador para servirse un trago.
Naima se deleitó con la visión de su cuerpo desnudo, de aquellos músculos bien definidos propios de su juventud.
—Desde luego naciste para ser un dios —lo halagó.
—Nací en la raza equivocada, supongo.
Descorchó una botella de licor ambarino y sirvió una generosa cantidad para ambos. Quiso ofrecerle uno de los vasos a Naima, pero esta se estaba cambiando y tenía las manos ocupadas, así que lo depositó sobre el aparador, junto a la botella.
—No empieces. Sabes de sobra que no puedo convertirte en dios.
—Tampoco te lo estoy pidiendo. —Dio un trago a la bebida y se relamió los labios.
—Ni en semidiós —puntualizó Naima—. Cada ser divino tiene sus propios zapatos, no es que sobren precisamente.
El hombre la miró por encima del vaso, del que volvió a beber.
Naima sabía que era su deseo. Que, seguramente buscando ese destino, había accedido a sus encuentros secretos, a disfrutar juntos solo la mitad del tiempo.
Hacía ya varios meses que se veían en aquella casa propiedad de Naima, ubicada junto a cualquier camino y de la que nadie sospecharía.
Durante el día era una diosa venerada por los mortales, durante la noche solo la veneraba él, en ocasiones más de una vez.
—Ya lo sé —suspiró—, y nunca te lo pediría, pero mentiría si dijese que no es tentador. ¿Quién no querría ascender de posición social?
—Puedes ascender de posición social, pero dentro de tu propia raza humana.
Naima se acercó para que le ayudase a abrochar la cremallera de la espalda. Él aprovechó para besarla en la curvatura del cuello y aspirar su aroma.
—No sois muchos dioses, ¿cómo vais a mantener vuestro empíreo si no convertís humanos? Al final acabarás procreando con Zephyr. —Rio.
—No digas bobadas. —Se apartó de él con una mueca de desagrado.
—Eh, ven aquí. —La atrajo de nuevo hacia él y la rodeó con sus fuertes brazos. Atrapada como estaba, como permitía que la tuviese, besó sus labios.
Naima saboreó su beso y se apartó con la alarma bailando en sus pupilas, observando los labios de él.
—¿Qué es esa bebida? —preguntó inquieta.
—Dímelo tú, es tu casa. ¿No la dejaste tú ahí?
Intentó besarla de nuevo, pero ella se retiró.
No quedaba ni rastro de flirteo en su semblante.
Naima tomó la botella y olisqueó el contenido.
La volvió a dejar donde estaba sin cuidado y bebió un pequeño sorbo del vaso que su amante le había preparado, consciente de que una ínfima cantidad como esa no le haría ningún daño.
—Canela… ¿Cuánto has bebido? —El miedo que impregnaba su voz se contagió al hombre, quien alzó su vaso ya vacío—. Canela para ocultar el olor del veneno.
—¿Qué quieres… decir? Tú trajiste… la botella. —Las palabras se le atragantaban.
—Ya ha empezado el efecto —reparó asustada.
—Tú… trajiste…
—No, claro que no.
Se oyó entonces una voz desde la puerta de la habitación, ahora abierta:
—No fue ella, no.
—Zephyr —maldijo Naima—. Cómo no ibas a ser tú.
El semidiós se encontraba apoyado contra el marco de madera, cruzado de brazos y expresión triunfante bajo la máscara verde. El amante de Naima corrió a tapar su desnudez tirando del pico de las sábanas.
—¿Pensabas que no conocía este lugar, que no había averiguado dónde te veías a escondidas con tu mascota? —Avanzó unos pasos.
—¿Qué quieres? —preguntó desafiante.
—Ya lo sabes. —Se plantó frente a ella.
—No tengo lo que buscas.
—No, pero has impedido que logre obtenerlo.
—Ahora pertenecen a Melina —se reafirmó.
—No pertenecerían a ella si tú no se los hubieses entregado —contradijo él—. Y como tú no haces más que cruzarte en mis planes, ahora te estoy devolviendo el favor.
—Dame el antídoto —le advirtió.
—No lo llevo encima. —Se encogió de hombros con aburrimiento.
—Pagarás por esto.
Zephyr sonrió.
—Me parece bien.
—¿Dónde está? —Naima estaba perdiendo la paciencia.
—Muy lejos de aquí. A varios días de camino.
—Lo tenías planeado. —Entrecerró los ojos con furia.
—Llevaba tiempo esperando la ocasión perfecta, lo reconozco. —Zephyr se llevó una mano al pecho con dramatismo. Estaba gozando con la situación—. Menos mal que ha llegado, pensé que el veneno caducaría y que tendría que volver a fabricarlo.
—El veneno es un arma de cobardes —le escupió las palabras en la cara.
—Desde que llevo esta máscara no dispongo de mis plenas facultades, así que tengo que conformarme con lo que puedo.
Porque tú no me harías el favor de quitármela, ¿verdad?
—Naima se limitó a mirarlo con profundo odio—.
Eso pensaba. Así que, si quieres salvarle la vida a tu querida mascota, vas a tener que darte prisa.
El antídoto está en Ciudad Iridia, en la choza que usabas para verte con tu anterior amante.
¿Recuerdas cómo llegar? Hace tiempo que no te ven por allí.
Tu otro noviete debe de echarte de menos.
Seguro que se pregunta por qué su amada diosa dejó de visitarle.
—Eres despreciable. —Apretaba los puños con fuerza—. Has cambiado mucho, demasiado, desde que Evonne se cruzó en tu camino. Y no para bien, precisamente.
—Te aconsejo que te marches ya, el veneno se expande más rápido de lo que parece. Pronto perderá la total capacidad de habla, luego las funciones motoras, y poco a poco se irá apagando.
El hombre abrió mucho los ojos, aterrado por aquellas declaraciones.
—Tranquilo. —Naima se giró hacia él—. Yo te lo traeré.
Salió al exterior de la vivienda saltando por la ventana para expandir sus magníficas alas de plumas albinas. Pero, cuando echó a volar, una fuerte ráfaga de viento la derribó y la devolvió al suelo. Se apartó el despeinado cabello del rostro y volvió a intentarlo, con idéntico resultado.
—Serás miserable —blasfemó dirigiéndose a Zephyr.
—Voy a estar vigilándote para que no puedas usar tus alas, así sabrás lo que se siente. Será mejor que te lo lleves —señaló al hombre—, no aguantará si tiene que esperar a que vayas y vuelvas. Y tampoco te aseguro que lo encuentres aquí si te marchas sin él.
Naima volvió a entrar y lo ayudó a recuperar la ropa del suelo de la habitación, desperdigada donde había caído en los momentos de desenfreno, antes de que su vida dependiese de los caprichos de un semidiós vengativo.
Zephyr apenas se dignó a echarle un último vistazo a la diosa, pero antes de salir del dormitorio, tomó una prenda, el fular con el que ella adornaba su cuello, y le advirtió:
—No intentes engañarme ni hacer trampas usando tus alas, de lo contrario, no recibirás el antídoto que tanto anhelas.
Ella lo oyó, pero no le dedicó ni una última mirada. Zephyr abandonó la casa y se marchó, pensando con diversión que era una lástima que Naima tuviese que viajar a Paladias y no pudiese ayudar a la muchacha humana en su camino hacia Ciudad Boreal.
Cuando se hubo marchado, Naima vio el cuervo posado sobre la rama del árbol, bien a la vista para que ella supiese que estaba siendo vigilada.