Hasta la última gota Chapter 9
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Chapter 9

Melina y Tabar tardaron apenas un rato en ponerse en marcha, en cuanto ella pudo usar el baño y acicalarse un poco y él llenó un zurrón con una cantimplora, víveres y un par de mantas.

También echó algunas monedas en una pequeña faltriquera de cuero gastado y se la colgó por el interior de la tiranta del mono de algodón, oculta a ojos codiciosos.

Tabar se aseguró de dejar bien cerradas todas las puertas y los postigos de las ventanas antes de despedirse de su casa con gran pesar.

—No me gusta alejarme de mi hogar —explicó con sequedad.

—A mí tampoco, pero aquí me ves.

Durante el primer tramo del viaje ambos se mantuvieron callados.

Tabar no parecía demasiado dispuesto a hablar y ella no tenía ganas de forzar una conversación.

No obstante, con el paso de las horas, el cansancio, la soledad y la llegada del anochecer, tuvieron que hacer un alto en el camino para refugiarse del frío y descansar, y ahí ya las palabras fluyeron entre ellos.

—¿Qué trae a una muchacha tan rara como tú a Argentos? —quiso saber Tabar, observando con descaro las raíces rubias que asomaban por la coronilla de Melina, producto de la falta de tinte negro.

Mientras degustaban un bocata de queso fresco al pie de un árbol, arropados con las mantas de lana que el hombre había traído, Melina le narró cómo comenzó aquella extraña aventura cuando su gato Tattoo fue capturado por la vecina.

Si bien había ciertos detalles de la historia de los que Tabar desconfiaba, pues desconocía el significado de términos como moto o furgoneta, guardó silencio y escuchó con atención.

Él, por su parte, satisfizo la curiosidad de la chica hablándole de su propio pasado.

—No hay mucho que contar, en realidad. Vivía con mis padres hasta que murieron. Estaban enfermos, pero sobrevivieron muchos años y llegaron a ancianos.

Melina estudió sus facciones, su eterno gesto hosco y su corpulento cuerpo peludo.

Bajo las mangas remangadas de la camisa de cuadros, sus brazos estaban muy morenos, seguramente por las horas de exposición al sol, y le quedaba poco cabello oscuro en la cabeza, la cual cubría con el sombrero de paja. Aparentaba unos treinta y pocos años.

—Ellos me enseñaron todo lo que sé en lo que respecta a labores de la granja y cuidado de los animales, pues me quedé a su lado todos esos años, exprimiendo el tiempo que nos quedase juntos.

Aquellas últimas palabras enternecieron a Melina a la par que la entristecieron. A sus padres no les avisó ninguna enfermedad de que les quedaban pocos años de vida. No supo aprovechar el tiempo con ellos.

Cuando la conversación se apagó y dieron por terminada la cena, ambos se echaron a dormir.

Tabar se quedó donde estaba, al pie de un árbol, y se recostó sobre el tronco para adquirir una postura semitumbada.

Melina, que estaba sentada enfrente, se levantó y se acercó a él, dispuesta a pegarse al hombre para darse calor.

Y aunque él puso mala cara y farfulló alguna que otra queja, no le dijo que se alejase, por lo que la muchacha apoyó la cabeza en el costado de él, tapándose hasta la nariz y con la cesta de Tattoo muy cerca, permitiendo que el gato se cobijase también con el pico de la manta.

—Eres demasiado confiada. Todavía soy un desconocido.

Melina dibujó una sonrisa. Sabía que con él estaba segura, ella no le interesaba; ni ella ni ninguna otra mujer, su intuición femenina se lo indicaba.

En aquel instante de calma y silencio, tan solo interrumpido por el cricrí de los grillos que se escuchaban en la naturaleza, Melina inspiró en profundidad y tomó conciencia de dónde se encontraba.

Conducía veloz la moto, huyendo con Tattoo de la zona de la colisión, y al segundo siguiente había aparecido en un lugar distinto tras ser alcanzada por un rayo.

Observando el firmamento perlado de estrellas, se preguntó si existirían los portales tridimensionales o los agujeros de gusano, y si ella habría atravesado algo parecido hasta llegar a aquel mundo llamado Metallia.

Argentos era el nombre del reino que atravesaba, según lo escuchado en Villa Alumen, aunque la diosa Naima había mencionado también un reino celestial: Selenia.

¿Habría más territorios? ¿Cuánto tardaría en volver a casa junto a tía Cara y tío Emmet?

Cómo regresar, esa era la cuestión principal y la más importante.

Pero antes de planteárselo siquiera, tenía que llegar a Ciudad Boreal y curar a Tattoo, que parecía estar sufriendo un intenso dolor con tan solo respirar, y entonces, solo cuando su pequeño amigo estuviese recuperado, buscaría la forma de abandonar Metallia.

Con todas esas ideas rondando por la mente, cerró los ojos y se dejó arrastrar al mundo onírico, más por necesidad fisiológica que por propio interés.

Fue un sueño agitado, estaba incómoda y se despertaba a cada rato tratando de cambiar de postura para que le dolieran menos la espalda y el trasero.

Llegó un momento en que incluso se planteó tumbarse contra la hierba, pero esta estaba húmeda y tenía demasiado frío, por lo que prefirió quedarse cerca de Tabar, quien parecía acostumbrado a ese tipo de inclemencias, pues roncaba y apenas se despertó un par de veces a lo largo de la noche.

Por la claridad del cielo supuso que faltaría poco para el amanecer, cuando entonces Melina notó que algo se aferraba a sus tobillos.

Sacudió las piernas con violencia para deshacerse de lo que fuese que intentaba atraparla, y se quitó la manta de encima de un solo movimiento brusco que hizo que Tabar protestara.

Donde ella esperaba encontrar algún bicho asqueroso tratando de picarle, halló unas manos cubiertas por guantes negros.

Melina resiguió los brazos con la mirada hasta llegar a los hombros y a la cabeza, y descubrió, para su pesar, que se trataba de Zephyr.

—¡¿Qué haces?! —chilló presa del pánico.

Tabar se despertó de sopetón y, al asimilar lo que estaba ocurriendo, gateó para alejarse del semidiós, quien se había puesto en pie y ya se erguía de nuevo en toda su majestuosidad.

—Esos zapatos no son tuyos —gruñó con rabia latente.

—¿Y esta es tu forma de recuperarlos, quitándomelos en mitad de la noche mientras duermo?

—No se puede. Parece que estén pegados —aportó Tabar, lamentando al instante sus palabras.

—¿Cómo dices? —Melina le dedicó una mirada de enfado—. Entonces sí que intentaste quitármelos cuando me dejaste inconsciente.

El granjero parecía arrepentido, pero la muchacha no tenía tiempo para distraerse con él, pues Zephyr lucía amenazante —aunque la ropa llena de hojas y ramitas por haberse arrastrado por el suelo del bosque le otorgaban un toque de cercanía atípica para un semidiós poderoso—.

Melina sentía una mezcla de miedo y rabia. Comprendió lo expuesta que estaba a los deseos del semidiós, a los de cualquier persona que anhelase aquellos zapatos en realidad.

Un regalo envenenado.

—Dámelos, ahora mismo —exigió con los ojos garzos cargados de ira bajo la máscara verde.

—Jamás —retó ella.

Se puso en pie y le plantó cara. Más que saberse valiente, estaba enfadada por el susto que le había pegado. A nadie le gustaba ser agarrado por los tobillos mientras dormía.

Zephyr cerró los puños con fuerza, haciéndose incluso daño en las palmas de sus propias manos. Pero ese ínfimo dolor no era nada en comparación con el que le había provocado aquella muchacha al asesinar a Evonne.

—Pagarás por esto.

—¿Cómo? —Se envalentonó, y se arrepintió al instante.

Aunque en apariencia el semidiós no podía arrancar los zapatos de sus pies ni atacarla con ningún hechizo mágico, eso no significaba que no pudiera tocarla y herirla.

Zephyr rio con soberbia, una carcajada que haría estremecer incluso al soldado más aguerrido, y a Melina se le heló la sangre en las venas.

Se acercó a ella con paso lento, disfrutando del rictus de terror que se dibujaba en el rostro del hombre que la acompañaba.

Y pese a que la chica trataba de no parecer cobarde, a medida que se cerraba la distancia entre ellos, sus ojos iban adquiriendo también un brillo de miedo con el cual Zephyr se deleitaba.

Cuando estuvo situado a escasos centímetros de ella, levantó una mano enguantada y la sostuvo por la mandíbula.

Estudió su rostro con atención para memorizar hasta la última peca de su nariz.

Paseó el pulgar por su mejilla y lo apretó lo suficiente para hacerle saber que estaba bajo su merced si así él lo quería.

—No te creas tan lista. —La obligó a alzar la barbilla y mirarle a sus ojos crueles—. Quizás no pueda herirte con mi magia, pero aún puedo hacerte mucho daño.

La mirada de Melina se deslizó hacia su boca mientras él hablaba. Aquellos labios eran todo cuanto se podía apreciar en su cara, oculta bajo la máscara, además de esos ojos claros y expresivos.

Comenzaba a amanecer. La luz llamó a una nueva mañana y el horizonte se iluminó; la bruma dejaba pasar los tímidos primeros rayos de sol.

Melina consideró que era una visión singular, atrayente incluso, con el semidiós en primer plano y el alba abriéndose paso tras él.

No despegaba los ojos de ella. La intimidaba, sí, pero era una sensación extraña la que sentía.

A tan poca distancia le llegaba el aroma mentolado de su aliento, y sus ropas olían a cuero, a tierra y a mil historias vividas a lo largo de los años.

Tragó saliva. Por muy malvado que fuese, no podía negar su atractivo, pero al instante se reprendió por pensar así.

—No te los daré —sentenció tratando de que la voz no se le quebrase.

Fracasó.

—Quizás no tenga que amenazarte a ti —dedujo el semidiós, dándose la vuelta y apartándose de ella—. Quizás tenga que amenazarlo a él.

Cuando Zephyr se volvió a girar, su dedo señalaba al granjero.

Este dio un paso hacia atrás, con los ojos abiertos como platos y el corazón martilleando en el pecho.

Y Tabar, una persona ignorante en cuestiones mágicas y que rehusaba el conflicto, que vivía solo por y para sí mismo, salió huyendo en dirección contraria antes de que el semidiós pudiese ponerle una mano encima.

—¡Maldito cobarde! —rugió Melina frustrada al ver que la abandonaba a su suerte.

Zephyr sonrió con diversión.

—Vaya amigos te buscas —se burló.

Melina trató de recomponerse; no podía creer que Tabar la hubiese dejado así al primer contratiempo, aunque, por otro lado, no hacía ni veinticuatro horas que se conocían.

¿Habría hecho ella lo mismo en su lugar?

Lo dudaba, pero, cuando se trataba de salvar el culo, no podía estar segura.

El ser humano era egoísta por naturaleza, ¿por qué no iba a ser ella igual?

—Déjalo en paz —expresó al fin—. No es a él a quien quieres.

Zephyr, que se había quedado observando la espantada del granjero, devolvió su atención a Melina; ahora la determinación dominaba su rostro.

Si la observaba bien, podía ver su frente perlada en sudor, su pulso acelerado e incluso un leve espasmo en el músculo del cuello.

Se hacía la valiente, pero estaba atemorizada.

—Es la última vez que te lo voy a pedir. —Sus palabras eran una amenaza—. Dame los zapatos.

—No.

Su respuesta no sonó tan convincente como le hubiese gustado, pero estaba orgullosa de sí misma, a pesar de los problemas que sus agallas pudieran suponerle.

—¡Niña estúpida! —Zephyr estaba frustrado y así lo demostró, perdiendo la compostura y agarrándose la máscara en un gesto de rabia.

—Tú ya tienes unos, ¿por qué no puedo quedarme yo estos? —se atrevió a preguntar—. Su dueña ya no los necesita, y yo preferiría no andar por ahí descalza. Quién sabe si me voy a cortar con un cristal o si voy a pisar una oruga de esas que dan urticaria.

—¡Porque no te pertenecen!

—Bueno, pues préstamelos mientras esté por aquí y luego te los devuelvo.

Zephyr se agachó para tomar impulso y saltó sobre ella con fiereza, o eso le pareció a Melina, que se protegió con los brazos ante el supuesto embiste; sin embargo, Zephyr se enganchó a una corriente de viento y abandonó el lugar volando.

Pero Melina sabía que, aunque ahora se marchara, seguiría dándole problemas.

Pasado un rato, cuando los latidos de su corazón dejaron de retumbar en su cerebro y pudo calmarse tras lo sucedido, observó todas las cosas tiradas a su alrededor: el zurrón con los víveres, las mantas de lana, la cesta que era el refugio de Tattoo e incluso el sombrero de paja.

Melina se sintió traicionada. Pese a que acabaran de conocerse y no fueran más que dos desconocidos viajando juntos, habría esperado un poco más de lealtad por su parte.

—Lo que hay que aguantar, tan temprano y sin un café…

Enfurruñada, se dispuso a recogerlo todo para proseguir el camino.

El sol ya despuntaba por el este y debía ponerse en marcha.

Cuando deslió las mantas para doblarlas, la faltriquera de Tabar cayó a la hierba junto a su pie.

Melina la sostuvo a la altura de los ojos, al menos tendría algunas monedas por si necesitaba comprar más provisiones.

Dio un trago a la cantimplora, la guardó en el zurrón y se lo echó a la espalda. También se puso el sombrero de paja en la cabeza y, cesta en mano, retomó su camino hacia Ciudad Boreal, en busca de ese misterioso hechicero que podría curar a Tattoo.