Hasta la última gota Chapter 8
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Chapter 8

Despertó con brusquedad cuando un gran chorreón de agua sucia cayó sobre su rostro. Tosió durante unos segundos, creyendo que se ahogaba por culpa del líquido que se le había metido por la nariz.

—¡Tattoo! —exclamó con su primer aliento.

—¿Te refieres al gato? Tranquila, está bien.

Melina abrió mucho los ojos y miró en todas direcciones hasta ser consciente de dónde se encontraba.

Estaba tirada sobre una montaña de heno, en el suelo de una cuadra, atada de pies y manos con una soga gruesa.

Al otro lado de la puerta de hierro cerrada, un hombre vestido con un mono de algodón marrón, camisa de cuadros y sombrero de paja la observaba con suspicacia.

—¿Quién eres?

—¿Quién eres tú? —contestó él en su lugar con hosquedad.

—Melina. Ay, me duele la cabeza. —Trató de llevarse las manos a la coronilla—. No era necesario ese palazo, no vengo con malas intenciones.

—Ya, igual que tus amigos, ¿verdad?

—¿Qué amigos?

Hacía algunos años que sus pocas amigas se marcharon a estudiar a la universidad y se alojaban en residencias de estudiantes, y en todo ese tiempo solo había ido a visitarlas una vez; el contacto ya no era el mismo desde que tuvo que mudarse a cientos de kilómetros con sus tíos.

Aquel hombre no podía estar refiriéndose a ellas de ninguna manera.

—Los granujas esos que no hacen más que molestarme y robarme los animales.

—No sé de qué me hablas. —Se retorció para palparse la cabeza como pudo—. Yo viajo sola con mi gato. ¿Dónde está?

—En la casa —explicó de mala gana—. Parecía hambriento y le he dado leche.

Melina observó al desconocido con reticencia, pero al final suspiró y relajó el rostro.

—Gracias, aunque no es bueno darle leche a un gato, al contrario de lo que la gente suele pensar. —Su captor gruñó con enfado y Melina decidió dejar correr sus enseñanzas sobre la crianza de felinos—. Está herido y voy camino de Ciudad Boreal para pedir ayuda al hechicero de Argentos.

—¿Al hechicero? —se interesó el hombre, aunque intentó que no se notara—. ¿Qué le ocurre?

—Un accidente de tráfico. La diosa Naima ha sanado sus heridas externas, pero las internas aún persisten. Tengo que ver al hechicero de Argentos para pedirle que lo cure.

—¿Dices que viste a la diosa Naima? —Aquella información lo dejó pasmado—. Los dioses no se dejan ver así como así.

—Pues yo sí la he visto. Bueno, si es quien decía ser, claro.

—¿Fue la diosa quien te dio esos zapatos? —Señaló el calzado que, a diferencia de sus propias ropas, no parecían haberse ensuciado con la porquería del establo.

—No. Bueno, sí. Bueno, no.

—O sí o no; aclárate, niña.

—Oye, me duele la cabeza y apesto a cuadra. ¿Te importaría desatarme y darme un poco de agua? Pero esta vez en un vaso, no echándomela por encima.

—Aún no confío en ti. ¿Cómo puedo saber que todo lo que me cuentas es verdad y que no eres amiga de esos granujas?

—Mira, cree que lo te dé la gana —se exasperó—. Tan solo desátame y me iré. No tendrás que volver a verme. Además, tampoco parece que haya animales que robar por aquí —apostilló con intención.

—Eso es porque se los han llevado ya todos —⁠explicó con furia, agarrando con fuerza los barrotes de la puerta—. Hasta los perros me los han robado.

—¿Entonces cómo podría yo robarte nada? —Alzó una ceja con impaciencia.

—Podría pedir un rescate por ti —meditó.

—Lamento decirte que nadie va a pagarte un centavo. Nadie me espera.

—¿No tienes familia?

—No aquí, desde luego.

—Está bien, Melina, te soltaré y te marcharás de inmediato.

—Por favor y gracias.

El hombre la observó un instante más antes de decidirse a dejarla libre. Accedió a la cuadra, desató la soga que la mantenía atada y le tendió la mano para ayudarla a ponerse en pie.

—Joder, qué mal huelo, y encima ahora estoy empapada. ¿Dónde está mi chaqueta?

—Afuera, con la cesta.

—¿Te importaría darte la vuelta? —Acompañó sus palabras con un giro de su dedo—. Me gustaría quitarme la camiseta y escurrirla.

El hombre ahogó una risa, pero se giró de todos modos.

—No te preocupes, niña, no me interesa nada de lo que tienes debajo de la ropa.

—¿Tampoco los zapatos? No me los has intentado robar. Parecen ser bastante codiciados por estas tierras.

—No son de mi estilo, tienen poco tacón —ironizó.

Melina bufó ante su respuesta. Se sacó la camiseta por la cabeza y la escurrió todo lo que sus fuerzas le permitieron; cuando volvió a ponérsela estaba arrugada por completo, pero ya no chorreaba agua.

Frunció el ceño, aunque se dijo a sí misma que era una tontería sin importancia, su aspecto en aquellas circunstancias era algo secundario.

Al menos los pantalones estaban secos; asquerosos, pero secos.

—¿Puedo saber tu nombre? —le preguntó de camino al exterior del establo.

—Tabar —respondió con un gruñido.

Melina se agachó para recoger la chaqueta.

—Gracias, Tabar.

—¿Por qué me das las gracias? —Se extrañó.

—Por soltarme. Claro que si no me hubieses golpeado y atado en primer lugar, no tendría que estar agradeciéndotelo, pero de todos modos te lo agradezco.

—Hm —masculló de malhumor.

—¿Mi gato, por favor? —pidió ya con la cesta de mimbre en la mano.

—Está en la casa, ya te lo he dicho.

—¿Puedo acompañarte?

—Pero no toques nada, ni hagas movimientos bruscos —le advirtió blandiendo la pala de nuevo como amenaza.

—Sin problema. —Alzó las palmas de las manos en son de paz.

Tabar la guio al interior de la vivienda, que se encontraba al otro lado de la propiedad.

Abrió la puerta de madera y las bisagras se quejaron como si las hubieran despertado de un largo sopor.

En cuanto Melina puso un pie en el interior de lo que parecía la cocina, el aroma de la comida le impactó con fuerza en las fosas nasales.

Pan, queso, miel, leche… Poco le faltó para comenzar a babear.

—¿Tattoo? —llamó a su amigo.

—Miau —respondió bajito el animal, que se encontraba junto a la mesa y tenía un plato de barro delante, ahora vacío.

—Aquí estás.

Se agachó para acariciarle entre las orejas, lo cual Tattoo agradeció con un ronroneo. Melina lo sostuvo en brazos y se puso en pie, dispuesta a marcharse de aquel lugar sin demora; sin embargo, su estómago rugió con violencia en respuesta a los sabrosos olores de la habitación.

—Lo siento. —Se sonrojó.

—¿Tienes hambre, eh? —La voz de Tabar parecía haberse endulzado un tono.

—Llevo caminando todo el día sin probar bocado.

Si bien no le apetecía compartir espacio con aquel hombre que la había golpeado y maniatado, su orgullo se quedó agazapado en un oscuro rincón para suplicar con la mirada algo de alimento.

—Está bien, siéntate. Te daré un poco de pan.

Melina así lo hizo, soltó de nuevo a Tattoo en el suelo y tomó asiento en el único taburete que había. Estaba claro que a aquel hombre no le gustaban las visitas.

Tabar cortó una hogaza y le sirvió un par de rebanadas que olían como un manjar.

—¿Podría tomar también un poco de queso? —se atrevió a preguntar.

Tabar suspiró contrariado, pero complació sus deseos y enseguida Melina pudo acompañar el pan con queso blanco fresco.

Antes de poder pedir nada más, el hombre le acercó una jarra de barro llena de leche.

Melina le sonrió agradecida y siguió comiendo sin pronunciar palabra.

Tabar se sentó sobre la mesa y esperó paciente.

Cuando su estómago estuvo satisfecho, Melina se acarició la barriga dibujando círculos alrededor del ombligo.

—Uf, muchas gracias. No sabes el hambre que tenía.

—Espero que estuviese rico, sin vacas ni cabras no voy a poder hacer mucho más.

—¿Quién te ha robado los animales? —aprovechó para preguntarle ahora que parecía más dispuesto a hablar.

—Unos gamberros que a veces pasan por aquí. Bandoleros, ladronzuelos de poca monta. Desde que no hay guardias en los caminos, las personas como yo estamos expuestas a la delincuencia.

—¿Y por qué ya no hay guardias?

—Eso nos gustaría saber a todos. Hace años que ya no se vigilan las carreteras. —Apretó los puños.

—¿Y quién tiene la respuesta? —Tabar la miró sin comprender. —¿A quién podrías preguntarle sobre ello? ¿Exigir que los devuelvan a sus puestos en los caminos?

—Eso se gestiona desde la capital, que es donde el soberano dicta qué puesto se asigna a cada guardia.

—Pues ve y pregúntale —resolvió la muchacha.

—¿Yo, ir a Ciudad Boreal?

—¿Esa es la capital? —se sorprendió ella.

—Y el soberano es el hechicero de Argentos.

—Veo que ese misterioso hechicero ostenta bastante poder.

—No puedo marcharme y dejar la granja sola.

—¿Por qué no? —quiso saber Melina—. No te quedan animales que cuidar, nada te retiene aquí.

—¿Y si vuelven los ladrones?

—¿Queda algo que robar?

—Claro, aunque ya no haya animales, aún podrían robar muchas cosas.

—Pues tú mismo, quédate si es lo que deseas, pero creo que sería mejor ir a obtener respuestas. Y dado que yo viajo en la misma dirección para hablar con la misma persona, podríamos compartir camino, si no te parece mal.

Tabar la observó, sopesando la idea, hasta que por fin se puso en pie. Había tomado una decisión.

—De acuerdo, me has convencido. Iré contigo a Ciudad Boreal.

—Genial —respondió Melina con una sonrisa—. ¿Nos vamos ya?

—Quedan pocas horas de luz, quizás sería bueno esperar a mañana.

—No, lo siento, mi gato está herido y debo llegar lo antes posible. Y aunque dormir en una cama es tentador…

—Tú dormirías en el suelo de la cuadra —musitó.

—… prefiero hacer un alto en el camino a descansar para no demorarme demasiado —prosiguió, haciendo oídos sordos a su comentario.

—Pero se va a hacer de noche enseguida —⁠argumentó.

—Haz lo quieras —se rindió—, yo me marcho ya.

—Está bien, qué cabezota eres. Al menos cojamos provisiones antes de partir.

—Me parece una idea estupenda —sonrió satisfecha.