Hasta la última gota Chapter 7
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Chapter 7

En cuanto Zephyr hubo desaparecido, tragado por la bruma en la lejanía, Melina se permitió respirar tranquila; al menos por el momento. Observó que los habitantes de Villa Alumen comenzaban a asomar la nariz fuera de sus viviendas.

—¿Quién era ese tipo tan majo?

—Zephyr, un semidiós con muy malas pulgas, como has podido comprobar.

—Semidiós, como Evonne. ¿Y tú eres diosa completa? —Naima afirmó—. ¿Qué os diferencia?

—Nosotros tenemos grandes poderes y unas alas que exponemos a nuestro antojo y que nos permiten volar por toda Metallia y hasta Selenia, el reino de los dioses —le explicó mientras la invitaba a caminar a su lado—.

Los semidioses, en cambio, carecen de alas y no pueden viajar hasta allí, y no tienen tantos poderes.

—Por eso no se ha enfrentado a ti, ¿no? —dedujo Melina—, porque tú eres más poderosa.

—Ahora debes marchar a Ciudad Boreal, tu amigo no tiene tiempo que perder —la animó la diosa.

Un hombrecillo se acercó a ellas y le entregó a Melina una cesta de mimbre forrada con una suave tela blanca donde descansaba Tattoo.

—¿Quizás quieras cambiar tus ropas antes de emprender el viaje?

Melina se observó a sí misma. Vestía un pantalón vaquero gris de tiro alto con rotos en las rodillas, una camiseta roja escotada y la chaqueta de cuero negra con rosas rojas bordadas en las mangas.

Y donde antes tenía las botas negras, ahora estaban aquellos zapatos alados que el semidiós había llamado «zapatos del cielo».

Era cierto que, al menos entre aquella gentecilla, su aspecto no terminaba de encajar, pero era su aspecto y así se gustaba.

—Creo que prefiero quedarme así —declaró por fin.

—Sea —aprobó Naima—. Entonces no te demores más y ponte en marcha. Sigue este camino de adoquines hasta que llegues a la laguna de Nitreas. Nos volveremos a encontrar allí dentro de dos días, junto a la acacia más alta.

—¿Dos días? —exclamó Melina con pesadumbre.

—Es lo que calculo que tardarás en llegar, puesto que tu motocicleta está estropeada y no arranca, seguramente por el rayo que dices que la alcanzó.

Ya lo hemos comprobado nosotros —añadió al ver que la muchacha se acercaba para inspeccionarla, cosa que hizo de todos modos, corroborando las palabras de la diosa.

—¿Y no tenéis otro vehículo para prestarme?

—No, lo siento —se disculpó el hombrecillo.

—¿Y tabaco, tenéis?

Negó con la cabeza. Melina suspiró, sin más remedio que aceptar la situación.

—Dos días es mucho tiempo. —Arrugó el ceño—. ¿Estará bien Tattoo?

—No tengo manera de saberlo, por ello es primordial que comiences tu viaje de inmediato. Mucha suerte en tu camino, querida Melina. Nos vemos pasado mañana, recuérdalo.

Y así, diciendo adiós con la mano a Naima y a la gentecilla de aquel extraño poblado, Melina dejó atrás la moto de su padre, ahora inútil, y comenzó su aventura.

Melina contempló el mundo que se abría ante ella, salpicado de colinas de hierba fresca y florecillas de todos los colores.

Los árboles crecían con precisa verticalidad junto al camino de adoquines, el cual apenas se beneficiaba de su sombra, aunque el sol brillaba templado en el cielo sin llegar a resultar molesto.

Caminando y caminando, pasó junto a aldeas, praderas y tierras de labranza. Apenas se cruzó con nadie, y cuando lo hacía la miraban con recelo y cerraban las puertas a su paso.

—No te preocupes, panterita. —Acarició la cabeza del gato, que reposaba en silencio en el interior de la cesta—. Vas a estar bien, ya lo verás.

Este alzó la barbilla lo justo para dedicarle una mirada, quizás de agradecimiento por rescatarlo de las garras de la malvada vecina, y se dejó rascar detrás de las orejas.

La pena se le atascó a Melina en la garganta.

Ahora que tenía tiempo de asimilar todo lo ocurrido, se daba cuenta de que estaba lejos de casa, sin poder comunicarse con sus tíos ni poder avisarles de su situación, había echado a perder la moto de su padre y, lo peor de todo, había atropellado a una mujer.

Malvada o no, eso no importaba. Estaba muerta y era por su culpa.

Y por si fuera poco, debido a ello ahora un semidiós vengativo tenía puestos sus ojos en ella, y esperaba ansioso su momento para hacérselo pagar.

Melina se miró los pies sin detenerse, debía reconocer que aquellos zapatos dorados con alas en los laterales eran realmente cómodos. Se ajustaban a la perfección y no le hacían ni una sola rozadura; jamás había llevado un calzado tan agradable.

Habían pasado unas horas cuando decidió hacer la primera pausa. Tattoo parecía inquieto y Melina se preguntó si no querría hacer pis, así que salió del camino, depositó la cesta en la hierba a la sombra de un árbol y extrajo con delicadeza al animal para ayudarlo a mantenerse a cuatro patas.

—¿Te duele mucho?

Tattoo quedó sentado, parecía dudar de que sus propias patas pudieran mantener el peso de su cuerpecito, pero poco a poco fue ganando confianza y acabó sosteniéndose.

—Miau —expresó con un quejido.

—Ay, mi bebé, pobrecito.

Melina observó cómo daba unos pasos temblorosos, nada que ver con la soltura con la que siempre se pavoneaba y saltaba de tapia en tapia. Se alejó un poco hacia unas malas hierbas y comenzó a mordisquearlas. En su mirada había dolor.

La muchacha apretó la mandíbula con fuerza, tratando de contener la furia que le provocaba lo que aquella terrible mujer le había hecho a su amigo.

Y a su propia gata, por cierto. En su afán por deshacerse de Tattoo, se había llevado por delante la vida de la inocente gatita, así que Melina poco podía sentir la muerte de la mujer, que había demostrado ser vil y despiadada.

A sus veintitrés años, la vida ya le había enseñado con creces que las personas morían, y la pérdida de su vecina era insignificante para ella.

Quizás podría parecer una desalmada, pero era la verdad y no tenía remordimientos por pensar así.

—Vamos, te pondrás bien —animó a su amigo acariciándole el lomo—.

El dolor pasará y tú y yo volveremos juntos a casa, con tía Cara y tío Emmet.

—⁠Tattoo la miró—. Ya, yo tampoco confío mucho en que de verdad haya un hechicero todopoderoso que pueda curarte, pero míranos, estamos en un lugar desconocido, donde hemos visto a un hombre que dice ser un semidiós desaparecer volando por el cielo.

Y esa mujer, Naima, ha curado las heridas que tenías.

Creo que no nos queda más remedio que considerar que este lugar es diferente a todo lo que conocemos, y que la magia es de verdad una posibilidad.

Dicho eso, Melina devolvió a Tattoo al interior de la cesta, depositándolo con sumo cuidado y mimándolo un poco antes de proseguir su camino.

—Tengo hambre —expresó en voz alta—, debí traer la fruta que esos aldeanos me ofrecieron mientras aún me trataban de salvadora, aunque su sabor fuese como chupar una sartén de aluminio.

Con el estómago quejándose, Melina retomó el viaje y no se volvió a detener hasta pasado otro largo rato. Quedaban aún unas pocas horas de luz cuando divisó una granja en mitad de la nada, alejada del camino y de otras poblaciones que había dejado atrás en su largo caminar.

Salió de la calzada hasta alcanzar la puerta y llamó con los nudillos. A estas alturas ya estaba empapada en sudor, por lo que se quitó la chaqueta de cuero y se abanicó con su propia mano libre.

—¿Hola? —vociferó.

Se oyeron pasos al otro lado, pero quien fuera que hubiese allí dentro se lo pensó mejor cuando vio a Melina por la mirilla de la puerta, y esta permaneció cerrada.

—Solo quiero un poco de agua, por favor. Y usar su baño, si fuese tan amable.

Silencio.

Melina suspiró contrariada y se alejó de la fachada, no obstante, en vez de regresar al camino, giró hacia la parte trasera de la granja, donde encontró un gallinero, un redil y un establo, todo vacío.

—¿Dónde están los animales?

El lugar desde luego apestaba a pienso, a paja y a orina, y había boñigas frescas por el suelo, abrevaderos llenos de agua y moscas pululando por el ambiente. Parecía como si los animales hubiesen desaparecido de repente.

—No puedes estar aquí —oyó la voz de un hombre demasiado cerca.

Alarmada, quiso girarse hacia la persona que estaba situada tras ella, pero, antes de poder hacerlo, recibió un palazo en la cabeza que la tiró al suelo y la dejó inconsciente.