Hasta la última gota Chapter 6
5%

Chapter 6

Sin pretenderlo, Melina había liberado Villa Alumen de la dura opresión de aquella malvada mujer y, en agradecimiento, los habitantes la agasajaron con una fuente de frutas y comodidades tales como una habitación para ella sola por si necesitaba quedarse algunos días, enseres de aseo o ropas limpias, a las cuales ni había dedicado un segundo vistazo, pues no eran ni mucho menos de su tamaño, sino que estaban confeccionadas para gente pequeña como la que allí habitaba.

Tampoco tuvo ganas de comer demasiada fruta, pues esta sabía ácida y tenía un raro regusto a metal, sumado al estómago revuelto tras tantas emociones fuertes.

Utilizó un barreño lleno de agua para limpiar su rostro y acicalarse lo mejor posible.

Observó en el espejo sus ojos marrones, ahora lúcidos y sin rastro de excesos nocturnos en la mirada; los recientes acontecimientos habían despertado sus sentidos al máximo.

Además, por algún extraño milagro, el accidente de moto no le había provocado heridas, tan solo unas magulladuras en las manos y alguna contusión sin importancia, pero sí que estaba exhausta hasta la médula.

—Necesito un tinte, y con urgencia —expresó observando las amplias raíces rubias que coronaban su cabeza—. Y un cigarro también.

Mientras aguardaba intranquila el regreso de la diosa Naima con Tattoo, se paseó de aquí para allá por la minúscula habitación, tomando asiento de vez en cuando y volviendo a levantarse de nuevo. Entonces, tocaron a la puerta y una mujercilla accedió sin esperar permiso por su parte para entrar.

—Disculpa, salvadora Melina, te traigo unas mantas por si deseas descansar.

Melina asintió agradecida y la mujer las depositó sobre el colchón. La muchacha se contuvo de mencionar que difícilmente podía caber en aquella cama tan minúscula.

—No es necesario el título de «salvadora», ¿sabes? —respondió en cambio.

—Claro que sí —repuso la recién llegada—, has liberado Villa Alumen. No sabes la de barbaridades a las que nos sometía esa malvada bruja. Podría contarte algunas, si tienes estómago para ello.

—No hace falta, gracias. —Tragó saliva.

—A mi hermano mayor le dio latigazos hasta que le asomaron los huesos de la espalda —narró de todos modos—.

Las heridas se le infectaron y estuvo a punto de morir.

—Melina se quedó pasmada—. A mi otro hermano lo lanzó contra el tronco de un árbol y se fracturó el brazo por tres sitios diferentes.

Y a mí… —se detuvo un instante para reunir el coraje de revivir su propia desgracia—, me colgó boca abajo de una rama, desde el alba hasta el anochecer.

—¿De verdad? —Se había quedado boquiabierta.

—Oh, sí. Y no solo a nosotros, también atemorizaba a otras aldeas cercanas.

—¿Por qué hacía esas cosas? —preguntó horrorizada.

—Algunas veces porque nos negábamos a entregarle nuestras provisiones, ganadas con tanto esfuerzo y sudor.

Otras porque nos encerrábamos en las casas para que no nos robara nuestro dinero.

También porque plantábamos cara para impedir que se llevara a algunos de nuestros hijos.

Pero la mayoría de las veces por aburrimiento, porque así se distraía.

—Es terrible…

—El mundo es cruel, salvadora Melina, y más vale que vayas haciéndote a la idea. Pero Evonne no estaba sola, me temo.

—¿Qué quieres decir? —La sangre se le heló en las venas ante su tono lúgubre.

Pero antes de que la mujercilla pudiese explicarse, la respuesta apareció por sí misma.

Un furioso viento azotó el poblado, arrancando hojas de los árboles, lanzando por los aires la ropa que se secaba al sol en los cordeles y arrastrando a los pequeños animales que habitaban el lugar.

Melina se asomó a la ventana para ver qué ocurría, pero la mujercilla la apartó con rapidez y sin ceremonias.

Todos los habitantes de Villa Alumen corrieron a esconderse en sus casas, asegurando puertas y ventanas.

Lo hicieron con tanta presteza que Melina no tuvo dudas de que estaban más que acostumbrados a aquellas visitas no deseadas.

—¡¿Dónde está?! —rugió una voz profunda y resentida desde el exterior que se dejó oír por todos los recovecos de la casa.

La mujercilla asomó la nariz con sigilo por la ventana, deslizando la cortina con mucho cuidado de no ser descubierta.

—Me lo temía… Esto no ayudará con el dolor de cabeza que ya padezco.

—¿Quién es? —Melina se acercó agachada junto a ella y observó al hombre que ahora se erguía en el exterior del poblado, en mitad de la plazoleta.

Lo primero que llamó su atención fue la máscara verde que cubría sus facciones.

Se preguntó si vendría directo de una fiesta de carnaval veneciano.

Vio también que tenía el pelo negro y corto, el flequillo le caía por el rostro hacia un lado y hasta la altura de la punta de la nariz.

Vestía un pantalón negro y camisa de cuello en V de idéntico color.

Melina ahogó una exclamación al descubrir que el desconocido lucía en sus pies unos zapatos alados idénticos a los que ella calzaba ahora.

—¡¿Dónde está?! —repitió el hombre con algo menos de paciencia y un poco más de ira.

La mujer miró a Melina y le hizo un gesto con el dedo para que se mantuviera en silencio. Todos los aldeanos hicieron lo mismo, a ojos de cualquier visitante parecía que el poblado estuviera deshabitado.

—O sale ahora mismo el culpable o quemaré esta aldea hasta los cimientos —bramó encolerizado.

Melina contempló a su acompañante con pavor. ¿Qué debía hacer? Si acudía a su llamada, seguramente ese hombre la mataría, pero si se mantenía oculta, aquella gente que la había ayudado pagaría las consecuencias.

—Lo siento, muchacha… —resolvió la mujer.

La aferró de la muñeca y la forzó a moverse, dirigiéndola hacia el exterior. Melina se debatía en sus manos, pero la mujer disponía de una fuerza que jamás le hubiese atribuido debido a su pequeño tamaño. Por más que lo intentó, no logró liberarse de su agarre.

—Qué poco ha durado eso de «salvadora», ¿eh? De héroe a mártir —ironizó contrariada.

En cuanto la puerta de la vivienda se abrió y Melina apareció bajo el umbral, el hombre se giró hacia ella con ojos iracundos.

Tras ella caminaba la mujercilla hostigándola, y todas las demás puertas de la aldea se fueron abriendo una a una, revelando a los habitantes que habían tratado de pasar desapercibidos.

El morbo por comprobar qué iba a hacer con la humana era poderoso.

—¿Tú? —espetó cuando la vio acercarse—. ¿Tú has matado a Evonne, una humana corriente y mediocre como tú?

—Joder, menuda bienvenida. Yo también me alegro de conocerte —respondió ella elevando una ceja.

—¿Tú has matado a la diosa?

—Semidiosa, o eso tengo entendido —osó contradecir, evitando llamarla «bruja» por su propio bien—. Verás, fue un accidente. ¿Ves aquella moto de allí? Es mía, la atropellé, pero fue sin querer, lo juro.

El hombre se giró hacia donde la muchacha indicaba y vio la Harley tirada en la tierra a varios metros de distancia. Y, muy cerca de la motocicleta, el cadáver de la semidiosa yacía en el suelo rojizo, destartalado y olvidado por todos.

Melina aprovechó para observar mejor al desconocido ahora que lo tenía más cerca.

Parecía joven bajo aquella máscara que le cubría hasta el labio superior.

Este ahogó un gemido y las rodillas le temblaron.

Desde que el cuervo le había llevado las noticias sobre el fallecimiento de Evonne, había viajado sin descanso hasta la aldea en busca de venganza, pero ahora que tenía a su amada delante, tirada de cualquier manera y con heridas mortales, las fuerzas le flaqueaban.

—¿Y sus zapatos? ¿Cómo es posible? —murmuró aturdido.

Cuando devolvió la mirada a Melina, sus ojos lucían como dos espejos de tormento, y era fácil adivinar que, bajo la máscara verde, su rostro se contraía en una mueca de odio infinito.

Fue la señal que la mujercilla que mantenía cautiva a Melina necesitó para salir pitando y guarecerse de nuevo en el interior de su casa.

Todos los demás la imitaron, temerosos de que el castigo los salpicara también, y la aldea volvió a quedarse vacía, con solo aquellos dos dispares contendientes en mitad de la plaza.

—Tú la has matado y vas a pagar por ello.

Melina intentó explicarse de nuevo, pero antes de pronunciar palabra, una ráfaga de viento cayó sobre ella.

La joven se tapó la cara con los brazos para protegerse, pero fue arrastrada unos pasos hasta que se estampó contra un árbol y enseguida se aprovechó de él para aferrarse a su tronco.

Pese a lo aterrador del ataque, nada más ocurrió.

Melina abrió los ojos con incertidumbre cuando el peligro parecía haberse disipado.

El hombre la observaba con más ira aún, si es que aquello era posible. Sus ojos bajaron por su cuerpo hasta llegar a los pies, donde un nuevo gesto de desagrado en su rostro le indicó que acababa de cerciorarse del calzado dorado con alas que llevaba puesto.

—Tú no eres digna de llevar los zapatos del cielo —⁠inquirió—. Devuélvemelos. Ya.

Melina dudó. Las palabras del desconocido eran hirientes y crueles, no obstante tenía razón. Esos zapatos no eran suyos, estaba mal que se los hubiera quedado, así que se agachó para descalzarse, pero una figura que apareció a su lado le impidió hacerlo, asiéndola del brazo.

—No lo hagas —le advirtió.

Melina comprobó que se trataba de Naima, que había reaparecido, aunque no había ni rastro de Tattoo.

—¡No te metas! —gritó el hombre con rabia—. Esos zapatos pertenecen a Evonne. Ella no puede quedárselos.

—¿Pertenecen a Evonne? ¿Estás seguro de ello? —⁠Entrecerró los ojos con insolencia. A Melina le pareció vislumbrar también una pizca de indignación en ellos.

Naima se giró hacia la muchacha, algo que la sorprendió; la mujer debía de estar muy segura de sí misma para darle la espalda al enemigo.

—Recuerda lo que te dije: nunca te los quites, ni siquiera para dormir o asearte.

—Pero…

—Devuélvemelos —rugió el joven.

Cuando Naima supo que Melina no iba a cometer ninguna estupidez, se volvió de nuevo hacia él.

—Zephyr —se dirigió a él por su nombre—, la muerte de Evonne ha sido un accidente.

—Una terrible tragedia, si me lo preguntas —añadió Melina.

—No dirías eso si la hubieses conocido —murmuró la diosa.

—No me importa. Ella pagará las consecuencias.

Melina levantó las manos en son de paz.

—Oye, lo siento, de verdad. Créeme que no era mi intención atropellar a nadie.

De hecho, ni siquiera debería estar aquí.

Era de noche y un relámpago me alcanzó, estaba cegada y no veía nada.

No sé ni cómo he llegado a este sitio, no parece que esto sea mi mundo.

Solo quiero curar a mi gato y marcharme.

¿Cómo está Tattoo? —⁠aprovechó para preguntarle a Naima.

—Mejor, pero no puedo conocer el alcance de los daños.

—¡Solo quiero coger a mi gato y largarme! —alzó la voz para que todos la oyeran, tanto Zephyr como los habitantes de la aldea—. Iré a Ciudad Boreal y luego no volveréis a verme más. Os lo juro.

—¿Ciudad Boreal? —masculló Zephyr—. ¿Pretendes visitar al hechicero? —Algo parecido a una risa arrogante impregnaba sus palabras.

—Es el único que puede ayudarla —confirmó Naima con seriedad.

Zephyr y Naima se observaron largo y tendido, retándose con la mirada.

Cuando Zephyr se hartó de aquello, devolvió su atención a Melina.

Dio un paso, luego otro, y siguió caminando con languidez hasta situarse justo delante de ella, hasta donde podía ver las pecas de su nariz y percibir el sutil perfume a lavanda de su cabello.

Naima lo permitió, sabedora de que él no podía hacer gran cosa contra la muchacha mientras llevase puestos los zapatos del cielo.

Melina lo observó también tratando de no bajar la mirada. La máscara verde cubría su rostro casi por completo, dejando al descubierto únicamente los ojos y unos labios rosados que se contraían en una mueca de desprecio.

—El viaje hasta Ciudad Boreal es largo. Nos veremos en el camino.

—Eso suena a amenaza —protestó la joven.

Zephyr le dedicó una sonrisa que prometía futuros problemas antes de dar media vuelta y acercarse al cadáver de Evonne. Se agachó junto a ella y retiró el cabello que cubría su rostro.

—Mi querida Evonne —habló en voz baja para que nadie pudiera oír sus palabras—, juro que te vengaré. Recuperaré los zapatos del cielo para ti y la humana infame que ha causado tu deceso pagará por sus actos.

Zephyr la tomó con extrema delicadeza entre sus brazos, tratando de no desbaratar aún más su magullado cadáver, y dio un gran salto vertical, directo hacia el cielo.

Al instante, una ráfaga de viento acudió a su encuentro y lo acunó con mimo, y lo llevó en volandas cual pájaro hacia donde él desease ir.