Chapter 5
Los murmullos a su alrededor fueron tomando consistencia en sus oídos. Las neuronas comenzaban a despertarse y a crear sinapsis, enviando órdenes al cerebro. «¡Despiértate!», le gritaba este.
Melina abrió un ojo, no podía reunir aún fuerzas para abrir los dos.
El casco le tapaba gran parte de la visión, pero alcanzó a ver un manojo de flores rojas creciendo en la hierba, cerca de donde se hallaba ella tirada.
Notó a Tattoo revolviéndose en su pecho, su cuerpecito acurrucado dentro de la chaqueta de cuero.
Las lágrimas regresaron de nuevo, esta vez por la alegría de saber que estaba vivo, que aún tenía una oportunidad de salvarle.
De nuevo los murmullos, más altos, más insistentes.
—Oye —parecían llamarla—, ¿estás bien?
Melina asintió con cuidado de no forzar el cuello, aunque en realidad no tenía ni idea. ¿Lo estaba? Lo último que recordaba era la luz cegadora del rayo contra la moto y un golpe repentino que la hizo saltar por los aires. El posterior aterrizaje era una mancha negra en su memoria.
—Quitadle ese yelmo tan raro.
Comenzó a negar, pero enseguida sintió el casco deslizándose hacia afuera, dejando su cabeza expuesta. ¿Acaso esa gente que la rodeaba no sabía que jamás, bajo ninguna circunstancia, había que quitarle el casco a un motorista en un accidente?
Un grupo de personas se colaron en su campo de visión para verla desde arriba, tapando así la luz del día.
—¿Quién eres? —dijo una mujer pelirroja de cabello enmarañado.
—Melina —consiguió pronunciar tras un gran esfuerzo.
—¿Puedes levantarte? —inquirió otra mujer.
¿Podía? Comenzó a mover las articulaciones poco a poco.
Primero los tobillos y las muñecas, luego las rodillas y los codos.
Hizo lo propio con el cuello, el cual crujió con un sonido feo, pero parecía que no había sufrido daños significativos.
Se tumbó sobre el costado derecho y trató de enderezarse.
Ante su fracaso, varios pares de manos acudieron en su auxilio y la ayudaron a sentarse sobre la hierba.
—¿Está bien el gatito? —preguntó lo que parecía ser una niña pequeña.
Melina fijó entonces la mirada en sus acompañantes y ahogó una exclamación al contemplarlos por primera vez.
Eran todos bajitos, sin importar su edad, de una altura correspondiente a un niño de ocho años, con peinados estrambóticos y excesivo maquillaje, tanto hombres como mujeres.
Sus ropas también eran singulares, retales de diferentes tipos de telas remendados entre sí y con restos de un polvo rojizo.
Una vez superado el impacto de verse rodeada de decenas de personas así, quienes centraban toda su atención en ella, observó a Tattoo, que permanecía aún dentro de su chaqueta negra de cuero y parches de flores rojas bordados en las mangas.
Gracias al cielo que no parecía haber sufrido más daños de los que ya había padecido en la furgoneta de la maldita vecina.
—Necesita un veterinario —expresó con voz queda—. ¿Hay alguno por aquí?
—¿Un vete… qué?
—Un veterinario —repitió, pero, como no parecían entenderla, reformuló su respuesta—. Un médico para animales.
—Yo sé mucho de hierbas —exclamó uno de aquellos extraños hombrecillos con una sonrisa de oreja a oreja—. Podría hacer una infusión.
—No sé si eso servirá —declaró ella, borrando la ilusión de aquel individuo que ansiaba ayudarla y obtener así su momento de protagonismo.
Observó a Tattoo, el animal le devolvió la mirada. Estaba exhausto y dolorido, pero vivo. Al menos por el momento.
—Melina, lo que necesites, pídenoslo. Eres nuestra salvadora —expresó una mujer antes de empezar a toser de forma copiosa.
—¿Yo? —Se extrañó la muchacha.
—Has derrotado a la malvada Evonne.
Melina dio muestras de no comprender nada, así que los habitantes de aquel lugar se apartaron para crear un camino en la hierba que permitía ver a una mujer tirada unos metros más allá, en una zona de tierra rojiza y muy cerca de la Harley-Davidson, que se encontraba golpeada.
—¡Joder! ¿La he atropellado?
—Gracias a ti esa bruja ya no nos atormentará más —afirmó con rotundidad una mujercilla.
—Ella se hacía llamar «semidiosa» —aclaró otra masajeándose las sienes. Parecía tener dolor de cabeza—, pero no dejaba de ser una malvada bruja venida de otro país.
—¿Semidiosa? ¿Como en los cuentos mitológicos? —Se mareó. ¿Dónde se encontraba?
Melina hizo acopio de fuerzas y se arrodilló para, a continuación, elevarse sobre sus piernas y caminar despacio y cojeando hacia donde aquella mujer yacía sin vida.
El cabello castaño le caía desparramado por la tierra, tapándole el rictus del rostro, lo cual agradeció, pues bastantes náuseas le había producido ya ver a su vecina estampada contra el volante de la furgoneta.
—Vale, creo que me vendría bien un cigarro.
—Por fin somos libres de su yugo, y es gracias a ti. —Suspiró la mujer pelirroja, que había avanzado hasta situarse a su lado.
Melina tuvo que bajar la cabeza para poder mirarla a los ojos. Era realmente bajita.
—Yo no quería… Fue el relámpago, me cegó.
—No lo lamentes, niña —interrumpió un anciano que tenía los párpados pintados de rojo cobrizo—, se lo tenía merecido. Ya lo creo que sí.
—¡Eres una guerrera muy valiente! —exclamó otro.
—¿Yo? No, yo no soy una guerrera.
—¿Por qué llevas yelmo entonces? —Se extrañó.
—Eh… ¿Nunca habéis visto una moto?
—¿Qué es una moto? —preguntó la mujer pelirroja.
—Eso. —Melina señaló el vehículo, que estaba siendo inspeccionado por algunos hombrecillos, al igual que su casco.
—Un caballo muy peculiar, pero eficaz contra esa malvada —afirmó el anciano—. ¡Viva nuestra salvadora, que nos ha librado de la bruja Evonne!
Todos asintieron, corroborando las palabras del hombrecillo, pero Melina notaba una punzada de culpabilidad en el pecho que difícilmente se borraría con aquellas lamentables palabras de aliento.
—¡Quitémosle los zapatos mágicos! —gritó otro, y todos comenzaron a vitorear y a alzar las manos cual tumulto vengativo.
—¡Seguro que podemos venderlos por mucho aluminio! —contribuyó otro al caos que se desataba por momentos.
Uno de los hombrecillos tiró de ellos y estos se deslizaron fuera de los pies de la bruja.
—¡Esperad! —alzó la voz una mujer. No necesitó gritar más para que todos frenaran en el acto y prestasen atención.
Melina observó a quien había hablado, una bella joven que se acercaba entre la gentecilla de aquel poblado, quienes se echaron a un lado para abrirle paso.
No fue difícil verla, pues era de altura parecida a Melina y les sacaba medio cuerpo al resto de presentes.
Sin duda no era otra habitante de aquella extraña aldea.
—¿Quién eres tú? —murmuró deslumbrada por su porte, talante y aspecto.
Se trataba de una mujer de edad indefinida, de belleza etérea y dulce sonrisa. Tenía largos cabellos plateados y vestía ropajes vaporosos. En la mano portaba una varita con forma de estrella y se adornaba el cuello con un sedoso fular.
—Es la diosa Naima —anunció alguno de los aldeanos, y todos aprovecharon para hacer una reverencia.
—¿Diosa?
Naima observó los zapatos en manos del hombrecillo. Estaba confundida. ¿Cómo había muerto la bruja si los llevaba puestos? Guardó aquella información para meditarla más adelante.
—Dámelos —solicitó.
El aldeano vaciló, eran un objeto único y muy valioso. Una de las mujeres le dio un empujón con el hombro, instándole a obedecer, así que se acercó a ella y se los entregó de mala gana.
Naima suspiró satisfecha, al fin los recuperaba.
Un cuervo negro graznó desde la rama de uno de los árboles. La diosa lo contempló con preocupación. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Lo habría visto todo? En cuanto alzara el vuelo e informara de lo ocurrido, él no tardaría en llegar.
En su mente de pronto una idea tomó forma. Quizás aquella era la oportunidad que llevaba tanto tiempo esperando.
—Te llamas Melina, ¿no es cierto? —formuló devolviendo la atención a la muchacha. Esta asintió y Naima observó entonces a Tattoo, agazapado en el pecho de su dueña, escondido dentro de la chaqueta negra—. Tu amigo está malherido. Yo podría ayudarle…
—Por favor —la interrumpió sin esperar a saber qué más iba a decir.
Naima no se molestó, al contrario, sonrió al comprobar que el bienestar del gatito era la principal preocupación de la muchacha.
—Puedo curar las pequeñas heridas superficiales, pero, para saber si hay daño interno y si realmente se salvará, deberás visitar a la persona más poderosa del mundo.
—¿A quién? —expresó confusa y con una pizca de entusiasmo. Si de verdad era la persona más poderosa del mundo no era para menos.
—A aquel que es capaz de convertir la piedra en metal. A aquel que puede transformar el agua en medicina. A aquel que conoce cómo despertar una vida que está siendo abrazada por el descanso eterno. Al alquimista más famoso del mundo.
—El hechicero de Argentos —declaró uno de los hombrecillos con devoción.
La admiración se esparció con rapidez entre los presentes.
—¿El hechicero de Argentos? —repitió ella perpleja.
—Vive en el castillo de Ciudad Boreal. Él sabrá qué hacer con tu amigo —se reafirmó la diosa Naima—. Pero antes…
Naima la instó a mirar hacia sus pies. Donde antes había unas botas negras ajadas, una de ellas incluso sin tacón, ahora había un par de zapatos dorados adornados con pequeñas alas en los laterales.
Melina, impactada por lo que estaba viendo, dio un par de pasos hacia atrás como si así pudiese alejarse de aquella brujería; pero no había duda, eran de verdad, y eran para ella.
—Me desagrada un poco llevar los zapatos de una muerta, a la que yo misma he atropellado, por cierto.
—No te los quites nunca, ni siquiera para dormir —le advirtió Naima con gran misterio—, al menos mientras estés en Metallia.
Y antes de que Melina pudiese pronunciar palabra, Naima giró sobre sus propios zapatos alados, idénticos a los de la bruja semidiosa, y se encaminó hacia la aldea.
—Ven ahora y tráeme a tu gato. Le curaré las heridas.
Melina no necesitó escuchar más para obedecer sus deseos. La mayoría de los lugareños las siguieron, aunque algunos rezagados se quedaron observando el cuerpo de la bruja Evonne, incrédulos sobre su muerte, temiendo que volviese a levantarse.
—¿La quemamos? —preguntó uno.
—No quiero acercarme a ella ni para eso —rehusó otro.
Ninguno de ellos se fijó en que el cuervo negro, que siempre acompañaba a la bruja y que lo había observado todo desde la rama de un árbol cercano, alzó el vuelo y se marchó para entregar un importante mensaje.