Hasta la última gota
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Chapter 4
Antes que incluso verla, el gato la oyó acercarse.
Llegaba tambaleándose, cojeando por culpa de un tacón extraviado de la bota negra izquierda.
También la olió, apestaba a tabaco y a alcohol.
Y a colonia barata de hombre. El cigarrillo se encendía fulgente cuando se lo llevaba a los labios y exhalaba una nube de humo.
—¿Qué estás mirando? —le espetó al animal cuando llegó hasta él, pisando la colilla con la bota mala.
El gato negro entrecerró los ojos, juzgándola, y Melina le bufó en respuesta.
Había sido una noche muy larga, los oídos aún le pitaban a causa de los decibelios de los amplificadores.
El cabello oscuro se le había secado de cualquier manera con el frío viento de la noche tras haber sudado durante horas al darlo todo en la pista de baile, y el rímel emborronando sus mejillas no le daba mejor aspecto.
—Vamos a casa, granuja —expresó mirando los nubarrones que cubrían el cielo nocturno. Parecía que iba a llover.
Melina abrió la puerta con todo el cuidado que su condición le permitía, intentando no despertar a sus tíos Emmet y Cara, quienes ya estarían durmiendo, aunque seguro que con un ojo abierto para ser conscientes de cuándo llegaba.
Al menos no la esperaban al pie de las escaleras, como solía hacer su madre.
Desterró aquel pensamiento enseguida, su nivel de embriaguez podía jugarle una mala pasada si se ponía a recordarla ahora.
Mantuvo la puerta abierta para que Tattoo pasara tras ella, pero el gato tan solo dio media vuelta y caminó por la calle solitaria hacia la casa de enfrente.
—Deja en paz a la gata de esa maldita mujer —le advirtió—. Ya ha amenazado con hacerte daño si te pilla tratando de preñarla. Además, deberías tener mejor gusto, esa gata es muy fea.
Si Tattoo la entendió, hizo caso omiso de sus palabras.
Melina hipó, lo cual se tomó como una señal para dejar al animal a su aire y buscar un poco de agua.
Entró en la cocina y abrió el grifo, y de un trago se bebió todo el vaso.
Apenas acababa de depositarlo en el fregadero cuando, a través de la ventana, vio cómo los faros de la camioneta de su vecina se encendían y el vehículo salía a toda velocidad.
—¡Mierda! —exclamó y corrió de nuevo al exterior—. ¡Tattoo! ¡Tattoo!
Pero no había ni rastro del gato, por lo que, presa de los nervios que se apelmazaban en su estómago, tomó rauda las llaves de la Harley-Davidson que había pertenecido a su padre —y que cada cierto tiempo sacaba a pasear— y entró cojeando en el garaje para saltar sobre ella y arrancarla, mientras que con la otra mano accionaba el mando que abría la puerta de la cochera.
Esa estúpida vieja estaba secuestrando a su gato. No pensaba permitirlo.
Melina se puso el casco mientras la puerta se elevaba perezosa cual reloj con las pilas agotadas.
Inspiró y espiró varias veces tratando de tranquilizarse, sin éxito alguno.
Aquel bicharraco que era la moto podía desbocarse si no lo controlaba bien, y sus reflejos, a las tantas de la madrugada y tras varias horas de fiesta, no eran los más agudos para una persecución.
Le pareció contar al menos mil latidos desesperados hasta que la puerta por fin se abrió lo suficiente y salió agachada sobre la moto para arañar todos los segundos posibles.
No se fijó en que la luz de la vivienda se había encendido y sus tíos la llamaban a gritos, alertados por todo el jaleo.
Su escasa atención se centraba en el asfalto, en perseguir a la vieja bruja de la casa de enfrente; aunque aún tardaría en alcanzar el vehículo, si es que lo lograba.
¿A dónde iría esa maldita mujer con su gato?
¿Se lo llevaría lejos para abandonarlo en mitad de la nada?
¿Lo apalearía? ¿Lo mataría y enterraría para ocultar su crimen?
Desde que se mudó a casa de sus tíos, la mujer dejaba caer comentarios desagradables sobre el gato para que le quedase claro que no estaba de acuerdo con su presencia en el vecindario.
Tattoo era un macho —al que su descuidada dueña no había tenido en cuenta castrar— y como tal iba marcando todos los sitios a base de pipí.
Parecía tener predilección por la vivienda de aquella mujer.
O quizás el felino era consciente de lo mucho que le tocaba las narices su mera existencia a la vecina y se esmeraba en sacarla de quicio.
Un trueno resonó en el cielo. Apretó el puño del manillar y aceleró. La Harley volaba sobre el pavimento y el ruido del motor era un rugido iracundo que laceraba su corazón.
El cielo pareció querer sumarse al diabólico sonido de la moto y los rayos que durante toda la tarde habían amenazado con hacer acto de presencia comenzaron a centellear. Un rayo, y otro. Un trueno, este demasiado cerca. Pero la lluvia no llegaba.
«Una tormenta eléctrica», pensó Melina con ansiedad.
Desde que sus padres fallecieran hacía tres años en un accidente aéreo junto a más de cien pasajeros y toda la tripulación, sentía que las tripas se le revolvían cada vez que vivía una de esas malditas tormentas.
Y aunque el accidente ocurrió en realidad por un fallo del motor, ella no podía evitar relacionarlo.
Su corazón latía con angustia, afligido por el pasado, histérico por el presente.
Un rayo centelleó a poca distancia delante de ella, en la carretera. La noche se iluminó durante un instante como el flash de una cámara de fotos, y el trueno le retumbó en las venas. Se oyeron entonces neumáticos derrapando y un golpe que aceleró aún más sus latidos, si es que aquello era posible.
Aumentó la velocidad a niveles peligrosos, tratando de dominar la Harley y no al revés.
Cuando alcanzó el lugar del accidente, el asfalto echaba humo y, apenas a unos metros de distancia, la furgoneta de su vecina se hallaba estampada contra el tronco de un árbol, tan grueso que parecía que el vehículo no le había hecho ni un rasguño a la corteza.
Frenó en seco y se bajó de la moto con rapidez, sin prestar atención a nada más que no fuera el parabrisas de la furgoneta, destrozado en miles de esquirlas.
—¡Tattoo! —chilló.
Se asomó por las ventanillas vestidas únicamente con los restos de las lunas y escrutó el interior, pero no había ni rastro de su amigo.
Se quitó el casco para tener mayor visibilidad.
Desde ese ángulo pudo ver a su vecina, el volante ocupaba el lugar donde deberían estar su nariz y su mandíbula.
Por la cantidad de sangre que salpicaba en todas direcciones y la ausencia de señales de vida, dedujo que la vieja mujer no vivía ya.
—¡¡Tattooo!! —gritó desesperada.
El golpe que había recibido la furgoneta había hecho saltar por los aires los cristales y las puertas estaban desbloqueadas.
Antes de atreverse a tocar el vehículo, Melina se planteó si el rayo habría caído cerca o directamente sobre la furgoneta, y si esta aún tendría electricidad en la carrocería, pero, al no presentar quemaduras, adelantó una mano y, sin darse tiempo para arrepentirse, terminó de abrir la puerta del maletero de par en par.
Y ahí lo encontró, tirado en el fondo junto a un transportín rígido donde yacía la gata blanca, desparramado cual muñeco de trapo. La maldita vieja había usado a su gata como cebo para atraer a Tattoo dentro de la furgoneta y poder secuestrarlo.
—No… Tattoo… —Las lágrimas no tardaron en acudir.
Se aupó para meterse dentro y poder acercarse a su amigo, al que acunó con cuidado mientras sus ojos se convertían en cataratas. Tattoo, el último miembro de la familia que había formado con sus padres, la abandonaba también.
En el exterior, otro rayo iluminó la carretera de forma fugaz. El trueno sonó al instante. La tormenta estaba justo sobre su cabeza.
—Miau… —maulló con un débil gemido.
—¿Estás vivo? —De la impresión, se le cortó el llanto—. Vamos, te sacaré de aquí y buscaremos un veterinario.
Meneó el transportín por si la gata también estuviese viva, mas no daba muestras de ello y el tiempo corría en contra de Tattoo, por lo que no esperó más y se puso en marcha. Había sido aquella estúpida mujer quien había sentenciado a su propia gata, lo que le ocurriera no era su responsabilidad.
Regresó al exterior con la vitalidad que le otorgaba tener la misión de salvarle la vida a su pequeño amigo negro.
Cojeando por culpa del tacón extraviado, recuperó el casco de la hierba y se lo puso con la mano libre, no sin esfuerzo.
Se bajó la cremallera de la chaqueta negra de cuero e introdujo al gato, adaptándolo al hueco lo mejor que pudo, tratando de no infligirle más daño.
Se montó sobre la moto y esta restalló como un látigo del inframundo al ponerla en marcha. El tubo de escape expulsó el miedo que le atenazaba los huesos, no había tiempo para la duda, no había tiempo para dejarse llevar por el pánico.
Tenía que salvarle la vida a Tattoo.
Así que se echó a la carretera. Si en algún momento de la noche había bebido o había bailado hasta marearse, todo quedó en el olvido. Nada podía afectarle ahora. Nada podía impedirle cumplir su misión.
Excepto la tormenta eléctrica.
El relámpago desgarró el cielo con sus raíces luminosas que se extendían en todas direcciones, y una de ellas bajó rauda hacia Melina hasta acariciar la moto.
Un dedo de luz fue todo lo que hizo falta para que ella soltara el manillar, paralizada por el miedo.
Un terrorífico silencio se adueñó del mundo.
Y solo un segundo fue necesario para ver pasar toda su vida por delante de sus ojos.
Su niñez en casa con sus padres. Recogiendo flores con mamá. Aprendiendo a montar en bici con papá. Su decimoséptimo cumpleaños, cuando trajeron a Tattoo. El suave tacto de las caricias de mamá sobre su cabello aún rubio, antes de teñirlo de ese negro azabache.
Un golpe contra la Harley y esta salió despedida.
El mundo contuvo el aliento.
La sonrisa de papá tras su primer paseo juntos en moto.
Su cuerpo se despegó del asiento, las piernas sin la fuerza necesaria para mantenerse en el sitio.
El viaje en avión del que nunca regresaron.
El tinte negro perdiéndose por el desagüe.
El funeral, en un día tan espléndido y soleado que hacía daño en el alma.
El cuerpecito de Tattoo saliéndose de su chaqueta por el impulso. Sus manos abrazándose a sí misma para impedirlo.
El sabor salado de las lágrimas de sus tíos al besarlos para agradecerles que la acogieran en su hogar y cuidaran de ella, a pesar de tener ya veinte años.
El golpe del casco contra la hierba.
La negrura.