Hasta encontrarte Capítulo 27 Hasta encontrarte
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Capítulo 27 Hasta encontrarte

El día de la boda amaneció con un cielo despejado que ni el propio Alex, pese a haber supervisado personalmente cada detalle de la organización durante los últimos meses con una minuciosidad que rozaba lo obsesivo, hubiera podido planear con mayor precisión.

El jardín elegido para la ceremonia, perteneciente a una antigua casa señorial a las afueras de la ciudad, se había transformado con hileras de sillas blancas dispuestas bajo un arco cubierto de flores silvestres, y el aire de la mañana, todavía fresco pero ya cargado de la promesa cálida del mediodía, llevaba consigo el aroma dulce de las peonías que Lucía había insistido en incluir entre la decoración, en un guiño discreto a la primera cafetería donde habían compartido, semanas atrás de aquel primer encuentro tenso, su primera conversación verdaderamente sincera.

Samuel esperaba junto al arco floral, con el traje ajustado a la perfección pese a la ligera molestia que la cicatriz del costado todavía le provocaba en ciertos movimientos, y sentía los nervios recorrerle el cuerpo entero con una intensidad que ni los operativos más peligrosos de su carrera habían conseguido provocarle jamás.

Alex, situado a su lado como testigo de honor, le dio una palmada firme en el hombro, con esa sonrisa cálida que Samuel había aprendido a asociar, desde hacía años, con los momentos más importantes de su vida.

—Respira, chico. No vayas a desmayarte antes de que llegue la novia, que menuda vergüenza sería después de todo lo que hemos organizado.

—Alex soltó una risa suave, aunque sus ojos, húmedos de una emoción que no intentaba disimular, delataban lo mucho que aquel día significaba también para él—.

Nunca pensé que llegaría a ver este momento, Samuel.

Y no sabes lo orgulloso que me siento de haber estado aquí para presenciarlo.

—No habría llegado hasta aquí sin ti, Alex.

Ni siquiera habría sabido reconocer lo que estaba sintiendo si no me hubieras insistido tanto aquella noche.

—Samuel sintió que la voz se le quebraba ligeramente, y tuvo que carraspear para recomponerse antes de que la música anunciara, con las primeras notas suaves de un cuarteto de cuerda, la llegada de la novia.

Lucía apareció al final del pasillo formado entre las sillas, vestida con un traje sencillo y elegante que realzaba la naturalidad de su belleza sin necesidad de ningún exceso ornamental, con el pelo recogido en ondas sueltas y una sonrisa que, en cuanto sus ojos se encontraron con los de Samuel, se ensanchó con una emoción tan genuina que él sintió que cualquier resto de nerviosismo se disolvía por completo, sustituido por una certeza cálida y absoluta de que aquel era, sin ninguna duda, exactamente el lugar donde debía estar.

Caminó del brazo de su padre, con paso firme pese a la emoción evidente que le humedecía los ojos, y al llegar junto a Samuel, este le tomó la mano con una ternura que ninguna palabra hubiera podido expresar mejor.

La ceremonia transcurrió entre votos susurrados con voz temblorosa, risas compartidas ante algún comentario espontáneo del oficiante, y miradas cargadas de una promesa silenciosa que ambos habían estado construyendo, paso a paso, desde aquella primera discusión frente a una persiana metálica bajada.

Cuando finalmente el oficiante los declaró marido y mujer, el beso que compartieron, breve pero cargado de toda la intensidad de cuanto habían vivido juntos, arrancó un aplauso emocionado entre los invitados congregados, muchos de ellos compañeros de la comisaría que habían seguido de cerca, con una mezcla de preocupación y admiración, cada capítulo de aquella historia que ahora, por fin, alcanzaba su desenlace más luminoso.

El banquete se prolongó hasta bien entrada la noche, entre brindis emotivos, anécdotas compartidas por Ramírez sobre la tozudez legendaria de ambos protagonistas durante la investigación, y un baile abierto en el que Samuel, pese a la ligera cojera que todavía le quedaba como recuerdo de la herida, insistió en no perderse ni una sola pieza junto a Lucía, sujetándola con una firmeza cariñosa que ella correspondía apoyando la cabeza contra su pecho, disfrutando de la calidez de aquel momento sin prisa alguna por que terminara.

Fue ya avanzada la noche, cuando los invitados empezaban a despedirse poco a poco y la música se había suavizado hasta convertirse en un fondo apenas perceptible, cuando Alex se acercó a Samuel, que observaba con una sonrisa satisfecha cómo Lucía se despedía entre risas de un grupo de antiguos compañeros de la redacción del periódico.

Alex, con una copa de vino todavía en la mano y esa expresión reflexiva que solo aparecía en los momentos verdaderamente importantes, le puso una mano firme sobre el hombro, atrayendo su atención con un gesto cargado de la misma calidez con la que lo había recibido cada mañana durante quince años de trabajo compartido.

—Cuando me jubilé, pensé que te dejaba mi placa —dijo Alex, con la voz cargada de una emoción que no intentaba disimular, mientras ambos observaban a Lucía reír a lo lejos, rodeada de amigos y familiares bajo las luces cálidas que iluminaban el jardín—.

Hoy me doy cuenta de que también te dejé la oportunidad de escribir tu propia historia.

Y has escrito una historia mucho más bonita de lo que jamás imaginé, Samuel.

Samuel sintió que los ojos se le humedecían ante aquellas palabras, y abrazó a Alex con la misma fuerza torpe y sincera con la que se habían despedido aquella noche en el aparcamiento de la comisaría, meses atrás, cuando ninguno de los dos imaginaba todo lo que estaba por llegar.

—Gracias por no rendirte conmigo, Alex. Por insistir en que había algo más ahí fuera esperándome, aunque yo mismo me negara a creerlo.

—Nunca dudé de ti, chico. Solo esperaba a que tú mismo terminaras de creértelo.

—Alex se apartó, secándose disimuladamente una lágrima con el dorso de la mano, y esbozó una sonrisa amplia mientras señalaba con un gesto hacia Lucía, que en ese momento se giraba hacia ellos, buscando con la mirada a su marido recién estrenado—.

Anda, ve con ella. Ya has escuchado bastante de un viejo sentimental por una noche.

Samuel se acercó hacia Lucía, que le tendió la mano con una sonrisa que resumía, en un solo gesto, todo lo que habían vivido juntos desde aquel primer encuentro tenso frente a una persiana bajada: el enfrentamiento inicial, la colaboración forzada, los cafés compartidos, los paseos nocturnos, los intentos de beso interrumpidos, el miedo del secuestro, la angustia del rescate, y finalmente, aquella noche luminosa que coronaba todo el camino recorrido.

La tomó entre sus brazos, sintiendo la calidez de su cuerpo acurrucándose contra el suyo bajo las luces cálidas del jardín, y mientras la música envolvía suavemente aquel instante, Samuel comprendió, con una certeza que llenaba cada rincón de su ser, que después de tantos años dedicados a proteger la vida de los demás, por fin había encontrado a la persona con la que quería compartir la suya, para siempre.

—¿Feliz? —preguntó Lucía, apoyando la cabeza contra su pecho mientras se balanceaban despacio al ritmo de la música.

—Más de lo que jamás pensé que podría llegar a serlo. —Samuel le besó la frente, sintiendo que el peso de tantos años de soledad autoimpuesta se disolvía por completo en la calidez de aquel abrazo—. Gracias por enseñarme a vivir, Lucía. Por fin entiendo lo que Alex quería decirme aquella noche.

Y bajo las estrellas que empezaban a asomar sobre el jardín, envueltos en la música suave y en la certeza tranquila de un futuro compartido, Samuel y Lucía siguieron bailando, ajenos ya a cualquier peligro, a cualquier caso pendiente, a cualquier sombra del pasado, entregados por completo a la sencilla y luminosa felicidad de haberse encontrado el uno al otro.

**FIN**