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Capítulo 26 Donde todo empezó

Habían pasado casi tres meses desde que Samuel recibiera el alta médica definitiva, tres meses durante los cuales la cicatriz de su costado había ido sanando poco a poco, tanto en lo físico como en lo que ambos habían empezado a llamar, entre risas cómplices, «las secuelas del drama», refiriéndose a la costumbre que Samuel había adquirido de sobresaltarse ante cualquier ruido repentino o de comprobar dos veces cada cerradura antes de irse a dormir.

La ciudad, mientras tanto, había vuelto a su ritmo habitual, ajena en su mayoría a la magnitud de lo ocurrido en aquellas semanas frenéticas, aunque el juicio contra el líder de la organización y sus cómplices seguía avanzando con la lentitud propia de cualquier proceso judicial de aquella envergadura, un asunto que Samuel prefería dejar en manos de los fiscales mientras se concentraba, por primera vez en muchos años, en algo que no fuera exclusivamente su trabajo.

—¿Vas a decirme por fin adónde me llevas, o piensas mantenerme en la incertidumbre hasta que lleguemos? —preguntó Lucía, mirando por la ventanilla del coche mientras Samuel conducía con una sonrisa que llevaba conteniendo, con no poco esfuerzo, durante toda la tarde.

—Confía en mí. Ya casi llegamos. —Samuel le lanzó una mirada rápida antes de volver a fijar la vista en la carretera, sintiendo los nervios acumulándose en su estómago con una intensidad que no experimentaba desde hacía años, no desde los tiempos en que rendía sus primeros exámenes de la academia de policía.

Cuando finalmente aparcó, Lucía reconoció de inmediato la calle Mendoza, con la persiana metálica del bar que tan bien recordaba, ahora completamente reformado tras el cierre temporal que habían presenciado juntos meses atrás, con un cartel nuevo iluminado y una terraza acogedora que ocupaba parte de la acera donde en su día se habían enfrentado por primera vez con la irritación mutua de dos desconocidos convencidos de tener razón.

—Aquí es donde nos conocimos —dijo Lucía, con una sonrisa que se le dibujaba lentamente en el rostro al reconocer el lugar, girándose hacia Samuel con una ternura que contrastaba con la sorpresa evidente de su expresión—. ¿Por qué me has traído hasta aquí?

—Porque quería recordar exactamente dónde empezó todo esto.

—Samuel bajó del coche y rodeó el vehículo para abrirle la puerta, un gesto que ella aceptó con una sonrisa divertida ante la formalidad inusual—.

Aquel día pensé que eras la mujer más exasperante que había conocido en mi vida, capaz de sacarme de mis casillas en menos de veinte minutos de conversación.

—Y yo pensé que eras el policía más rígido y controlador que había tenido la desgracia de cruzarme en toda mi carrera. —Lucía rió, entrelazando su brazo con el de Samuel mientras caminaban despacio hacia la persiana ahora reformada—. Qué equivocados estábamos los dos, ¿verdad?

—O quizás no tan equivocados, solo que no sabíamos todavía lo que esas primeras impresiones terminarían convirtiéndose.

— Samuel se detuvo frente a la fachada del bar, con el atardecer tiñendo de tonos anaranjados y dorados toda la calle, y sintió que el momento que llevaba semanas planeando con un cuidado casi obsesivo había llegado por fin, sin que ninguna llamada urgente, ninguna emergencia policial, ningún peligro externo pudiera interrumpirlo esta vez.

—Samuel, ¿estás bien? —preguntó Lucía, notando el cambio repentino en su expresión, la seriedad que sustituía de golpe la ligereza de la conversación anterior, y Samuel, respirando hondo para calmar los nervios que le atenazaban el pecho, se giró hacia ella y, sin previo aviso, se arrodilló sobre el asfalto de aquella misma calle donde meses atrás habían discutido con tanta vehemencia sobre procedimientos policiales y responsabilidad periodística.

—Lucía, desde el primer día que te conocí supiste desmontar cada certeza que yo creía tener sobre mi vida, sobre mi trabajo, sobre lo que realmente importaba.

—Sacó del bolsillo de su chaqueta una pequeña caja que había guardado durante días con un cuidado casi febril, y la abrió frente a ella, revelando un anillo sencillo pero elegante que había elegido tras varias tardes de indecisión nerviosa en distintas joyerías—.

Alex me dijo, la noche de su despedida, que algún día encontraría a alguien por quien merecería la pena volver a casa.

No le creí entonces, porque pensaba que mi vida ya estaba completa tal y como era.

Pero desde que te conocí, cada día que pasa quiero volver a casa contigo, Lucía, y quiero seguir haciéndolo durante el resto de mi vida. ¿Quieres casarte conmigo?

Lucía se llevó ambas manos a la boca, con los ojos brillantes de lágrimas que ya no intentaba contener, y durante un instante que a Samuel se le hizo eterno, arrodillado en mitad de aquella calle con el corazón latiéndole con una fuerza que amenazaba con salírsele del pecho, ella no dijo nada, limitándose a observarlo con una expresión que combinaba sorpresa, emoción y una felicidad tan desbordante que apenas conseguía articular palabra.

—Sí. —Lo dijo primero casi en un susurro, como si necesitara probar la palabra antes de gritarla con toda la fuerza de sus pulmones—. Sí, Samuel, claro que quiero casarme contigo.

Samuel se incorporó de un salto, sintiendo un alivio y una felicidad tan intensos que por un momento olvidó por completo la cicatriz que todavía le molestaba con los movimientos bruscos, y deslizó el anillo en el dedo de Lucía antes de envolverla en un abrazo que ella correspondió con la misma intensidad desbordante, alzándose de puntillas para besarlo mientras algunas personas que pasaban por la calle Mendoza, testigos casuales de aquel momento, se detenían a aplaudir y a felicitarlos con la calidez espontánea que solo despiertan las escenas de amor genuino presenciadas por casualidad.

—No puedo creer que me hayas traído justo aquí, al lugar donde discutimos como dos completos desconocidos que no soportaban ni cinco minutos de conversación mutua —dijo Lucía, riendo entre lágrimas mientras contemplaba el anillo en su dedo con una sonrisa que no conseguía borrar de su rostro.

—Me pareció el lugar perfecto. Al fin y al cabo, si aquel día no hubiéramos discutido con tanta terquedad, quizás nunca hubiéramos llegado hasta aquí.

—Samuel la abrazó de nuevo, aspirando el aroma familiar de su pelo mientras el atardecer terminaba de teñir la calle con sus últimos rayos dorados—.

Además, tenía que asegurarme de que ese bar recordara para siempre el día que la mejor discusión de mi vida terminó convirtiéndose en la mejor decisión que he tomado nunca.

Aquella noche, mientras celebraban la noticia con una cena improvisada en su apartamento, entre risas, llamadas emocionadas a familiares y amigos, y planes preliminares esbozados con el entusiasmo desbordante de quienes acaban de comprometer su futuro juntos, Lucía recibió una llamada del comisario que, tras felicitarla efusivamente por la noticia que ya corría como la pólvora por toda la comisaría gracias a la indiscreción entusiasta de Ramírez, añadió, con un tono que dejaba entrever cierta travesura contenida, un dato que ninguno de los dos esperaba escuchar tan pronto.

—Ah, y una cosa más, ya que os tengo a los dos tan contentos esta noche —dijo el comisario, con una sonrisa que Samuel casi podía escuchar a través del teléfono—.

Alex ha insistido en que quiere organizar vuestra boda.

Y conociéndolo como lo conocemos ambos, sospecho que ya tiene más de la mitad de los preparativos decididos sin haberos consultado siquiera.