Hasta encontrarte Capítulo 25 Días de convalecencia
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Capítulo 25 Días de convalecencia

El alta hospitalaria llegó dos semanas después de aquella tarde en que Samuel había dejado caer, casi sin querer, la insinuación de un lugar especial al que deseaba volver junto a Lucía, y aunque los médicos insistieron en un período de convalecencia estricta en casa, con revisiones periódicas y una lista de restricciones físicas que a Samuel le costaba horrores respetar, la perspectiva de recuperarse rodeado de la persona que amaba conseguía que incluso las tardes más tediosas de reposo forzoso resultaran, contra todo pronóstico, de las más felices que recordaba haber vivido.

Lucía se instaló con él en su apartamento sin que ninguno de los dos lo hablara demasiado, como si fuera la consecuencia más natural del mundo tras todo lo que habían compartido, y los primeros días transcurrieron entre risas por la torpeza compartida de dos personas convalecientes —ella todavía con el tobillo resentido de las secuelas del secuestro, él limitado por los puntos de la herida que le tiraban con cada movimiento brusco— y una ternura cotidiana que ninguno de los dos había experimentado antes con tanta naturalidad.

—Si sigues empeñado en llevar tú la bandeja del desayuno cada mañana, vas a acabar reabriéndote la herida antes de lo previsto —protestó Lucía una mañana, quitándole de las manos la bandeja con café y tostadas que Samuel insistía en prepararle pese a las órdenes médicas de moderar cualquier esfuerzo—.

Deja que te cuide yo por una vez, Samuel.

Se supone que ese es precisamente el motivo por el que sigo aquí.

—Llevo toda la vida cuidando de los demás.

Me cuesta acostumbrarme a lo contrario. —Samuel se dejó caer de nuevo sobre las almohadas con un suspiro resignado, aunque la sonrisa que le dedicó a Lucía dejaba claro que no le disgustaba en absoluto aquel pequeño acto de rebeldía por su parte—.

Pero supongo que si alguien tiene derecho a insistir en cuidarme, esa eres tú.

Las semanas siguientes trajeron consigo un ritmo pausado que ninguno de los dos había conocido en años: paseos cortos por el barrio a medida que la movilidad de ambos mejoraba, tardes enteras dedicadas a películas que veían a medias entre comentarios y risas, y conversaciones profundas sobre el futuro que, sin la presión constante del peligro acechando en cada esquina, adquirían una calidez distinta, más pausada, más sincera.

Ramírez, ya completamente recuperado del golpe recibido durante el secuestro, los visitaba con frecuencia, trayendo consigo noticias sobre el avance del juicio contra la organización y, en más de una ocasión, alguna anécdota vergonzosa sobre los primeros años de Samuel en el cuerpo que este hubiera preferido mantener en el olvido.

—El juicio contra Ortiz avanza según lo previsto —informó Ramírez durante una de esas visitas, sentado junto a la cama donde Samuel todavía pasaba buena parte del día por indicación médica—.

Su colaboración ha permitido identificar a otros dos cómplices que no habíamos localizado, y el fiscal está bastante satisfecho con las pruebas reunidas.

Con un poco de suerte, todo esto quedará resuelto antes de que acabe el año.

—Me alegra saberlo, aunque siga sin poder evitar cierta tristeza al pensar en él.

—Samuel suspiró, recordando la llamada desesperada que Ortiz le había hecho aquella noche, la advertencia que probablemente le había salvado la vida a Lucía pese a la traición que la había precedido—.

Supongo que hay historias que no admiten una única lectura sencilla, por mucho que nos gustaría que todo fuera tan claro como el bien contra el mal.

—Eso mismo pienso yo sobre muchas cosas de este trabajo. —Ramírez le dio una palmada afectuosa en el hombro antes de despedirse, dejando a Samuel y Lucía de nuevo a solas en la quietud cálida de aquella tarde de convalecencia compartida.

Fue durante una de esas tardes tranquilas, con Lucía acurrucada contra su costado sano mientras ambos contemplaban en silencio la luz dorada del atardecer filtrándose por la ventana, cuando Samuel sintió que la certeza que llevaba semanas gestándose en su interior alcanzaba, por fin, la claridad absoluta que necesitaba para dar el siguiente paso.

Observó el perfil relajado de Lucía, la manera en que sus dedos jugueteaban distraídamente con los suyos, la naturalidad con la que ambos habían construido, en apenas unos meses, una vida compartida que a él le costaba imaginar ya sin ella, y comprendió que no quería esperar ni un solo día más de lo estrictamente necesario para hacer aquella promesa formal ante el mundo entero.

—Cuando termine de recuperarme del todo —dijo Samuel, besándole la coronilla con una ternura que llevaba meses aprendiendo a expresar sin reservas—, quiero llevarte a un sitio especial. Y esta vez no pienso dejar que ninguna llamada urgente nos interrumpa.

—Llevas semanas diciendo eso, Samuel Vega.

—Lucía rió contra su pecho, aunque el brillo travieso en sus ojos al levantar la vista hacia él delataba que aquella broma escondía una curiosidad genuina—.

Empiezo a pensar que tienes miedo de que, sea lo que sea que estés planeando, algo vuelva a torcerse en el último momento.

—Esta vez no va a torcerse nada. Te lo prometo.

—Samuel sonrió, con una determinación tranquila que Lucía no supo interpretar del todo, aunque decidió, con la misma paciencia con la que había aprendido a esperar cada uno de los momentos importantes compartidos con aquel hombre, confiar en que aquella promesa, a diferencia de tantas otras interrumpidas por el destino a lo largo de los últimos meses, se cumpliría exactamente como él la había planeado.