Capítulo 24 Volver a respirar
Los primeros días tras la operación transcurrieron para Samuel en una bruma confusa de anestesia, dolor controlado por medicación y despertares breves en los que apenas conseguía distinguir la realidad de los sueños entrecortados que la fiebre le provocaba, pero en cada uno de esos fragmentos de conciencia, sin excepción, encontraba a Lucía sentada junto a su cama, con el rostro demacrado por el cansancio y las ojeras profundas de quien lleva días sin apenas dormir, pero con la mano siempre entrelazada con la suya, como si aquel gesto fuera lo único capaz de anclarlo con firmeza al mundo de los vivos.
El médico había sido claro sobre la gravedad de la herida: la bala le había perforado el costado a escasos centímetros de órganos vitales, y solo la rapidez con la que había llegado al hospital, junto con una considerable dosis de suerte, había evitado que las consecuencias fueran mucho más trágicas.
—Deberías irte a descansar de verdad, no solo dormitar en esa silla incómoda —murmuró Samuel, la primera vez que consiguió mantener la conciencia el tiempo suficiente como para articular una frase completa, con la voz todavía ronca por la sonda que le habían retirado apenas unas horas antes—.
Llevas aquí días enteros, Lucía. Se te nota en la cara.
—Mira quién habla, el hombre que se llevó un disparo por interponerse delante de mí sin pensarlo dos veces.
—Lucía esbozó una sonrisa temblorosa, apretándole la mano con una firmeza que contradecía la fragilidad evidente de su propio estado tras los días vividos—.
No pienso irme a ninguna parte, Samuel. Ya hemos hablado bastante de lo poco que se nos da obedecer al otro cuando de verdad nos importa algo, así que ahórrate el esfuerzo de intentar convencerme.
El comisario visitó la habitación en cuanto los médicos lo permitieron, con una carpeta bajo el brazo que contenía el resumen de cómo había concluido la operación: el líder de la organización, herido pero estable, había sido trasladado a un hospital penitenciario bajo custodia permanente, mientras que Ortiz, localizado finalmente gracias a un chivatazo de uno de sus antiguos contactos, había aceptado colaborar plenamente con la investigación a cambio de una reducción sustancial de condena, revelando una red de complicidades mucho más amplia de lo que nadie había sospechado inicialmente, aunque limitada ya, gracias a las detenciones sucesivas, a un puñado de nombres que las autoridades tenían perfectamente controlados.
—El caso está prácticamente cerrado, Samuel.
—El comisario se sentó junto a la cama, con una expresión que combinaba alivio profesional y una preocupación mucho más personal por el estado de su inspector—.
Y quiero que sepas que, pese a haberte saltado el procedimiento en más de una ocasión durante estas últimas semanas, nadie en esta comisaría va a cuestionarte nada al respecto.
Lo que hiciste, Samuel, fue el trabajo policial más valiente que he presenciado en treinta años de carrera.
—Solo hice lo que tenía que hacer —respondió Samuel, con la voz todavía débil pero firme en su convicción—. No podía quedarme esperando mientras alguien decidía si Lucía vivía o moría.
—Lo sé, y por eso mismo he pensado que quizás sea hora de que te tomes un descanso más largo del habitual cuando te den el alta.
—El comisario le dedicó una sonrisa cómplice, mirando de reojo hacia Lucía, que fingía estar completamente absorta en el vaso de agua que sostenía entre las manos—.
Alex me llamó hace unos días, en cuanto se enteró de lo ocurrido.
Quiere venir a verte en cuanto te encuentres con fuerzas suficientes.
Creo que está deseando comprobar con sus propios ojos que su consejo de despedida terminó calando más hondo de lo que esperaba.
Alex llegó, en efecto, apenas unos días después, con el mismo pelo blanco y la misma sonrisa cálida que Samuel recordaba de la fiesta de despedida, aunque con una expresión de preocupación genuina que se disolvió en cuanto vio a su antiguo compañero incorporado en la cama, pálido pero con una vitalidad evidente en la mirada que la herida no había conseguido apagar del todo.
—Así que por fin decidiste hacerme caso, aunque tuvieras que llevarte un disparo para conseguirlo.
—Alex se sentó junto a la cama, dándole un apretón firme en el hombro sano mientras observaba, con una sonrisa que no disimulaba en absoluto, a Lucía, que se había levantado para saludarlo con una calidez que evidenciaba lo mucho que Samuel le había hablado ya de su antiguo mentor—.
Y además con excelente criterio, por lo que puedo ver.
—No fue exactamente una decisión meditada, Alex. Simplemente ocurrió. —Samuel sonrió, sintiendo un calor en el pecho que no tenía nada que ver con la medicación—. Aunque supongo que tenías razón en lo que me dijiste aquella noche. El trabajo no puede ser lo único importante.
—Me alegra escucharte decir eso, aunque hubiera preferido que llegaras a esa conclusión sin necesidad de acabar en una cama de hospital.
—Alex le lanzó una mirada de reproche cariñoso, y después, dirigiéndose a Lucía con una seriedad que contrastaba con el tono jocoso anterior, añadió—: Cuídalo bien, señorita Herrera.
Este hombre lleva toda su vida cuidando a los demás sin permitirse recibir cuidado a cambio. Le vendrá bien acostumbrarse.
—Puede estar seguro de que pienso hacerlo, aunque tenga que discutir con él cada día para conseguirlo.
—Lucía le devolvió la mirada con una determinación que hizo reír a Alex de buena gana, y Samuel, observando aquel intercambio entre las dos personas más importantes de su vida, sintió que algo en su interior, alguna pieza que llevaba desencajada desde hacía demasiado tiempo, encajaba por fin en su sitio con una naturalidad que jamás había experimentado antes.
Las semanas de recuperación transcurrieron entre sesiones de fisioterapia dolorosas pero necesarias, visitas ocasionales de compañeros de comisaría que llegaban con historias exageradas sobre el heroísmo de su rescate, y las tardes tranquilas junto a Lucía, que había decidido, sin que Samuel se lo pidiera, reducir considerablemente su carga de trabajo en el periódico para acompañarlo durante aquel proceso, alegando entre bromas que necesitaba asegurarse personalmente de que su inspector favorito no se saltara ninguna indicación médica por exceso de impaciencia.
Fue durante una de esas tardes tranquilas, con la luz anaranjada del atardecer entrando por la ventana de la habitación y Lucía leyéndole en voz alta un artículo cualquiera del periódico solo para llenar el silencio con algo que no fuera la tensión de las semanas anteriores, cuando Samuel, observándola con una atención que ella no tardó en notar, sintió la certeza, clara y definitiva, de que aquella mujer se había convertido en la persona sin la cual ya no concebía imaginar el resto de su vida.
—¿Qué? —preguntó Lucía, bajando el periódico al percatarse de que Samuel llevaba varios minutos mirándola sin decir nada, con una expresión que ella no conseguía descifrar del todo—. ¿Tengo algo en la cara?
—No, es solo que... —Samuel dudó un instante, sopesando las palabras con un cuidado inusual en él, antes de decidirse a hablar con toda la sinceridad que sentía en aquel momento—.
Estaba pensando en que, cuando salga de aquí, cuando todo esto termine de verdad, me gustaría llevarte a algún sitio especial.
Hay un lugar al que quiero volver contigo, Lucía. Y creo que ya sabes exactamente cuál.