Capítulo 23 Por ella
La vieja fábrica de conservas se alzaba junto al cauce del río como un esqueleto oxidado, con las paredes de ladrillo ennegrecidas por décadas de abandono y las ventanas rotas dejando escapar, apenas perceptible desde la distancia, un tenue resplandor de luz artificial que confirmaba lo que Samuel ya sospechaba: alguien ocupaba aquel lugar en aquel preciso momento.
Condujo hasta allí sin esperar la llegada del equipo completo que el comisario ya había movilizado, calculando que cada minuto de retraso podría suponer la diferencia entre encontrar a Lucía con vida o llegar demasiado tarde, y aparcó a varios cientos de metros de distancia, avanzando el resto del trayecto a pie, agazapado entre la maleza crecida junto al cauce, con el corazón latiéndole con una violencia que apenas conseguía controlar.
Rodeó el perímetro del edificio con el sigilo que años de entrenamiento le habían enseñado, localizando un acceso lateral, una puerta metálica oxidada entreabierta que sugería un descuido por parte de quienes ocupaban el interior, quizás confiados en el aislamiento del lugar o simplemente negligentes tras horas de vigilancia sin incidentes.
Se detuvo un instante antes de entrar, con la mano temblorosa sobre la culata del arma, y por primera vez en toda su carrera sintió que el miedo que lo invadía no tenía nada que ver con su propia seguridad, sino exclusivamente con la certeza aterradora de lo que podría encontrar, o no encontrar, al otro lado de aquella puerta.
El interior de la fábrica se extendía en un espacio cavernoso, dividido por estructuras metálicas oxidadas que en su día debieron sostener la maquinaria de producción, y Samuel avanzó pegado a las sombras, guiándose por el murmullo distante de voces masculinas que resonaban desde algún punto hacia el fondo del edificio.
Fue al doblar una esquina, tras una hilera de cintas transportadoras abandonadas y cubiertas de óxido, cuando la distinguió: Lucía, sentada contra una columna de hormigón, con las manos todavía atadas por delante y el rostro pálido pero decidido, observando con atención a los dos hombres que discutían a pocos metros de distancia sobre algo que Samuel no alcanzó a escuchar con claridad.
El alivio que sintió al verla con vida fue tan intenso que estuvo a punto de delatar su presencia con un sonido involuntario, pero logró contenerse, evaluando rápidamente la situación: dos hombres visibles, armados, y la posibilidad de que hubiera un tercero fuera de su campo de visión, tal y como Lucía había mencionado durante su breve conversación telefónica con el detenido semanas atrás.
Samuel se movió con cautela, buscando el ángulo que le permitiera actuar con la máxima ventaja posible, y fue entonces cuando Lucía, alzando ligeramente la vista, lo distinguió entre las sombras, y aunque su expresión se iluminó con una esperanza inmediata, tuvo la entereza suficiente para no delatarlo con ningún gesto brusco, limitándose a sostenerle la mirada con una intensidad que comunicaba, sin palabras, toda la confianza que depositaba en él.
Uno de los hombres se giró en aquel momento, quizás alertado por algún instinto o por el más mínimo cambio en la actitud de Lucía, y al distinguir la silueta de Samuel entre las sombras, gritó una advertencia que rompió de golpe cualquier posibilidad de sigilo.
Samuel no dudó ni un instante, saliendo de su escondite con el arma en alto mientras gritaba su identificación policial, y lo que siguió transcurrió en una sucesión de segundos caóticos que después, al recordarlos, se le mezclarían en la memoria como fragmentos inconexos: el estruendo de un disparo resonando entre las paredes de metal oxidado, el grito de Lucía intentando ponerse en pie pese a las manos atadas, el segundo hombre corriendo hacia una salida trasera mientras Samuel devolvía el fuego, obligándolo a cubrirse tras una de las estructuras metálicas.
—¡Lucía, al suelo! —gritó Samuel, avanzando hacia ella entre el fragor del enfrentamiento, y ella, con una obediencia inmediata que contrastaba con la determinación feroz de su mirada, se pegó todo lo posible contra la columna de hormigón, procurando ofrecer el mínimo blanco posible mientras Samuel neutralizaba al primer hombre con un disparo certero que lo dejó fuera de combate, aunque con vida, tendido junto a una de las cintas transportadoras.
El segundo hombre, sin embargo, no se rindió con la misma facilidad, y desde su posición cubierta abrió fuego con una ráfaga que obligó a Samuel a resguardarse tras una columna cercana a Lucía, sintiendo el impacto de las balas contra el metal oxidado a escasos centímetros de su cabeza.
Fue en aquel instante, mientras calculaba desesperadamente cómo neutralizar la amenaza sin exponer a Lucía a un fuego cruzado, cuando distinguió, por el rabillo del ojo, una tercera figura emergiendo de las sombras hacia el fondo de la nave: el hombre del anillo, el líder de toda la organización que Ortiz había mencionado, avanzando con un arma en la mano y una calma escalofriante que contrastaba brutalmente con el caos que lo rodeaba.
—Debería haber aceptado mi oferta, inspector —dijo el hombre, con la misma voz serena que Samuel había escuchado por teléfono horas antes, apuntando directamente hacia donde Lucía se encontraba parcialmente protegida—. Ahora vamos a tener que hacer las cosas de la manera más desagradable.
Samuel comprendió, con una claridad brutal que le heló la sangre, que aquel hombre tenía un ángulo de disparo directo hacia Lucía, y sin pensarlo dos veces, sin calcular consecuencias ni sopesar alternativas, se lanzó hacia ella, colocando su propio cuerpo entre la línea de fuego y la mujer que amaba justo en el instante en que el disparo resonó por toda la nave con un estruendo ensordecedor.
Sintió el impacto como una descarga de fuego abrasador atravesándole el costado, un dolor tan intenso que por un momento le nubló completamente la vista, pero pese a la agonía que le recorría el cuerpo entero, consiguió, con una fuerza de voluntad que ni él mismo sabía que poseía, devolver el disparo hacia el hombre del anillo antes de que este pudiera efectuar un segundo tiro, alcanzándolo en el hombro con una precisión que, en aquellas circunstancias de dolor y adrenalina desbordada, resultó casi milagrosa.
—¡Samuel! —El grito de Lucía resonó con una angustia desgarradora mientras él se desplomaba junto a ella, con una mano presionando instintivamente la herida sangrante de su costado, y ella, pese a las manos todavía atadas, se arrastró hacia él con una desesperación que no dejaba espacio para el miedo que sentía por sí misma—. Samuel, aguanta, por favor, aguanta.
—Estoy bien —mintió Samuel, con la voz entrecortada por el dolor mientras el mundo empezaba a desdibujarse peligrosamente en los bordes de su visión, aunque incluso en aquel estado, su prioridad absoluta seguía siendo ella—. ¿Estás herida? Dime que estás bien, Lucía.
—Estoy bien, estoy bien, pero tú... —Lucía consiguió, con dedos temblorosos y torpes por las ataduras, presionar con más firmeza la herida de Samuel, buscando desesperadamente contener la hemorragia mientras las voces de refuerzos policiales empezaban a escucharse acercándose desde el exterior, alertados sin duda por el sonido de los disparos—.
Aguanta, por favor, ya vienen, ya está todo terminando, solo necesito que aguantes un poco más.
El resto del operativo irrumpió en la nave apenas unos minutos después, encontrando al líder de la organización herido pero controlado, a los dos hombres reducidos, y a Samuel tendido en el suelo con Lucía sosteniendo con desesperación la herida de su costado mientras los sanitarios se abrían paso a toda prisa entre los agentes que aseguraban la escena.
Samuel sintió que la conciencia empezaba a escapársele mientras lo colocaban sobre la camilla, con el rostro de Lucía, pálido y bañado en lágrimas pero decidido a no soltarle la mano bajo ningún concepto, convirtiéndose en la última imagen nítida que consiguió retener antes de que la oscuridad terminara por engullirlo por completo.
—No te vas a ir así, Samuel Vega —susurró Lucía, caminando junto a la camilla mientras los sanitarios la trasladaban apresuradamente hacia la ambulancia que esperaba con las puertas abiertas junto a la entrada de la fábrica—. No después de todo lo que hemos pasado. No te atrevas a dejarme ahora.
Samuel, entre la bruma creciente de su conciencia que se apagaba, sintió la presión firme de la mano de Lucía entrelazada con la suya, y aunque no consiguió articular ninguna respuesta coherente, aquel contacto, cálido y desesperado a la vez, se convirtió en el único ancla capaz de mantenerlo aferrado, aunque fuera por unos instantes más, a la conciencia que amenazaba con abandonarlo por completo mientras las puertas de la ambulancia se cerraban tras ellos y las sirenas rasgaban la noche en dirección al hospital más cercano.