Capítulo 22 El nombre del Río
Samuel no había dormido, ni había comido apenas, desde que había encontrado el apartamento de su tía revuelto y la nota amenazante junto a la puerta forzada, y mientras las horas se sucedían sin ninguna pista sólida sobre el paradero de Lucía, sentía que la angustia se le acumulaba en el pecho como una losa cada vez más pesada, aunque se negaba en redondo a permitirse el lujo del desmoronamiento mientras quedara una sola vía de investigación por explorar.
Había desobedecido, sin apenas disimulo, la orden explícita del comisario de seguir el procedimiento estándar, presionando a cada informante, cada contacto, cada testigo relacionado con el caso con una intensidad que rozaba, él mismo lo sabía, los límites de lo reglamentario, pero le resultaba completamente indiferente cualquier consecuencia disciplinaria mientras Lucía siguiera en manos de quienes la habían secuestrado.
—Necesito hablar de nuevo con el detenido —anunció Samuel, entrando en el despacho del comisario sin llamar, con unas ojeras profundas que delataban las horas sin descanso—.
El líder de la organización. Si hay alguien por encima de él, como aseguró Ortiz antes de desaparecer, es la única persona que podría tener alguna idea de quién está detrás de todo esto y dónde podrían haberla llevado.
—Ya lo hemos interrogado tres veces desde que confirmamos el secuestro, Samuel, y sigue sin darnos nada útil.
—El comisario, tan agotado como el propio Samuel tras la tensión de las últimas horas, se frotó los ojos con gesto cansado—.
Asegura que no sabe nada sobre quién ha ordenado el secuestro, que su implicación terminó en el momento en que lo detuvimos.
—Pues volveré a intentarlo una cuarta vez, aunque tenga que quedarme ahí dentro toda la noche. —Samuel ya se dirigía hacia la puerta cuando el comisario lo detuvo con una mano firme sobre el brazo.
—Samuel, escúchame. —El tono del comisario se suavizó, cargado de una preocupación genuina que traspasaba la mera jerarquía profesional—.
Sé lo que estás sintiendo. Sé lo que significa para ti encontrarla, y créeme que voy a mover cada recurso disponible para conseguirlo.
Pero necesito que mantengas la cabeza fría, porque si entras ahí como un huracán descontrolado, no vas a sacarle nada útil a ese hombre. Necesitas paciencia, no desesperación.
Samuel respiró hondo, obligándose a contener la urgencia que le quemaba por dentro, y asintió, aunque cada fibra de su ser le exigía actuar con una inmediatez que el procedimiento no permitía.
Entró en la sala de interrogatorios con un control forzado sobre sus propios gestos, y se sentó frente al líder de la organización, que lo observó con una expresión distinta a la que había mostrado en interrogatorios anteriores, algo parecido a una comprensión reticente, casi incómoda.
—Sé por qué ha vuelto, inspector, y ya le he dicho todo lo que sé.
—El hombre suspiró, y por primera vez desde su detención, algo en su actitud pareció genuinamente afectado, quizás por el recuerdo reciente de su propia hermana perdida—.
Pero hay algo que no le he mencionado porque no estaba seguro de su relevancia hasta ahora.
Antes de que me detuvieran, escuché al subinspector Ortiz hablar por teléfono en más de una ocasión, siempre en el mismo tono cauteloso, mencionando un lugar que no reconocí en su momento: «la vieja fábrica del río».
No sé si se refería a algo relacionado con nuestra operación o con algo completamente distinto, pero es la única pista que puedo ofrecerle, y se la doy porque, pese a todo lo que ha ocurrido entre nosotros, no deseo que la periodista sufra el mismo destino que mi hermana.
Samuel sintió que el pulso se le aceleraba ante aquella información, y aunque procuró mantener la compostura frente al detenido, salió de la sala de interrogatorios con una determinación renovada, buscando de inmediato a Ramírez, que pese al golpe recibido durante el secuestro insistía en seguir colaborando con la investigación desde una silla de ruedas temporal, con la cabeza vendada pero la mente tan aguda como siempre.
—«La vieja fábrica del río» —repitió Ramírez, tecleando de inmediato en su ordenador con una rapidez que desmentía su aparente fragilidad física—.
Podría tratarse de la antigua fábrica de conservas que cerró hace más de una década, en el polígono cercano al cauce, inspector.
Recuerdo haber leído algo sobre ella en un informe urbanístico antiguo, uno de los pocos edificios de la zona que nunca llegó a demolerse pese a las quejas vecinales sobre su estado ruinoso.
Samuel ya estaba marcando el número del comisario para solicitar el despliegue de un equipo hacia aquella ubicación cuando su propio teléfono vibró con una llamada entrante de un número oculto, y al responder, sintió que se le helaba la sangre al escuchar, por primera vez desde el secuestro, la voz de quien parecía estar al mando de toda la operación, una voz calmada y calculadora que contrastaba brutalmente con la brutalidad de sus actos.
—Inspector Vega. Veo que sigue investigando pese a nuestra advertencia.
—La voz sonaba serena, casi divertida, con un deje que a Samuel le heló todavía más la sangre que la propia amenaza implícita en sus palabras—.
Debería haberse quedado quieto, tal y como le pedimos.
Pero ya que insiste en seguir moviendo fichas, déjeme facilitarle las cosas: tiene exactamente dos horas para dejar de investigar por completo, para llamar a sus superiores y convencerles de que abandonen cualquier búsqueda activa, o la señorita Herrera empezará a sufrir las consecuencias de su obstinación de una manera que, le aseguro, no querrá presenciar ni siquiera en sus peores pesadillas.
—Como le toquéis un solo pelo, te juro que no vas a tener ni un rincón del país donde esconderte de mí —respondió Samuel, con una voz que apenas reconocía como propia, cargada de una furia gélida que sustituía por completo cualquier vestigio de la compostura profesional que había intentado mantener hasta entonces.
—Qué previsible, inspector. Todos ustedes dicen exactamente lo mismo. —La voz al otro lado de la línea sonó, por un instante, casi complacida por la reacción provocada—. Dos horas, inspector Vega. Y ni un minuto más.
La llamada se cortó, dejando a Samuel con el teléfono todavía pegado a la oreja y una determinación fría asentándose en su interior con la fuerza de una losa de hielo, y se giró hacia Ramírez con una mirada que no admitía discusión alguna.
—Necesito la ubicación exacta de esa fábrica, ahora mismo. Y necesito que informes al comisario de que voy hacia allí, con o sin el equipo completo desplegado a tiempo, porque no pienso quedarme esperando dos horas mientras alguien decide si Lucía vive o muere.