Capítulo 21 Resistir
El vehículo que Lucía había escuchado aproximarse resultó pertenecer, para su alivio contenido y su renovada inquietud a partes iguales, no a un rescate inminente sino a la llegada de refuerzos para sus captores: dos hombres nuevos que se sumaron a los que ya custodiaban la nave, trayendo consigo una tensión añadida que se palpaba en el modo brusco con que empezaron a mover cajas y a preparar, según pudo deducir por fragmentos de conversación que alcanzaba a escuchar, un posible traslado a otra ubicación antes del amanecer.
Aquella perspectiva, lejos de hundirla en la desesperación, encendió en Lucía una determinación fría y calculada: si iban a moverla de allí, su ventana de oportunidad para intentar algo se reduciría drásticamente, y no pensaba desperdiciar la posibilidad de actuar mientras todavía existiera.
Observó con atención los movimientos de sus captores durante la hora siguiente, memorizando los turnos con los que se relevaban junto a la puerta principal, el momento exacto en que ambos guardias más próximos a ella se distraían discutiendo sobre la logística del traslado, y la ubicación de una ventana alta, medio tapiada, por la que se filtraba una corriente de aire que sugería una salida practicable al exterior si conseguía alcanzarla sin ser vista.
Con las manos todavía atadas por delante, se dedicó a frotar disimuladamente la cuerda contra el borde oxidado y afilado de la estantería metálica más cercana, un gesto lento y doloroso que le desollaba la piel de las muñecas pero que, poco a poco, iba debilitando las fibras que la mantenían inmovilizada.
Fue el hombre que parecía liderar aquel grupo reducido de captores quien se acercó de nuevo a ella, con la misma sonrisa calculada de su primera conversación, aunque esta vez acompañado de una urgencia que delataba la presión del tiempo que corría en su contra.
—Parece que su inspector se está tomando esto más en serio de lo que esperábamos —dijo el hombre, agachándose frente a ella con una expresión que combinaba fastidio y una advertencia implícita—.
Vamos a trasladarla a un lugar más seguro antes de que consiga acercarse demasiado.
Espero, por su propio bien, que no se le ocurra hacer ninguna tontería durante el trayecto.
—¿Y si me niego a cooperar? —preguntó Lucía, sosteniéndole la mirada con una firmeza que no sentía del todo pero que se obligó a proyectar con toda la convicción que pudo reunir—.
¿Va a hacerme lo mismo que le hicieron al empresario que se negó a pagar la extorsión?
Porque si es así, adelante. Pero le aseguro que no va a conseguir que deje de investigar esto ni con amenazas ni con violencia.
El hombre la observó durante un largo instante, con una expresión que, por primera vez, dejaba entrever algo parecido a una duda genuina, quizás el mismo peso de la advertencia que su propio líder le había hecho semanas atrás sobre no dañarla «de cualquier manera», y finalmente, sin responder directamente a la provocación, se incorporó y se alejó para coordinar con el resto del grupo los últimos preparativos del traslado, dejando a Lucía de nuevo sola, con el corazón latiéndole con fuerza y las muñecas doloridas por el roce constante contra el metal oxidado.
Consiguió, tras varios minutos más de esfuerzo silencioso, aflojar lo suficiente la cuerda como para liberar una mano, y aprovechando la distracción momentánea de sus captores, ocupados cargando las últimas cajas hacia la salida trasera, se arrastró con sigilo hacia la ventana tapiada que había identificado antes, calculando que si conseguía alcanzarla antes de que notaran su ausencia, tendría al menos una oportunidad de escapar hacia el exterior y pedir ayuda en cualquier vivienda o negocio cercano al polígono industrial.
Estaba a apenas un par de metros de la ventana cuando uno de los guardias, alertado por un movimiento periférico que ella no consiguió evitar del todo, gritó una advertencia que hizo que el resto del grupo se abalanzara hacia ella con una brusquedad que le arrancó un grito de dolor al ser sujetada con fuerza excesiva por el brazo.
La redujeron de nuevo contra la columna de hormigón, esta vez atándola con una cuerda mucho más gruesa y con las manos por detrás de la espalda, eliminando cualquier posibilidad futura de repetir el mismo intento, pero antes de que consiguieran arrastrarla lejos de la ventana, Lucía logró, con un último gesto de determinación silenciosa, arrancarse un botón de la manga de su chaqueta y dejarlo caer disimuladamente junto al alféizar, un pequeño rastro más que, con suerte, podría ayudar a quien la buscara a confirmar que había estado allí, intentando escapar hasta el último instante posible.
—No va a conseguir nada con esto, señorita Herrera, salvo hacer las cosas más difíciles para usted misma —masculló el hombre que la había reducido, atando el último nudo con una fuerza innecesaria que le arrancó una mueca de dolor contenido.
—Prefiero hacer las cosas difíciles a rendirme sin luchar —respondió Lucía, con la voz entrecortada por el esfuerzo pero cargada de una determinación que ni el dolor ni el miedo conseguían quebrar del todo, y mientras la levantaban a la fuerza para iniciar el traslado hacia un destino que ella todavía desconocía, se aferró con toda su voluntad a la certeza de que, en algún lugar de aquella ciudad, Samuel no dejaría de buscarla ni un solo instante hasta encontrarla, y que cada pequeña pista que consiguiera dejar tras de sí acercaría, aunque fuera mínimamente, el momento de su reencuentro.