Hasta encontrarte Capítulo 20 Cautiva
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Capítulo 20 Cautiva

Lucía recuperó la conciencia poco a poco, con la cabeza pesada y un dolor sordo latiéndole en la sien derecha, y durante unos segundos, antes de que la memoria regresara por completo, se permitió la ilusión fugaz de que todo aquello no era más que una pesadilla particularmente vívida de la que despertaría en cualquier momento, envuelta en las mantas del apartamento de la tía de Samuel, con él dormido a su lado.

Pero el frío húmedo que se filtraba a través de la tela áspera que le cubría los ojos, y la dureza del suelo sobre el que estaba tendida, se encargaron rápidamente de devolverla a una realidad mucho más aterradora, y con ella regresó también, con una claridad brutal, el recuerdo de la puerta forzada, de los gritos de Ramírez, del forcejeo desesperado en el que había intentado, con todas sus fuerzas, resistirse a las manos que la arrastraban lejos de aquel apartamento.

Respiró hondo, obligándose a controlar el pánico que amenazaba con desbordarla, y aplicó, casi por instinto, la misma disciplina mental que había desarrollado durante años de trabajo como periodista de sucesos, esa capacidad de observar y catalogar detalles incluso en las circunstancias más adversas, porque sabía, con una certeza que no necesitaba verbalizar, que cada pequeño dato que consiguiera memorizar podría ser crucial más adelante, tanto para escapar por sus propios medios como para ayudar a quien acabara encontrándola.

El suelo bajo su cuerpo era de cemento frío, con una textura irregular que sugería una construcción antigua, quizás industrial, y el aire que respiraba a través de la tela que le cubría los ojos tenía un olor particular, mezcla de humedad y de algo metálico que no conseguía identificar del todo, aunque le resultaba vagamente familiar, como si ya lo hubiera percibido antes en algún otro contexto que su mente aturdida no lograba ubicar con precisión.

Escuchó voces masculinas a cierta distancia, al menos dos, hablando en un tono demasiado bajo como para distinguir palabras concretas, y el eco particular con el que resonaban le confirmó su primera sospecha: se encontraba en un espacio amplio, probablemente una nave o un almacén, similar quizás al que Samuel y su equipo habían asaltado semanas atrás.

Tenía las manos atadas por delante, no por detrás, un detalle que registró con una punzada de esperanza cautelosa, porque significaba que quienes la habían capturado, pese a la brutalidad del secuestro, no estaban siguiendo un protocolo tan meticuloso como el que había descrito el señor Aranda desde su cama de hospital.

Aquello podía significar que se trataba de una organización distinta, más improvisada, o quizás que la urgencia de sacarla del apartamento antes de que llegara la policía les había impedido aplicar sus métodos habituales con la misma precisión.

Una puerta metálica se abrió con un chirrido áspero, y los pasos que se aproximaron hacia ella, pesados y decididos, le aceleraron el pulso de una manera que le costó controlar pese a todo el entrenamiento mental que llevaba aplicando desde que había despertado.

Unas manos le arrancaron la tela de los ojos sin ninguna delicadeza, y Lucía parpadeó varias veces, adaptándose a la luz tenue de un par de focos portátiles que iluminaban parcialmente lo que, en efecto, resultó ser el interior de una nave industrial, con estanterías metálicas vacías y ventanas tapiadas que confirmaban su primera impresión.

Frente a ella, un hombre de complexión robusta y mirada dura la observaba con una expresión que combinaba curiosidad e irritación a partes iguales, y Lucía, pese al miedo que sentía crecer en su pecho, se obligó a mantener la barbilla alzada, negándose a proyectar la vulnerabilidad que él probablemente esperaba encontrar.

—Vaya, vaya. La periodista tan famosa que ha estado a punto de arruinarnos el negocio. —El hombre se agachó frente a ella, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Espero que sepa apreciar que la estamos tratando con más consideración de la que se merece, dadas las molestias que nos ha causado.

—Si esto es su idea de consideración, no quiero imaginar cómo tratan a la gente que de verdad les cae mal.

—Lucía mantuvo la voz firme pese al temblor que sentía por dentro, decidida a no darle la satisfacción de verla derrumbarse—.

¿Qué es lo que quieren de mí exactamente?

Porque si es información sobre la investigación policial, se han equivocado de persona.

No trabajo para ellos, y ya deberían saberlo si de verdad han seguido mis movimientos con tanto cuidado como parecen haberlo hecho.

—No queremos información, señorita Herrera.

—El hombre se incorporó, cruzándose de brazos con una parsimonia calculada que resultaba, en sí misma, mucho más inquietante que cualquier amenaza directa—.

Queremos que el inspector Vega entienda las consecuencias de haber destruido meses de trabajo cuidadosamente organizado.

Usted es, simplemente, el medio más eficaz que tenemos para conseguir que comprenda ese mensaje.

Se marchó poco después, dejándola de nuevo sola en la penumbra de la nave, aunque esta vez sin la tela cubriéndole los ojos, un descuido —o quizás una crueldad calculada— que Lucía decidió aprovechar de inmediato, recorriendo con la mirada cada rincón visible del espacio en busca de cualquier detalle que pudiera resultar útil.

Distinguió, en una esquina apenas iluminada, un cartel medio despegado de la pared con un logotipo descolorido que apenas conseguía distinguir, algo relacionado con una antigua empresa de conservas que había operado, recordaba vagamente de sus investigaciones anteriores, en el polígono industrial cercano al río, en el extremo opuesto de la ciudad respecto al almacén de Los Olivos que ya habían desmantelado.

Con las manos atadas por delante, Lucía consiguió, tras varios intentos dolorosos, alcanzar el bolsillo interior de su chaqueta, donde recordaba haber guardado un pequeño broche con forma de pluma que Samuel le había regalado en un gesto espontáneo apenas unos días atrás, tras encontrarlo en una tienda de antigüedades durante uno de sus paseos, y con un cuidado extremo, procurando no llamar la atención de sus captores, logró desprenderlo de la tela y dejarlo caer disimuladamente junto a la base de una de las estanterías metálicas, con la esperanza de que, si la policía llegaba a registrar aquel lugar, aquel pequeño objeto pudiera servir como confirmación de que había estado allí, o incluso como pista sobre la dirección en la que se la habían llevado después, si es que la trasladaban de nuevo.

El tiempo transcurrió con una lentitud angustiosa, marcado únicamente por el sonido ocasional de las voces de sus captores y por el frío que se iba filtrando cada vez más profundamente en sus huesos, y Lucía, para mantener a raya el pánico que amenazaba con desbordarla en cada momento de silencio prolongado, se obligó a pensar en Samuel, en la certeza absoluta de que él estaría moviendo cielo y tierra para encontrarla, en el recuerdo cálido del beso compartido en el muelle apenas unos días atrás, en la promesa tácita de un futuro que ambos habían empezado a vislumbrar juntos y que ella se negaba, con una determinación que nacía de lo más profundo de su ser, a dejar que aquella gente le arrebatara.

Fue entonces cuando escuchó, procedente del exterior de la nave, el sonido inconfundible de un vehículo aproximándose, seguido de voces alteradas y de pasos apresurados que se dirigían hacia donde ella se encontraba, y por la tensión repentina que se apoderó de sus captores, comprendió, con una mezcla de esperanza y terror renovado, que algo importante estaba a punto de ocurrir, algo que podría significar tanto su rescate como un peligro todavía mayor del que ya estaba viviendo.