Hasta encontrarte Capítulo 19 Contrareloj
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Capítulo 19 Contrareloj

El teléfono siguió sonando sin respuesta durante lo que a Samuel le parecieron minutos interminables, aunque el reloj del salpicadero, cuando finalmente arrancó el coche a toda velocidad hacia el apartamento de su tía, apenas marcaba que habían transcurrido veinte segundos desde la llamada de Ortiz.

Marcó de nuevo, y de nuevo, mientras conducía sorteando semáforos en rojo con las luces de emergencia encendidas, y cada tono sin respuesta le retorcía las entrañas con una angustia que no había sentido ni siquiera durante el asalto a la nave de Los Olivos, porque aquello, ahora lo comprendía con una claridad brutal, era completamente distinto: esta vez no se trataba de un operativo controlado, sino de la persona que más le importaba en el mundo, posiblemente en peligro mientras él conducía a través de una ciudad que de pronto se le antojaba insoportablemente grande.

Llamó al comisario mientras conducía, informándole a gritos de la advertencia de Ortiz y solicitando refuerzos inmediatos hacia la dirección del apartamento, sin importarle ya mantener la ubicación en secreto, porque cualquier consideración sobre topos internos había quedado completamente eclipsada por el terror de imaginar lo que podría estar ocurriendo allí en ese mismo instante.

El comisario, tras la sorpresa inicial de escuchar por fin la dirección exacta, movilizó de inmediato dos unidades adicionales, pero Samuel sabía que, incluso con las sirenas a máxima velocidad, tardarían varios minutos más de los que estaba dispuesto a esperar.

Llegó al edificio con un frenazo brusco que hizo chirriar los neumáticos contra el asfalto, y subió las escaleras de dos en dos, con el arma desenfundada y el corazón latiéndole con tal violencia que apenas podía escuchar nada por encima de su propio pulso resonando en los oídos.

La puerta del apartamento estaba entreabierta, con las bisagras forzadas y astillas de madera esparcidas por el suelo del rellano, y Samuel entró con una descarga de adrenalina que le nubló momentáneamente cualquier pensamiento coherente, barriendo la estancia con el arma en alto mientras gritaba el nombre de Lucía con una desesperación que no reconocía en su propia voz.

—¡Lucía! ¡Ramírez!

El salón estaba completamente revuelto, con la mesa baja volcada y los cristales de la lámpara de pie esparcidos por el suelo, y fue junto al sofá donde encontró a Ramírez, tendido boca abajo con un hilo de sangre resbalando desde una herida en la cabeza, todavía consciente pero visiblemente aturdido, intentando incorporarse con un gemido de dolor mientras Samuel se arrodillaba a su lado, examinando la herida con manos temblorosas antes de percatarse, con un horror que le heló hasta los huesos, de que Lucía no estaba en ninguna parte de aquel apartamento.

—¿Dónde está? —preguntó Samuel, sacudiendo suavemente a Ramírez por los hombros, con una urgencia que rozaba la desesperación—. Ramírez, ¿dónde se la han llevado?

—Eran... eran al menos tres —logró articular Ramírez, con la voz pastosa y los ojos desenfocados por el golpe recibido—.

Entraron por la puerta antes de que pudiera reaccionar.

Me golpearon con algo, no llegué a ver bien qué, y cuando intenté levantarme ya se la estaban llevando.

Ella luchó, inspector, luchó con todo lo que tenía, incluso con el tobillo herido consiguió arañar a uno de ellos en la cara antes de que la redujeran, pero eran demasiados, y yo...

—Su voz se quebró, cargada de una culpa evidente que Samuel no tuvo tiempo de atender en aquel momento, con la mente completamente centrada en encontrar cualquier pista sobre el destino de Lucía—. Lo siento, inspector. Le fallé.

Samuel llamó de inmediato a los servicios de emergencia para que atendieran a Ramírez, y mientras esperaba a que llegara la ayuda, recorrió el apartamento con una desesperación metódica, buscando cualquier indicio que pudiera haber quedado tras el secuestro, hasta que, junto a la puerta forzada, distinguió algo que brillaba tenuemente bajo la luz del rellano: un pendiente pequeño, sencillo, que reconoció de inmediato como uno de los que Lucía llevaba puestos aquella misma tarde, caído probablemente durante el forcejeo que Ramírez acababa de describirle.

Lo recogió con manos temblorosas, sintiendo que la rabia y el terror se mezclaban en su interior en una combinación que amenazaba con desbordarlo por completo, y fue entonces cuando reparó en algo más: junto al pendiente, apoyada contra el marco astillado de la puerta, había una nota escrita con la misma letra apretada y nerviosa de la advertencia anterior, aunque esta vez el mensaje resultaba mucho más directo y mucho más terrible.

«La tenemos, inspector. Si quiere volver a verla con vida, deje de buscarnos. Si sigue investigando, si involucra a más gente de la cuenta, ella pagará las consecuencias de su obstinación. Le daremos instrucciones a su debido tiempo. No cometa ningún error.»

Samuel sintió que el papel le temblaba entre los dedos, y durante un instante, la furia y el miedo lo paralizaron por completo, incapaz de procesar la magnitud de lo que acababa de ocurrir mientras él se encontraba a varios kilómetros de distancia, discutiendo con el comisario sobre a quién podía o no confiar la ubicación de la mujer que amaba.

El comisario llegó pocos minutos después, acompañado de dos unidades más, y al ver la expresión devastada de Samuel, comprendió de inmediato la gravedad de lo ocurrido sin necesidad de que nadie se lo explicara con palabras.

—Vamos a encontrarla, Samuel. —El comisario le puso una mano firme sobre el hombro, con una determinación que pretendía transmitir la seguridad que ninguno de los dos sentía del todo en aquel momento—.

Vamos a movilizar todos los recursos disponibles, vamos a revisar cada cámara, cada testigo, cada pista que tengamos, y no vamos a descansar hasta traerla de vuelta.

—No va a ser suficiente seguir el procedimiento habitual, comisario.

—La voz de Samuel sonó extraña incluso a sus propios oídos, cargada de una determinación fría que nacía directamente del terror más profundo que había sentido en toda su vida—.

Esta gente ha demostrado que están dispuestos a llegar mucho más lejos de lo que imaginábamos, y tienen a alguien dentro de nuestra propia comisaría, o al menos lo tenían hasta hace unas horas.

No pienso quedarme sentado esperando instrucciones de quien la ha secuestrado, ni pienso confiar ciegamente en que el procedimiento nos lleve a tiempo hasta ella.

—¿Qué estás diciendo, Samuel?

Samuel se guardó la nota en el bolsillo, junto al pendiente que todavía sostenía con fuerza en la otra mano, y se giró hacia el comisario con una mirada que este no le había visto jamás en los quince años que llevaban trabajando juntos, una mezcla de dolor y de una determinación absoluta que no admitía discusión alguna.

—Estoy diciendo que voy a encontrarla, comisario. Con o sin procedimiento. Con o sin autorización oficial. Y que Dios ayude a quien se interponga en mi camino mientras lo hago.