Capítulo 18 Cuando el refugio deja de serlo
Mientras Samuel conducía hacia comisaría tras la llamada urgente sobre la desaparición de Ortiz, en el pequeño apartamento heredado de la tía de Samuel, Lucía y Ramírez pasaban la tarde en una calma tensa, esa clase de quietud vigilante que se instala cuando todos saben que algo grave se avecina, aunque nadie sepa exactamente cuándo ni cómo llegará.
Ramírez, sentado junto a la ventana con la vista alternando entre la calle exterior y la pantalla del móvil, revisaba de manera intermitente los informes que sus compañeros le enviaban sobre los avances de la búsqueda del subinspector desaparecido, mientras Lucía, incapaz de mantenerse quieta pese al tobillo todavía resentido, recorría el pequeño salón con una libreta en la mano, tomando notas sobre todo lo que llevaba investigando durante las últimas semanas, como si necesitara mantener la mente ocupada para no sucumbir a la ansiedad creciente que la situación le provocaba.
—Deberías descansar un poco, Lucía. Llevas horas sin parar de moverte de un lado a otro. —Ramírez la observó con una sonrisa cansada, aunque su preocupación genuina se traslucía bajo el tono ligero de sus palabras—. El inspector Vega me despellejaría si te encuentra agotada cuando vuelva.
—No puedo evitarlo. Cuando estoy nerviosa necesito hacer algo con las manos, aunque solo sea reorganizar notas que ya he leído cien veces.
—Lucía se dejó caer en el sofá, frotándose los ojos cansados, y durante un instante el silencio se instaló entre ambos, roto solo por el zumbido lejano del tráfico nocturno que se filtraba a través de la ventana entreabierta—.
¿Crees que Ortiz habrá huido de verdad, o crees que le ha pasado algo?
—Sinceramente, no lo sé. —Ramírez suspiró, dejando el móvil sobre la mesa baja—.
Llevo años trabajando con él, y jamás hubiera imaginado que pudiera estar implicado en algo así.
Supongo que eso demuestra que nunca conocemos del todo a la gente con la que compartimos turno, por muchos años que pasen.
—Samuel dijo algo parecido sobre él, con la misma sensación de traición en la voz.
—Lucía se abrazó las rodillas, con una expresión pensativa que Ramírez reconoció como la misma concentración con la que ella abordaba cualquier historia que investigaba—.
Espero, de verdad, que exista alguna explicación que no lo convierta en un simple villano más de esta historia.
Todos merecemos, al menos, la oportunidad de que se entiendan las razones detrás de nuestros peores errores.
—Eres muy generosa considerando que ese mismo hombre, sin saberlo tú, puso en peligro tu seguridad al asignarte este piso antes de que descubriéramos su implicación.
—Ramírez esbozó una sonrisa que combinaba admiración y una ligera incredulidad—.
El inspector tiene razón cuando dice que eres de las personas más cabezotas que ha conocido, aunque también de las más nobles.
Lucía rió ante aquel comentario, y la conversación derivó hacia temas más ligeros, anécdotas de Ramírez sobre sus primeros años en la policía, historias sobre Samuel de joven que Lucía escuchaba con auténtico deleite, ávida de conocer cada faceta posible del hombre del que se había enamorado sin apenas darse cuenta de en qué momento exacto había ocurrido.
Fue durante una de esas anécdotas, con Ramírez a punto de revelar un episodio particularmente vergonzoso de la primera semana de Samuel en el cuerpo, cuando ambos escucharon, procedente del rellano exterior, un sonido metálico apagado que no encajaba con la quietud habitual del edificio a aquella hora de la noche.
Ramírez se puso en pie de inmediato, con el instinto afilado de años de entrenamiento sustituyendo por completo la relajación de hacía apenas un instante, y se acercó a la puerta con el arma ya desenfundada, haciendo un gesto a Lucía para que se mantuviera alejada y en silencio.
El sonido se repitió, más claro esta vez, inconfundiblemente el de una herramienta forzando una cerradura, y Ramírez, con el pulso acelerado, alcanzó a comunicar por radio una alerta urgente apenas segundos antes de que la puerta cediera con un estallido de madera astillada, y tres figuras encapuchadas irrumpieran en el apartamento con una violencia calculada que no dejaba ninguna duda sobre sus intenciones.
—¡Lucía, corre! —gritó Ramírez, interponiéndose entre ella y los intrusos con el arma en alto, pero el primer golpe llegó desde un ángulo que no había conseguido cubrir a tiempo, derribándolo contra el suelo con un impacto seco que le hizo soltar el arma y perder momentáneamente la conciencia del entorno que lo rodeaba.
Lucía, pese al dolor del tobillo todavía resentido, intentó alcanzar la puerta trasera de la pequeña cocina, arañando con desesperación el brazo de uno de los hombres que la sujetó por la espalda antes de que pudiera dar más de dos pasos, luchando con todas sus fuerzas mientras gritaba el nombre de Ramírez, que yacía inmóvil junto al sofá volcado, hasta que una mano cubierta con un guante le tapó la boca, ahogando sus gritos mientras la arrastraban hacia la puerta destrozada, dejando tras de sí un pendiente caído junto al marco astillado y un apartamento sumido en un silencio que, apenas minutos antes, había estado lleno de risas compartidas y anécdotas nostálgicas.