Hasta encontrarte Capítulo 17 La última llamada
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Capítulo 17 La última llamada

Samuel leyó el mensaje del comisario dos veces, con una sensación creciente de desasosiego que le costaba nombrar del todo, y antes de responder, se quedó mirando el teléfono durante unos segundos que a Lucía, observándolo con atención desde el otro extremo del sofá, le parecieron cargados de una duda que no era propia de él.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, incorporándose pese al tobillo dolorido—. Samuel, ¿qué dice el mensaje?

—Ortiz ha desaparecido. El comisario quiere saber dónde te he traído. —Samuel se pasó una mano por el rostro, notando el peso del cansancio acumulado de los últimos días mezclándose con una desconfianza que jamás hubiera imaginado sentir hacia su propio superior—. Y no sé si debo decírselo.

Lucía lo miró con una mezcla de sorpresa y comprensión, captando de inmediato la magnitud de lo que aquella duda implicaba: si Ortiz había tenido acceso a información privilegiada durante meses sin que nadie lo sospechara, ¿qué garantía tenían de que no hubiera otros, más arriba en la cadena de mando, igualmente comprometidos?

La sola posibilidad de que el propio comisario pudiera estar implicado resultaba casi impensable para Samuel, que llevaba años respetando a aquel hombre como a un mentor casi tan importante como lo había sido Alex, pero la traición de Ortiz había abierto una grieta de sospecha que ya no sabía cómo cerrar del todo.

—No creo que el comisario esté implicado, Samuel —dijo Lucía, como si hubiera leído directamente sus pensamientos—. Pero entiendo que después de esto, ya no sepas en quién confiar por completo. Es normal sentir eso.

—El problema es que no puedo permitirme el lujo de equivocarme contigo de por medio.

—Samuel se levantó, caminando hacia la ventana y apartando ligeramente la cortina para comprobar, con una mezcla de paranoia y cautela justificada, que la calle exterior seguía tan tranquila como cuando habían llegado—.

Voy a decirle al comisario que estás segura, pero no la dirección exacta.

Le diré que confirmaré la ubicación en persona cuando llegue a comisaría, y así, si alguien más está comprometido, no tendrá tiempo de actuar antes de que yo mismo pueda evaluar la situación.

Redactó la respuesta con cuidado, procurando que sonara natural y no delatara la sospecha creciente que sentía hacia la propia estructura de mando, y tras enviarla, se giró hacia Lucía con una expresión que combinaba determinación y una preocupación que no intentó disimular.

—Necesito ir a comisaría a ayudar en la búsqueda de Ortiz.

No puedo quedarme aquí contigo sin levantar sospechas sobre por qué no colaboro activamente en algo tan urgente.

—Se arrodilló frente a ella, tomándole las manos con una firmeza que pretendía transmitir seguridad, aunque él mismo no se sentía del todo seguro de lo que estaba a punto de hacer—.

Pero voy a dejar a Ramírez aquí contigo.

Es la única persona, además del comisario, en quien confío sin ninguna duda, y prefiero que esté físicamente presente antes que depender de una patrulla que pueda llegar tarde si algo sale mal.

—No me gusta que te vayas, pero entiendo que no tienes muchas más opciones.

—Lucía le apretó las manos, y aunque el miedo era evidente en su expresión, la determinación que lo acompañaba resultó, como siempre, mucho más fuerte—.

Solo prométeme que tendrás cuidado. Ya hemos hablado bastante de lo mal que se nos da a los dos hacer promesas de ese tipo, pero esta vez la necesito de verdad.

—Te lo prometo. —Samuel la besó, despacio, con una ternura que contrastaba con la urgencia que sentía crecer en su pecho, y tras llamar a Ramírez para indicarle la dirección exacta del apartamento con instrucciones precisas de no compartirla con nadie más, salió hacia comisaría con el corazón dividido entre el deber profesional y el miedo de dejar a Lucía, aunque fuera bajo la protección de alguien de su absoluta confianza.

La comisaría, cuando llegó, presentaba una actividad febril, con agentes coordinando la búsqueda de Ortiz a través de las cámaras de tráfico de la ciudad y de los últimos registros de su teléfono móvil, que se había apagado apenas media hora después de que se confirmara la desaparición.

El comisario, encerrado en su despacho con la puerta cerrada y varias llamadas simultáneas gestionando la crisis, hizo un gesto a Samuel para que entrara en cuanto lo vio aparecer por el pasillo.

—Hemos localizado su coche abandonado cerca de la estación de autobuses, pero ninguna cámara lo registra comprando billete alguno, lo que sugiere que ha cambiado de vehículo o que alguien lo está ayudando a moverse sin dejar rastro.

—El comisario hablaba con la voz tensa de quien lleva horas sin descansar, y Samuel notó, con una punzada de remordimiento, cómo la sospecha que había sembrado en su propia mente le hacía observar cada gesto de su superior con una atención distinta a la habitual, buscando indicios de una traición que, en el fondo, esperaba desesperadamente no encontrar—.

¿Dónde está la señorita Herrera, Samuel?

Necesito coordinarme con la protección para asegurarme de que está completamente a salvo mientras esto se resuelve.

—Está segura, comisario. Ramírez está con ella ahora mismo, y prefiero mantener la ubicación exacta reservada hasta que confirmemos que no hay más filtraciones dentro del cuerpo.

—Samuel observó la reacción de su superior con atención, y aunque este frunció el ceño con una expresión que parecía más de sorpresa dolida que de sospecha descubierta, no insistió más allá de lo razonable.

—Entiendo tu cautela, aunque me duela que llegue a incluirme a mí. —El comisario suspiró, frotándose los ojos cansados—. Haz lo que consideres necesario, Samuel. Confío en tu criterio, aunque eso signifique que dejes de confiar en el mío por un tiempo.

La búsqueda continuó durante las horas siguientes sin resultados concluyentes, con Samuel repasando una y otra vez los registros telefónicos y las cámaras de la ciudad en busca de cualquier pista sobre el paradero de Ortiz, hasta que, pasada ya la medianoche, su propio teléfono vibró con una llamada de un número que no reconocía.

Dudó un instante antes de responder, y al hacerlo, la voz que escuchó al otro lado le heló la sangre de inmediato.

—Inspector Vega. —Era Ortiz, con una voz cargada de un nerviosismo que Samuel jamás había escuchado en su compañero durante los cinco años que llevaban trabajando juntos—.

Necesito que me escuches, y necesito que lo hagas rápido, porque no sé cuánto tiempo me queda antes de que me encuentren, y no me refiero a vosotros precisamente.

—Ortiz, ¿dónde estás? Podemos ayudarte, si nos cuentas la verdad de lo que ha pasado.

—No hay tiempo para eso ahora, inspector.

Escúchame bien: cuando acepté el dinero, pensé que solo se trataba de mirar hacia otro lado en algunos envíos, nada que pudiera hacer daño a nadie directamente.

Pero las cosas se torcieron mucho más de lo que imaginé, y ahora hay gente por encima de todo esto que ustedes ni siquiera han empezado a investigar, gente que no se va a conformar con haber perdido el almacén de Los Olivos.

—La voz de Ortiz tembló, y Samuel escuchó, de fondo, algo que sonaba a pasos apresurados sobre grava—.

Van a ir a por la periodista esta misma noche, inspector.

Tienen la dirección del piso de seguridad original, la que yo mismo asigné antes de saber en qué me estaba metiendo, y no saben que la habéis trasladado.

Pero si alguien más dentro de la comisaría también está comprometido, podrían averiguar la nueva ubicación antes de que amanezca.

Sácala de ahí, Samuel. Sácala de la ciudad si hace falta, porque esta gente no se va a detener hasta conseguir lo que quiere.

La llamada se cortó abruptamente, dejando a Samuel con el teléfono pegado a la oreja y un silencio zumbando al otro lado de la línea, y antes de que pudiera siquiera procesar del todo la magnitud de la advertencia que acababa de recibir, marcó el número de Ramírez con dedos temblorosos, sintiendo que cada segundo de espera mientras el teléfono sonaba sin respuesta se convertía en una eternidad insoportable.