Hasta encontrarte Capítulo 16 El traidor
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Capítulo 16 El traidor

—¿De quién estamos hablando, Ramírez? —preguntó Samuel, incorporándose en el sofá con tal brusquedad que Lucía, sobresaltada, se apartó ligeramente para observarlo con una atención cargada de preocupación—. Dime que no es ningún error en los registros.

—Ojalá pudiera decirle eso, inspector. —La voz de Ramírez, al otro lado de la línea, sonaba tan tensa como se sentía Samuel en aquel instante—.

Hemos comprobado los datos tres veces antes de llamarle, precisamente porque nadie quería creer lo que estábamos viendo.

Las transferencias van a nombre de Ortiz. El subinspector Ortiz.

Samuel sintió que el nombre le golpeaba con la fuerza de un puñetazo directo al estómago, porque Ortiz no era un desconocido dentro de la comisaría, sino un compañero con el que había compartido turnos, café de máquina y confidencias durante los últimos cinco años, un hombre cuya lealtad Samuel jamás había puesto en duda ni por un instante, y que precisamente por eso había tenido acceso, en los últimos meses, a prácticamente todos los detalles de la investigación, desde los informantes hasta las direcciones de los pisos de seguridad asignados a testigos protegidos.

—Necesito verificar esto con mis propios ojos antes de que se mueva ficha alguna contra él —dijo Samuel, poniéndose ya de pie y buscando su chaqueta con manos que apenas conseguían controlar el temblor de la indignación—.

Si Ortiz sospecha que hemos descubierto algo, podría destruir pruebas, alertar a quien quede de la organización, o peor, intentar huir antes de que podamos detenerlo.

—El comisario ya está al tanto, inspector.

Ha ordenado vigilancia discreta sobre Ortiz mientras se confirma la investigación, y quiere que usted se mantenga al margen de cualquier contacto directo con él hasta que tengamos pruebas irrefutables.

—Ramírez hizo una pausa, y cuando volvió a hablar, su tono se tiñó de una advertencia adicional que hizo que a Samuel se le helara todavía más la sangre—.

Hay algo más, inspector. Ortiz fue quien gestionó personalmente la asignación del piso de seguridad de la señorita Herrera.

Aquella información cayó sobre Samuel como un jarro de agua helada, porque comprendió de inmediato sus implicaciones: si Ortiz trabajaba para la organización, o para quien quedara de ella tras la detención del líder, entonces la ubicación exacta donde Lucía dormía cada noche, el lugar que Samuel había considerado el refugio más seguro posible para ella, llevaba semanas comprometido sin que ninguno de los dos lo supiera.

—Tenemos que sacarte de ese piso ahora mismo —dijo Samuel, girándose hacia Lucía con una urgencia que no intentó disimular, y ella, aunque visiblemente asustada por la gravedad repentina de la situación, asintió sin necesidad de más explicaciones, empezando a recoger a toda prisa las pocas pertenencias que había llevado consigo durante su estancia allí—.

Vamos a trasladarte a otra ubicación que nadie más conozca, ni siquiera el comisario hasta que hayamos confirmado del todo la implicación de Ortiz.

—¿Confías en alguien más en la comisaría, aparte de Ramírez?

—preguntó Lucía, mientras se calzaba con dificultad debido al tobillo todavía resentido, y la pregunta, aunque lógica dadas las circunstancias, golpeó a Samuel con una punzada de amargura al darse cuenta de lo profundamente que aquella traición estaba a punto de resquebrajar la confianza que llevaba años dando por sentada dentro de su propio entorno laboral.

—Confío en el comisario, y confío en Ramírez.

Más allá de eso, prefiero no arriesgarme a equivocarme.

—Samuel recogió las últimas cosas de Lucía, guardándolas apresuradamente en una bolsa mientras revisaba mentalmente las opciones de ubicaciones que nadie más que él conociera, hasta que finalmente se decidió por un pequeño apartamento que había heredado de una tía lejana años atrás y que apenas usaba salvo para almacenar trastos, un lugar que no figuraba en ningún registro relacionado con su vida profesional—.

Tengo un sitio. No es lujoso, pero nadie de la comisaría sabe que existe, ni siquiera Ramírez.

Condujeron hasta allí por rutas alternativas, con Samuel comprobando constantemente el retrovisor en busca de cualquier vehículo que pudiera estar siguiéndolos, y el trayecto transcurrió en un silencio tenso, roto solo por las indicaciones ocasionales que Samuel daba en voz baja mientras trazaba mentalmente el camino más seguro posible.

El apartamento, cuando finalmente llegaron, resultó ser tan modesto como Samuel había advertido, con muebles cubiertos por sábanas polvorientas y un aire cerrado que delataba meses sin uso, pero que en aquel momento, con la amenaza de una traición interna pesando sobre ambos, se sintió como el refugio más seguro que podían encontrar.

—Esto no es exactamente el piso de seguridad con todas las comodidades al que me había acostumbrado —bromeó Lucía, quitando una sábana de un sillón polvoriento con una mueca de desagrado fingido que intentaba, sin demasiado éxito, aligerar la tensión del momento—.

Pero supongo que la compañía compensa las carencias del alojamiento.

—Prometo compensarte con algo mejor en cuanto todo esto termine.

—Samuel se sentó junto a ella, pasándole un brazo por los hombros mientras ambos contemplaban el reducido salón iluminado solo por la lámpara de pie que había conseguido encender, y durante un instante, en medio de aquella incertidumbre creciente, se permitió simplemente disfrutar de la cercanía de Lucía, de la manera en que ella se acurrucaba contra su costado buscando el calor de su cuerpo, sin necesidad de palabras que llenaran el silencio.

Fue Lucía quien, tras varios minutos de aquella quietud compartida, rompió el silencio con una pregunta que Samuel llevaba horas evitando formularse a sí mismo.

—¿Qué crees que va a pasar con Ortiz cuando confirmen las pruebas? —preguntó, con la mirada fija en algún punto indeterminado del techo—. Llevas años trabajando con él. Tiene que ser durísimo descubrir algo así.

—No sé qué pensar todavía. —Samuel suspiró, sintiendo el peso de aquella traición asentarse de forma definitiva en su pecho—.

Quiero pensar que hay una explicación, que quizás lo obligaron igual que obligaron al chico que interrogamos, con amenazas contra alguien que le importa.

Pero también sé que eso no cambia el daño que puede haber causado, ni el riesgo al que te ha expuesto sin que ninguno de los dos lo supiéramos.

El teléfono de Samuel, que había dejado sobre la mesa baja al llegar, vibró de nuevo, y al ver que se trataba de un mensaje del comisario en lugar de una llamada, sintió una inquietud distinta, más fría, al leer el contenido escueto que aparecía en la pantalla: «Ortiz ha desaparecido.

No se presentó a su turno y su coche no está en el aparcamiento habitual.

Necesito que vengas a comisaría en cuanto puedas, Samuel.

Y necesito saber exactamente dónde has llevado a la señorita Herrera, porque si Ortiz ha huido, es porque sabe que estamos cerca, y no podemos descartar que intente algo desesperado antes de desaparecer del todo. »