Hasta encontrarte Capítulo 15 Grietas
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Capítulo 15 Grietas

Samuel cogió la bolsa de pruebas con manos que todavía no habían recuperado del todo la firmeza tras los minutos de pánico vividos en la nave, y bajo la luz intermitente de los coches patrulla, leyó la nota a través del plástico transparente, sintiendo que cada palabra escrita con aquella letra nerviosa y apretada le helaba la sangre un poco más que la anterior.

«Sabemos lo que investigas. Sabemos con quién hablas. La próxima vez no llegarás a casa para contarlo. Aléjate del inspector, o él pagará por tu curiosidad.»

—No firma nadie —murmuró Samuel, pasándole la bolsa al agente para que la procesaran en el laboratorio, aunque ya intuía que no encontrarían huellas útiles ni ninguna pista que condujera directamente a su autor—.

Pero el mensaje es claro. Alguien sigue operando fuera de la organización que ya hemos desmantelado, alguien que sabe exactamente dónde encontrarte y cuándo.

Lucía, apoyada contra el lateral del coche patrulla mientras un sanitario le revisaba el tobillo hinchado, palideció al escuchar el contenido de la nota, y aunque Samuel esperaba encontrar en ella el mismo miedo paralizante que sentía él, lo que vio en su expresión fue, en cambio, una determinación que se endurecía con cada palabra.

—Entonces esto confirma que la fuente nunca existió —dijo ella, con la voz firme pese al dolor evidente en su rostro—. Me hicieron venir hasta aquí para asustarme, quizás para algo peor si no llego a torcerme el tobillo y hubiera seguido caminando hacia donde me esperaban.

—O para separarnos —añadió Samuel, sentándose junto a ella en el borde abierto de la ambulancia mientras el sanitario terminaba de vendarle el tobillo—.

La nota lo dice explícitamente: que te alejes de mí, o yo pagaré las consecuencias.

Sea quien sea quien esté detrás de esto, ha entendido que juntos somos mucho más difíciles de intimidar que por separado.

—Pues que se vayan acostumbrando, porque no pienso alejarme de ti por una nota anónima escrita por alguien que ni siquiera tiene el valor de dar la cara.

—Lucía le sostuvo la mirada con una firmeza que, lejos de tranquilizar a Samuel, le provocó una nueva oleada de preocupación, aunque también un profundo orgullo por la valentía inquebrantable de aquella mujer que se negaba a dejarse amedrentar pese a todo lo que estaba viviendo.

El comisario, que había llegado personalmente al lugar tras recibir la noticia de la desaparición temporal de Lucía, escuchó el relato completo de lo ocurrido con expresión sombría, y tras ordenar que se reforzara la vigilancia sobre la periodista con un equipo mucho más numeroso que el discreto agente que la había seguido hasta entonces, se llevó a Samuel aparte, lejos del oído de los demás.

—Esto se está complicando más de lo que esperábamos —dijo el comisario, con el peso evidente de la responsabilidad marcándole cada arruga del rostro—.

Hemos detenido al líder visible de la organización, pero está claro que hay alguien más operando en las sombras, alguien que sigue teniendo información privilegiada y recursos suficientes para intimidar a un objetivo protegido por la policía.

Necesito que sigas investigando quién está detrás de esta nota, Samuel, pero también necesito que mantengas la cabeza fría.

Sé que hay algo entre tú y esa periodista, se nota a distancia, y no voy a fingir que no lo he notado.

Pero no dejes que eso nuble tu criterio profesional en un momento en que la organización parece dispuesta a jugar sus últimas cartas.

—No dejaré que nada nuble mi criterio, comisario. —Samuel sostuvo la mirada de su superior con una firmeza que no admitía dudas—. Pero tampoco voy a fingir que no me importa lo que le pase a Lucía. Y si eso supone un problema para usted, prefiero saberlo ahora que más adelante.

El comisario lo observó durante un largo momento, y finalmente, con un suspiro que sonaba más a resignación que a desaprobación, le dio una palmada en el hombro.

—No es un problema, Samuel, siempre que sepas separar las cosas cuando haga falta. Alex también encontró en su día algo que le importaba más que el trabajo, y no por eso dejó de ser el mejor inspector que ha pasado por esta comisaría. Solo te pido que tengas cuidado. Con ella, y contigo mismo.

Los días que siguieron trajeron consigo una nueva rutina que Samuel jamás hubiera imaginado apenas unas semanas antes, una en la que las tardes compartidas con Lucía dejaban de ser encuentros casuales disfrazados de necesidad profesional para convertirse, abiertamente, en algo que ambos reconocían sin reparos delante de quien quisiera verlo.

Lucía se instaló temporalmente en un piso de seguridad que la comisaría le había asignado como medida de protección, y Samuel, entre turno y turno de la investigación que continuaba avanzando con lentitud pero con determinación, encontraba en cada momento libre una excusa para acompañarla, ya fuera para revisar juntos los avances del caso o, simplemente, para disfrutar de la compañía del otro en la quietud protegida de aquel piso ajeno a ambos.

—¿Sabes? —dijo Lucía una noche, acurrucada junto a él en el sofá del piso de seguridad, con el tobillo todavía vendado y apoyado sobre un cojín, mientras las noticias de la televisión pasaban sin que ninguno de los dos les prestara verdadera atención—.

Nunca pensé que terminaría enamorándome de un policía obsesionado con el procedimiento y las normas.

—Y yo nunca pensé que terminaría enamorándome de una periodista incapaz de seguir una sola instrucción sin cuestionarla primero.

—Samuel le besó la sien, con una ternura que todavía le resultaba nueva y desconcertante después de tantos años de mantener las distancias emocionales con casi todo el mundo—.

Aunque debo admitir que esa cabezonería tuya es probablemente la razón por la que sigo vivo y con el caso más cerca de resolverse de lo que hubiera estado sin ti.

—Halagos calculados para conseguir que te deje quedarte a dormir otra vez en el sofá, inspector. —Lucía sonrió contra su hombro, y el momento, tranquilo y cálido, se sintió como un pequeño refugio en medio de la tormenta que ambos sabían que todavía no había terminado de descargar del todo.

Fue el teléfono de Samuel, vibrando sobre la mesa baja del salón, el que rompió aquella burbuja de calma, y al ver el nombre de Ramírez en la pantalla, sintió que la tranquilidad de los últimos minutos se tensaba de inmediato ante la posibilidad de nuevas malas noticias.

—Ramírez, dime.

—Inspector, hemos estado revisando las cuentas bancarias del líder detenido, tal y como ordenó el comisario.

—La voz de Ramírez sonaba tensa, cargada de la misma inquietud que Samuel empezaba a sentir crecer en su propio pecho—.

Hay transferencias regulares, desde hace más de un año, hacia una cuenta que no habíamos identificado hasta ahora.

Y el nombre del titular de esa cuenta, inspector, es alguien que conocemos bien.

Alguien de dentro de la propia comisaría.