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Capítulo 14 Una advertencia con nombre

El trayecto de vuelta a comisaría, con Lucía apoyada contra el hombro de Samuel en el asiento trasero de la ambulancia que finalmente decidieron rechazar en favor del propio coche patrulla, transcurrió entre risas suaves y silencios cómodos, esa clase de calma que solo llega después de que el miedo más intenso se disuelve dejando paso a un alivio casi eufórico.

Lucía llevaba el tobillo inmovilizado con la férula improvisada, apoyado sobre las rodillas de Samuel, que conducía con una mano mientras con la otra no dejaba de rozar, cada pocos minutos, los dedos de ella entrelazados con los suyos, como si necesitara comprobar constantemente que aquel momento era real y no un espejismo producto del cansancio y la adrenalina acumulados.

—Deberíamos parar en algún sitio antes de volver a comisaría —propuso Lucía, con una sonrisa que todavía conservaba el rastro de las lágrimas de alivio derramadas apenas media hora antes—.

No creo que esté preparada para enfrentarme a los comentarios de Ramírez ni a la mirada inquisitiva del comisario justo ahora.

Necesito un minuto para procesar que esto —señaló el espacio entre ambos con un gesto vago pero elocuente— acaba de convertirse en algo oficial.

—Nada de parar en ningún sitio hasta que un médico te vea ese tobillo como es debido.

—Samuel sonrió, aunque el tono protector no dejaba lugar a discusión—.

Pero prometo que, en cuanto confirmen que solo es un esguince, buscaremos ese minuto que necesitas.

Aunque sea escondidos en la máquina de café de la comisaría, si hace falta.

—Qué manera tan poco romántica de plantear nuestra primera cita oficial, inspector. —Lucía rió, apretándole la mano con una calidez que Samuel sintió extenderse por todo su cuerpo, disolviendo cualquier resto de la tensión acumulada durante la búsqueda desesperada de las últimas horas.

—Prometo compensarlo con una cita como es debido en cuanto todo esto se calme un poco.

—Samuel le lanzó una mirada breve antes de volver a fijar la vista en la carretera, y durante el resto del trayecto ambos se permitieron, por primera vez en semanas, hablar de futuro con una ligereza despreocupada que ninguno de los dos se atrevía a nombrar del todo en voz alta, como si hacerlo pudiera atraer de vuelta la sombra de peligro que, por unos minutos preciosos, había dejado de pesar sobre ellos.

En el hospital, un médico confirmó que se trataba efectivamente de un esguince de segundo grado, nada que no se solucionara con reposo, hielo y un vendaje adecuado durante un par de semanas, y mientras esperaban a que terminaran de prepararle las muletas, Lucía aprovechó para llamar a su madre, con quien habló entre susurros tranquilizadores, minimizando la gravedad de lo ocurrido con la práctica de quien lleva años protegiendo a sus seres queridos de la naturaleza real de su trabajo.

Samuel, sentado junto a ella en la sala de espera, escuchó aquella conversación con una ternura que le sorprendió a él mismo, descubriendo en aquellos pequeños gestos cotidianos una faceta de Lucía mucho más vulnerable que la fachada decidida que solía proyectar frente al mundo.

—Mi madre siempre supo que este trabajo terminaría dándome algún susto serio —dijo Lucía, colgando el teléfono con un suspiro cansado—. Aunque no creo que jamás imagine hasta qué punto ha sido literal esta vez.

—Quizás algún día puedas contarle toda la verdad. —Samuel le pasó un brazo por los hombros, con cuidado de no molestar el tobillo vendado—. Aunque entiendo que protegerla de la preocupación también forme parte de cómo la quieres.

—Con el tiempo, quizás. —Lucía apoyó la cabeza contra su hombro, cerrando los ojos por un momento de puro cansancio acumulado—.

Por ahora, prefiero disfrutar de este pequeño momento de paz antes de que la realidad vuelva a reclamarnos, que por lo visto en este caso nunca tarda demasiado en aparecer.

Como si aquellas palabras hubieran invocado directamente lo que se avecinaba, un agente de la unidad que había acudido al muelle se acercó a ellos en la sala de espera, con expresión seria y una bolsa de pruebas transparente sostenida con cuidado entre las manos.

—Disculpen la interrupción, inspector, señorita Herrera.

—El agente les tendió la bolsa con gesto cauteloso—.

Encontramos esto tirado junto a la entrada de la nave, parece que se le cayó a alguien que huyó justo antes de que llegáramos con las unidades de apoyo.

Iba dirigida específicamente a usted, señorita Herrera, y por el contenido, inspector, creo que esto no ha sido una simple mala suerte con una fuente que nunca llegó a presentarse.

Samuel cogió la bolsa con manos que, apenas unos minutos antes, habían estado entrelazadas con las de Lucía en un gesto de pura felicidad compartida, y sintió que la calidez de aquella breve tregua se enfriaba de golpe ante la certeza de que la amenaza que pesaba sobre ambos, lejos de haberse disipado con el rescate, apenas empezaba a revelar su verdadero alcance.