Hasta encontrarte Capítulo 13 El reencuentro en el muelle
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Capítulo 13 El reencuentro en el muelle

Samuel salió del despacho del comisario sin esperar siquiera a terminar la frase que tenía a medias, con el corazón latiéndole con una violencia que no había sentido ni durante el asalto a la nave de Los Olivos, y mientras corría hacia el coche patrulla, marcando una y otra vez el número de Lucía sin obtener respuesta, sintió que el miedo que llevaba días conteniendo bajo una fachada de profesionalidad se desbordaba por completo, dejando paso a una urgencia visceral que no admitía ningún tipo de cálculo frío ni de procedimiento reglamentario.

—¿Qué almacén, exactamente? —preguntó al agente que lo seguía a la carrera, subiéndose al coche sin apenas esperar respuesta.

—Uno abandonado cerca de la lonja, en el muelle tres. Según la recepcionista, la fuente le dijo que tenía información sobre los contactos del líder detenido, alguien dispuesto a hablar solo si se reunían en persona y sin grabadoras.

Samuel arrancó el coche con las luces y la sirena encendidas, sintiendo que cada segundo que tardaba en llegar se convertía en una tortura añadida a la ya insoportable incertidumbre de no saber si aquella cita había sido una trampa tendida deliberadamente para atraerla, o simplemente una fuente legítima que la había hecho perder la noción del tiempo.

Durante el trayecto, con el comisario coordinando por radio el envío de dos unidades adicionales hacia la zona del puerto, Samuel se descubrió rezando, algo que no hacía desde que era niño, pidiendo con una desesperación silenciosa que aquello no fuera lo que sus peores temores empezaban a sugerirle.

El muelle tres, a esas horas de la noche, era un laberinto de contenedores apilados y naves industriales medio derruidas, iluminado apenas por algún foco solitario que proyectaba sombras alargadas e inquietantes sobre el asfalto agrietado, y Samuel abandonó el coche antes incluso de que este se detuviera del todo, corriendo hacia la nave que la recepcionista había indicado como punto de encuentro, con el arma desenfundada y los sentidos alerta a cualquier sonido que no encajara con el silencio pesado de la zona portuaria.

—¡Lucía! —gritó, empujando la puerta metálica entreabierta de la nave, su voz resonando entre las paredes vacías con un eco que solo intensificó la angustia que sentía crecer en su pecho—. ¡Lucía, contéstame!

El interior de la nave estaba prácticamente a oscuras, iluminado solo por la luz de su linterna, que Samuel movía en arcos amplios buscando cualquier indicio de presencia humana entre las sombras de maquinaria oxidada y palés abandonados, y fue al llegar al fondo del espacio, junto a lo que parecía haber sido en su día una oficina acristalada, cuando distinguió un movimiento que le hizo detenerse en seco, con el corazón subiéndosele a la garganta.

—¿Samuel?

La voz de Lucía, temblorosa pero inconfundiblemente viva, llegó desde detrás de una pila de cajas volcadas, y Samuel corrió hacia el sonido con una sensación de alivio tan intensa que estuvo a punto de flaquearle las piernas, encontrándola sentada en el suelo, con el tobillo visiblemente hinchado y una expresión de dolor contenido que no lograba ocultar del todo tras la fachada de entereza que se esforzaba por mantener.

—Estoy aquí, estoy bien —dijo ella, levantando una mano para detener el pánico que veía crecer en el rostro de Samuel mientras este se arrodillaba a su lado, examinándola con manos temblorosas en busca de cualquier herida más grave que el tobillo torcido—.

La fuente nunca llegó a aparecer. Esperé casi una hora, y cuando decidí marcharme, tropecé en la oscuridad con estas cajas y me torcí el tobillo.

No podía andar, y el móvil se me cayó entre los escombros, no conseguía encontrarlo.

Samuel sintió que el alivio y la furia contenida se mezclaban en su interior en una combinación casi insoportable, y antes de poder contenerse, la envolvió en un abrazo tan fuerte que ella soltó un pequeño quejido de sorpresa, aunque no hizo ademán alguno de apartarse, sino que se aferró a él con la misma intensidad, dejando que el miedo acumulado de las últimas horas se disolviera en el calor de aquel contacto que ninguno de los dos parecía dispuesto a romper.

—Pensé que te habían encontrado. Pensé lo peor, Lucía.

—La voz de Samuel sonó rota, cargada de una vulnerabilidad que rara vez se permitía mostrar, y al apartarse ligeramente para mirarla a los ojos, con los rostros a apenas unos centímetros de distancia, sintió que cualquier resto de contención profesional que hubiera mantenido hasta entonces se desmoronaba por completo—.

No vuelvas a hacerme esto. No vuelvas a venir sola a ningún sitio relacionado con este caso, ¿me oyes?

No podría soportar perderte, Lucía. No después de todo lo que hemos...

No terminó la frase, porque Lucía, con una determinación que superaba con creces el dolor evidente de su tobillo, acortó la distancia que quedaba entre ambos y lo besó, un beso que llevaba semanas gestándose entre encuentros interrumpidos y miradas contenidas, lento al principio, casi tembloroso, como si ambos necesitaran comprobar que aquello era real y no otro momento a punto de ser arrebatado por una llamada inoportuna o una emergencia repentina.

Samuel respondió sin dudarlo, con una de sus manos enredándose con cuidado en el pelo de Lucía mientras la otra la sostenía con firmeza contra su pecho, y durante un instante que se sintió a la vez fugaz e infinito, el mundo exterior —la organización criminal, el peligro que aún acechaba, el caso que llevaba semanas consumiendo cada hora de su existencia— dejó de existir por completo, reducido a la certeza cálida de aquel contacto que ambos habían estado deseando desde el primer día que se cruzaron frente a una persiana metálica bajada.

Cuando finalmente se separaron, sin apenas distancia entre sus rostros, Lucía esbozó una sonrisa temblorosa, mezcla de alivio y de la misma emoción desbordante que Samuel sentía recorrerle el cuerpo entero.

—Llevaba queriendo hacer eso desde la noche del paseo —susurró, con la voz todavía entrecortada—. Puede que incluso desde antes, aunque me costara reconocerlo a mí misma.

—Yo llevo queriendo hacerlo desde la primera vez que me plantaste cara frente a aquel bar.

—Samuel sonrió, acariciándole la mejilla con una ternura que contrastaba brutalmente con la dureza que solía proyectar en su trabajo—.

Aunque en aquel momento estaba demasiado ocupado intentando convencerme de que solo me irritabas.

—Y ahora, ¿qué piensas? —preguntó ella, repitiendo casi exactamente la pregunta que le había hecho unos días antes en la cafetería, aunque esta vez con un significado completamente distinto flotando entre ambos.

—Ahora pienso que Alex tenía toda la razón.

—Samuel la ayudó a incorporarse con cuidado, procurando no forzar el tobillo herido, mientras las sirenas de las unidades de apoyo empezaban a escucharse acercándose hacia el muelle—.

Y pienso que voy a tener que darle las gracias en persona la próxima vez que lo vea, aunque eso signifique aguantar durante horas su insufrible «te lo dije».

Lucía rió, apoyándose en él mientras caminaban despacio hacia la salida de la nave, y aunque el peligro que acechaba desde las sombras de aquella investigación seguía tan presente como antes, aquel instante compartido, frágil y luminoso en medio de tanta oscuridad, se sintió como el comienzo de algo que ninguno de los dos estaba ya dispuesto a dejar escapar.

Un sanitario que había llegado junto con las unidades de apoyo se acercó para inmovilizarle el tobillo con una férula improvisada, y mientras Lucía protestaba entre risas por el exceso de precaución, Samuel no le soltó la mano ni un instante, disfrutando de aquella tregua breve y luminosa antes de que el peso de la investigación volviera, inevitablemente, a reclamar su atención.