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Capítulo 12 Alguien ha estado aquí

La sala de archivos de la comisaría, normalmente un espacio silencioso y olvidado en el sótano del edificio, bullía de actividad cuando Samuel llegó, con dos técnicos revisando las cámaras de seguridad y un agente de guardia visiblemente nervioso, consciente de que aquel descuido, ocurrido bajo su turno, podría costarle mucho más que una simple reprimenda.

Samuel se abrió paso entre el pequeño grupo congregado junto a la puerta metálica del archivo, cuya cerradura mostraba marcas evidentes de haber sido forzada con una herramienta profesional, y sintió que la inquietud que llevaba arrastrando desde la llamada del comisario se intensificaba al comprobar, con sus propios ojos, la gravedad del intento de intrusión.

—¿Consiguieron entrar? —preguntó, dirigiéndose al comisario, que supervisaba la escena con los brazos cruzados y una expresión de contenida frustración.

—No llegaron a acceder al interior. El sistema de alarma se activó antes de que pudieran forzar la segunda cerradura, y salieron corriendo antes de que la patrulla llegara.

—El comisario señaló hacia la cámara instalada sobre el marco de la puerta, cuya carcasa mostraba un golpe reciente—.

Intentaron inutilizar la cámara, pero alcanzamos a grabar unos segundos antes de que lo consiguieran. Ven, quiero que veas esto.

Samuel siguió al comisario hasta la sala de control, donde un técnico ya tenía preparada la reproducción del breve fragmento capturado, y observó con atención cómo una figura encapuchada, de complexión delgada y movimientos rápidos, forcejeaba con la cerradura durante apenas unos segundos antes de que la grabación se cortara abruptamente.

No era suficiente para identificar un rostro, ni siquiera para determinar con certeza el género de la persona, pero algo en la familiaridad de aquellos movimientos, en la precisión casi profesional con la que manipulaba la herramienta de apertura, le resultó a Samuel inquietantemente similar a la manera de actuar que ya había visto documentada en informes anteriores sobre otros miembros de la organización.

—Necesito hablar de nuevo con el detenido —dijo Samuel, tras un momento de reflexión—. El líder, el del anillo. Si ha conseguido comunicarse con alguien desde el calabozo pese a las medidas de seguridad, necesito saber cómo lo ha hecho y, sobre todo, qué instrucciones dio exactamente.

El comisario asintió, y minutos después Samuel se encontraba de nuevo frente al hombre que había liderado la organización, sentado al otro lado de la mesa de interrogatorios con esa misma calma inquietante que había mostrado desde el momento de su detención, como si ni siquiera las esposas ni los barrotes consiguieran hacer mella en la seguridad que proyectaba.

Tenía el rostro anguloso, marcado por unas arrugas prematuras que hablaban de una vida dura, y el anillo de piedra oscura, ahora confiscado como prueba, había dejado en su piel una marca pálida en el dedo meñique que resaltaba contra el resto de su tez curtida.

—Inspector Vega. —El hombre esbozó una sonrisa que no llegaba a sus ojos, fríos y calculadores incluso bajo las circunstancias más adversas—. Empezaba a pensar que se había olvidado de mí.

—¿Cómo se comunicó con alguien desde el calabozo? —preguntó Samuel, sin rodeos, sentándose frente a él con una firmeza que no dejaba espacio para juegos—. Y qué instrucciones dio sobre el archivo de pruebas.

—Tengo recursos que usted ni imagina, inspector.

Llevo demasiados años en este negocio como para depender únicamente de la lealtad de quienes me rodean; también dependo de la previsión.

—Se recostó en la silla, con una tranquilidad que resultaba casi ofensiva dadas las circunstancias—.

Pero no he venido a explicarle mis métodos.

He venido a hacerle una advertencia, ya que veo que sigue empeñado en proteger a esa periodista.

Samuel sintió que se le tensaba cada músculo del cuerpo ante la mención directa de Lucía, pero mantuvo el rostro impasible, negándose a mostrar ni el más mínimo indicio de la inquietud que aquellas palabras le provocaban.

—¿Qué relación tiene usted con Lucía Herrera? —preguntó, directo, recordando las palabras del joven detenido sobre la obsesión personal de aquel hombre—. Uno de sus hombres mencionó que ella le recuerda a alguien. ¿A quién?

Algo cambió en la expresión del detenido ante aquella pregunta, un destello fugaz que atravesó su fachada calculada durante apenas una fracción de segundo, pero que Samuel, entrenado durante años en detectar precisamente esa clase de grietas involuntarias, no dejó pasar por alto.

—Veo que mis hombres hablan más de la cuenta cuando se sienten acorralados.

—El hombre entrecerró los ojos, y por primera vez desde que Samuel lo conocía, su voz perdió parte de la seguridad inicial, sustituida por un tono mucho más cargado, casi doloroso—.

Tuve una hermana, inspector. Hace muchos años, en otra vida que probablemente no le interesa conocer.

Se parecía a esa periodista de una manera que la primera vez que vi su fotografía en un periódico me heló la sangre.

La misma forma de sonreír, la misma cabezonería en la mirada, la misma manera de no rendirse jamás ante nada.

—¿Qué le ocurrió a su hermana? —preguntó Samuel, con un tono más suave, presintiendo que aquella respuesta contendría la clave de toda aquella obsesión inquietante.

El hombre guardó silencio durante un largo momento, con la mirada perdida en algún punto de la mesa metálica, y cuando finalmente habló, su voz sonó distinta, despojada por completo de la arrogancia que había mostrado hasta entonces.

—Murió. Hace dieciocho años, por meterse en asuntos que no le correspondían, investigando cosas que gente mucho más poderosa que yo prefería mantener enterradas.

Yo no pude protegerla entonces, inspector, porque era joven y estúpido y pensé que el peligro nunca llegaría tan lejos como para tocarla a ella.

—Levantó la vista, y por primera vez Samuel vio en sus ojos algo que no esperaba encontrar: un dolor genuino, casi humano, que contrastaba brutalmente con la crueldad calculada de sus actos—.

Así que no, inspector, no quiero que le hagan daño a esa periodista de cualquier manera, porque cada vez que veo su fotografía en el periódico es como ver el fantasma de mi hermana advirtiéndome de que estoy a punto de cometer el mismo error dos veces.

Pero eso no significa que vaya a permitir que arruine todo lo que he construido.

Si se interpone en mi camino, inspector, tendré que tomar decisiones que preferiría no tomar, y quiero que sepa, con toda sinceridad, que eso me pesará mucho más de lo que usted podría imaginar.

Samuel salió de la sala de interrogatorios con una sensación extraña recorriéndole el cuerpo, la certeza incómoda de que el peligro que amenazaba a Lucía no provenía de un cálculo frío de negocios, como había supuesto inicialmente, sino de una herida antigua y personal que convertía a aquel hombre en alguien mucho más impredecible de lo que cualquier perfil criminal habría podido anticipar.

Se dirigió de inmediato al despacho del comisario para informarle de la conversación, y mientras exponía los detalles, con la mente todavía procesando la magnitud de lo que acababa de escuchar, un agente irrumpió en el despacho sin llamar, con el rostro pálido y una urgencia que hizo que ambos se pusieran en pie de inmediato.

—Inspector, disculpe la interrupción, pero acabamos de recibir una llamada de la redacción del Diario del Sur. Dicen que la señorita Herrera salió hace una hora para una cita con una fuente, en un almacén cerca del puerto, y que no ha vuelto a responder al teléfono desde entonces.