Capítulo 11 Ojos en la oscuridad
Mientras Samuel corría hacia la comisaría en respuesta al aviso sobre el intento de entrar en el archivo de pruebas, Lucía, ajena todavía a lo que estaba ocurriendo a pocos kilómetros de distancia, permanecía inclinada sobre su escritorio en la redacción del Diario del Sur, rodeada de tazas de café vacías y con la vista cansada tras horas revisando archivos públicos en busca de cualquier rastro documental que pudiera confirmar o descartar la sospecha que llevaba días carcomiéndola desde la cena junto al puerto.
El nombre de Ortiz seguía sin aparecer en ningún registro público que ella pudiera consultar sin levantar sospechas, pero algo en la insistencia con la que sus fuentes anónimas repetían aquel apellido, siempre con el mismo tono cauteloso, la convencía de que no se trataba de una simple coincidencia.
Había decidido, contra su propio instinto de precaución, dedicar la noche a rastrear cualquier conexión entre aquel nombre y los movimientos internos de la comisaría, consultando viejas hemerotecas digitales en busca de menciones antiguas, ascensos, traslados, cualquier detalle que pudiera arrojar luz sobre quién era exactamente aquel hombre y por qué su nombre circulaba entre comerciantes asustados como una advertencia velada.
La redacción, a esas horas de la madrugada, estaba prácticamente vacía, con solo el zumbido constante de los ordenadores en modo de ahorro de energía y el parpadeo distante de las luces de la calle filtrándose a través de las persianas medio bajadas, y Lucía, absorta en su búsqueda, tardó un momento en percatarse de que llevaba varios minutos sintiendo una inquietud extraña, esa sensación difícil de nombrar que advierte de una presencia sin que ningún sentido concreto la haya confirmado todavía.
Levantó la vista de la pantalla y miró hacia la ventana, donde la calle desierta se extendía bajo la luz anaranjada de las farolas, y durante un instante, junto a la entrada del edificio de enfrente, le pareció distinguir una silueta inmóvil que la observaba con una quietud que no encajaba con la de un transeúnte casual.
Se levantó despacio, procurando no delatar con ningún movimiento brusco que había reparado en aquella presencia, y se acercó a la ventana con el pulso acelerado, pero cuando volvió a mirar, la silueta ya no estaba, y la calle había recuperado la quietud vacía habitual de aquella hora, dejándola con la incómoda sensación de haber imaginado algo que quizás nunca estuvo allí.
Se recordó a sí misma, con una firmeza que no terminaba de convencerla del todo, que llevaba semanas trabajando bajo una tensión constante y que el cansancio acumulado bien podía estar jugándole malas pasadas a la imaginación, pero aun así, guardó rápidamente sus notas en el bolso y decidió que había llegado el momento de marcharse a casa.
Fue en ese instante, mientras recogía sus cosas con una premura que no quería reconocer como miedo, cuando su teléfono vibró con una llamada de Samuel, y al responder, la urgencia evidente en su voz le confirmó que aquella noche, lejos de ser una simple sesión de investigación solitaria, se había convertido en algo mucho más significativo de lo que ella misma sospechaba.
—Lucía, necesito que tengas cuidado esta noche.
—La voz de Samuel sonaba tensa, apresurada, con el ruido de fondo de un coche circulando a gran velocidad—.
Alguien ha intentado forzar el archivo de pruebas de la comisaría hace apenas media hora.
No sabemos todavía qué buscaban exactamente, pero dada la hora y las circunstancias, no quiero correr ningún riesgo contigo.
—Samuel, creo que alguien me estaba observando hace unos minutos, desde la calle.
—Lucía notó que la voz le temblaba ligeramente al decirlo en voz alta, como si verbalizarlo lo hiciera de pronto mucho más real de lo que había querido admitir—.
Probablemente no sea nada, cansancio y demasiado café, pero después de lo que acabas de contarme, ya no estoy tan segura.
—No te muevas de la redacción. Voy a enviar una patrulla ahora mismo para que te acompañe a casa, y no quiero discusiones al respecto.
—El tono de Samuel no dejaba espacio para réplicas, y Lucía, pese a su instinto natural de resistirse a cualquier orden que sonara a protección excesiva, sintió que en aquella ocasión no tenía ninguna intención de discutir.
—Está bien. Te espero aquí. —Hizo una pausa, y antes de colgar, añadió, con una voz mucho más baja, cargada de una vulnerabilidad que rara vez se permitía mostrar—: Ten cuidado tú también, Samuel. Sea lo que sea lo que está pasando esta noche, no me gusta nada la sensación que me está dejando.
Colgó el teléfono y se quedó de pie junto a su escritorio, con la mirada fija en la ventana oscura, esperando la llegada de la patrulla con una mezcla de inquietud y determinación que no conseguía disolver del todo, mientras en su mente, el nombre de Ortiz seguía resonando con una insistencia que ya no podía achacar únicamente a la casualidad ni al cansancio acumulado de tantas noches sin apenas dormir.