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Capítulo 10 El paseo interrumpido

Los días que siguieron a la detención del líder de la organización trajeron consigo un extraño paréntesis dentro de la investigación, ese tipo de calma tensa que aparece cuando se ha ganado una batalla importante pero la guerra, lejos de terminar, apenas empieza a revelar su verdadera magnitud.

Samuel pasaba las mañanas revisando declaraciones, cotejando nombres y direcciones que el joven detenido había proporcionado a cambio de sus garantías, y las tardes, cada vez con mayor frecuencia y con una naturalidad que ninguno de los dos comentaba en voz alta, terminaban con Lucía en alguna cafetería cercana a la comisaría, compartiendo el balance del día entre café y algún pastel que ella insistía en pedir pese a las protestas fingidas de Samuel sobre su exceso de azúcar.

—No entiendo cómo puedes vivir sin probar el dulce de café de este sitio —dijo Lucía una tarde, empujando el plato hacia él con una insistencia que ya empezaba a resultarle familiar—.

Es un crimen contra la humanidad rechazarlo, inspector, y ya va siendo hora de que empieces a llamarme por mi nombre sin que tenga que recordártelo cada dos frases.

—Llevo semanas llamándote Lucía, y lo sabes perfectamente.

—Samuel cedió, como siempre terminaba haciendo, y probó un trozo del pastel, esbozando una mueca de sorpresa genuina al comprobar que, en efecto, estaba mucho mejor de lo que había esperado—.

Está bien, lo reconozco. Es bueno. Pero no pienso decírtelo dos veces.

—Con una vez me basta. Guardaré esa confesión para sacarla en el momento más inoportuno posible.

—Lucía sonrió, esa sonrisa ladeada que Samuel había aprendido a reconocer entre cientos de expresiones distintas, y durante un instante ambos se quedaron en silencio, disfrutando de esa clase de quietud cómoda que solo se construye tras haber compartido suficientes horas juntos como para no necesitar llenar cada pausa con palabras.

Aquella tarde, como tantas otras desde que se conocían, la conversación fue derivando de manera natural desde el caso hacia temas mucho más personales, y Samuel se sorprendió contándole cosas que apenas había compartido con nadie fuera del círculo cerrado de sus compañeros de comisaría: la soledad que había sentido tras la jubilación de Alex, el vacío de llegar cada mañana a un despacho que ya no compartía con nadie, la sensación, difícil de explicar, de haber construido toda su identidad alrededor de un trabajo que ahora empezaba a preguntarse si le bastaba de verdad.

—Alex me dijo, la noche de su despedida, que no olvidara vivir —confesó Samuel, girando la taza de café entre los dedos sin mirarla directamente—.

Que el trabajo no podía ser lo único importante.

En su momento no le di demasiada importancia, la verdad.

Pensé que mi vida ya estaba completa tal y como era.

—¿Y ahora qué piensas? —preguntó Lucía, con una suavidad en la voz que contrastaba con la firmeza habitual de su carácter, y Samuel levantó la vista, encontrándose con sus ojos fijos en él con una atención que le resultó, de pronto, mucho más intensa de lo que el ambiente relajado de la cafetería sugería.

—Ahora empiezo a pensar que quizás tenía razón.

—Samuel no apartó la mirada, y sintió que algo se tensaba entre ambos, una corriente silenciosa que llevaba días, quizás semanas, construyéndose sin que ninguno de los dos se atreviera a nombrarla abiertamente—.

Que hay cosas fuera del trabajo que merece la pena descubrir, aunque me haya costado más de treinta años darme cuenta.

Lucía no respondió de inmediato, y el silencio que se instaló entre ellos tuvo una calidad distinta a todos los silencios anteriores, cargado de una tensión dulce y nerviosa que ninguno de los dos parecía dispuesto a romper con palabras que pudieran estropear el momento.

Fue ella quien finalmente se levantó, proponiendo dar un paseo antes de que anocheciera del todo, y Samuel aceptó sin dudarlo, dejando sobre la mesa el importe de ambos cafés pese a las protestas de Lucía, que insistía en que aquello no era una cita y que, por tanto, cada uno debía pagar lo suyo.

—Llámalo como quieras —respondió Samuel, sujetándole la puerta de la cafetería con un gesto que ella aceptó con una sonrisa que no llegó a disimular del todo—. Yo prefiero pensar que es simplemente una forma de agradecerte que sigas soportando mi compañía pese a lo mal que empezamos.

Caminaron sin rumbo fijo por las calles del centro, con el frío de la tarde calándoles los abrigos y las farolas empezando a encenderse una tras otra a medida que la luz del día se retiraba, y la conversación fluyó entre anécdotas de la infancia, recuerdos de la universidad, la razón por la que Lucía había decidido dedicarse al periodismo de sucesos en lugar de a secciones más tranquilas y mejor pagadas, y los motivos, mucho más simples de lo que ella esperaba, por los que Samuel había decidido entrar en la policía siguiendo los pasos de un tío al que apenas había conocido pero cuya memoria familiar se había convertido, sin él saberlo del todo, en el molde silencioso de toda su vocación.

—Mi madre siempre dice que heredé su testarudez —confesó Lucía en un momento dado, riendo ante el recuerdo—.

Al parecer él tampoco sabía dejar las cosas a medias, y terminó jubilándose con más enemigos que amigos entre los políticos locales, aunque con una lista interminable de gente que le debía la vida.

—Suena a alguien que me hubiera caído bien.

—Samuel sonrió, y sin darse cuenta, sus pasos se habían ido acercando tanto que sus brazos se rozaban a cada paso, un contacto mínimo pero que ninguno de los dos hacía nada por evitar—.

Aunque no me extraña que terminaras tan cabezona como él, con esos genes de por medio.

—Mira quién habla, el hombre que se negó a admitir que le había ayudado hasta que no le quedó más remedio que reconocerlo delante de su comisario.

—Lucía le dio un pequeño golpe en el hombro, y aquel gesto, tan simple y tan cargado de una confianza que se había ido construyendo poco a poco, provocó que ambos se detuvieran bajo la luz de una farola, en una calle prácticamente desierta a aquella hora, mirándose con una intensidad que ninguno de los dos intentó disimular esta vez.

Samuel sintió que el corazón le latía con una fuerza que no experimentaba desde hacía años, esa mezcla de nerviosismo y anticipación que creía haber olvidado por completo tras tanto tiempo dedicado únicamente al trabajo, y observó cómo Lucía, con las mejillas sonrojadas por el frío o quizás por algo más, se humedecía los labios en un gesto involuntario que no ayudó en absoluto a calmar la tensión que llevaba conteniendo desde hacía semanas.

Se acercó, despacio, dándole tiempo de sobra para apartarse si así lo deseaba, y ella no se movió, sino que levantó ligeramente el rostro hacia él, como si también hubiera estado esperando aquel momento con la misma impaciencia contenida que él mismo.

Estaban a apenas unos centímetros, con las respiraciones entremezclándose en el aire frío de la noche, cuando el móvil de Samuel vibró con una insistencia que rompió de golpe el momento, y ambos se apartaron con un sobresalto casi cómico, entre la frustración y una risa nerviosa compartida que alivió parte de la tensión sin disiparla del todo.

—Como sigan interrumpiéndonos así, voy a empezar a pensar que el universo conspira específicamente contra nosotros —murmuró Lucía, con una media sonrisa que no lograba ocultar cierta decepción genuina.

Samuel, maldiciendo internamente la cronología de aquel teléfono, respondió la llamada sin apartar la vista de ella, y la expresión de su rostro cambió por completo en cuestión de segundos al escuchar la voz agitada del comisario al otro lado de la línea.

—Samuel, tienes que venir a comisaría ahora mismo.

El detenido, el líder de la organización, ha conseguido comunicarse con alguien desde el calabozo, no sabemos cómo.

Y acabamos de recibir un aviso: ha habido un intento de entrar en el archivo donde guardamos las pruebas del caso, incluida toda la documentación relacionada con la periodista Lucía Herrera.

Samuel sintió que el momento romántico que acababan de vivir se disolvía de golpe ante una preocupación mucho más urgente, y al mirar a Lucía, que había captado la gravedad de su expresión sin necesidad de escuchar la conversación completa, comprendió que aquella noche, que había prometido convertirse en algo hermoso entre ambos, estaba a punto de dar un giro mucho más oscuro de lo que ninguno de los dos había anticipado.