Hasta encontrarte Capítulo 9 Un nombre entre líneas
32%

Capítulo 9 Un nombre entre líneas

Tras la tensión acumulada de las últimas semanas, Samuel había insistido en que Lucía le dejara invitarla a cenar en un pequeño restaurante familiar cerca del puerto, un lugar discreto que él conocía desde hacía años y donde nadie relacionado con el caso pudiera reconocerlos ni interrumpirles con llamadas urgentes, al menos por unas horas.

Ella había aceptado con una sonrisa que intentaba disimular, sin conseguirlo del todo, lo mucho que le apetecía aquel respiro después de días enteros dedicados exclusivamente a perseguir pistas y esquivar amenazas veladas.

—Si me hubieran dicho hace un mes que terminaría cenando tranquilamente con el inspector que me cerró la puerta en las narices metafóricamente la primera vez que hablamos, no me lo hubiera creído —dijo Lucía, removiendo con el tenedor los restos de una ensalada mientras observaba a Samuel con una expresión divertida—.

La vida tiene un sentido del humor bastante particular.

—Y si a mí me hubieran dicho que terminaría disfrutando de la compañía de la periodista más cabezota que he conocido en mi vida, hubiera pedido que me revisaran el estado mental.

— Samuel sonrió, sirviéndole un poco más de vino con un gesto que ya empezaba a resultarle natural, casi cotidiano—.

Aunque debo admitir que la cabezonería, en tu caso, ha resultado ser mucho más útil de lo que jamás hubiera imaginado.

—Anótalo bien, porque no pienso repetir esto cada semana.

—Lucía rió, y durante un rato la conversación derivó hacia temas mucho más ligeros, anécdotas de la infancia, series que ambos habían visto sin saberlo el uno del otro, la primera vez que cada uno había sentido que quería dedicarse a lo que finalmente había terminado haciendo.

Samuel descubrió, entre risas compartidas y confesiones pequeñas, una faceta de Lucía que la tensión constante del caso no le había permitido conocer hasta entonces: la manera en que se mordía el labio inferior cuando pensaba con intensidad, la costumbre de dibujar garabatos sin sentido en el margen de su libreta mientras hablaba, la ternura genuina con la que se refería a su madre, a quien llamaba cada domingo sin falta pese a la locura de su trabajo.

Fue hacia el final de la cena, cuando Samuel empezaba a preguntarse si aquel sería, por fin, el momento adecuado para acercarse un poco más de lo que la prudencia profesional aconsejaba, cuando Lucía, con una expresión que combinaba entusiasmo y cierta cautela, sacó su libreta del bolso y la dejó sobre la mesa, entre los platos ya casi vacíos.

—Hay algo que quiero contarte, aunque no sé si debería, dado que técnicamente sigues siendo el inspector al frente de este caso.

—Lucía dudó un instante, pasando los dedos por el borde de la libreta antes de decidirse a continuar—.

Llevo días investigando por mi cuenta, hablando con antiguos empleados de otros negocios de la zona que podrían haber sido víctimas de extorsión sin llegar a denunciarlo, demasiado asustados como para acudir a la policía.

Y he encontrado un nombre que se repite en más de una conversación, alguien que parece actuar como intermediario entre los comercios y la organización, alguien a quien nadie quiere señalar directamente pero que todos mencionan con el mismo miedo en la voz.

—¿Qué nombre? —preguntó Samuel, sintiendo que la calidez relajada de la cena daba paso, de manera casi involuntaria, a la concentración profesional que llevaba semanas siendo su estado natural.

—Todavía no estoy segura de que sea relevante, y no quiero que actúes precipitadamente basándote solo en rumores de barrio.

—Lucía cerró la libreta, con una determinación que Samuel reconocía perfectamente como la misma que la había llevado a conectar los tres primeros casos de extorsión antes que la propia policía—.

Pero prométeme que si te lo cuento, no vas a excluirme de lo que venga después.

Llevo demasiado tiempo trabajando en esto como para quedarme fuera justo cuando empieza a ponerse interesante.

—Te lo prometo, aunque sabes que no puedo garantizarte acceso ilimitado a cada paso de una investigación policial activa.

—Samuel le tomó la mano por encima de la mesa, con un gesto que sorprendió a ambos por su naturalidad, y sintió que aquel simple contacto conllevaba mucho más peso del que las palabras podrían haber transmitido—.

Pero te prometo que no voy a dejarte fuera de esto sin que tengas, al menos, una explicación que puedas aceptar.

Lucía sonrió, entrelazando los dedos con los suyos, y durante un instante ambos se quedaron en silencio, disfrutando de aquella cercanía sencilla que contrastaba tan marcadamente con la tensión que definía el resto de sus días compartidos.

Finalmente, ella se inclinó hacia adelante, bajando la voz aunque el restaurante estaba prácticamente vacío a aquella hora.

—El nombre que sigue apareciendo es Ortiz.

Alguien mencionó a un tal Ortiz como la persona que, en más de una ocasión, avisaba a los comercios de cuándo era «mejor» pagar sin hacer preguntas, casi como si conociera de antemano los movimientos de la investigación policial antes incluso de que se produjeran.

Samuel sintió que una punzada fría le recorría el estómago al escuchar aquel apellido, uno que conocía perfectamamente bien porque pertenecía a un compañero de la propia comisaría, alguien con quien había compartido turnos y confidencias durante años, y aunque se dijo a sí mismo que probablemente se trataba de una coincidencia, de un apellido común que no tenía por qué señalar a nadie en particular, la inquietud que aquella posibilidad sembró en su interior no se disipó en toda la noche, acompañándolo incluso mientras acompañaba a Lucía de vuelta a casa entre conversaciones ligeras que ya no conseguían distraerlo del todo de la sospecha incómoda que acababa de instalarse en su mente.