Hasta encontrarte Capítulo 8 La hermana que no pudo salvar
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Capítulo 8 La hermana que no pudo salvar

—Voy para allá ahora mismo —dijo Samuel, sin apartar la vista de Lucía, que había palidecido visiblemente al captar, aunque solo fuera por fragmentos, la conversación telefónica—. Que nadie hable con el detenido hasta que yo llegue.

Colgó el teléfono con manos que no estaban tan firmes como le hubiera gustado, y durante un instante permaneció en silencio, calculando cómo explicarle a Lucía lo que acababa de escuchar sin provocar en ella un pánico que, aunque justificado, no ayudaría en nada a la situación.

Ella, sin embargo, no necesitó que se lo explicara con detalle; la expresión de su rostro, tensa y pálida, dejaba claro que ya había entendido lo esencial.

—Soy yo, ¿verdad? —preguntó, con una calma que a Samuel le pareció más inquietante que si hubiera gritado—. La persona de la que hablaban en esa llamada.

Samuel no vio ningún sentido en mentirle, ni siquiera por proteger su tranquilidad momentánea, porque sabía que Lucía era de las pocas personas que preferían enfrentarse a la verdad más dura antes que refugiarse en una mentira reconfortante.

—Sí. Interceptamos una llamada que el líder de la organización hizo antes de que lo detuviéramos.

Dio instrucciones a alguien de fuera sobre qué hacer si «las cosas se complicaban», y mencionó tu nombre como objetivo de esas instrucciones.

—Samuel se acercó y, en un gesto que no había planeado, colocó las manos sobre sus hombros, con una firmeza que pretendía transmitir seguridad más que someterla—.

Escúchame, Lucía. A partir de ahora vas a tener protección policial, aunque tenga que discutir con el comisario cada hora del día para conseguirlo.

No vas a moverte por esta ciudad sin que alguien vigile que estás a salvo.

—No necesito una niñera, Samuel. —Lucía se apartó, no con brusquedad, sino con la determinación de quien necesita mantener cierta distancia para pensar con claridad—.

Necesito seguir haciendo mi trabajo, y una escolta policial pegada a mis talones las veinticuatro horas del día no me va a permitir hacerlo con la discreción que a veces exige.

—Prefiero que te sientas incómoda con una escolta a que aparezcas en una habitación de hospital como el señor Aranda, o algo peor.

—La voz de Samuel sonó más dura de lo que pretendía, cargada de un miedo que él mismo apenas comenzaba a reconocer, y al ver la expresión de sorpresa de Lucía ante aquella intensidad, suavizó el tono, aunque sin ceder ni un ápice en el fondo del argumento—.

No te estoy pidiendo que dejes tu trabajo, Lucía.

Te estoy pidiendo que me dejes hacer el mío, que es mantenerte con vida mientras resolvemos esto.

Lucía lo observó durante un largo momento, y algo en la seriedad genuina de su expresión pareció convencerla de que aquella insistencia no nacía únicamente del procedimiento policial, sino de una preocupación mucho más personal que ninguno de los dos había verbalizado del todo, y finalmente, con un suspiro que sonó a rendición parcial, asintió.

—Está bien. Acepto la protección. Pero quiero que sea alguien discreto, no un uniformado plantado frente a la puerta de la redacción llamando la atención de todo el mundo.

—Me encargaré de que así sea. —Samuel sintió que algo se aflojaba en su pecho ante aquella concesión, y antes de marcharse, se permitió un último gesto, apartándole con suavidad un mechón de pelo que se le había escapado del moño deshecho, un gesto tan sencillo como cargado de una intimidad que ninguno de los dos comentó en voz alta—.

Volveré en cuanto termine con el interrogatorio.

Y Lucía... gracias por no discutir esto más de lo necesario.

—No te acostumbres, inspector. —Ella esbozó una sonrisa breve, aunque sus ojos seguían cargados de la tensión de las últimas horas—. Solo ha sido esta vez.

Samuel condujo de vuelta a comisaría con la mente dividida entre la preocupación por Lucía y la urgencia de descubrir qué información tenía el detenido que había pedido hablar específicamente con él, y al llegar, encontró al comisario esperándolo junto a la sala de interrogatorios, con una expresión que combinaba cautela y una curiosidad que no se molestaba en disimular.

—Es uno de los dos hombres que capturamos moviendo cajas, no el líder —explicó el comisario mientras caminaban hacia la sala—.

Dice que está dispuesto a colaborar a cambio de una reducción de condena y garantías de protección para su familia.

Asegura que sabe cosas sobre la estructura de la organización que podrían sernos muy útiles, pero se niega a hablar con nadie que no seas tú específicamente.

Dice que confía en ti porque, según sus palabras, «no le disparaste cuando pudiste hacerlo» durante el asalto de esta mañana.

Samuel entró en la sala de interrogatorios y se sentó frente al hombre, que aparentaba unos veinticinco años y cuya expresión, lejos de la dureza calculada que Samuel había esperado encontrar, mostraba más bien el agotamiento y el miedo de alguien que llevaba demasiado tiempo atrapado en una situación de la que no sabía cómo salir.

—Me han dicho que quiere hablar conmigo —dijo Samuel, colocando una grabadora sobre la mesa tras informarle formalmente de sus derechos—. Le escucho.

—No quería hacer esto. —El hombre habló con la voz quebrada, mirando fijamente sus propias manos esposadas sobre la mesa—.

Entré a trabajar para ellos hace dos años, cuando perdí mi empleo y no tenía forma de mantener a mi familia.

Al principio solo era transporte de mercancías, nada ilegal que yo supiera.

Después empezaron a exigirme cosas que ya no podía negarme a hacer, porque para entonces ya sabían dónde vivía mi madre, dónde estudiaba mi hermana pequeña.

Esa gente no te deja marchar una vez que entras, inspector.

Te atan con amenazas hasta que ya no te queda ninguna salida.

—Entiendo su situación, y haré todo lo posible por que eso se tenga en cuenta.

—Samuel se inclinó hacia adelante, con un tono que pretendía transmitir tanto autoridad como la comprensión genuina que empezaba a sentir ante el relato de aquel hombre—.

Pero necesito que me diga todo lo que sepa sobre la estructura de la organización.

Quién está por encima del hombre que detuvimos esta mañana, cuántos almacenes o puntos de operación tienen además del de Los Olivos, y sobre todo, necesito saber qué planes tenían respecto a la periodista Lucía Herrera.

Al escuchar aquel nombre, el hombre levantó la vista con una expresión que Samuel no supo interpretar del todo al principio, una mezcla de sorpresa y algo parecido al alivio, como si aquella pregunta le hubiera liberado de un peso que llevaba cargando en silencio.

—La periodista. Sí, sé algo sobre eso. —Bajó la voz, aunque estaban completamente solos en la sala—.

El jefe, el del anillo, lleva semanas obsesionado con ella.

No solo por lo que publica, inspector, hay algo más personal en todo esto, algo que no termino de entender del todo, pero que le he escuchado mencionar más de una vez cuando cree que nadie le presta atención.

Dijo, hace unos días, que esa mujer «le recuerda a alguien», y que por eso no quiere que le hagan daño de cualquier manera, que si algo le ocurre tiene que ser «como es debido».

No sé exactamente qué significa eso, pero por el modo en que lo dijo, inspector, le puedo asegurar que no era una amenaza cualquiera.

Sonaba a algo mucho más retorcido, casi obsesivo.

Samuel sintió que un escalofrío le recorría la espalda ante aquella revelación, comprendiendo que la amenaza contra Lucía no era simplemente una represalia calculada por parte de la organización, sino que escondía una motivación mucho más oscura y personal por parte de su líder, algo que convertía el peligro que corría en algo todavía más impredecible de lo que había imaginado hasta ese momento.

—¿Mencionó algún nombre? ¿Alguna razón concreta por la que Lucía le recordara a alguien?

El hombre negó con la cabeza, con una expresión de auténtico desconcierto.

—Nunca dio más detalles, inspector. Pero si quiere mi opinión, y sé que no vale mucho viniendo de alguien en mi situación, le diría que vigile a esa mujer con mucho más cuidado del que cree necesario.

Un hombre que amenaza por negocio es peligroso, pero es predecible.

Un hombre que amenaza por algo personal que no comprendemos del todo... ese es mucho más difícil de anticipar.