Capítulo 7 La advertencia
Samuel condujo hasta la redacción del Diario del Sur sin esperar siquiera a que amaneciera del todo, con la carpeta encontrada en la nave todavía guardada como prueba en comisaría, pero con las fotocopias de los artículos marcados sobre el asiento del copiloto, como si necesitara tenerlas físicamente cerca para convencerse de que lo que había visto era real.
Había pasado la última hora debatiéndose entre el procedimiento estricto —informar únicamente a sus superiores, tratar aquel hallazgo como una prueba más dentro de la investigación, mantener la distancia profesional que siempre se había exigido a sí mismo— y una urgencia mucho más visceral, la de advertir a Lucía en persona antes de que se enterara por cualquier otro medio de que llevaba semanas, quizás meses, siendo vigilada por la misma organización que estaba investigando.
La redacción, a esa hora tan temprana, apenas tenía movimiento, con un puñado de periodistas de guardia nocturna terminando sus turnos entre bostezos y tazas de café frío, y una recepcionista que, tras identificarse Samuel con su placa, le indicó con gesto somnoliento que Lucía se encontraba en su despacho, al fondo del pasillo, trabajando como cada madrugada desde que había empezado con aquella investigación.
La encontró exactamente donde le habían dicho, inclinada sobre su escritorio, con el pelo recogido en un moño deshecho y varias tazas de café vacías alineadas junto al ordenador, tan concentrada en la pantalla que no pareció percatarse de su presencia hasta que Samuel golpeó suavemente el marco de la puerta abierta.
—Inspector Vega. —Lucía levantó la vista, sorprendida, y algo en la expresión seria de Samuel debió alertarla de inmediato, porque su sonrisa inicial de bienvenida se desvaneció casi al instante—. ¿Ha pasado algo? Pensaba que el operativo había salido bien, me dijeron que habían detenido a...
—El operativo salió bien —la interrumpió Samuel, cerrando la puerta tras de sí con un gesto que dejaba claro que aquella conversación requería privacidad—.
Tenemos al líder de la organización bajo custodia, junto con dos de sus hombres.
Pero encontramos algo más en la nave, Lucía, y necesito que lo veas antes de que sigamos avanzando con nada más.
Dejó las fotocopias sobre el escritorio, y observó con atención el rostro de Lucía mientras esta las examinaba una por una, viendo cómo la expresión de sorpresa inicial se transformaba, poco a poco, en algo mucho más sombrío a medida que reconocía sus propios artículos, sus propias palabras, marcadas con anotaciones que evidentemente no había escrito ella misma.
—Esto es... —Lucía se detuvo, pasando el dedo por encima de una de las anotaciones al margen, unas letras apretadas que rodeaban su nombre con un círculo rojo, casi como si alguien hubiera querido subrayar, de manera deliberada, cuánta atención le prestaban—.
Inspector, esto significa que llevan tiempo siguiéndome.
Sabiendo exactamente lo que publico, cuándo lo publico, quién soy.
—Eso es exactamente lo que significa. —Samuel se sentó frente a ella, procurando que su voz sonara firme pese a la inquietud que llevaba sintiendo desde que había abierto aquella caja en la nave—.
Y por eso he venido en persona en lugar de esperar a que esto pasara por los canales oficiales.
Necesito que entiendas la gravedad de la situación, Lucía.
Esta gente no se limita a extorsionar comercios y secuestrar empresarios que se niegan a pagar.
Han estado investigándote, estudiando tus movimientos, probablemente durante semanas.
Y ahora que hemos desmantelado su almacén y detenido a su líder, cualquier posible represalia contra quienes consideran responsables de esa caída podría incluir un objetivo que hasta ahora no habíamos contemplado como prioritario: tú.
Lucía se quedó en silencio durante un momento, con la mirada fija en las fotocopias esparcidas sobre el escritorio, y Samuel pudo ver, bajo aquella fachada de seguridad que tan bien sabía proyectar, el destello fugaz de un miedo genuino que ella intentaba controlar con toda su fuerza de voluntad.
—No voy a dejar de investigar por esto, inspector, si es lo que ha venido a pedirme.
—Levantó la vista, y aunque su voz temblaba ligeramente, la determinación en sus ojos no había flaqueado ni un ápice—.
Llevo demasiado tiempo en esto para rendirme justo cuando por fin empezamos a desmantelar la estructura de esta organización.
—No he venido a pedirte que dejes de investigar.
—Samuel se sorprendió a sí mismo empleando el tuteo sin proponérselo, y algo en el modo en que Lucía pareció registrar el cambio, con un parpadeo casi imperceptible, le indicó que ella también lo había notado—.
He venido porque quiero que tomes precauciones.
Que no vayas sola a ningún sitio relacionado con este caso, que me informes de cualquier movimiento extraño, cualquier llamada sospechosa, cualquier sensación de que alguien te sigue.
Y he venido, sobre todo, porque después de lo que hemos vivido estos últimos días, no soportaría que te ocurriera algo por no habértelo advertido a tiempo.
Aquella confesión, más sincera de lo que Samuel había pretendido, quedó suspendida en el aire entre ambos durante unos segundos que se estiraron con una intensidad extraña, y Lucía lo miró con una expresión que combinaba sorpresa, gratitud y algo más profundo que ninguno de los dos se atrevió a nombrar en aquel momento.
Fue ella quien rompió el silencio, con una sonrisa breve que temblaba ligeramente en las comisuras.
—¿Debo entender, inspector Vega, que ha empezado a preocuparse por mi seguridad más allá de lo estrictamente profesional?
—Digamos que he empezado a considerarte algo más que una fuente incómoda con la que me veo obligado a colaborar.
—Samuel sintió que el calor le subía por el cuello, una sensación que no experimentaba desde hacía años y que le resultó tan desconcertante como agradable—.
Aunque sigo pensando que tu cabezonería va a acabar por sacarme canas antes de que termine este caso.
—Y yo sigo pensando que su rigidez con el procedimiento le va a impedir disfrutar de las pocas cosas buenas que ofrece este trabajo.
—Lucía se levantó de su silla y rodeó el escritorio, acercándose a él con una calma que contrastaba con la tensión de los últimos minutos—.
Pero gracias, Samuel. De verdad. Por venir en persona a decírmelo, y por preocuparte lo suficiente como para tutearme sin darte cuenta.
Samuel esbozó una sonrisa ante aquel comentario, y durante un instante, en la quietud de aquel despacho iluminado apenas por la luz grisácea del amanecer que se filtraba por la persiana entreabierta, ambos se quedaron mirándose con una cercanía que ninguno de los dos parecía dispuesto a romper, el espacio entre ellos reduciéndose de manera casi imperceptible mientras el resto de la redacción, ajena a lo que ocurría en aquel despacho, seguía su rutina de madrugada al otro lado de la puerta cerrada.
Samuel notó el aroma suave del café mezclado con algo más personal, un perfume ligero que no había notado antes, y se sorprendió calculando la distancia exacta que los separaba, preguntándose, con una mezcla de nerviosismo y anticipación que llevaba años sin experimentar, si acaso aquel no era el momento en que...
El teléfono de Samuel vibró con la fuerza suficiente como para sobresaltarlos a ambos, rompiendo de golpe la burbuja de intimidad que se había formado entre ellos, y Samuel, maldiciendo internamente el momento elegido por el destino para interrumpirlos, se apartó lo justo para responder, viendo en la pantalla el nombre del comisario con una punzada de inquietud que ya empezaba a resultarle familiar cada vez que aquel nombre aparecía en su teléfono a horas intempestivas.
—Vega —respondió, procurando que su voz no delatara lo que acababa de estar a punto de ocurrir.
—Samuel, necesito que vuelvas a comisaría de inmediato.
—La voz del comisario sonaba tensa, con un matiz de urgencia que Samuel reconoció al instante—.
Uno de los detenidos ha pedido hablar contigo específicamente, dice que tiene información que solo compartirá contigo y a cambio de ciertas garantías.
Y hay algo más, algo que deberías saber antes de venir: hemos interceptado una llamada realizada desde el móvil del líder de la organización antes de que lo detuviéramos esta mañana.
Una llamada dirigida a alguien fuera de la nave, alguien que, según la transcripción, recibió instrucciones muy concretas sobre qué hacer «si las cosas se complicaban».
Y el nombre que mencionaron como objetivo de esas instrucciones, Samuel, es el de la periodista del Diario del Sur.
Samuel sintió que se le helaba la sangre, y al levantar la vista hacia Lucía, que lo observaba con una atención creciente al notar el cambio brusco en su expresión, comprendió que la advertencia que acababa de hacerle apenas unos minutos antes había llegado, quizás, demasiado tarde.