Capítulo 6 Celos que no se nombran
La comisaría amaneció con un ambiente de euforia contenida tras la operación de Los Olivos, con agentes felicitándose unos a otros por los pasillos y el comisario, visiblemente aliviado, convocando una rueda de prensa improvisada para anunciar el primer golpe serio contra la organización que llevaba meses aterrorizando a la ciudad.
Samuel, sin embargo, apenas había conseguido dos horas de sueño antes de regresar a su puesto, y mientras revisaba los primeros informes sobre los detenidos, sintió que el cansancio se le acumulaba en los huesos con una pesadez que ni el café recién hecho conseguía disipar del todo.
Lucía apareció en la sala de prensa a media mañana, mezclada entre el resto de periodistas que habían acudido en tropel tras conocerse la noticia del operativo, y Samuel, observándola desde un lateral mientras el comisario respondía preguntas sobre el número de detenidos y la magnitud de la operación, notó que ella tomaba notas con una concentración distinta a la de sus colegas, formulando preguntas más precisas, más incómodas, que dejaban entrever meses de investigación acumulada que ningún otro periodista presente podía igualar.
—Inspector Vega. —Se acercó a él en cuanto terminó la rueda de prensa, con la libreta todavía en la mano y una expresión que combinaba satisfacción profesional y algo más difícil de nombrar—.
Enhorabuena por el operativo. Imagino que no habrá sido fácil, después de todo lo que hemos hablado sobre la magnitud de esta organización.
—Gracias, aunque todavía queda mucho trabajo por delante.
—Samuel se permitió una sonrisa breve, cansada pero sincera—.
Y para que conste, esta vez el mérito no ha sido solo mío.
Sin la conexión que usted estableció entre los tres establecimientos, probablemente seguiríamos investigando casos aislados sin ver el patrón completo.
—Vaya, inspector, ¿eso ha sido un reconocimiento público de mi trabajo?
—Lucía enarcó una ceja, con una sonrisa ladeada que Samuel empezaba a asociar, sin poder evitarlo, con una calidez que contrastaba enormemente con la hostilidad de su primer encuentro—.
Debería anotarlo en algún sitio, por si más adelante lo niega delante de sus superiores.
—No pienso negarlo. Aunque tampoco pienso hacer de esto una costumbre.
—Samuel notó que la conversación fluía con una naturalidad que unos días atrás hubiera considerado impensable, y ambos se quedaron un momento en silencio, observando cómo el resto de periodistas se dispersaba hacia la salida, hasta que un compañero de Lucía, un hombre joven con aire desenfadado que Samuel no conocía, se acercó para felicitarla efusivamente por «haber vuelto a adelantarse a todo el mundo», rodeándole los hombros con un gesto de camaradería que a Samuel, para su propia sorpresa, le provocó una punzada de incomodidad que no supo identificar del todo hasta varios minutos después.
—Ese es Diego, del turno de fin de semana —explicó Lucía, apartándose del abrazo con naturalidad en cuanto el compañero se alejó, sin percatarse aparentemente del cambio sutil en la expresión de Samuel—.
Lleva meses intentando quitarme esta historia, aunque nunca ha conseguido acercarse ni de lejos a lo que yo he investigado.
Es inofensivo, aunque un poco pesado con sus intentos de impresionarme.
—No me interesa especialmente su relación con sus compañeros de redacción, señorita Herrera.
—Samuel se sorprendió a sí mismo por la sequedad innecesaria de su propia respuesta, y Lucía, lejos de ofenderse, esbozó una sonrisa que dejaba claro que había captado exactamente lo que se escondía detrás de aquel comentario.
—Claro que no le interesa, inspector. Por eso mismo acaba de fruncir el ceño como si Diego le hubiera insultado personalmente.
—Se cruzó de brazos, disfrutando visiblemente de la incomodidad que acababa de provocar, aunque su tono conservaba una ternura que suavizaba la burla—.
Tranquilo. No tiene nada de qué preocuparse, aunque reconozco que me resulta curioso descubrir que el rígido inspector Vega también es capaz de sentir celos.
—No son celos, es simple... —Samuel buscó una palabra que sonara más profesional que lo que realmente sentía, sin encontrarla del todo—. Cautela general hacia cualquiera que pudiera comprometer la discreción de esta investigación.
—Ya, claro. Cautela general. —Lucía rió, con una calidez genuina que hizo que Samuel, pese a la vergüenza de haberse dejado descubrir con tanta facilidad, no pudiera evitar sonreír también, sintiendo que aquel intercambio, ligero y casi juguetón, marcaba un punto de inflexión distinto en la relación cada vez más compleja que estaba construyendo con aquella mujer.
El resto de la mañana transcurrió entre el papeleo habitual tras un operativo de aquella envergadura, con Samuel coordinando el traslado de los detenidos, las primeras declaraciones formales y la catalogación de las pruebas incautadas en la nave, un proceso lento y meticuloso que exigía paciencia y que, a media tarde, todavía no había concluido del todo.
Fue precisamente al revisar, junto a dos agentes de apoyo, el inventario de las cajas apiladas junto a los camiones intervenidos, cuando Samuel sintió que el buen humor de la mañana se desvanecía de golpe ante lo que uno de los agentes acababa de encontrar en el fondo de una de ellas.
—Inspector, tiene que ver esto —dijo el agente, con una voz que dejaba entrever, incluso a distancia, que lo que acababa de descubrir no era el simple material extorsionado que todos esperaban encontrar.
Samuel se acercó, y al asomarse al interior de la caja, sintió que se le helaba la sangre: no eran mercancías robadas ni dinero de extorsiones lo que contenía, sino una carpeta gruesa llena de fotografías, informes y recortes de prensa, entre los cuales, para su absoluto desconcierto, reconoció de inmediato varios artículos firmados por Lucía Herrera, cada uno de ellos marcado con anotaciones a mano y círculos rojos alrededor de su nombre, como si la organización llevara tiempo siguiendo de cerca cada movimiento de la periodista con un interés que iba mucho más allá de la simple precaución profesional.