Hasta encontrarte Capítulo 5 La noche del asalto
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Capítulo 5 La noche del asalto

La comisaría, a esas horas de la madrugada, tenía una atmósfera completamente distinta a la de un día normal, con las luces de los fluorescentes zumbando sobre las cabezas de un puñado de agentes que se movían con la urgencia contenida de quien sabe que cualquier error, a partir de ese momento, puede costar muy caro.

Samuel llegó apenas quince minutos después de la llamada del comisario, todavía con el frío del hospital pegado a la piel, y se encontró la sala de reuniones ya iluminada y con un mapa del polígono de Los Olivos proyectado en la pantalla, marcado con círculos rojos que señalaban la nave abandonada y los accesos posibles a la zona.

—Nuestro informante lleva vigilando la zona desde hace una hora —explicó el comisario, sin apartar la vista del mapa, mientras Samuel se acercaba junto al resto del equipo que ya empezaba a congregarse alrededor de la mesa—.

Dos camiones han entrado por el acceso trasero, el que da a la vía del ferrocarril abandonada.

Nadie ha salido todavía. Si esto es realmente El Almacén del que hablaba nuestra víctima, podríamos estar ante la oportunidad que llevamos meses esperando, pero también podríamos estar entrando en la boca del lobo si no lo hacemos con la cabeza fría.

Samuel estudió el mapa con atención, calculando mentalmente los accesos, las vías de escape, el tiempo que tardaría un equipo en rodear la nave sin ser detectado, y sintió que la fatiga acumulada de los últimos días se disolvía bajo la descarga de adrenalina que solo produce el saberse, por fin, cerca de algo real.

Llevaba meses —aunque en realidad solo habían sido días desde que había heredado el caso, pero la presión los había convertido en algo que se sentía mucho más largo— persiguiendo sombras, atando cabos sueltos que se deshacían en cuanto se tiraba de ellos con firmeza, y ahora, por primera vez, tenía delante algo tangible, un lugar, una hora, una oportunidad.

—Necesitamos confirmar qué hay dentro antes de entrar con todo el operativo —dijo Samuel, señalando el plano de la nave—.

Si movilizamos a un equipo completo y resulta ser una falsa alarma, o peor, si alertamos a la organización antes de tener pruebas suficientes, perderemos cualquier ventaja que tengamos.

Propongo un reconocimiento discreto primero.

Dos personas, entrada silenciosa por el lateral norte, solo para confirmar actividad antes de decidir el despliegue completo.

El comisario asintió, aunque con la reticencia visible de quien sabe que cualquier decisión, en aquel momento, conlleva un riesgo considerable, y tras un intercambio breve con el resto del equipo, decidió que Samuel encabezaría el reconocimiento junto con Ramírez, un agente veterano de sobra conocido por su sangre fría en situaciones de tensión.

Samuel se armó, se colocó el chaleco bajo el abrigo y salió hacia el coche patrulla sin distintivos que los llevaría hasta el polígono, con el pulso acelerado por esa mezcla de miedo y determinación que había aprendido, a lo largo de los años, a reconocer como el estado natural de cualquier operativo importante.

El trayecto hasta Los Olivos transcurrió en un silencio tenso, roto solo por el crepitar ocasional de la radio y por las indicaciones breves que Ramírez iba dando mientras se acercaban a la zona industrial, un laberinto de naves abandonadas y solares vacíos que durante el día apenas llamaba la atención de nadie y que, de noche, adquiría una quietud casi inquietante, iluminada solo por algún farol solitario y por la luna que se filtraba entre las nubes bajas de aquella madrugada de invierno.

Aparcaron a unos trescientos metros de la nave señalada, y avanzaron a pie por el lateral, pegados a las sombras de los muros derruidos, con los sentidos alerta a cualquier movimiento, cualquier sonido que no encajara con la quietud del entorno.

Fue al acercarse al lateral norte de la nave, tal y como habían planeado, cuando Samuel distinguió, entre las rendijas de una ventana tapiada solo a medias, un resplandor de luz artificial que no debería estar allí, y el sonido apagado de voces masculinas mezclado con el chirrido metálico de algo que se arrastraba sobre el suelo de hormigón.

Hizo una señal a Ramírez para que se acercara con cautela, y ambos se asomaron con extrema precaución por el hueco de la ventana, conteniendo la respiración ante lo que encontraron dentro: una decena de cajas de embalaje apiladas junto a los camiones que habían visto entrar, y tres hombres moviéndose entre ellas con la eficiencia práctica de quien realiza una tarea que ha repetido muchas veces antes, mientras un cuarto hombre, apoyado contra uno de los vehículos, supervisaba la operación con los brazos cruzados y una tranquilidad que resultaba, en sí misma, profundamente inquietante.

Samuel entrecerró los ojos, intentando distinguir los detalles del rostro de aquel hombre en la penumbra, y sintió que se le aceleraba el pulso al reparar en un destello metálico en su mano izquierda, un anillo con una piedra oscura que capturaba, de tanto en tanto, el reflejo de la luz artificial de la nave.

El mismo anillo que el señor Aranda había descrito con tanto detalle desde su cama de hospital, la misma joya que había visto de cerca mientras le administraban una paliza que había estado a punto de costarle la vida.

—Es él —susurró Samuel, apenas moviendo los labios, sin apartar la vista de la escena—. El que dirige esto. Coincide exactamente con la descripción de la víctima.

Ramírez asintió, comprendiendo de inmediato la gravedad del hallazgo, y ambos retrocedieron con el mismo sigilo con el que habían llegado, conscientes de que aquella confirmación cambiaba por completo el planteamiento de la operación.

Ya no se trataba de una posible pista sin verificar, sino de la certeza absoluta de haber localizado, en tiempo real, el centro de operaciones de la organización que llevaba meses aterrorizando a la ciudad, y con esa certeza llegaba también la urgencia de actuar antes de que aquellos camiones volvieran a partir hacia un destino desconocido, llevándose consigo cualquier prueba, o peor aún, a alguna nueva víctima.

De vuelta en el coche, mientras Ramírez informaba por radio al resto del equipo, Samuel marcó de forma casi automática el número de Lucía, y solo cuando ya sonaba el tono de llamada se preguntó, con una punzada de duda, si aquella decisión no traspasaba los límites que él mismo se había impuesto apenas unas horas antes.

Lucía respondió al segundo tono, con la voz despierta y alerta pese a lo avanzado de la hora, como si hubiera estado esperando precisamente aquella llamada.

—Inspector Vega. Dígame que tiene buenas noticias.

—Lo hemos encontrado. —Samuel bajó la voz, aunque estaban ya lo bastante lejos de la nave como para que nadie pudiera escucharle—.

El Almacén es real, y el hombre que dirige la organización está allí ahora mismo.

Vamos a movilizar un operativo completo en las próximas horas, y quiero que sepa que ha sido gracias a la información que usted me proporcionó.

Se hizo un silencio breve al otro lado de la línea, y cuando Lucía volvió a hablar, su voz sonaba distinta, más grave, más cargada de una emoción que no intentó ocultar.

—Gracias por decírmelo, inspector. No tenía por qué hacerlo, y lo sé.

—Hizo una pausa, y Samuel pudo imaginarla, al otro lado del teléfono, apretando el bolígrafo entre los dedos con esa determinación tan característica de ella—.

Prometo no publicar nada hasta que usted me dé luz verde.

Pero cuando todo esto termine, quiero estar allí para verlo con mis propios ojos.

—Se lo prometí, y pienso cumplirlo. —Samuel notó, con cierta sorpresa, que aquella promesa ya no le costaba hacerla, que la desconfianza inicial hacia aquella mujer se había ido transformando, sin que él se diera cuenta del todo, en algo parecido al respeto mutuo—.

Ahora necesito colgar. Tenemos que preparar el operativo antes de que amanezca.

—Tenga cuidado, Samuel.

El uso repentino de su nombre de pila, sin el «inspector» que había precedido cada una de sus conversaciones anteriores, provocó en Samuel una sensación extraña, cálida y desconcertante a partes iguales, que se llevó consigo de vuelta a la comisaría mientras el equipo terminaba de planificar el asalto a la nave para las primeras horas de la mañana, cuando la luz del amanecer ofreciera la ventaja táctica necesaria sin comprometer la visibilidad.

El operativo se desplegó con la precisión que solo dan meses de entrenamiento y la adrenalina añadida de saber que aquella operación podía suponer el golpe definitivo contra una organización que llevaba demasiado tiempo actuando con impunidad.

Samuel encabezó el equipo de entrada, con el chaleco antibalas ajustado bajo la luz gris del amanecer y el corazón latiendo con una fuerza que le costaba disimular, mientras los agentes rodeaban la nave desde todos los flancos posibles, cortando cualquier vía de escape antes de que la orden de entrada resonara por la radio.

El asalto fue rápido y caótico, con gritos de identificación policial mezclándose con el estruendo de las puertas metálicas al ceder y el sonido de pasos apresurados sobre el hormigón mientras los hombres del interior intentaban, sin éxito, encontrar una salida que ya no existía.

Dos de los tres hombres que Samuel había visto moviendo cajas fueron reducidos casi de inmediato, pero el hombre del anillo, el que dirigía la operación, logró escabullirse hacia una puerta trasera que Samuel no recordaba haber visto en el reconocimiento previo, y durante unos segundos de pura tensión, mientras corría tras él por un pasillo estrecho entre estanterías metálicas cargadas de cajas sin identificar, Samuel sintió que la distancia entre atrapar al responsable de tanto sufrimiento y perderlo de nuevo se reducía a cuestión de segundos.

Consiguió alcanzarlo justo antes de que lograra abrir una puerta que daba a un solar trasero, derribándolo con un placaje que ambos pagaron con un golpe seco contra el suelo de hormigón, y tras un forcejeo breve pero intenso, logró esposarlo mientras Ramírez llegaba corriendo en su ayuda, con el arma todavía en alto por precaución.

—Vas a lamentar esto —masculló el hombre, con el rostro pegado contra el hormigón frío y una calma inquietante en la voz que contrastaba brutalmente con la situación—. No tienes ni idea de con quién estás jugando, inspector. Esto no acaba aquí. Ni de lejos.

Samuel no respondió, concentrado en asegurar las esposas y en recuperar el aliento tras la persecución, pero aquellas palabras, pronunciadas con una seguridad que no parecía fingida, se le quedaron grabadas con una inquietud que no conseguiría sacudirse durante el resto del día.

Una vez controlada la situación, con los tres hombres detenidos camino de comisaría y las primeras luces del amanecer empezando a asomar sobre los tejados del polígono, Samuel se permitió, por primera vez en días, respirar hondo con algo parecido al alivio, aunque una parte de él, la misma que llevaba años entrenada para desconfiar de las victorias demasiado rápidas, le advertía que aquello, por muy importante que fuera, probablemente no era más que el primer eslabón de una cadena mucho más larga de lo que todos esperaban.

—Buen trabajo esta noche, inspector —dijo Ramírez, apoyándose junto a él contra uno de los camiones intervenidos mientras el resto del equipo comenzaba la larga tarea de catalogar cada caja apilada en el interior de la nave—.

Aunque por su cara, diría que usted tampoco se cree del todo que esto haya terminado.

—No creo que nada de esto haya terminado, Ramírez.

Apenas hemos arañado la superficie. —Samuel contempló el amanecer que teñía de gris pálido el cielo sobre el polígono, y sintió que, pese a la satisfacción del operativo cumplido, una inquietud helada seguía instalada en su pecho, la misma que llevaba semanas creciendo sin que consiguiera identificar del todo su origen exacto.