Hasta encontrarte Capítulo 4 El almacén
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Capítulo 4 El almacén

—Inspector Vega —dijo el agente, a modo de saludo—. El médico dice que está estable, pero que la conversación va a ser complicada. Le han dado un sedante hace un par de horas y todavía no ha recuperado del todo la claridad.

Samuel asintió y empujó la puerta con cuidado, y lo primero que le golpeó al entrar no fue la visión del hombre tendido en la cama, sino el silencio pesado de la habitación, roto únicamente por el pitido regular del monitor cardíaco y por una respiración entrecortada que costaba asociar con la fotografía que Samuel había visto en el expediente, la de un empresario de mediana edad, trajeado y sonriente, posando junto a la fachada de su negocio en una jornada de inauguración que ahora parecía pertenecer a otra vida completamente distinta.

El hombre que yacía en la cama tenía el rostro hinchado y amoratado en varios puntos, un brazo inmovilizado con un vendaje que dejaba adivinar una fractura reciente, y una expresión, incluso en aquel estado de semiinconsciencia inducida por los sedantes, que Samuel reconocía de otros casos similares: el vacío de quien ha mirado de frente algo que no debería haber presenciado y que sabe, con una certeza que ningún médico podrá curar, que ya nunca volverá a sentirse completamente a salvo.

—Señor Aranda —dijo Samuel, acercándose despacio y hablando con el tono más suave que pudo reunir—. Soy el inspector Samuel Vega. Sé que ha pasado por algo terrible, y no voy a entretenerle mucho, pero necesito hacerle unas preguntas mientras los recuerdos todavía están frescos.

El hombre entreabrió los ojos, y durante unos segundos pareció no reconocer dónde se encontraba, hasta que la mención de la policía pareció activar algo en su memoria, porque su expresión se contrajo en una mueca de puro terror que a Samuel se le quedó grabada durante mucho más tiempo del que le hubiera gustado.

—No... no puedo hablar de esto —murmuró, con la voz rota y apenas audible—. Dijeron... dijeron que si hablaba con la policía, la próxima vez no me dejarían con vida. Y no era un farol, inspector. Lo vi en sus ojos. No era un farol.

—Entiendo su miedo, señor Aranda, y quiero que sepa que vamos a protegerle, a usted y a su familia, mientras dure esta investigación.

—Samuel se sentó en la silla junto a la cama, procurando que su presencia resultara tranquilizadora en lugar de amenazante, consciente de que cualquier error en aquel primer acercamiento podría cerrarle la única fuente directa que tenía hasta el momento—.

Pero necesito que entienda algo también: si no hablamos, si dejamos que esta gente siga actuando con impunidad, la próxima víctima podría ser alguien que ni siquiera tenga la suerte que ha tenido usted de sobrevivir.

¿Puede decirme algo sobre ellos? ¿Cuántos eran?

¿Reconoció alguna voz, algún acento, algo que le llamara la atención?

El hombre cerró los ojos con fuerza, y durante un momento Samuel pensó que se negaría a continuar, pero finalmente, con un esfuerzo visible que le costó una mueca de dolor en el costado, empezó a hablar, despacio, entre pausas cargadas de miedo contenido.

—Eran tres. Uno hablaba, los otros dos solo...

solo golpeaban cuando el que hablaba se lo indicaba.

Como si tuvieran un protocolo, ¿entiende?

Nada improvisado. El que daba las órdenes tenía un tatuaje aquí —se tocó, con la mano libre, la zona del cuello, justo debajo de la oreja— algo pequeño, no pude verlo bien, pero parecía...

una especie de símbolo, no sé describirlo mejor.

Y llevaba un anillo, en el meñique, con una piedra oscura.

Eso lo recuerdo con claridad porque me lo puso delante de la cara mientras hablaba, como si quisiera que me fijara en él a propósito.

Samuel tomó nota mental de cada detalle, sabiendo que aquellas dos pistas —el tatuaje bajo la oreja y el anillo en el meñique— podrían resultar cruciales, y continuó preguntando con paciencia, dejando que el hombre se tomara su tiempo entre cada respuesta, hasta que, casi al final de la conversación, Aranda mencionó algo que hizo que Samuel se inclinara hacia adelante, con la sensación inconfundible de haber tropezado con el primer hilo sólido del que tirar.

—Antes de dejarme... antes de dejarme donde me encontraron, el que hablaba hizo una llamada.

Debía de pensar que yo estaba inconsciente, porque no bajó la voz.

Mencionó un nombre. Creo que era un lugar, o una persona, no estoy seguro.

Sonaba como... como «El Almacén», o algo parecido.

Dijo que llevaran el «encargo» a El Almacén antes del amanecer.

—¿Está seguro de ese nombre, señor Aranda?

—Todo lo seguro que puedo estar con la cabeza como la tengo, inspector. —El hombre esbozó algo parecido a una sonrisa amarga, la primera expresión que no fuera de puro terror desde que Samuel había entrado en la habitación—. Pero sí. El Almacén. Estoy seguro de eso.

Samuel se despidió poco después, prometiéndole protección policial y dejándole su número de contacto directo por si recordaba algo más, y salió de la habitación con la mente ya trabajando a toda velocidad, calculando cuántos almacenes existían en la zona industrial de la ciudad, cuáles podrían encajar con el perfil de la organización, y qué recursos necesitaría movilizar para investigar cada uno de ellos sin levantar sospechas.

Fue entonces, al salir al pasillo, cuando se encontró de bruces con Lucía, que llegaba caminando a paso rápido desde el ascensor, con el abrigo aún desabrochado y una expresión de urgencia que dejaba claro que no había perdido ni un minuto en presentarse allí en cuanto se había enterado de lo ocurrido.

—Inspector Vega. —Lucía se detuvo frente a él, casi sin aliento, y por un instante ambos se midieron con la mirada, recordando en silencio la conversación tensa que habían mantenido apenas unas horas antes—. Me han dicho que el empresario secuestrado ha aparecido. ¿Es cierto que está aquí?

—¿Cómo se ha enterado tan rápido? —preguntó Samuel, aunque en el fondo ya conocía la respuesta, y el modo en que Lucía apretó los labios, sin querer revelar sus fuentes, se lo confirmó de inmediato—.

Da igual. No puedo dejarla entrar a hablar con él, Lucía.

Está en un estado demasiado frágil, y ya ha sido bastante difícil conseguir que confiara lo suficiente en mí como para contarme lo que ha contado.

—No he venido a hablar con él. —Lucía suavizó el tono, y por primera vez desde que se conocían, Samuel percibió en su expresión algo que no era desafío ni ambición periodística, sino una preocupación genuina que la delataba pese a sus esfuerzos por mantener la compostura profesional—.

He venido porque... porque llevo semanas siguiendo este caso, inspector, y cada vez que aparece una nueva víctima me pregunto si podría haber hecho algo distinto, si mis publicaciones han ayudado o han empeorado las cosas.

Solo quería saber si está bien. Como persona, no como fuente.

Samuel la observó durante un momento, sorprendido por la sinceridad inesperada de aquella confesión, y sintió que algo se ablandaba en su interior, esa desconfianza inicial que había construido durante su primer encuentro cediendo paso a una curiosidad distinta, más genuina, sobre la mujer que tenía delante.

—Está vivo. Malherido, asustado, pero vivo.

—Hizo una pausa, sopesando cuánto podía compartir sin comprometer la investigación, y finalmente decidió, en un gesto que le sorprendió a él mismo tanto como sin duda le sorprendería al comisario si se enterara, tenderle una rama de confianza—.

Nos ha dado una pista. Un nombre, o un lugar: «El Almacén».

No sé todavía qué significa exactamente, pero es la primera conexión sólida que tenemos con la estructura de la organización.

Lucía abrió los ojos, y Samuel vio, con una mezcla de sorpresa y algo parecido a la satisfacción, cómo las piezas empezaban a encajar en su mente casi al instante, con esa rapidez de reflejos que solo tienen quienes llevan meses inmersos en la misma investigación.

—El Almacén. —repitió, en voz baja, como si paladeara las palabras buscándoles un significado—.

Inspector, hace tres semanas entrevisté a un antiguo trabajador de una nave industrial abandonada en el polígono de Los Olivos, alguien que había perdido su empleo cuando la empresa cerró de forma repentina y sin explicaciones.

En ese momento no le di mayor importancia, pensé que solo era un despido más entre tantos que se han producido en la zona, pero mencionó algo que en su día me pareció extraño y que ahora, con esto que usted acaba de decirme, cobra un sentido completamente distinto: dijo que, incluso después del cierre oficial, seguía viendo camiones entrando y saliendo de madrugada, y que cuando preguntó a un antiguo compañero de turno, este se limitó a decirle que «era mejor no hacer preguntas sobre el almacén».

Samuel sintió que el pulso se le aceleraba, esa descarga de adrenalina que solo aparece cuando una investigación, tras días o semanas de callejones sin salida, encuentra de pronto un camino claro por el que avanzar, y durante un instante olvidó por completo la tensión y la desconfianza que había definido hasta entonces su relación con Lucía, porque en aquel momento solo importaba una cosa: aquella nave industrial en el polígono de Los Olivos podía ser, por fin, la pista que necesitaban para desmantelar a la organización antes de que apareciera una nueva víctima, quizás sin la misma suerte que había tenido el señor Aranda.

—Necesito la dirección exacta de esa nave, Lucía, y el contacto de ese trabajador si todavía puede localizarlo.

—Samuel ya había sacado el móvil, dispuesto a movilizar un equipo en cuanto tuviera la información necesaria, pero se detuvo antes de marcar, mirándola con una seriedad que no admitía discusión—.

Y necesito que me prometa que no publicará nada sobre esto hasta que hayamos comprobado si es una pista real o una falsa alarma.

Si la organización se entera de que estamos investigando ese lugar antes de que tengamos pruebas suficientes, podrían destruir cualquier evidencia, o algo peor.

—Se lo prometo, inspector. —Lucía asintió, y por primera vez desde que se conocían, aquella promesa no sonó a estrategia ni a cálculo periodístico, sino a un compromiso genuino, compartido, con la misma causa que llevaba semanas persiguiendo cada uno por su lado—.

Pero a cambio, quiero estar presente cuando esto avance.

No para publicarlo antes de tiempo, sino porque llevo meses en esto, y merezco saber cómo termina, tanto como usted merece resolverlo.

Samuel dudó, consciente de que aquello se salía por completo del procedimiento habitual, de que el comisario probablemente pondría el grito en el cielo si se enteraba de que estaba considerando involucrar a una periodista civil en una operación policial activa, pero había algo en la determinación de Lucía, en la forma en que sus ojos brillaban con una mezcla de miedo y decisión que reconocía perfectamente porque era la misma que sentía él, que le impidió negarse de plano.

—Veré qué puedo hacer —dijo finalmente, guardándose el móvil en el bolsillo mientras caminaban juntos hacia la salida del hospital—.

Pero si esto sale mal, Lucía, si algo de lo que hagamos pone en peligro la operación o, peor aún, su propia seguridad, quiero que sepa que no voy a dudar en apartarla de esta investigación, aunque tenga que discutir con usted cada día durante el resto del caso.

—No esperaba menos de usted, inspector. —Lucía esbozó una sonrisa breve, casi cómplice, mientras cruzaban las puertas automáticas del hospital hacia la noche fría que ya había caído sobre la ciudad—.

Aunque, para que conste, discutir con usted empieza a resultarme menos desagradable de lo que imaginé esta mañana.

Samuel no supo qué responder a aquello, y el silencio que se instaló entre ambos mientras caminaban hacia sus respectivos coches, aparcados a pocos metros de distancia el uno del otro, tuvo una calidad distinta a la tensión de su primer encuentro, algo más parecido a la incomodidad tibia de dos personas que empiezan a sospechar, sin decírselo todavía ni a sí mismas, que aquella colaboración forzada podría convertirse en algo mucho más complicado de gestionar que cualquier caso de extorsión.

Fue al llegar junto a su coche cuando el teléfono de Samuel vibró con una llamada entrante, y al ver el nombre del comisario en la pantalla, sintió una punzada de inquietud que le hizo apresurarse a responder.

—Vega —dijo, llevándose el teléfono al oído mientras Lucía se detenía a pocos pasos, observándolo con atención—. ¿Qué ocurre?

La voz del comisario, al otro lado de la línea, sonaba tensa de un modo que Samuel no le había escuchado desde hacía meses.

—Acabamos de recibir un aviso del polígono de Los Olivos.

Hay movimiento en una de las naves abandonadas, camiones entrando a estas horas de la noche, y uno de nuestros informantes asegura haber visto algo que no deberíamos ignorar.

Necesito que vengas ahora mismo a comisaría, Samuel.

Creo que hemos encontrado El Almacén antes de lo que esperábamos, y no estoy seguro de que nos guste lo que vamos a encontrar dentro.