Capítulo 3 La llamada de medianoche
El aviso del comisario llegó cuando Samuel apenas había tenido tiempo de sentarse frente a su escritorio, con el informe sobre el bar de la calle Mendoza todavía a medio redactar y la tarjeta de Lucía Herrera guardada en el bolsillo del abrigo, como un pequeño peso que no dejaba de recordarle la conversación tensa que acababan de mantener.
Salió de la comisaría a toda prisa, con las llaves del coche patrulla todavía calientes de su uso anterior, y mientras conducía hacia el hospital con las luces de emergencia encendidas, sintió que la ciudad, a aquella hora de la noche, adquiría una quietud extraña, casi hostil, como si las calles vacías supieran algo que él todavía no había terminado de asimilar del todo.
Durante el trayecto repasó mentalmente cada detalle del caso que llevaba acumulando desde que había heredado la investigación: los tres establecimientos extorsionados, las denuncias archivadas sin conexión aparente entre sí, y ahora, aquel empresario desaparecido que aparecía, según las escuetas palabras del comisario, «vivo, pero en muy mal estado».
Sintió que la responsabilidad se le asentaba en el estómago como una piedra, esa mezcla de urgencia y de miedo a llegar tarde que llevaba días acompañándolo desde que Alex se había jubilado y lo había dejado, de la noche a la mañana, al frente de algo mucho más grande de lo que había imaginado enfrentar tan pronto.
Se detuvo en un semáforo en rojo, uno de los pocos que respetó aquella noche pese a las luces encendidas, y aprovechó los segundos de espera para marcar el número de Ramírez, pidiéndole que reuniera cualquier información adicional disponible sobre el empresario Aranda antes de que él llegara al hospital: antecedentes, negocios, posibles enemigos fuera del contexto de la extorsión que pudieran complicar la investigación con líneas paralelas innecesarias.
Ramírez, con la voz todavía cargada del sueño interrumpido, prometió tener algo preparado en cuanto Samuel llegara a comisaría, y colgó con la eficiencia práctica de quien llevaba años acostumbrado a este tipo de llamadas a deshoras.
Fue al reanudar la marcha, ya con el semáforo en verde, cuando el teléfono volvió a sonar, esta vez con un número que Samuel no tenía guardado en la agenda, aunque reconoció de inmediato, con una punzada de sorpresa que no esperaba sentir tan pronto, la voz que respondió al otro lado en cuanto descolgó.
—Inspector Vega, soy Lucía Herrera. —Sonaba agitada, como si hubiera estado corriendo, y de fondo se distinguía el ruido de una calle transitada—.
Sé que es tarde y que probablemente no debería llamarle, pero acabo de enterarme, por una fuente en la redacción, de que ha aparecido el empresario que desapareció la semana pasada. ¿Es cierto?
Samuel dudó un instante, sopesando cuánto podía o debía compartir con ella tan pronto después de la conversación tensa que habían mantenido apenas unas horas antes, pero algo en el tono genuino de preocupación que detectaba bajo la urgencia periodística de la pregunta le hizo replantearse, sin proponérselo del todo, la desconfianza inicial que había proyectado frente al bar.
—Es cierto, aunque no puedo darle detalles todavía.
Voy hacia el hospital ahora mismo. —Hizo una pausa, y añadió, casi contra su propio criterio profesional—: Y para que conste, señorita Herrera, esto no significa que vaya a compartir información con usted cada vez que ocurra algo relevante en el caso.
—No esperaba menos, inspector. —Lucía dejó escapar algo parecido a una risa breve, aunque cargada de una tensión que no lograba disimular del todo—.
Solo quería asegurarme de que está bien, que sigue con vida.
Llevo semanas siguiendo esta historia, y cuando alguien desaparece durante días y luego reaparece en esas condiciones, uno no puede evitar temer lo peor.
—Está vivo. Eso es todo lo que puedo decirle por ahora.
—Samuel notó que su propia voz se suavizaba, y se sorprendió por ello, preguntándose en qué momento exacto había dejado de sentir la irritación instantánea de su primer encuentro para sustituirla por una curiosidad mucho más cauta hacia aquella mujer—.
Si hay algo que pueda compartir sin comprometer la investigación, se lo haré saber.
Es lo único que puedo prometerle esta noche.
—Con eso me basta, inspector. —Se hizo un silencio breve al otro lado de la línea, y cuando Lucía volvió a hablar, su voz sonó distinta, más baja, casi vacilante—.
Tenga cuidado ahí dentro. Por lo que cuentan de las condiciones en que lo encontraron, sea lo que sea que le ocurrió, la gente que está detrás de esto no se anda con medias tintas.
Samuel colgó poco después, con una sensación extraña instalándose en su pecho, algo que no sabía nombrar del todo pero que se parecía, incómodamente, a la gratitud por aquella llamada inesperada, y continuó el trayecto hacia el hospital repasando mentalmente cada palabra de la conversación, preguntándose por qué la preocupación genuina de una periodista a la que apenas conocía desde hacía unas horas conseguía afectarle de un modo que ningún otro testigo o fuente había logrado en años de carrera.
Aparcó frente a la entrada de urgencias del Hospital Provincial, y antes de bajar del coche, se permitió unos segundos para recomponer la expresión profesional que necesitaría proyectar frente al empresario herido, consciente de que cualquier grieta emocional visible podría minar la confianza frágil que necesitaría construir con un hombre que, según todos los indicios, había estado a punto de pagar con su vida la negativa a colaborar con sus extorsionadores.
Se ajustó el abrigo, respiró hondo una última vez, y cruzó las puertas automáticas del hospital hacia el pasillo iluminado con luces frías que lo conducirían, sin que él lo supiera todavía, hacia la primera pista sólida de una investigación que estaba a punto de cambiarle la vida mucho más de lo que ninguna llamada de madrugada podría haberle anticipado.