Capítulo 2 Choque de miradas
El local llevaba cerrado desde el domingo, y aunque el propietario se negaba a hablar del asunto con nadie que no llevara placa, los vecinos de la calle Mendoza ya se habían encargado de difundir su propia versión de los hechos, adornada con detalles que probablemente no se ajustaban del todo a la realidad pero que resultaban, en cualquier caso, reveladores del miedo que se había instalado en el barrio.
Samuel bajó del coche patrulla sin distintivos y se subió el cuello del abrigo contra el viento frío que arrastraba consigo el olor a fritanga de la freiduría de la esquina, mientras observaba la persiana metálica a medio bajar del bar, con un cartel de papel pegado con cinta adhesiva que anunciaba, en letras hechas a mano, «cerrado por reforma», una excusa tan poco convincente que resultaba casi ofensiva para la inteligencia de cualquiera que pasara por allí.
Llevaba tres días trabajando prácticamente sin descanso, repasando informes hasta que las letras se le desdibujaban, hablando con testigos que apartaban la mirada antes de terminar la frase, y sintiendo, con cada hora que pasaba, el peso de una responsabilidad que hasta hacía poco había compartido con Alex y que ahora recaía enteramente sobre sus hombros.
Se disponía a llamar al timbre lateral que sabía que comunicaba con la trastienda cuando una voz a su espalda lo detuvo, una voz de mujer, clara y directa, con un deje de ironía que no se molestaba en disimular.
—Si viene a preguntarle al dueño qué pasó el domingo, llega tarde. Ya lo he intentado yo hace media hora, y lo único que ha conseguido es cerrarme la persiana en las narices, literalmente.
Samuel se giró y se encontró con una mujer de unos treinta y tantos años, abrigo oscuro, bufanda enrollada de cualquier manera alrededor del cuello y una libreta pequeña asomando del bolsillo, el tipo de complemento que en su experiencia solo llevaban dos clases de personas: los policías y los periodistas, y por el modo en que ella lo miraba, evaluándolo de arriba abajo con una curiosidad nada disimulada, Samuel dedujo enseguida a cuál de las dos categorías pertenecía.
—Y usted es...
—Lucía Herrera, del Diario del Sur. —Le tendió la mano con una seguridad que contrastaba con la informalidad de su vestimenta, y Samuel, tras un instante de duda, se la estrechó—.
Llevo cubriendo esta historia desde que empezó, y por su forma de mirar esa persiana como si fuera a confesarle algo, diría que usted es policía, aunque no lleve el coche marcado ni la placa a la vista. ¿Me equivoco?
—Inspector Samuel Vega. —No añadió nada más, consciente de que cualquier información adicional podría acabar publicada al día siguiente, y Lucía pareció captar el mensaje, porque esbozó una sonrisa que no era exactamente amistosa, más bien la de alguien acostumbrada a que las puertas se cerraran ante ella y que había aprendido a disfrutar del reto de encontrar otra manera de entrar—.
¿Puedo preguntarle qué hace usted merodeando por la escena de una extorsión, señorita Herrera?
—Mi trabajo, inspector. Igual que usted. —Se cruzó de brazos, sin apartar la mirada—. Y no estoy merodeando, estoy investigando. Hay una diferencia, aunque entiendo que desde su perspectiva ambas palabras le suenen parecidas.
Samuel sintió que algo se tensaba en su mandíbula, esa irritación instantánea que surge cuando alguien parece decidido a llevarle la contraria antes incluso de haber cruzado dos frases completas, y aunque llevaba años tratando con testigos difíciles, con abogados evasivos y con superiores que cuestionaban cada decisión, había algo en el tono de aquella mujer, en esa mezcla de seguridad y descaro, que conseguía sacarlo de sus casillas con una eficacia que pocas personas lograban.
—Con todo el respeto, señorita Herrera, esto es una investigación policial en curso, y cualquier interferencia por su parte, por bienintencionada que sea, puede comprometer meses de trabajo. Le sugiero que deje esto en manos de quienes tenemos la formación y la autoridad para llevarlo a cabo.
—¿Meses de trabajo? —Lucía enarcó una ceja, y por primera vez su tono perdió parte de la ligereza inicial para volverse más afilado—.
Inspector, llevo meses siguiendo esta historia mientras ustedes, con todo el respeto que se merece su formación y su autoridad, seguían archivando denuncias de extorsión como si fueran casos aislados sin ninguna conexión entre ellos.
Yo fui quien conectó los puntos entre el bar de la calle Mendoza, la ferretería de la avenida Constitución y la lavandería del barrio de las Flores.
Así que antes de sugerirme que me aparte, quizás debería preguntarse por qué una periodista ha llegado antes que la policía a establecer esas conexiones.
El silencio que siguió a aquellas palabras se sintió más pesado que cualquier grito, porque Samuel sabía, con la incomodidad de quien reconoce una verdad que preferiría ignorar, que ella tenía razón, al menos en parte.
Los informes que había revisado durante los últimos días mencionaban aquellos tres establecimientos por separado, como incidentes aislados, y había sido precisamente al leer un artículo publicado la semana anterior en el Diario del Sur, firmado por L.
Herrera, cuando él mismo había empezado a atar cabos entre los tres casos.
Reconocer aquello en voz alta, sin embargo, le pareció en aquel momento una concesión que no estaba dispuesto a hacer, no delante de alguien que parecía disfrutar tanto marcando un punto a su favor.
—Eso no le da derecho a poner en peligro una investigación con publicaciones prematuras —respondió, procurando que su voz sonara más firme de lo que en realidad se sentía—.
Si la organización sabe que estamos tras su pista, empezarán a cubrir sus huellas, y eso hará mucho más difícil, si no imposible, encontrar a quienes están detrás de todo esto.
—O quizás, inspector, mis publicaciones son precisamente lo que ha hecho que la gente empiece a hablar.
—Lucía dio un paso hacia él, sin amedrentarse ni un ápice ante la diferencia de altura ni ante la placa que, aunque no visible, se adivinaba en cada gesto de Samuel—.
¿Sabe cuántas personas se han puesto en contacto conmigo después de leer esos artículos?
Testigos que no confiarían en la policía ni en un millón de años, pero que sí confían en que su historia se cuente, en que alguien les escuche sin amenazarles con papeleo o con procedimientos que tardan semanas.
Yo no estoy poniendo en peligro nada, inspector Vega.
Estoy consiguiendo algo que ustedes, con toda su autoridad, no han logrado en meses.
Samuel abrió la boca para responder, con una réplica que se le formaba en la garganta cargada de argumentos sobre procedimiento, sobre las consecuencias legales de interferir en una investigación en curso, sobre la responsabilidad que conllevaba jugar con vidas ajenas sin la formación adecuada para calibrar el riesgo real, pero algo en la expresión de Lucía —esa mezcla de desafío y de convicción genuina, sin rastro de la vanidad que él había esperado encontrar— lo detuvo a mitad de camino, obligándolo a replantearse, aunque fuera solo por un instante, si acaso no estaba discutiendo con ella por las razones equivocadas.
Fue entonces cuando el propietario del bar, que llevaba observándolos desde detrás de la persiana entreabierta, decidió que aquella discusión en plena calle atraía demasiada atención, y con un gesto brusco terminó de bajar la persiana del todo, dejando claro que aquel día no habría más conversación con nadie.
—Estupendo —murmuró Lucía, más para sí misma que para Samuel—. Ahora, gracias a esta encantadora charla, se ha convencido definitivamente de que hablar con cualquiera de nosotros es mala idea.
—Con cualquiera de nosotros no, señorita Herrera. Con usted, específicamente, porque ha estado insistiendo durante media hora antes de que yo llegara.
—O quizás se ha asustado al ver a un inspector de policía plantado en su puerta con cara de pocos amigos.
—Lucía se guardó la libreta en el bolsillo con un gesto brusco, y por primera vez Samuel percibió, bajo la fachada de seguridad, un destello de cansancio genuino, el de alguien que llevaba demasiado tiempo golpeando puertas que se cerraban una tras otra—.
Mire, inspector, sé que no le caigo bien, y honestamente el sentimiento es bastante mutuo en este momento, pero los dos queremos lo mismo.
Queremos que esa organización deje de aterrorizar a la gente de esta ciudad.
La diferencia es que yo no puedo esperar a que ustedes sigan el procedimiento mientras hay personas que necesitan que alguien cuente lo que les está pasando.
—Y yo no puedo permitir que sus prisas por publicar la próxima exclusiva pongan en peligro a esas mismas personas que dice querer proteger.
—Samuel se pasó una mano por el pelo, notando el cansancio acumulado de tres días sin apenas dormir, y suavizó, sin proponérselo del todo, el tono de su voz—.
Mire, entiendo que su trabajo tiene un valor.
No voy a negarlo, especialmente después de lo que acaba de decirme sobre los tres establecimientos.
Pero necesito que entienda que el mío también lo tiene, y que hay información que, por su propia seguridad y la de sus fuentes, no puede hacerse pública todavía.
Lucía lo observó durante unos segundos, como si intentara decidir si aquella concesión era sincera o simplemente una estrategia para conseguir su silencio, y algo en el modo en que se mordió el labio antes de responder le dio a Samuel la sensación, fugaz pero real, de que bajo aquella coraza de seguridad había una persona mucho más cautelosa de lo que aparentaba.
—Está bien, inspector. Le propongo un trato.
—Sacó una tarjeta del bolsillo interior del abrigo y se la tendió, con un gesto que parecía costarle más esfuerzo del que quería reconocer—.
Yo no publico nada que pueda comprometer su investigación, si usted me mantiene al tanto de lo que pueda compartir sin poner en riesgo a nadie.
No le pido exclusivas ni información confidencial.
Le pido que no me trate como una amenaza cuando llevo meses trabajando en lo mismo que usted, con la diferencia de que yo no tengo placa ni recursos, solo un cuaderno y la cabezonería suficiente para no rendirme.
Samuel cogió la tarjeta y la observó durante un momento antes de guardársela en el bolsillo del abrigo, consciente de que aquella conversación, que había empezado con la irritación instantánea de dos personas decididas a no ceder terreno, terminaba de un modo que ninguno de los dos había previsto al principio.
—No prometo nada, señorita Herrera. Pero lo tendré en cuenta.
—Lucía. —Ella esbozó, por primera vez, algo parecido a una sonrisa auténtica, breve pero genuina—.
Si vamos a tropezarnos constantemente en la misma investigación, al menos ahorrémonos las formalidades.
Y para que conste, inspector, esto no significa que confíe en usted.
Simplemente significa que, por ahora, prefiero tenerlo cerca que en mi contra.
—El sentimiento es mutuo, Lucía. —Samuel notó, con una punzada de sorpresa, lo natural que le había resultado pronunciar su nombre, como si llevara tiempo conociéndola en lugar de acabar de cruzar con ella la primera conversación de su vida—.
Y para que conste, esto tampoco significa que vaya a bajar la guardia.
Se separaron entonces cada uno en una dirección, Lucía caminando hacia el metro con paso decidido, sin volver la vista atrás, y Samuel quedándose un instante más frente a la persiana bajada del bar, repasando mentalmente la conversación que acababa de mantener y preguntándose, con una inquietud que no sabía bien cómo nombrar, por qué aquella mujer que apenas conocía había conseguido, en menos de veinte minutos, desmontar más certezas suyas que la mayoría de sus compañeros en años de trabajo compartido.
De vuelta en la comisaría, mientras redactaba el informe sobre la visita infructuosa al bar de la calle Mendoza, Samuel se sorprendió a sí mismo relatando la conversación con Lucía con más detalle del estrictamente necesario, y el comisario, que escuchaba con los brazos cruzados desde el otro lado de la mesa, terminó esbozando una media sonrisa que a Samuel no le gustó nada.
—Así que la periodista que lleva semanas dándonos problemas resulta que también es la que ha conectado los tres casos —dijo el comisario, tamborileando los dedos sobre la mesa—. Interesante. ¿Y le has propuesto colaborar con ella o ha sido idea suya?
—No he propuesto ninguna colaboración —respondió Samuel, quizás con demasiada rapidez—. Simplemente hemos acordado no estorbarnos mutuamente.
—Ya. —El comisario no parecía muy convencido, y aquella sonrisa contenida se ensanchó ligeramente antes de que añadiera, con un tono que pretendía sonar despreocupado y que no lo conseguía del todo—: Bueno, sea lo que sea lo que habéis acordado, más vale que funcione, porque acabamos de recibir una llamada que cambia bastante el panorama de este caso.
Samuel levantó la vista del informe a medio redactar, y algo en la expresión repentinamente seria del comisario le indicó que aquella tarde, que ya había traído consigo más sorpresas de las que esperaba, todavía no había terminado de complicarse.
—¿Qué ha pasado?
—El empresario que desapareció la semana pasada, el que se negó a pagar la extorsión.
—El comisario deslizó hacia él una nota escrita a mano, con la letra apresurada de quien la había tomado mientras escuchaba una llamada urgente—.
Ha aparecido. Vivo, pero en muy mal estado, y con un mensaje muy claro para cualquiera que se plantee seguir su ejemplo.
Necesito que vayas al hospital ahora mismo, Samuel.
Y esta vez, sospecho que tu amiga la periodista no tardará ni media hora en enterarse de que ha ocurrido algo.