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Capítulo 1 La despedida de Alex
La comisaría olía a café recalentado y a cartón de pizza, esa mezcla tan particular que solo se da en las noches en que nadie tiene prisa por marcharse a casa.
Alguien había colgado una guirnalda de luces alrededor del tablón de anuncios, torcida y a punto de caerse, y sobre la mesa central, entre carpetas a medio archivar y tazas desparejadas, reposaba una tarta con el glaseado ligeramente derretido en la que se leía, en letras azules un poco temblorosas, «Gracias por treinta y ocho años, Alex».
Samuel llevaba toda la tarde organizando aquel improvisado homenaje, pidiendo favores, reuniendo fotografías antiguas que nadie sabía que existían y convenciendo al comisario de que, por una vez, cerrara los ojos ante el ruido y las botellas de sidra que empezaban a aparecer entre los archivadores, y ahora, apoyado contra el marco de la puerta con los brazos cruzados, observaba la sala abarrotada con una mezcla de orgullo y de algo parecido al vértigo, porque aquella fiesta significaba, sobre todo, una despedida, y las despedidas nunca se le habían dado bien.
Alex estaba en el centro de todo, como siempre, riendo con la cabeza echada hacia atrás mientras un agente joven —de esos que aún llevaban el uniforme como si les quedara grande— le contaba una anécdota sobre una persecución en bicicleta que él mismo, entre risas, corregía con detalles que el chico no podía conocer porque no había nacido cuando ocurrió.
Tenía el pelo completamente blanco desde hacía años, unas arrugas profundas alrededor de los ojos que se marcaban aún más cuando sonreía, y esa forma de moverse pausada y segura de quien ha visto lo peor de la ciudad y ha decidido, aun así, seguir creyendo en la gente.
Llevaba la placa prendida en el cinturón por última vez, y de vez en cuando, en mitad de una frase, se llevaba la mano hasta ella como quien comprueba que algo importante sigue en su sitio.
—Treinta y ocho años —dijo alguien, alzando un vaso de plástico lleno de sidra tibia—, y todavía no nos ha explicado cómo consiguió que el comisario le firmara aquellas vacaciones en pleno operativo del noventa y siete.
—Contactos —respondió Alex, guiñando un ojo—. Y algo de chantaje emocional. El comisario me debía una desde que le cubrí en aquel caso de los almacenes, y yo no soy de los que olvidan una deuda.
Las risas se extendieron por la sala, y Samuel, que conocía aquella historia de memoria porque había estado presente cuando ocurrió, sintió que se le encogía algo en el pecho, esa clase de nostalgia anticipada que aparece cuando uno sabe que está viviendo los últimos minutos de algo que no va a repetirse.
Llevaba quince años trabajando codo con codo con aquel hombre, primero como su compañero más joven, torpe y demasiado impaciente, y después, con el paso del tiempo, como algo que se parecía sospechosamente a un hijo, aunque ninguno de los dos lo hubiera dicho jamás en voz alta.
Alex le había enseñado a leer una escena del crimen como quien lee una partitura, a distinguir el silencio nervioso de un testigo sincero del silencio calculado de uno que miente, y sobre todo le había enseñado a no perder la humanidad en un trabajo que se la exigía constantemente.
Y ahora, al día siguiente, todo eso desaparecería de la comisaría, y Samuel tendría que aprender a caminar por aquellos pasillos sin la sombra tranquilizadora de su mentor pisándole los talones.
La fiesta continuó durante horas, entre brindis improvisados, fotografías antiguas que circulaban de mano en mano —Alex con el pelo oscuro y un bigote que hoy provocaba carcajadas, Alex sosteniendo a un bebé que resultó ser la hija de un compañero ya jubilado, Alex con el uniforme empapado tras rescatar a alguien de una riada— y anécdotas que crecían con cada repetición hasta volverse casi legendarias.
Samuel se movía entre los grupos, recibiendo felicitaciones por la organización del evento, aceptando algún abrazo torpe de compañeros que habían bebido más sidra de la aconsejable, y procurando, sobre todo, no perder de vista a Alex, como si memorizar aquella última noche pudiera de algún modo alargarla.
Fue pasada la medianoche, cuando la mayoría de los agentes más jóvenes ya se habían marchado y solo quedaba un puñado de veteranos apurando los últimos vasos, cuando Alex se acercó a él con las manos en los bolsillos y esa expresión que Samuel conocía bien, la de quien está a punto de decir algo importante disfrazándolo de conversación casual.
—Deberías irte a casa —dijo Alex, apoyándose junto a él contra la pared—. Mañana esto seguirá funcionando sin mí, y alguien tiene que estar despierto para comprobarlo.
—Mañana esto seguirá funcionando gracias a lo que me has enseñado —respondió Samuel, sin apartar la vista de la sala, donde alguien intentaba, sin mucho éxito, enseñar un paso de baile a un compañero que se negaba a soltar su vaso—. No sé si estoy preparado para hacerlo sin ti al lado.
Alex soltó una risa breve, casi para sí mismo, y durante unos segundos no dijo nada, dejando que el silencio se instalara entre ellos con esa comodidad que solo da haber compartido años de turnos de noche, de coches patrulla con la calefacción estropeada y de silencios que no necesitaban ser llenados con palabras.
Cuando por fin habló, lo hizo con la voz más baja, más seria, la que reservaba para los momentos que de verdad le importaban.
—Vas a estar preparado, Samuel. Llevas preparado desde hace años, y si no te has dado cuenta es porque has estado demasiado ocupado demostrándomelo a mí en lugar de creértelo tú.
—Se giró para mirarlo directamente, con esa intensidad que conseguía que cualquiera se sintiera, por un instante, la persona más importante de la sala—.
Pero hay algo que sí me preocupa, y quiero decírtelo antes de irme, aunque sé que no te va a gustar.
—Adelante.
—No olvides vivir. —Alex hizo una pausa, dejando que las palabras calaran—.
El trabajo no puede ser lo único importante.
Yo he tardado treinta y ocho años y una jubilación forzosa en darme cuenta de que hay vida fuera de estas paredes, y no quiero que a ti te pase lo mismo.
Algún día encontrarás a alguien por quien merezca la pena volver a casa, y cuando eso ocurra, Samuel, no la dejes esperando en la puerta mientras tú resuelves un caso más.
Samuel esbozó una sonrisa que no llegó del todo a sus ojos, la sonrisa de quien ha escuchado un consejo bienintencionado y ha decidido, sin decirlo, que no se aplica a su caso particular.
Llevaba tanto tiempo construyendo su vida alrededor de la placa, de los turnos, de los casos que se acumulaban como capas de una misma historia interminable, que la idea de que existiera algo más grande esperándole fuera le resultaba tan lejana como abstracta.
—Yo ya tengo mi vida, Alex. Está aquí dentro, y me basta.
—Eso es exactamente lo que yo decía a tu edad.
—Alex le dio una palmada en el hombro, firme y cálida, la clase de gesto que decía mucho más que las palabras que lo acompañaban—.
Espero equivocarme contigo. Pero por si acaso no me equivoco, prométeme que cuando aparezca esa persona, no la dejarás pasar de largo por miedo a lo que no conoces.
No hubo más conversación aquella noche sobre el tema.
La fiesta terminó de disolverse poco después, entre abrazos alargados y promesas de llamar, de visitar, de no perder el contacto, promesas que Samuel sabía, con la resignación de quien ha visto despedirse a demasiada gente, que se cumplirían solo a medias.
Ayudó a recoger los últimos vasos de plástico, apagó las luces de colores que colgaban torcidas del tablón, y cuando por fin salió al aparcamiento, encontró a Alex apoyado contra su coche, con la placa ya guardada en el bolsillo de la chaqueta en lugar de en el cinturón, como si el gesto de guardarla marcara, mucho más que cualquier discurso, el final real de una época.
—Cuídate, chico —dijo Alex, tendiéndole la mano y después, cambiando de idea a mitad de camino, atrayéndolo hacia un abrazo breve y torpe, de esos que dos hombres acostumbrados a la formalidad del trabajo no suelen saber dar bien—. Y no te olvides de lo que te he dicho.
—Lo tendré en cuenta —mintió Samuel, aunque en aquel momento estaba convencido de que no mentía.
Vio alejarse las luces traseras del coche de Alex hasta que desaparecieron al doblar la esquina, y se quedó un rato más allí, solo, en el aparcamiento vacío, con el frío de la madrugada calándole la chaqueta y una sensación extraña instalándose en su pecho, algo parecido al vacío que deja un mueble cuando se retira de una habitación y, durante un tiempo, uno sigue viendo su sombra en el suelo aunque ya no esté.
A la mañana siguiente, la comisaría amaneció distinta, y no fue solo por los restos de la fiesta que aún esperaban ser recogidos —las guirnaldas caídas, los vasos olvidados sobre los archivadores, el cartón vacío de la tarta abandonado junto a la máquina de café—, sino por algo más profundo, más difícil de nombrar.
Samuel llegó una hora antes de lo habitual, como hacía siempre, y al pasar frente al despacho que durante quince años había compartido con Alex, se encontró con la puerta entreabierta y el escritorio ya vacío, sin fotografías, sin la taza desportillada con el escudo del equipo de fútbol al que Alex llevaba treinta años siendo fiel pese a que nunca ganaba nada, sin ese desorden particular y organizado a su manera que había definido aquel rincón de la comisaría durante más tiempo del que Samuel llevaba trabajando allí.
Se quedó de pie en el umbral durante un instante que se le hizo eterno, sintiendo por primera vez en toda su carrera algo que se parecía sospechosamente a la orfandad, antes de obligarse a apartar la vista y seguir caminando hacia su propia mesa, porque el trabajo, se recordó, no esperaba a nadie, ni siquiera a quienes acababan de perder a la persona que les enseñó a hacerlo.
No tuvo mucho tiempo para procesar aquel vacío. Apenas se había sentado, con el café todavía humeante y sin probar sobre la mesa, cuando el comisario asomó la cabeza por la puerta con una expresión que Samuel conocía bien, la de los días en que algo grave acababa de llegar a sus manos.
—Necesito que vengas a mi despacho —dijo el comisario, sin más preámbulo—. Ahora.
Samuel se levantó, dejando el café intacto, y siguió al comisario por el pasillo mientras notaba, con una claridad que le sorprendió incluso a él mismo, que aquella sería la primera vez en muchos años que entraba en ese despacho sin la presencia tranquilizadora de Alex a su lado.
El comisario cerró la puerta tras ellos y se sentó pesadamente, señalando la silla frente a su mesa antes de deslizar hacia él una carpeta gruesa, llena de fotografías, informes y recortes de prensa que Samuel reconoció de inmediato: llevaban semanas circulando por la comisaría, entre susurros y reuniones a puerta cerrada, aunque nadie le había dado hasta entonces acceso directo al caso completo.
—La organización que lleva meses operando en la ciudad —dijo el comisario, con la voz baja de quien mide cada palabra— se ha vuelto más agresiva.
Dos extorsiones nuevas esta semana, un empresario que ha desaparecido después de negarse a pagar, y anoche, mientras todos estabais aquí despidiendo a Alex, recibimos el aviso de un secuestro que encaja con el mismo patrón.
—Hizo una pausa, y Samuel sintió el peso de lo que venía antes incluso de escucharlo—.
Necesito a alguien al frente de esto, Samuel.
Alguien con criterio, con cabeza fría y con la experiencia suficiente para no cometer errores. Y ese alguien tienes que ser tú.
Samuel miró la carpeta abierta sobre la mesa, las fotografías de los empresarios extorsionados, los mapas con marcas rojas señalando los puntos donde la organización había actuado, los informes con nombres tachados y preguntas sin respuesta, y sintió que el peso de aquel vacío que llevaba toda la mañana instalado en el pecho se transformaba, poco a poco, en algo distinto: la certeza fría y pesada de la responsabilidad.
Alex se había marchado dejándole no solo un despacho vacío, sino el caso más importante y más peligroso al que se había enfrentado la comisaría en años, y por primera vez en su carrera, Samuel comprendió que no habría nadie a quien acudir cuando las cosas se torcieran, porque esa persona, a partir de ahora, tendría que ser él mismo.
—Cuente conmigo —dijo, con una firmeza que no sintió del todo, cerrando la carpeta con una mano mientras con la otra apretaba, sin darse cuenta, el borde de la mesa—. ¿Por dónde empezamos?
El comisario esbozó algo parecido a una sonrisa de alivio, aunque sus ojos seguían cargados de la misma preocupación con la que había entrado Samuel en aquel despacho.
—Empezamos por la única pista sólida que tenemos —dijo, deslizando otra fotografía hacia él, la de una mujer joven, de mirada decidida y sonrisa ladeada, fotografiada de refilón junto a la entrada de uno de los locales extorsionados—.
Una periodista lleva semanas metiendo las narices en este caso, publicando datos que ni siquiera nosotros teníamos confirmados.
Si sigue así, va a poner en peligro toda la investigación...
o va a resultar la persona más útil que tenemos. Todavía no sé cuál de las dos cosas.
Samuel cogió la fotografía y la observó durante un segundo de más, sin saber aún que aquella mirada decidida, capturada por casualidad en una imagen borrosa, estaba a punto de cambiarle la vida mucho más de lo que ningún caso había conseguido jamás.