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Epílogo

Un año después de la boda, la terraza del bar de la calle Mendoza volvía a llenarse con la luz cálida de un atardecer de finales de verano, y Samuel, sentado a una de las mesas exteriores con la camisa remangada y una copa de vino apenas probada frente a él, observaba a Lucía reír al otro lado de la mesa con una libertad que ya no tenía nada que ver con la mujer tensa y a la defensiva que había conocido, exactamente en aquel mismo lugar, dos años atrás.

El propietario del bar, que a esas alturas los conocía de sobra y que solía guardarles siempre la misma mesa junto a la ventana sin que nadie tuviera que pedírselo, les había traído aquella noche, como cada aniversario, una ración de aceitunas «de la casa» que insistía en no cobrarles jamás, alegando entre risas que aquel local le debía a aquella pareja buena parte de su reputación en el barrio.

—¿Sabes que Alex me llamó esta mañana para preguntarme si ya te había dado la sorpresa?

—dijo Lucía, apoyando la barbilla en la mano mientras lo observaba con esa mirada traviesa que Samuel había aprendido a temer y a adorar a partes iguales—.

Lleva insistiendo toda la semana en que se lo cuente yo primero, dice que se muere de impaciencia.

—Conociéndolo, seguro que ya se lo ha contado a media comisaría antes que a mí.

—Samuel sonrió, dejando la copa sobre la mesa, y algo en el modo en que Lucía se mordía el labio, conteniendo apenas una sonrisa que amenazaba con desbordarla por completo, le hizo enderezarse en la silla con una atención repentina—. ¿Qué sorpresa, Lucía?

Ella no respondió de inmediato, sino que sacó del bolso una pequeña ecografía que llevaba guardada desde la mañana, y la deslizó sobre la mesa hacia él con una ternura que le temblaba en las manos casi tanto como le temblaba a Samuel el pulso al reconocer, sobre el papel brillante, la forma diminuta e inconfundible de una vida que apenas empezaba.

Samuel se quedó mirando la imagen durante un instante que se le hizo eterno, incapaz de encontrar ninguna palabra a la altura de lo que sentía, y cuando finalmente levantó la vista hacia Lucía, con los ojos húmedos y una sonrisa que le ocupaba toda la cara, ella ya estaba llorando también, entre risas nerviosas y la felicidad desbordante de un secreto que por fin dejaba de serlo.

—Vamos a tener un hijo, Samuel. —Lo dijo en voz baja, casi en un susurro, como si necesitara probar aquellas palabras antes de creérselas del todo, y Samuel rodeó la mesa en dos zancadas, arrodillándose junto a su silla para abrazarla con una intensidad que hizo que dos parroquianos de la mesa contigua se giraran a mirarlos con una sonrisa cómplice, acostumbrados ya a que aquella pareja protagonizara, cada cierto tiempo, alguna escena que merecía la pena presenciar.

—Voy a ser padre. —Samuel repitió la frase varias veces, como si necesitara escucharla en voz alta para terminar de creérsela, y sintió que algo en su interior, alguna pieza que llevaba toda la vida esperando encontrar su lugar exacto, encajaba por fin con una plenitud que jamás había imaginado posible—.

Alex va a ponerse insoportable con esto.

Ya lo estoy viendo intentando enseñarle al niño a jugar al ajedrez antes incluso de que aprenda a caminar.

—O intentando convertirlo en el policía más joven de la historia, conociéndolo.

—Lucía rió, secándose las lágrimas con el dorso de la mano mientras Samuel volvía a sentarse frente a ella, todavía aturdido por la noticia, sin soltarle la mano en ningún momento—.

Aunque, pensándolo bien, no me sorprendería que terminara siendo periodista.

Con la cantidad de historias que le vamos a contar sobre cómo nos conocimos, dudo que le quede otra opción.

—Espero que esa historia se la contemos con mucho más humor del que sentíamos en su momento.

—Samuel le besó la mano con una ternura que llevaba dos años perfeccionando, y ambos se quedaron un rato en silencio, contemplando la calle que se oscurecía poco a poco bajo las primeras luces de las farolas, mientras la ciudad seguía su ritmo habitual, ajena por completo a la felicidad tranquila que se respiraba en aquella mesa concreta de aquella terraza concreta.

El caso que los había unido llevaba meses completamente cerrado, con el líder de la organización cumpliendo condena junto al resto de sus cómplices, y con Ortiz, cuya colaboración había resultado decisiva para desmantelar las últimas ramificaciones de la red, cumpliendo una pena reducida en la que, según las últimas noticias que Ramírez les había hecho llegar, se había convertido en un preso modelo, decidido a reconstruir, aunque fuera desde una celda, algo parecido a la dignidad que había perdido por el camino.

Lucía había publicado, meses atrás, un reportaje extenso sobre todo lo ocurrido, cuidadosamente equilibrado entre la crónica rigurosa que su profesión exigía y el respeto por las personas reales cuyas vidas habían quedado marcadas por aquella historia, un artículo que le había valido un reconocimiento profesional que aceptó con la misma modestia genuina con la que había afrontado cada paso de la investigación.

Ramírez, ascendido finalmente tras años de méritos acumulados, seguía siendo la persona en la que Samuel más confiaba dentro de la comisaría, y visitaba con frecuencia el apartamento que Samuel y Lucía habían comprado juntos apenas unos meses después de la boda, un piso luminoso no muy lejos de la redacción del Diario del Sur, con una habitación de más que hasta entonces habían usado como despacho compartido y que, a partir de aquella noche, empezarían a imaginar de un modo completamente distinto.

Alex, por su parte, había encontrado en su jubilación una vida que superaba con creces cualquier expectativa que hubiera tenido: viajaba, cultivaba tomates en un pequeño huerto que cuidaba con el mismo rigor con el que antes llevaba sus casos, y aparecía por sorpresa en la vida de Samuel y Lucía con una regularidad que ninguno de los dos se atrevía jamás a cuestionar, consciente ambos de cuánto le debían, de un modo u otro, a aquel hombre que había insistido, la noche de su propia despedida, en que la vida guardaba todavía algo importante esperando a ser descubierto.

—¿Sabes qué es lo más curioso de todo esto?

—dijo Lucía, ya de vuelta en el silencio cómodo que solía instalarse entre ambos cuando las palabras dejaban de ser necesarias—.

Que si aquel día no hubiera decidido plantarme frente a ese bar dispuesta a no moverme hasta conseguir mis respuestas, quizás nada de esto habría ocurrido nunca.

A veces pienso en lo frágil que fue todo, en lo fácil que hubiera sido no cruzarnos jamás.

—Y sin embargo, aquí estamos. —Samuel le apretó la mano con firmeza, mirando hacia el interior del bar reformado, hacia la persiana que ya no bajaban jamás antes de la hora de cierre, hacia aquel rincón de la ciudad que se había convertido, sin que ninguno de los dos lo planeara del todo, en el centro silencioso de toda su historia—.

Supongo que hay encuentros que estaban destinados a ocurrir, por muy improbables que parezcan al principio.

Y me alegro cada día de que el nuestro fuera uno de ellos.

La noche siguió avanzando despacio sobre la calle Mendoza, con la misma calma luminosa que había presidido cada aniversario desde la boda, y mientras Samuel y Lucía terminaban de cenar entre planes para los meses siguientes —nombres que sonaban bien juntos, habitaciones que había que pintar, una vida entera todavía por construir—, ninguno de los dos pudo evitar pensar, aunque fuera solo por un instante, en Alex, en su consejo pronunciado casi como una advertencia casual la noche de su despedida, y en lo profundamente que aquellas palabras habían terminado por cambiarles la vida a ambos.

No olvides vivir. El trabajo no puede ser lo único importante.

Samuel había tardado casi cuarenta años en aprender aquella lección, pero mirando a Lucía reír bajo la luz cálida de aquella terraza, con una vida nueva creciendo entre ambos y toda una historia compartida todavía por escribir, supo, con la misma certeza tranquila con la que sabía cualquier cosa importante, que había merecido la pena cada minuto de espera.

FIN