34. Un almacén abandonado, Dartford #2
Cuando cierro la puerta, esta chilla de dolor mientras el aparcamiento explota de luz al encenderse de golpe todas las farolas, aparentemente inertes. Damon levanta la pistola mientras la puerta principal de la nave se abre y Aiden sale. Sus labios se tuercen en una sonrisa de suficiencia.
—Ha sido más fácil de lo que pensaba —dice.
Vuelvo a abrir la puerta, pero él levanta la mano—.
Yo no haría eso si fuera tú. Estás sentado sobre una placa de presión.
Quita el peso de encima y… —hace unos fuegos artificiales con los dedos—.
Bum. Se acabó Harrison Waite. —Se mete las manos en los bolsillos y se encoge de hombros—.
Bueno, será mejor que me vaya. Tengo que entregar un poco de droga.
—Lo vemos alejarse, con la boca abierta.
Nos han tendido una trampa y hemos caído en ella como putos idiotas.
—Waite, no te muevas —ladra Hunter por la línea—. Conduce hasta el almacén en desuso del río.
—¿Y esa puta mierda no va a explotar? —gruño, presa del pánico.
—Poco probable —dice Hunter, pero su tono no emana confianza—. ¿Te acuerdas? Donde le sacamos información a aquel niño bonito. Oh, fue una noche brillante.
—Sí —respondo, incapaz de decir mucho más e ignorando su estúpido comentario.
La escena se reproduce en mi mente: yo volando por los aires en mil pedazos.
Trozos de mí esparcidos por todo el aparcamiento, mezclados con metal retorcido.
Mi primer pensamiento es para Violet y nuestro bebé.
Sin mí, estará más expuesta, más vulnerable a él—.
Russ —digo, mientras un terror puro que no había experimentado desde niño consume mi cuerpo—.
Si ocurre lo peor, asegúrate de que ese cabrón nunca se acerque a ellos. Mantenlos a salvo.
—Estamos contigo, hermano —responde con firmeza. Hermano . Al menos, si estos son mis últimos minutos en la tierra, me iré sabiendo que hemos arreglado nuestra relación—. Reúnete con nosotros en el almacén. Te sacaremos de ahí y podrás cuidarlos tú mismo.
Cada kilómetro se hace una eternidad. El montón de chatarra que conduzco se mueve a una velocidad exasperantemente lenta.
—No te pases —dice Hunter, dirigiéndome mientras conducimos.
Si salgo vivo de esta, no volveré a participar en una redada nunca más.
Me quedaré firmemente detrás de mi escritorio y me convertiré en un chupatintas—.
Mantén la presión sobre el pedal constante.
Cuando llegues a tu destino, no apagues el coche.
Ponlo en punto muerto y aparca en un terreno llano para que no tengas que poner el freno de mano.
Limita todo movimiento. No sabemos lo sensible que es esa placa.
—Mis ojos están fijos en la carretera. El corazón me late con tanta fuerza que podría romperme las costillas—. ¡Contéstame! —ladra.
—Sí, lo entiendo —replico secamente. Damon me sigue en su Focus . Se mantiene a unos cincuenta metros, guardando una distancia de seguridad de la puta bomba que estoy conduciendo. Esto es de puta coña.
—Es de buena educación responder —dice Hunter con una risita.
—Los modales no son precisamente mi principal prioridad ahora mismo —le ladro.
—Para ser un hombre de educación privada, Waite, tu actitud deja mucho que desear. —Hunter resopla de risa. Lo fulmino con la mirada aunque no me vea. Esta situación no tiene ni puta gracia.
—Si salgo de esta…
—Cuando salgas —me interrumpe.
—Te voy a patear el culo.
—Eso estoy deseando verlo —responde—. Lo espero con ganas.
El almacén aparece a la vista. Conduzco hacia él; las puertas ya están abiertas de par en par para mí.
Los coches de mis amigos están aparcados a un lado junto con otros vehículos oscuros que no reconozco.
El grupo de hombres está de pie en el centro del vasto espacio, y Connor levanta la mano, indicándome que conduzca hacia él.
Me detengo a su lado y el coche se apaga.
Todos contenemos la respiración colectivamente.
—¡Te dije que no lo apagaras, joder! —brama Hunter, acercándose furioso al coche y abriendo la puerta de un tirón. Me agarra por el cuello—. ¡Haz lo que te digo, coño!
—¡No lo he apagado! —protesto—. Se ha calado.
Deja de ser un puto neandertal y ayúdame a salir de este lío.
—Le clavo las uñas en la piel y él aparta la mano de un manotazo.
Otro hombre que no conozco se acerca al coche.
Es alto y delgado, con gafas en la punta de la nariz.
Un empollón de la informática, por lo que parece.
Sin decir palabra, se agacha a mi lado, luego se pone de rodillas y se asoma por debajo del asiento.
—Hay un temporizador —dice—. Tenemos cinco minutos. —Me mira y yo le devuelvo un parpadeo.
—¿Quién es usted? —pregunto con voz áspera.
—Dan —responde—. Y por mucho que me encantaría presentarme como es debido, estoy seguro de que puede esperar a que estemos en terreno más seguro.
—Joder —mascullo, pasándome una mano por el pelo.
—Señor Waite, por favor, no se mueva. No tengo tiempo para hacer una inspección completa del dispositivo, pero teniendo en cuenta que no explotó cuando se sentó, puedo suponer que quitar la presión de la placa hará que detone.
—Entonces, ¿no explotará cuando el temporizador llegue a cero a menos que me levante? —pregunto, esperanzado.
—Oh, no, entonces sí que explotará.
—Estoy jodido sea como sea —gruño, furioso por haber sido atrapado así. Por que me la haya jugado un hombre al que odio.
Dan ignora mi arrebato. —Señor Waite, voy a intentar reequilibrar la presión mientras lo sacamos del dispositivo. Con suerte, esto evitará la detonación. Pero en cuanto esté fuera del coche, tiene que correr.
—¿No puede desactivarlo? Ya sabe, ¿cortar un cable o algo?
—Por desgracia, no, es demasiado arriesgado.
He visto a demasiada gente volar por los aires por cortar un cable equivocado.
—Se levanta y rodea el coche por el lado del pasajero, abriendo la puerta y arrodillándose en el asiento—.
Quiero que se mueva ligeramente a su derecha.
Voy a aplicar pesos a la placa a medida que se mueva para intentar engañarla.
—¿Ha completado esta tarea con éxito antes? —Tan pronto como la pregunta sale de mis labios, me arrepiento.
—Una vez —dice, sin mirarme, demasiado ocupado colocando pequeñas pesas en el compartimento entre nosotros—.
Las otras veces, bueno, digamos que la mayoría sobrevivieron.
Yo sigo aquí, en cualquier caso. —Me mira directamente a los ojos—.
Tenemos unos tres minutos. Lo sacaremos de aquí si hace todo lo que le digo.
Asiento, respiro hondo y me giro hacia Hunter, que está de pie junto a la puerta del conductor. Russell y Connor, detrás de él. —Ahora, largaos —les digo—. Alejaos de este montón de mierda. —Sin decir palabra, todos se dan la vuelta y se alejan.
—¿Qué es eso? —pregunta Dan, distrayéndome al señalar un sobre en el salpicadero del que no me había dado cuenta.
Lo coge y me lo pasa. Mi nombre está escrito en el frente—.
Léalo cuando esté fuera de aquí. Ahora, empiece a moverse muy despacio.
—Otro hombre ha aparecido a mi lado, agachado, observando lo que debe de ser el temporizador.
—Dos minutos —informa—. Pero se está acelerando. —Dan va colocando una pesa en el asiento cada vez que me muevo.
—Ahora, necesito que saque la pierna derecha del vehículo y ponga la mitad de su peso en ella. —Hago lo que me dice—. Temporizador —pregunta. El hombre a mi lado entrecierra los ojos para ver la bomba bajo mi asiento, alrededor de mi pierna.
—Un minuto.
Echo un vistazo. Está sosteniendo la última pesa.
—Cuando coloque esto, corra. Todos corremos. —Gruño en respuesta. El hombre que vigila la cuenta atrás se levanta. Con el misterioso sobre firmemente en mi mano, me levanto y corro en cuanto la pequeña pieza de metal se coloca en el asiento.
Los que todavía estamos cerca del coche nos dispersamos como canicas.
En cuestión de segundos, la explosión estalla, lanzándonos a todos hacia delante.
Aterrizo en el duro suelo sobre las manos y las rodillas.
La grava se me clava en la piel. Todo escuece.
Cuando me doy la vuelta, veo el triste coche de mierda ya ardiendo con fuerza, las cenizas volando hacia el cielo con las llamas.
Mis hombres y amigos están de pie en los bordes exteriores, observando.
Todos se mueven hacia mí, rodeándome como si fuera un sacrificio.
El sobre sigue apretado en mi puño, de alguna manera.
—¿Una carta de amor, Waite? —dice Marshall, señalando el papel en mi mano.
—Estaba en el coche —le digo—. Tiene mi nombre.
—Todo esto es de putos locos.
—Pues ábrelo —dice Russell. Cuando levanto la vista, está de pie sobre mí, mirándome. Me incorporo para sentarme y los hombres se agrupan más mientras saco una foto de la ahora sucia funda blanca.
Aparece una imagen. Una mujer. Una mujer desnuda tumbada en una cama con las piernas abiertas. Tardo un momento en procesar quién es. Violet sonríe sensualmente a la cámara, con los ojos excitados, lista para ser tomada. En la parte inferior hay un mensaje.
Recuerda que yo también he estado ahí.
Rompo la imagen y la tiro. —¿Qué había en el sobre? —pregunta Connor con firmeza. Está de pie al fondo, observando en silencio. Está demasiado lejos de mí para poder ver la imagen.
—Algo que no querrías ver —digo, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho mientras mi ira explota.
—Este cabrón va a caer —gruñe Russell—. He visto esa foto, y nadie le hace eso a mi hermana.