Harrison (The Level 1) 34. Un almacén abandonado, Dartford
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34. Un almacén abandonado, Dartford

Un almacén abandonado, Dartford

Harrison

—Ha dicho que sí —le digo a Damon, que está sentado a mi lado en el coche. Es medianoche y estamos aparcados frente a una nave industrial donde se supone que tendrá lugar el intercambio. No hay señales de vida, ni siquiera una luz en el aparcamiento.

—Me habría decepcionado si hubiera dicho que no —responde—. Después de tu lamentable intento, desde luego que ha sido toda una declaración de intenciones —se ríe entre dientes—. ¿Cuánto te ha costado el anillo?

—Ni preguntes —gruño—. Digamos que ha habido un recargo elevado por el servicio fuera de horario, tanto por el anillo como por las flores.

A ninguno de los dos dueños de los negocios le ha hecho gracia que los interrumpiera a medianoche en plena Nochebuena.

He tenido que pagarles generosamente por el privilegio.

—Habrá valido la pena cuando arregles el papeleo —dice con un guiño—.

Todavía no me puedo creer que usaras los trámites legales como motivo para pedírselo.

Connie me habría matado si yo hubiera hecho eso.

Probablemente nunca se habría casado conmigo.

—Hace una pausa, y sus pensamientos se dirigen claramente a su difunta esposa.

Ahora es más feliz, pero sé que hay momentos en los que todavía la echa de menos.

Siempre lo hará, por mucho que la vida siga adelante.

A ella se la arrebataron. Nunca fue una elección.

—No ha sido mi mejor idea —convengo—, pero, por suerte, parece que he salvado la situación.

—Y bien, ¿cuál es el plan? ¿Cuándo será el gran día?

—Podemos presentar la solicitud el cuatro de enero, no consigo cita antes por las fiestas.

Tenemos que esperar veintiocho días antes de la ceremonia.

Reservaré el registro para el 1 de febrero y rezaré para que no tenga a los bebés antes de esa fecha.

—Pongo los ojos en blanco—. Con la suerte que tengo, se pondrá de parto el día antes.

—Bueno, al menos solo tienes que lidiar con una novia histérica durante unas semanas. Los meses previos a mi boda fueron una tortura: cada detalle se revisaba, se volvía a revisar y luego se cotejaba en una hoja de cálculo. —Se pasa una mano por el pelo, sonriendo para sí—. Dos veces.

—Con suerte, Violet estará demasiado ocupada terminando de hornear a nuestro bebé como para preocuparse demasiado —digo.

—No estés tan seguro. Las bodas y las mujeres son temas intensos, sobre todo cuando se trata de organizar la suya. Te apuesto cien libras a que llenará tu mesa de centro de revistas de bodas en menos de una semana. —Sonríe, levanta una ceja y me tiende la mano—. ¿Te apetece una pequeña apuesta?

—Hagámoslo interesante —respondo, estrechándole la mano—. Que sean mil.

—Cuidado, que tienes una boda que pagar.

Mi móvil suena, interrumpiendo la conversación. La voz de Marshall llena el coche. —No me gusta nada esto, chicos —dice—. Algo no me cuadra. Quizá se han asustado.

—Deja de ser tan cenizo —lo reprende Hunter—. Vendrán. Nuestra información es fiable. —En ese momento, un pequeño coche rojo entra en el aparcamiento de la nave que estamos vigilando. Mi móvil vuelve a sonar; es Russell. Lo añado a la llamada en curso.

—Estamos todos en línea —les digo.

—¿Esto es una especie de broma? —espeta Russell—. Un gran trapicheo de drogas con un Fiesta . ¿Pero qué puñetera banda es esta?

Damon resopla a mi lado y niega con la cabeza. —No todos los capos de la droga conducen un Rolls Royce —dice—. He hecho suficientes vigilancias como para saber que los coches más discretos son los que mejor funcionan.

—Eso no es un coche —dice, molesto por el desafío de Damon—. Es un puto kart.

—Parece que solo hay una persona dentro —digo, tratando de que volvamos a centrarnos en los acontecimientos.

Un hombre sale del diminuto vehículo y cierra la puerta.

Va vestido todo de negro con la capucha puesta; es imposible ver quién es.

Esconde la llave encima del neumático trasero y luego se aleja por detrás del edificio.

Hay un paso subterráneo al otro lado del polígono industrial.

—Le pondremos un localizador al coche y luego lo seguiremos —dice Connor.

Se oye el sonido de puertas de coche que se abren y se cierran—.

Mantenednos informados. Seguiré en la línea.

—Vemos cómo Connor aparece desde un callejón a la derecha de la nave.

Solo sé que es él por la banda reflectante que todos acordamos llevar, en caso de tiroteo, que rodea su manga oscura.

Se detiene en las sombras, luego corre hacia el pequeño coche rojo y se agacha para colocar un localizador bajo el parachoques trasero.

Desaparece en la dirección por la que vino.

—Localizador colocado —dice—. Russell, ¿sigues teniendo a la vista al conductor?

—Por supuesto —responde—. Se dirige hacia el río. Te veo en el viejo y destartalado puente, a menos que se desvíe. —Connor gruñe en señal de reconocimiento y, a continuación, el único sonido en la línea es su respiración mientras ambos corren.

Continuamos observando la nave industrial desierta durante diez minutos: ningún movimiento, nada.

Finalmente, dos grandes furgonetas negras con las luces apagadas pasan junto al coche aparcado.

Reducen ligeramente la velocidad, pero no se detienen.

Dan vueltas por las calles durante diez minutos, pasando junto al pequeño vehículo innumerables veces.

En lo que debe de ser su décima pasada, la furgoneta de atrás se detiene y un hombre alto y delgado se baja.

Se acerca al coche pequeño y recoge la llave mientras sus compañeros se marchan sin esperar.

—¿Te apetece participar en un robo de coches? Con solo un hombre, podemos interceptarlo —dice Damon. Levanta las cejas—. Sé que te crees un agente secreto. Incluso te dejaré conducir.

—Vamos a entrar —les digo a los que escuchan, con la emoción recorriéndome las venas.

Siempre he querido fingir que estoy en las películas de Fast and The Furious , aunque habría preferido un coche mejor—.

Si conseguimos el coche, podemos llevarlo al garaje de Damon, desmontarlo allí y ver qué encontramos.

—Vale —responden al unísono.

Damon y yo salimos del coche. Hay un silencio inquietante; nada se mueve ni se oye en la noche.

Mis ojos escrutan la zona, buscando constantemente amenazas adicionales.

Nos acercamos sigilosamente al hombre que está inclinado sobre el lado del conductor del vehículo.

No nos ve acercarnos hasta que Damon le apunta con la pistola a la nuca.

El cautivo de Damon levanta automáticamente las manos en el aire.

—Nombre —ladra Damon. Como el hombre no responde, le da un toque en la cabeza con la pistola—. Nombre.

—Logan —responde, sorprendentemente relajado para tener una pistola apuntándole.

—¿Para quién trabajas?

—Para nadie —dice con desdén. Está medio dentro y medio fuera del coche, con un pie todavía en el hormigón. No se ha sentado en el asiento del conductor.

—Vale, Logan. Si quieres jugar a ese juego, ¿puedes decirme por qué vas a recoger este coche en particular esta noche?

—Me gusta robar coches para dar una vuelta.

Este parecía una presa fácil —dice, mientras su rostro se contorsiona en una sonrisa oscura.

Me quedo detrás de Damon, observando las reacciones de Logan a través de la ventanilla trasera con los dedos apoyados en la pistola de mi cinturón—.

No es como si tuviera algún valor. Nadie echaría de menos este pedazo de chatarra.

—Se gira, mira por encima del hombro, levanta las cejas y luego las menea.

Damon responde bajando el cañón de la pistola hasta sus labios.

—Abre —ordena—. Será menos engorroso cuando te vuele la cabeza.

—¿No te parece un poco dramático? —Logan agita las manos, se encoge de hombros y hace ademán de salir del vehículo—. Toma. Si tanto quieres esta tartana, quédatela.

—No te muevas ni un puto milímetro. —Logan se detiene de inmediato y fulmina a su oponente con la mirada—. ¿Quiénes eran los hombres de las furgonetas negras?

—Mis… —hace una pausa—, socios en un club de robar coches. —Pongo los ojos en blanco con frustración. Este tío es un capullo—. Damos vueltas, encontramos coches abandonados, corremos por las calles y luego los dejamos tirados.

Damon mira a Logan y luego a mí. —¿Tú qué opinas, Waite?

—Esto parece demasiado fácil —digo, con mi confianza flaqueando—. No puede ser tan sencillo. Un solo hombre para impedir que robemos un cargamento de heroína.

—A veces lo es —responde Damon—. Con menos hombres implicados, es más fácil mover la mercancía discretamente.

—Acepto su justificación, pero no me hace sentir mejor—.

Podría ser un señuelo, pero es poco probable con la fuente de la información que tenemos —añade—.

Y al no mencionarse ninguna ubicación contradictoria, no lo creo.

Logan suspira audiblemente, aburrido. Damon levanta la pistola y le da un fuerte golpe en la cabeza con la culata.

Su víctima cae al suelo inconsciente. Lo agarro por los pies y lo aparto para que quede a unos tres metros del coche, lo suficientemente cerca como para atraparlo si corre, pero lo bastante lejos como para que no nos ataque desde abajo.

Ambos nos quedamos mirando el vehículo. Es viejo. El óxido cubre los pasos de rueda y se extiende por el maletero. El parabrisas delantero está agrietado por el centro. La tapicería de todos los asientos está manchada por el tiempo y rasgada, dejando al descubierto el relleno amarillento.

—Elegante —mascullo—. Mi primer golpe y me toca un coche de mierda. —Damon se ríe y se hace a un lado para dejarme pasar. Me siento en el asiento del conductor y giro la llave en el contacto—. ¿Para qué lo robaría si no supieran lo que hay dentro?

—Lo sabía —responde Damon—. Siempre utilizan a su miembro más prescindible de la banda para estas cosas. Alguien a quien no echarán de menos.

—¿Esperamos a llevarlo al garaje para registrarlo?

Damon asiente.