35. Apartamento de Harrison y Violet, The Level
Apartamento de Harrison y Violet, The Level
Violet
Llevo toda la noche despierta, esperando.
Aún no ha llegado a casa y estoy empezando a preocuparme.
El reloj marca las seis de la mañana. La señora D.
vuelve a asomar la cabeza por la puerta de mi dormitorio; ha vuelto esta tarde de su visita familiar y no me ha dejado sola ni un momento.
—Ya viene de camino —dice con una sonrisa—. Y está sano y salvo.
Un suspiro de alivio se me escapa entre los dientes y el cuerpo entero se me relaja al instante. La emoción me embarga y rompo a llorar de inmediato. Unos lagrimones me recorren las mejillas. Me incorporo mientras ella se acerca a la cama, se sienta y me rodea con sus brazos.
—Desahógate —susurra.
—Estoy haciendo el ridículo —murmullo contra su hombro.
—No, querida —dice apartándome para mirarme a los ojos—.
Eres una mujer en un estado de gestación muy avanzado que ha pasado por un infierno.
Es perfectamente normal sentirse así. Llora todo lo que quieras, pero asegúrate de reír también en la misma medida.
—Me sonríe amablemente y luego me besa en la frente antes de abrazarme una vez más.
Diez minutos después, la puerta de nuestro dormitorio se abre.
Entra Harry y se detiene al vernos. Lo miro de arriba abajo: tiene la cara casi negra, cubierta de una sustancia desconocida.
Los vaqueros tienen las rodillas arrancadas.
Tiene manchas de sangre en las manos y por los brazos.
—No pasa nada, Vi —dice con suavidad—. Ya estoy en casa.
—Se acerca a mi lado; los brazos de la señora D.
me sueltan cuando él me agarra, y yo empiezo a llorar de nuevo.
Hundo la cara en su pecho y él apoya la barbilla en mi cabeza, como ya ha hecho otras veces—.
Ya estoy en casa —susurra de nuevo con ferocidad, y luego me abraza con más fuerza.
—Os dejaré a solas —dice la señora D. Harry murmura un agradecimiento y ella se va, cerrando la puerta silenciosamente a su espalda.
Respiro hondo, intentando contener la emoción que se me desborda.
Tras cerrar los ojos con fuerza, los abro y enderezo los hombros para poder mirarlo.
Él sonríe y mis nervios se calman. Está aquí y está vivo.
—¿Qué ha pasado? —pregunto. Su mirada recorre mi cara, sopesando qué decir—. Dime la verdad.
—Era una trampa. Había una bomba —dice, y yo me quedo sin aliento, completamente aturdida. Sabía que este mundo era oscuro, pero nunca pensé que un artefacto tan malvado como una bomba entraría en mi vida.
—¡Una bomba! —grazno.
—Estoy bien. —Su voz es firme—. Estoy aquí sentado a tu lado.
Pero no voy a fingir que no ha sido de puto miedo.
—Le cojo las manos y les doy la vuelta. Están cubiertas de sangre seca; los arañazos le suben por los brazos por debajo de las mangas de la camisa.
Le desabrocho el botón del puño y le subo la manga.
Él hace una mueca de dolor cuando la tela se desliza sobre la piel herida.
—Tienes que limpiártelos. Voy a prepararte un baño —le digo, sacando las piernas de la cama. Él me toca la parte baja de la espalda cuando me levanto.
—Me gusta que lleves mi ropa —dice con voz ronca.
Me bajo la camiseta de algodón que estaba en el cesto de la ropa sucia.
Olía a él y me dio algo de consuelo mientras estaba sola en nuestra cama.
La tela se tensa sobre mi vientre hinchado, y se me marcan el ombligo y los pezones—.
Pero me gustas aún más sin ella. —Siento un vuelco en el estómago.
—Ahora no es el momento —lo regaño, y él se ríe.
—Cualquier momento es bueno —replica, y luego desliza los dedos entre mis piernas.
—No, voy a prepararte un baño. —Le aparto la mano de un manotazo y él pone los ojos en blanco.
—Aguafiestas —dice con los labios, y yo me inclino para besarlo.
Nuestros labios se presionan suavemente y él me toca la cadera con los dedos—.
Pensé que os iba a perder a los dos antes siquiera de que empezáramos —dice con tristeza—.
Era la realidad más desgarradora que podía imaginar: no tener esta vida contigo.
—No necesito decir nada, él lo ha dicho todo. La vida sin esto no tendría sentido.
***
El agua humeante y caliente llega hasta unos centímetros por debajo del borde de la bañera.
He añadido unas sales de baño con aloe vera para ayudar a aliviar el escozor de sus heridas.
—El baño está listo —le digo en voz alta, y él aparece en nuestro cuarto de baño, se acerca por detrás de mí y me rodea con sus brazos.
Sus labios se posan en mi cuello; lo espolvorea con suaves besos.
—¿Vas a acompañarme? —me susurra al oído—.
Hay sitio de sobra para dos. —Me quito la camiseta por la cabeza como respuesta, luego me doy la vuelta y le desabrocho la camisa.
Cae al suelo en un charco de algodón blanco y sucio.
Me arrodillo y le desabrocho la bragueta, bajándole los vaqueros destrozados por su tenso trasero, y luego repito el proceso con los bóxeres y los calcetines.
Me arrodillo frente a él, con las manos en las rodillas.
Su polla se endurece. Subo el cuerpo, le paso la lengua desde los huevos a lo largo de su miembro y él gime, un sonido profundo y gutural que le sale de las entrañas.
—Al baño, antes de que nos embalemos —dice sin rodeos.
Me levanto y me bajo mi sencillo tanga negro hasta los pies.
Me coge de la mano y me lleva al borde de la bañera.
Entro y él me sostiene el peso, asegurándose de que no pierda el equilibrio.
—De rodillas —ordena. Obedezco. Se mete en la bañera, de cara a mí.
El agua se derrama por los lados, salpicando el suelo de baldosas blancas.
Cojo una esponja de la pequeña estantería de cristal donde está el champú, luego le cojo una de sus manos y la pongo con la palma hacia arriba.
Lentamente, le paso la esponja por la piel, limpiando los restos de una noche aterradora.
Cierra los ojos y su rostro se contrae cuando le escuece.
Repito el proceso en cada centímetro de su piel, limpiando la suciedad.
Una vez que la suciedad más evidente ha desaparecido de su cuerpo, cojo el bote azul que hay en la estantería y me echo un poco de líquido cremoso en la mano.
Él está sentado con la espalda apoyada en el extremo de la bañera.
Me adelanto para sentarme a horcajadas sobre él.
Su miembro duro me toca los labios mientras me siento, y él gime.
Cojo el champú y se lo froto en el cuero cabelludo.
Con los ojos aún cerrados, mi pezón le roza los labios.
Saca la lengua y lame el pezón, luego se lo mete en la boca, succionando suavemente mientras le lavo el pelo.
—Tengo que aclararte el pelo —murmullo, sin aliento.
El vaso de plástico está a un lado. Él murmura en señal de acuerdo, pero sigue succionando, aumentando la presión a cada segundo.
Froto mi coño contra él. Esto es lo más cerca que hemos estado de una penetración completa desde nuestra noche de junio, cuando aparecí por primera vez. Hemos hecho de todo menos eso.
Tras echarle varios vasos de agua por encima, la espuma se desliza lentamente por su piel. Utilizo el pulgar para quitarle el exceso de espuma de los ojos. Los abre, sonriendo como si yo fuera un manjar que quisiera devorar. Meto la mano bajo la superficie, lo agarro y lo coloco en mi entrada.
—Violet —advierte—, querías esperar. —Levanta las cejas y desliza las manos bajo mi culo, sosteniéndome.
—Ya no quiero —siseo, con el pecho subiendo y bajando, la excitación desbordándose.
Mi coño grita que lo llene. Esto es algo que quiero hacer por él, por nosotros.
Casi lo pierdo. Quiero demostrarle exactamente lo mucho que significa para mí—.
Suéltame el culo para que pueda follarte, Harry. Lo quiero ahora.
Me suelta lentamente y yo me siento, absorbiéndolo. En este momento, lo siento en cada parte de mí: en mi coño, en todo mi cuerpo, pero sobre todo, envolviendo mi corazón. Estamos conectados de la forma más íntima posible. Los dos, juntos, por fin.
Voy despacio, mis caderas se mecen a un ritmo silencioso.
Mi barriga está presionada contra sus abdominales, aunque él esté tumbado en ángulo.
Gime suavemente mientras me muevo. Sus manos están en mis caderas, apoyándome pero sin interferir en mi ritmo.
Mi orgasmo va creciendo con cada roce suyo dentro de mí, empujando mi cuerpo hacia el clímax.
Le acaricio las mejillas con las yemas de los dedos, sosteniendo su hermoso rostro entre mis manos; sus ojos no se han apartado de los míos.
Cada uno observa cada reacción del otro mientras yo tomaba el control de su cuerpo y lo usaba para el placer de ambos.
—Eres mío —digo con fiereza—. Y yo soy tuya.
—¿Me lo estás preguntando o me lo estás diciendo, Vi? —Me dedica una sonrisa descarada y dejo de cabalgarlo. Me aprieta la piel, flexionando los dedos para animarme a reanudar mis movimientos.
—¿Tú qué crees? —digo con una sonrisa burlona.
—Creo que vuelves a provocarme y que eso acabará con un azote en ese culo perfectamente rosado que tienes.
Muévete. —Niego con la cabeza. Una mano fuerte se levanta; sus dedos pellizcan uno de mis pezones y lo retuercen.
Mi cuerpo se convulsiona por la inesperada sensación—.
Muévete —gruñe. Mi coño sufre un espasmo ante la orden, y vuelvo a balancearme, con movimientos cortos y bruscos mientras la punta de su polla golpea mi punto G—.
Así me gusta, mi niña. Monta en lo que es tuyo.
Estoy aquí para que hagas lo que te plazca. Demuéstrame a quién pertenezco.
Sus palabras son demasiado. El orgasmo que se ha ido gestando desde que lo acogí dentro de mí hace añicos mi cuerpo. Un puro éxtasis recorre mi piel mientras me deshago y él toma el control de mis caderas, guiándolas para terminar lo que yo empecé.