32. Apartamento de Harrison y Violet, The Level #2
—Sí —dice, abriendo los ojos y fijándolos en mí—.
He descubierto que no me parezco en nada a él.
El hecho de que su ADN corra por mis venas no me define.
La familia es lo que tú haces de ella. —Se inclina y me besa suavemente en la punta de la nariz—.
Me he dado cuenta de que de dónde vengo no es importante.
Lo que importa es el hombre que soy ahora.
—Levanta la mano, me acuna la barbilla y pasa el pulgar por mi labio inferior—.
Y a partir de hoy, tú y este paquetito seréis mi centro de atención absoluto.
Me pasaré la vida complaciéndote. Os adoro a ambos más de lo que jamás podría demostraros.
Levanto las manos y las enrollo alrededor de su cuello.
Me toma la boca con la suya, besándome con la fuerza suficiente para dejarme un hematoma en los labios.
Cuando se retira, me escuecen un poco. —Eres mía, Violet —gruñe—.
Siempre lo has sido, joder. La primera vez que te hice mía en tu dormitorio, lo supe.
Eso fue lo que me aterrorizó. Al deslizarme dentro de ti, nuestra conexión fue innegable.
—Dijiste que lo que hicimos estaba mal —murmuro.
—No mal, pero no fue como debería haber sido. No debería haberte quitado la virginidad así. Debería haber sido especial. Merecíamos la oportunidad de intentarlo. Nunca llegó, y aprovechamos la única oportunidad que pudimos.
—Fue especial —le digo—, porque fue contigo. Y ahora que vamos a empezar una vida juntos, nos enfrentaremos a muchos nuevos retos codo con codo.
—Pensaba que íbamos a irnos a la cama antes de empezar con la conversación profunda —dice con una sonrisa pícara.
—Perdón —mascullo.
Desliza un dedo por el interior del escote de mi camiseta, empujando hacia abajo para que la tela caiga por debajo de mis pechos, dejándolos al descubierto.
Me pellizca un pezón entre los dedos y lo retuerce suavemente.
Sus ojos no se apartan de los míos, atento a cada reacción a su tacto.
Sus labios cálidos y húmedos se posan en mi cuello mientras continúa su asalto a mis pezones con los dedos.
Sus besos son suaves, empiezan debajo del lóbulo de mi oreja y se desplazan hacia el sur. Un gemido se escapa de mis labios.
—¿Te gusta? —dice, y gimo en respuesta mientras me besa la clavícula.
Mueve las manos a mis costados y recorre suavemente con los dedos la tela de mi camiseta, de arriba abajo.
Siento un hormigueo en la piel bajo su tacto, una sensación familiar que aparece entre mis piernas—.
Eres tan sensible —susurra—. Tu cuerpo reacciona al mío en todos los niveles.
Me encanta sentirte temblar bajo mis dedos.
—Hazme temblar con esos dedos mágicos —digo, y él se ríe—. Llévame al límite y luego empújame al abismo.
—¿Dormitorio o sofá? —pregunta con los ojos encendidos.
Se me corta la respiración. —Sofá. —Asiente con aprobación, luego se agacha y me baja los pantalones del pijama por las piernas. Ni siquiera me he molestado en vestirme hoy—. ¿Dónde me quieres?
—¿Te sientes cómoda a cuatro patas?
—Seguro que puedo apañármelas.
—Arrodíllate en el sofá y apoya las manos en el reposabrazos.
—Me observa mientras me coloco en posición y luego se pone a mi lado, trazando un solo dedo desde la base de mi cuello, bajando por mi espalda hasta mi culo—.
Separa más las rodillas —ordena—. Baja la cabeza y cierra los ojos. —Le oigo alejarse.
—¿Adónde vas?
—Lo sabrás en un minuto. Quédate así, valdrá la pena, te lo prometo.
—Se oye el ruido de puertas que se abren y se cierran, y luego algo que se coloca en la mesa de centro.
El chasquido del cuero al ser arrancado de la tela vaquera me sorprende.
Oigo el cinturón caer al suelo. Cuando echo un vistazo, está de pie a mi lado vestido solo con sus vaqueros, con el botón desabrochado—.
No mires —me regaña, dándome una fuerte palmada en el culo.
Cierro los ojos de golpe, pero no sin antes ver el cuenco con cubitos de hielo sobre la mesa. Joder, tiene un plan—. ¿Estás lista?
—Sí —susurro, sin aliento. Mi mente da vueltas con los posibles usos de un cubito de hielo. Me coloca tres en la espalda. Uno en los omóplatos, otro a mitad de la espalda y un último justo encima de la raja del culo.
—Vas a mantener esa postura, Violet, hasta que se derritan —dice—.
Quiero que te concentres en cómo se disuelven lentamente, recorriendo tu cuerpo.
Este. —Su dedo roza la piel del que está más abajo—.
Se filtrará hasta aquí. —Pasa el dedo entre las nalgas de mi culo—.
Hasta aquí. —Su dedo llega a mi coño, y toca mis labios ya húmedos—.
Si se caen antes de haberse derretido, te castigaré.
Quiero que aproveches el tiempo para pensar en cómo te haré sentir esta noche y cómo lo conseguiré.
—Se coloca delante de mí—. Ojos abiertos, cabeza alta.
Cuando levanto la vista, estoy a la altura de su entrepierna.
Se baja los vaqueros por las piernas. No lleva ropa interior.
Su polla cuelga pesadamente delante de mí.
Llevándose ambas manos a mi pelo, envuelve los mechones en sus dedos y luego mueve las caderas hacia mí.
—Abre —dice. Obedezco y me mete la polla en la boca—.
Recuerda, no dejes que se caigan esos cubitos.
—Sus embestidas son suaves al principio.
Estoy concentrada en las gotas heladas que recorren mi cuerpo mientras él embiste entre mis labios.
Con cada embestida, mi excitación aumenta, y entonces siento que el cubito de mis hombros se desliza… y se estrella contra el suelo.
—Vaya —dice, retirándose y caminando hacia mi lado.
Vuelve a cogerme el pelo con la mano, echándome la cabeza hacia atrás.
La otra me da un azote inesperado en el trasero.
Hago una mueca de dolor y los cubitos de hielo restantes siguen al primero—.
Niña mala —gruñe, y luego me azota de nuevo—.
Pero joder, qué bien te ves así. —Un golpe más impacta en mi piel—. ¿Te ha dolido?
—Sí, me ha escocido —tartamudeo. Me masajea el trasero con dedos ágiles donde me ha golpeado.
—Entonces te debo una disculpa —dice, tumbándose en el sofá y alineando su cara con mi coño—.
Siéntate. Pon esas piernas a cada lado de mi cara y siéntate de una puta vez.
—Me incorporo, nerviosa de que esté debajo de mí con el tamaño que tengo ahora—.
Siéntate —gruñe, rodeándome los muslos con los brazos y tirando de mí hacia su lengua.
Me lame el clítoris; por instinto me muevo, disfrutando del zumbido que se está formando, necesitando la fricción.
Aprieta su agarre, animándome a bajar más, y luego desliza su lengua dentro, recorriendo mi entrada.
—Joder, Violet. Deja que esos fluidos perfectos fluyan en mi boca.
Quiero bebértelos. Soy un hombre sediento.
—Flexiono las caderas con más fuerza, y su boca come con urgencia, queriendo saborear hasta el último sorbo.
Su lengua vuelve a mi clítoris y presiona con fuerza.
Me dejo llevar y le doy lo que quiere. A mí.
Mi orgasmo estalla, todo mi cuerpo tiembla de presión y luego viene la deliciosa liberación.
Después, yacemos abrazados, envueltos en una manta en el sofá.
Él está detrás de mí, con una mano protectora sobre mi vientre.
Se apoya en el otro codo y me mira. —Hay algo de lo que tenemos que hablar —dice, y lo miro de reojo—.
Marley ha dejado claro que tiene la intención de ponerse en contacto cuando nazca nuestro bebé.
—Mi corazón se hunde. Después de unas horas maravillosas, los problemas todavía tienen que ser discutidos—.
Tenemos que bloquear cualquier reclamación que tenga, lo mejor que podamos. ¿Qué te parecería que nos casáramos?