30. La sala de juntas de The Level
La sala de juntas de The Level
Harrison
Violet se aferra a mí como si le fuera la vida en ello.
Está sentada en mi regazo en la sala de juntas mientras todos llegan, con la cabeza hundida en mi cuello y las lágrimas aún corriéndole por la cara.
No quería quedarse sola en el apartamento y, con la señora D.
fuera, no había nadie que pudiera ayudar.
Así que ha venido conmigo. No me gusta tratar asuntos de negocios en mi casa si puedo evitarlo.
Es importante que tenga un lugar seguro, alejado de la oscuridad.
Un lugar donde las luces estén siempre encendidas.
—Feliz puta Navidad —espeta Russell al entrar, pero se detiene en seco cuando nos ve—.
Violet, ¿qué ha pasado? —Prácticamente corre alrededor de la mesa y se agacha junto a su hermana.
Sus ojos la recorren frenéticamente, intentando detectar el problema.
Es lo más vulnerable que lo he visto nunca—.
Violet, ¿está bien el bebé? —dice de nuevo—. Háblame, por favor.
—Tanto Violet como su bebé están bien —le aseguro yo.
Su atención se centra en mí. —¿Ese cabrón tiene algo que ver con esto?
—gruñe, y yo asiento. Con una sola mirada cómplice, la tensión entre nosotros se desvanece.
Nos unimos en silenciosa solidaridad para buscar venganza por la mujer destrozada que tengo en mis brazos.
Una mujer a la que ambos queremos y por la que nos hemos preocupado durante décadas.
Puede que Violet sea el catalizador que necesitamos para sanar nuestra amistad rota.
Puede que no solo me traiga amor, sino que también me devuelva a mi mejor amigo.
Connor aparece con Marshall y Hunter. Examina la sala y frunce el ceño cuando sus ojos se posan en la escena que me rodea. —¿Y Damon? —pregunta.
—Es el día de Navidad y tiene una hija —respondo—. Va a llamar.
Los tres hombres se sientan, pero Russell permanece de rodillas al lado de su hermana, asegurándole que, sea lo que sea que vaya mal, entre todos lo arreglaremos. No va a salir herida. Trabajaremos todos juntos, como un equipo.
El llanto de Violet se calma, su cuerpo se relaja contra el mío.
No mira a nadie. Russell acerca una silla a su lado y se sienta.
La atención de todos se posa en mí, esperando una explicación de por qué he convocado una reunión de emergencia aquí el día de Navidad.
En cuanto Violet había salido corriendo de la habitación, tirando y rompiendo la taza contra el suelo, yo había sacado el móvil y había pulsado la alerta.
—Violet ha recibido un paquete esta mañana —digo—. Entregado aquí.
—¿Cómo coño ha llegado hasta ella? —espeta Connor, y su expresión pasa de la curiosidad a la furia en un instante—. Alguien va a ser despedido.
—Era un paquete seguro —respondo—. El equipo de seguridad lo escaneó.
—¿Nos has traído aquí para decirnos eso? ¿Que Violet ha recibido un regalo? —Pone los ojos en blanco y luego mira a los hombres que tiene a cada lado—. Venga, chicos, volvamos a nuestras cervezas.
—¿Es que Russell y tú os habéis cambiado las personalidades hoy o qué? No seas tan jodidamente estúpido. Si escucharas en vez de interrumpir, te lo diría. —Suena el teléfono, acepto la llamada y Damon aparece en la pantalla de la pared.
—Feliz Navidad —dice, con una sonrisa clara en la cara. De fondo se oyen los gritos de alegría de una mujer y una niña pequeña—. ¿A qué debo el placer?
—Hoy se ha entregado aquí un paquete para Violet, supuestamente de su madre. No lo era, era de Marley. —Todos se quedan en silencio—. Reclama a nuestro bebé como padre biológico.
—¿Cuál era el regalo? —pregunta Marshall. Los hombres se miran entre sí.
—Una taza.
—¿Una taza? —repite Connor—. ¿Nos has hecho venir por una taza? Venga ya, sé que estáis en los primeros albores del amor, pero, joder, ¿no podía esperar a mañana? —Joder, qué mal humor tiene hoy. Me pregunto qué le habrá molestado.
—Tenía impresa la foto de nuestra ecografía 4D.
Esa foto no se ha compartido por ningún medio electrónico.
Las únicas copias que tenemos son las físicas que nos dieron en el hospital —le explico.
Abro mucho los ojos para enfatizar mi siguiente argumento—.
Así que, o se las ha arreglado para hackear la información médica de Violet, o ha estado lo suficientemente cerca como para conseguir una copia del documento real.
—Mierda —masculla Russell. Se inclina y le acaricia la espalda a Violet con suavidad—.
Estamos contigo, hermanita —dice, y los ojos de ella se clavan en él.
Le sostiene la mirada con recelo. No es que él haya sido precisamente el hermano mayor de fiar desde que ella regresó.
La pone nerviosa, siempre lo ha hecho. Se remueve en mi regazo y se incorpora antes de levantarse y acercarse a su hermano mayor.
Rodea el cuello de Russell con los brazos y la sorpresa cruza el rostro de él ante su muestra de afecto.
—Gracias —dice en voz baja, y él sonríe—. Te quiero, hermano. —Tras soltarlo, se vuelve hacia mí—. Me iré a casa. Tendréis mucho de qué hablar. Probablemente cosas que no querré oír.
—Probablemente no —respondo, intentando dedicarle una sonrisa de ánimo, lo cual es difícil con la furia que me recorre ahora. Si Aiden Marley estuviera en esta sala, no saldría de ella por su propio pie—. Te acompaño.
—No es necesario —dice, apartándome con un gesto—. Solo es al otro lado del pasillo.
—Voy contigo —interviene Russell—. Quédate aquí, Waite. Quiero acompañar a mi hermanita a su nuevo hogar sana y salva. —Asiento, aceptando que quiere hacerlo. Que el gesto es su intento de empezar a enmendar las cosas. Se levanta y le pone una mano en la espalda, y luego la guía fuera de la sala.
—¿Hogar? —pregunta Connor cuando la puerta se cierra tras ellos.
—Sí, hogar —respondo simplemente—. Violet se mudó de forma permanente hace unos días.
Una sonrisa se dibuja en sus labios. —Bien —es todo lo que dice.
—¿Tu gemelo malvado ya ha desaparecido? —le pregunto—. Joder, qué imbécil estabas hecho cuando has llegado.
Se ríe y se encoge de hombros. —Me has interrumpido la mañana de Navidad. Ni siquiera he abierto mis regalos todavía.
Decidiendo que no quiero saber qué hay debajo del árbol de Navidad de Connor, cambio de tema.
—Quiero deshacerme de Marley —afirmo—, permanentemente.
—Mis palabras son claras y directas—. Es una complicación que Violet no necesita.
Después de todo lo que ha hecho, sería mejor que no pisara esta tierra.
—Eso se puede arreglar —dice Hunter, con el rostro partido en una sonrisa—.
Qué manera de empezar el año nuevo, liquidando a un cabrón como ese.
Puede que quiera hacerlo personalmente. Sería muy divertido.
Lo haría lento y doloroso. —Se golpea los labios con el dedo—.
Siempre he querido desollar a alguien vivo. Podría ser el candidato ideal.
—No creo que podamos permitirnos acabar con él todavía —interrumpe Marshall—.
Está muy arriba en la cadena del negocio de la droga, si no en la cima.
Odio decirlo, pero creo que podría ser nuestro eslabón.
Si lo seguimos, encontraremos al jefe, sea quien sea.
Y el hecho de que se haya puesto en contacto con Violet lo hace vulnerable.
Es más probable que nos dé una oportunidad que alguien que está escondido en la sombra.
—Ha llegado información nueva esta mañana —dice Hunter—. Mañana va a haber una entrega en un almacén en el río, en Dartford. Este cargamento va para una banda de Glasgow. Se lo contaron a Joel Parker y me llamó, quería ponernos sobre aviso.
—¿Cómo lo sabría él? —pregunta Damon, frunciendo el ceño—. ¿No creía que Parker traficara con drogas?
—No lo hace. Pero ese hombre tiene más informadores que el puto MI5.
Si es una banda, una mafia o un círculo de tejedoras, alguien le estará pasando información.
Le gustan los agentes dobles. —Hunter se ríe—.
Ha sonado muy a lo James Bond, ¿verdad? —Levanta las manos y forma una pistola falsa antes de fingir que dispara a Marshall, y luego sopla el humo imaginario de la punta—.
Pero Parker siempre viene bien para conseguir información.
Sabe que he querido acabar con esto; se alegró de pasarme el dato. Además, me debía una.
—¿Vas a dar más detalles? ¿Qué te debía? —pregunta Connor—. ¿Monedas de chocolate? ¿Un cuchillo nuevo? ¿Un puto cerebro?
—Lo más valioso que conoce el hombre —dice Hunter con una sonrisita—.
Información. —Junta las manos con evidente emoción—.
Y también mandé a dormir el sueño eterno a un par de traidores que le estaban robando.
—Levanta un dedo y se lo pasa por la garganta—.
Fue algo precioso; se desangraron y fallecieron en paz, rodeados por las cajas de licor con las que habían sido manilargos.
—¿Por qué no me creo que fuera en paz? —mascullo, y él sonríe con malicia. Claramente complacido con el recuerdo que mis palabras provocan.
—Hubo unos minutos de gritos agudos cuando derramé un poco de dicho licor en los cortes que les hice. —Se encoge de hombros—. Pero fue hermoso. Arte.
—Eres un puto enfermo —le digo.
—Pero me quieres —responde, levantándose para luego saltar sobre la mesa de cristal de la sala de juntas y aterrizar a mi lado.
Se inclina y me besa en la mejilla—. No me rechaces ahora que tienes tu propio coño, Harry.
—Se lleva las manos al corazón y agita las pestañas de forma dramática—.
Aunque no te des cuenta, siempre serás el único para mí.
—Que te den, puto psicópata. —Echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada, y luego vuelve a su asiento por donde ha venido, con el cristal vibrando bajo sus pesadas botas. La puerta se abre y Russell entra de nuevo—. ¿Cómo está? —le pregunto.
—Tranquila. Está en el sofá, envuelta en una manta, viendo un programa de citas malísimo.