29. The Level, Canary Wharf
The Level, Canary Wharf
Violet
Samantha y yo volvemos a The Level cargadas de cosas para el bebé.
Hemos ido de compras hasta caer rendidas, literalmente, y nos hemos comido dos porciones de tarta en cafeterías distintas.
Los guardaespaldas nos han seguido, pero manteniendo las distancias.
Ha estado bien poder hacer algo más o menos normal.
Al entrar en el vestíbulo, me pregunta: —¿A qué apartamento llevamos las cosas del bebé?
—Eh… —balbuceo—. No lo sé. Seguramente Harry querrá verlas. Al fin y al cabo, lo ha pagado todo él.
—No me puedo creer que te diera una puta tarjeta de crédito sin límite y te dijera que disfrutaras. —Pone los ojos en blanco—. Necesito uno de esos. Con la cartera llena, una paciencia infinita y, a poder ser, una buena polla que aguante el ritmo.
—Pues entonces sigue buscando —le digo. Me lanza una mirada curiosa, como si fuera a decir algo más, pero no lo hace. Sé que ha estado hablando con mi hermano, Connor, pero ninguno de los dos ha mencionado nada.
—Seguro que aparecerá —dice, encogiéndose de hombros—. A poder ser, antes de que sea demasiado vieja para disfrutarlo.
—Buenas noches, señorita Violet, señorita Samantha —dice Matthew cuando entramos.
Es una presencia constante en este edificio.
Siempre en la puerta, asegurándose de que la gente que vive aquí pueda ocuparse de sus asuntos de forma segura y sin problemas—.
Permitan que les coja eso. —Nos arranca las bolsas de las manos—.
¿No tienen a nadie que las ayude? —Al levantar la vista, nuestros dos guardaespaldas entran, también cargados de bolsas.
Se ríe entre dientes—. Ah, ya veo, preparándose para la nueva llegada. ¿Adónde les gustaría ir?
—Al apartamento del señor Waite, por favor —digo, y él asiente—. ¿Está?
—Creo que sí, señora. Ha vuelto hace una hora, me parece. Sobre las seis.
—Perfecto. Gracias, Matthew. —Lo seguimos todos hasta el ascensor y, una vez que estamos dentro —Samantha, yo, nuestros guardaespaldas y las bolsas—, nos envía hacia arriba, hacia las nubes.
Le doy la espalda a las vistas y cierro los ojos.
La táctica parece funcionar para calmar mis miedos mientras subimos.
Samantha camina contoneándose delante de mí hacia el apartamento de Harry cuando llegamos.
Ahora se siente muy cómoda en este entorno.
Hace poco pudo dejar sus trabajos en la tienda de ropa y en Guilty Pleasures.
Me dijo que había recibido una herencia.
Era suficiente para vivir durante un año mientras retomaba sus estudios y decidía sus siguientes pasos.
Sigue viviendo en el mismo apartamento que compartíamos, pero la vida le sonríe.
Su carrera de enfermería empieza en enero.
Está increíblemente emocionada por seguir adelante con su vida.
Harry está esperando en la puerta cuando doblamos la esquina. Sale al pasillo y me toma en sus brazos, besándome con ferocidad. —Te he echado de menos —susurra. Samantha gime ruidosamente.
—Qué empalagosos sois —dice. La ignoramos. Me importa una mierda. De esto va la vida, de tener a alguien que te desee.
—¿Has comprado todo lo que querías? —pregunta.
Luego levanta la vista y ve a sus hombres que empiezan a traer el gran número de bolsas por la esquina hacia su apartamento—.
Bueno, veo que al menos habéis empezado con buen pie.
—Harrison asiente a su jefe de guardaespaldas, que me han asignado hoy—.
Dejadlas en el salón —ordena, y después me mira—. Quiero ver todo lo que has comprado.
—Eso llevará un rato —le digo.
—Me decepcionaría si no fuera así.
Después de dos horas revisando bolsas y encontrando cosas que había olvidado que habíamos comprado, Samantha se levanta para irse.
Me besa en la mejilla y me abraza fuerte.
—Nos vemos después de Navidad —dice—. Pasad un día increíble juntos.
—Nos mira a Harry y a mí, y luego a él de nuevo—.
Espero que le hayas comprado algo especial.
—Está todo controlado —responde él con un guiño. Se lanzan una mirada cómplice.
—¿Habéis estado conspirando?
—Es todo por tu bien —dice Samantha, abrazándome una vez más antes de marcharse.
Harry y yo la vemos irse, y luego me coge de la mano y me lleva al sofá. Nos sentamos como cada noche, él en la esquina con su brazo rodeándome mientras yo me reclino contra él. Se ha convertido en lo nuestro, en nuestra postura. Cuando lo hacemos, sé que estoy en casa.
—La señora D. va a pasar la Navidad con su familia —me dice. Mis ojos se clavan en los suyos, que me miran expectantes—. Estaba pensando que podría ser un buen momento para que te mudaras aquí de forma definitiva.
—¿En serio?
—Solo si quieres —añade rápidamente—. Sin presión.
—Me encantaría. —No hace falta decir nada más. Él sabe lo que siento. Me acomodo contra su pecho y nos sentamos a ver una serie dramática en la que ninguno de los dos está realmente concentrado. De vez en cuando, me acaricia el brazo o me aprieta un poco más.
—¿Lista para ir a la cama? —pregunta mientras aparecen los créditos finales.
Murmuro que sí, abrumada por el cansancio.
Ambos nos incorporamos, entonces él se levanta y me ayuda a ponerme de pie.
Su mano firme en mi espalda me guía a su dormitorio, que ahora es nuestro dormitorio.
Al cruzar la puerta, el olor familiar de la vela de vainilla llega a mis fosas nasales.
Cada noche que me quedo, la enciende unas horas antes de que nos vayamos a acostar para preparar nuestro espacio.
—Todavía no vas a dormir, Violet —dice con voz sombría. Estamos en medio de la habitación y lo miro de reojo—. Primero tengo que ganarme mis cinco estrellas.
Se acerca a los altos ventanales con vistas a la ciudad y, al girarse, me tiende la mano.
Lo sigo y me coloca delante de él, rodeando mi hinchado vientre con sus brazos y apoyando la barbilla en mi hombro.
—Ahí fuera —susurra suavemente—, el mundo exterior.
Es algo que tenemos que soportar. Durante años, hacerlo ha sido duro.
Pero ahora, Violet, tenerte aquí conmigo lo hará mucho más fácil.
Mi casa siempre ha sido mi santuario, pero contigo en ella, es mi paraíso.
Unos labios cálidos me tocan el cuello, empezando por debajo del lóbulo de la oreja y bajando.
Al llegar a la clavícula, se detiene; el aire que sale de sus labios revolotea sobre mi piel.
Con cada respiración, mi excitación aumenta, mientras sus dedos tamborilean contra mi cuerpo.
—Estás jodidamente sexi —susurra, y aprieta su polla dura contra mi culo.
—Parezco una ballena varada —replico.
—Sí, pero eres mi ballena varada y llevas a nuestro bebé. Eso te hace completamente irresistible.
A la mañana siguiente, me despierto con él abrazado a mí, con la mano extendida sobre mi vientre de siete meses de embarazo.
Ronca suavemente junto a mi hombro. Cuando miro el reloj de la mesilla de noche, marca las ocho y media de la mañana.
Abro los ojos de par en par cuando el teléfono de Harry empieza a vibrar frenéticamente en algún lugar de la habitación.
—Harry —siseo—, te has quedado dormido. ¿A qué hora tenías que estar en el trabajo?
—¿A quién le importa? —murmura—. Quedémonos en la cama. Ya casi es Navidad. Quizá llame para decir que estoy enfermo. —Me río entre dientes, todo mi cuerpo vibrando suavemente.
—¿Cuándo fue la última vez que llamaste para decir que estabas enfermo?
—Nunca he tenido que hacerlo —dice—, pero creo que hoy es necesario.
—Pero no estás enfermo.
—Sí que lo estoy. Tengo un trastorno obsesivo-compulsivo por Violet y necesito quedarme aquí contigo. —Se deshace de mi abrazo, me besa el hombro y se levanta de la cama.
—¿Adónde vas? —le pregunto, girándome hacia el otro lado.
—Solo tardo un minuto. —Está de pie junto a la cama, desnudo, mirando el móvil.
—Esa es una imagen a la que podría acostumbrarme por las mañanas —digo.
Sonríe con suficiencia y vuelve a leer lo que sea que estuviera mirando hace un momento.
Me arrastro hacia él para tumbarme en su lado de la cama, mirándolo desde abajo.
Con una mano, le cojo los huevos y su polla se endurece.
Me mira y me muerdo el labio—. Ahora la vista es aún mejor.
—¿Te apetece algo? —Enarca una ceja—. ¿Lo de anoche siguió siendo una actuación de cuatro estrellas o alcancé las cinco mágicas?
—Las alcanzaste y las superaste —le digo, mientras mi mano libre se mueve entre mis piernas, tocándome donde ahora estoy sensible por sus dedos y su boca—.
Si vas a ausentarte del trabajo, ¿podemos repetir ahora?
La práctica hace al maestro. —Le envuelvo su miembro con los dedos y gruñe, un sonido primario que surge de lo más profundo de su ser.
Es algo que ya me espero y que se dirige directamente a mi libido.
Se sienta a mi lado, con la polla erguida contra su estómago. Con una mano, me recorre la clavícula y luego la baja por mis pechos, retorciendo cada pezón a su paso. Jadeo ante la deliciosa mezcla de placer y dolor.
—¿Cómo está esto de aquí abajo hoy? —pregunta, tocándome el coño—.
¿Sensible? Anoche recibió mucha atención para conseguir esa estrella mágica.
—Me río y, de forma inesperada, desliza un dedo dentro de mí—.
Ya estás mojada para mí —susurra—. ¿Has estado cachonda toda la noche?
¿Follándome mientras dormías? —Nuestros ojos se encuentran, y los suyos arden—.
Voy a hacer que te corras otra vez, Violet, y luego vas a meterme la polla en la boca y te daré de comer.
***
La mañana de Navidad, nos sentamos en la barra de la cocina y nos damos un festín con un plato de beicon y huevos.
La comunicación parece haberse calmado esta semana; es como si todo el mundo se hubiera retirado y nos estuviera permitiendo pasar tiempo juntos.
Hoy, lo único que tenemos planeado es un atracón de comida y holgazanear con nuestros monos navideños.
Sin la señora D. en casa, nos vimos obligados a comprar montañas de comida rápida precocinada.
Aunque las calorías que vamos a consumir son exageradas, saborearé hasta el último bocado grasiento.
—¿Puedo darte ya tus regalos? —dice. Me he despertado muerta de hambre y he insistido en que comiéramos primero. Él ha murmurado algo en señal de protesta, pero ha cedido a los pocos segundos.
—Vale, pero más te vale no haberme malcriado. Yo solo te he comprado una cosita este año. —Se encoge de hombros, se baja del taburete y se aleja por el pasillo hacia los dormitorios. Vuelve a aparecer con una caja enorme envuelta en papel rojo brillante—. Harry, ¿qué has comprado? Es demasiado.
—Cállate, Violet —dice, tomándome por sorpresa—. Ven aquí y abre el puto regalo. Podrías haberme comprado un paquete de condones y sería suficiente. Tenerte aquí es el mejor regalo de Navidad que podría desear. —Pone la caja sobre la mesa de centro.
Me acerco y empiezo a quitar el papel. Debajo hay una sencilla caja de cartón marrón. Cuando la abro, está llena de frascos de mi perfume. Me río a carcajadas.
—¿Cien frascos son suficientes para que sigas oliendo como el lugar en el que quiero enterrarme noche tras noche? —dice y sonríe—. Dijiste que no sabías cuál era. Lo encontré. En realidad, no es un regalo para ti. Es para mí.
—Cabrón egoísta —bromeo.
—Tu regalo está aquí abajo. —Me coge de la mano y me lleva por el pasillo hacia nuestro dormitorio, pero sigue de largo.
La puerta de la habitación de al lado está abierta.
Cuando entramos, está vacía, excepto por una única cuna blanca en el centro—.
Esta será la habitación de nuestro bebé —dice, y se me hincha el corazón.
Me encanta cómo usa la palabra «nuestro» para describir al bebé que llevo en el vientre.
—Gracias —susurro, abrumada por la emoción. Un sollozo de felicidad se me atasca en la garganta.
—En el nuevo año, he concertado una cita con un diseñador para que planifiques las opciones de decoración.
Supuse que, al principio, el pequeño tendría que estar en nuestra habitación.
—Me mira en busca de confirmación, y yo asiento—.
Así que eso te da mucho tiempo para diseñar la habitación exacta que quieres dependiendo del sexo.
—Eres jodidamente perfecto —digo, volviéndome hacia él y rodeándole el cuello con mis brazos—. ¿Qué demonios he hecho para merecerte? —Nos besamos, suavemente al principio, y luego con más intensidad. Me está demostrando que soy suya, y yo me someto a su dominio.
—La verdadera pregunta es, ¿qué hizo un chico como yo para llevarte a su cama?
No te infravalores. Tú, mi amor, eres el mejor partido, y todavía no me puedo creer que seas mía.
—Nuestros besos se vuelven más urgentes, y estoy a punto de sugerir que nos vayamos a nuestro dormitorio cuando suena el timbre del interfono.
—¿Quién coño puede ser? —murmura Harry, molesto.
—Ignóralo —le digo—. Volvamos a lo nuestro. —El timbre vuelve a sonar. Me suelta y sale a grandes zancadas al pasillo. Lo sigo, cabreada porque un timbre nos ha interrumpido.
—¿Qué pasa? —espeta Harry al auricular—.
¿Un regalo para Violet? —repite al interlocutor, claramente confundido—.
¿De quién? —Frunce el ceño—. ¿Y es seguro?
¿Lo habéis escaneado? —Otra pausa—. Vale, subidlo.
—Cuelga el auricular en la pared—. Hay un regalo de tu madre en recepción.
Ha pasado por seguridad y está marcado como seguro.
—¿Mi madre? ¿Cómo ha podido enviarme algo sin que mi padre se entere?
Se encoge de hombros. —Tu madre es una mujer mucho más capaz de lo que crees.
Llaman a la puerta. Harry se acerca, abre y coge la pequeña caja azul de manos del guardia de seguridad.
—Gracias —dice, pasándole un billete de un valor que no logro ver—.
Feliz Navidad. —Lleva el paquete a la encimera de la cocina y lo deja sobre el mármol frío.
Me acerco y paso la mano por el papel, luego cojo la tarjeta de la caja y le doy la vuelta.
Los ojos se me salen de las órbitas y el estómago me da un vuelco.
—Esa no es la letra de mi madre —balbuceo—. Es la de Aiden.
—Gilipollas —murmura Harry, furioso. Me quita la etiqueta de los dedos y le da la vuelta para leer el mensaje.
Feliz Navidad, princesa.
Harry arranca el papel de la caja. Dentro hay una taza con la imagen de nuestra ecografía 4D impresa en el lateral. Pero son las palabras las que me hacen correr al baño para vomitar el desayuno.
Papá está deseando conocerte, bebé Marley.