28. Apartamento de Harrison, The Level #2
—No, gracias. Quiero que sea una sorpresa para los dos.
—Sonríe, con el rostro lleno de absoluta alegría—.
No puedo creer que esto esté pasando, Harry —dice—.
Después de todo, estoy aquí contigo y estamos planeando nuestra pequeña familia juntos.
Haciendo todas las cosas normales que deberíamos estar haciendo.
—Bajo mis labios hasta su sien, cerrando los ojos y aspirando su aroma.
Huele de maravilla, como de costumbre; el perfume que usa es reconocible al instante.
—No cambies nunca de perfume —le digo.
—Es un frasco barato de la farmacia del barrio —responde ella—. Ni siquiera sé cómo se llama.
—Sea lo que sea, eres tú. Cuando el aroma me llega, sé que estás cerca y todo se calma.
—Ella me mira—. Tú me has salvado, Violet, tanto como yo a ti.
Esto es un proceso mutuo. —Nos miramos fijamente por un instante.
El ecografista aclarándose la garganta rompe el momento.
Las mejillas de Violet se sonrojan al verse sorprendida en lo que es un intercambio íntimo. Nuestro foco vuelve a la pantalla.
***
Veinte minutos después, salimos del hospital de la mano.
Violet no para de hablar sobre lo increíble que ha sido la experiencia de ver a nuestro bebé, de cuánto desea conocerlo.
Lleva una foto de la ecografía en la mano y de vez en cuando la levanta para mirarla; una sonrisa radiante aparece en su rostro cada vez.
La segunda foto está guardada de forma segura dentro del bolsillo de mi americana.
Va a ir a mi escritorio, junto a la única foto que me queda de mi madre. Llegamos a mi coche.
—¿No ibas a volver al trabajo? —dice ella.
—Sí, pero te llevaré a reunirte con Samantha. El equipo nos seguirá detrás. No quiero dejarte todavía. —Me aprieta los dedos y le abro la puerta. Mi nuevo Range Rover significa que tiene que subir un escalón para entrar. Se apoya en mi brazo mientras lo hace.
—Echo de menos el deportivo —masculla ella.
—Probablemente habrías podido entrar, pero te habría costado salir en tu estado actual.
—Me da un manotazo en el brazo y yo finjo esquivarla.
Se gira para coger su cinturón de seguridad—.
Ya lo hago yo. —Me inclino sobre ella y lo abrocho en su sitio.
Mientras me retiro, me besa con fuerza, agarrándome la cara entre las manos.
—Gracias —dice—, por quedarte. Por estar aquí.
—No estaría en ningún otro lugar. Dondequiera que me necesites, allí estaré.
—Ya me estoy hartando de estar embarazada —admite—.
Una chica solo puede aguantar un número limitado de días de tobillos hinchados y náuseas matutinas.
Y tengo ganas de volver a ponerme vaqueros.
—Pongo mi mano sobre su estómago y nuestro bebé da una fuerte patada—.
Y tampoco echaré de menos que traten mis entrañas como un balón de fútbol.
—Me gustas embarazada. Te queda bien —le digo—. Espero que esto no sea cosa de una sola vez. Que cuando sea el momento adecuado, tú y yo podamos crear nuestro propio retoño también. Quizá unos cuantos.
—¿Unos cuantos? —me repite, con los ojos muy abiertos—. ¿Cuántos tienes en mente?
—Estaba pensando que podríamos tener cuatro niños. Aunque también me gustaría una hija.
—No se hacen por encargo —me riñe—. Te llega lo que te toque.
—Podría ser muy divertido intentarlo —digo, rozando sus labios con los míos de nuevo—. Hay algo increíblemente sexy en ti, redondeada y llevando un regalo tan especial.
—O sea, que básicamente me quieres o bien con un niño en la barriga o criando a uno en el futuro previsible —dice, sarcástica—. ¿Es este tu fetiche, Mr. Waite? ¿Mujeres embarazadas? —Cuelga la palma en mi mejilla.
—Solo hay una mujer a la que quiero ver gestando a mis hijos, y la estoy mirando ahora mismo.
—Hijos, en plural otra vez —dice, arqueando una ceja—. Recuerda que crecí en una casa con dos hermanos. No es tan idílico como parece.
—Yo no tuve a nadie —respondo con sinceridad—.
No quiero que mi familia se quede nunca como me quedé yo.
Solo. —Ella sostiene mi mirada con la suya.
La honestidad pasa entre nosotros, un entendimiento de que ambos hemos estado rotos a nuestra manera.
Nuestros pasados son caóticos, pero esto es real, y siempre lo ha sido.
—Nuestros hijos no lo estarán, y tú tampoco —murmura contra mis labios—.
Estamos aquí juntos ahora, Harry. Tú y yo, como debía ser.
Te daré un puñetero equipo de fútbol si eso te hace feliz.
Con suerte, seremos bendecidos con algún parto múltiple para ahorrar tiempo.
—Me río y la beso, de forma profunda y significativa.
Mi lengua invade su boca, deseando, necesitando consumir cada parte de ella.
—Si no estuvieras ya cocinando al número uno, sugeriría que empezáramos ya mismo. Qué lugar para tener una conversación sobre planificación familiar; el aparcamiento del hospital resulta bastante apropiado —señalo, y ella se ríe.
—Nada en nosotros es convencional. Pero mientras estemos juntos, no me importa.
***
Samantha nos está esperando tal como dijo que haría.
Al acercarnos a ella, veo que está tonteando descaradamente con los dos miembros de seguridad que le asigné.
Están sentados a una mesa en la cafetería, todos con un latte alto entre las manos.
Los dos hombres están pendientes de cada una de sus palabras.
Samantha se inclina hacia delante, dándoles una vista completa de su escote. Violet se ríe por lo bajo y yo la miro.
—¿Tú también has visto eso? —digo, y ella asiente.
—Samantha sufre de cierta frustración sexual —explica—. Necesita un buen revolcón para sacárselo de encima. Creo que le ha echado el ojo a un hombre de traje con un auricular. Tiene una fantasía recurrente con eso.
—¿Es que no hay límites en las conversaciones de las mujeres?
Ella resopla, sacudiendo la cabeza, luego levanta una mano para apartarse un mechón de pelo de la cara. —No te preocupes, siempre te doy una buena puntuación. Unas sólidas cuatro estrellas cada vez.
Me detengo en seco, girándome hacia ella.
—¿Cuatro estrellas? —Doy un paso adelante y la rodeo por la espalda con mi brazo—.
Has ardido bajo mi tacto cada puta vez —gruño, bajando mi boca hacia la suya—.
Y eso es solo con mis dedos y mi boca. Imagina lo que sentirás cuando te tenga inmovilizada contra el colchón y llena con mi polla.
—Su respiración se entrecorta—. Además, sé que esos orgasmos son reales.
Dejas pruebas suficientes en mis sábanas para demostrarlo.
—Rara vez doy cinco estrellas a algo —responde con una sonrisa burlona—. Siempre hay margen de mejora.
—No me jodas —siseo—, no me tientes. Te bajaré las bragas y haré que te corras aquí mismo, en medio de esta cafetería.
Les daré a los clientes una crónica detallada de cómo te he hecho gritar mi nombre cada noche que te has quedado en mi cama.
—Sus mejillas se colorean—. Me gustó especialmente el sonido que hiciste anoche al correrte en mi lengua.
Fue una experiencia completa. Sabor, tacto, sonido y olor. Estabas jodidamente perfecta.
—Harry —susurra, sin aliento. Sus ojos están redondos, las pupilas dilatadas. Está excitada. Me pongo duro contra su cadera.
—Te prometo esto. —Ella mira hacia arriba, curiosa—. Esta noche me llevo esas dichosas cinco estrellas.