26. Hospital Guy, Ciudad de Londres
Hospital Guy, Ciudad de Londres
Violet
La mano de Harrison en mi espalda es fuerte y firme mientras me conduce al aparcamiento subterráneo.
Cuatro hombres de traje con pinganillos nos rodean mientras caminamos.
Un Range Rover negro y grande nos espera, aparcado lo más cerca posible de la salida del hospital para que yo no tenga que andar mucho, o para limitar nuestra exposición. No sé cuál de las dos.
Cuando llegamos a la puerta trasera, Harry la abre y me ofrece la mano para que me apoye mientras subo.
Mi barriga parece crecer por días. Se me hace raro tener este peso extra en la cintura y, de vez en cuando, pierdo el equilibrio.
El conductor me sonríe amablemente por el retrovisor.
—Buenas tardes, señora —dice asintiendo.
—Hola —respondo mientras Harry sube por el otro lado.
Me coge la mano, pero se la retiro de un tirón.
Me mira, pero no dice nada. Sigo sin hablarle por haber puesto otra traba más a lo nuestro.
Una parte de mí se pregunta si es que de verdad quiere estar conmigo.
Su discursito de que me tomara un tiempo para pensar fue mono, pero jodidamente irritante.
Lo único que quiero es volver a su apartamento y acurrucarme con él en el sofá, viendo televisión malísima para olvidar toda esta mierda que ha pasado.
Quiero fingir que, después de acostarnos hace meses, nos despertamos a la mañana siguiente y decidimos que esto era lo nuestro.
Que íbamos a estar juntos. Pero no, como un disco rayado, él se retrajo y yo hui.
—La señora D. te tiene preparada la habitación —dice, sacándome de mis pensamientos—. Ha preguntado si quieres cenar con ella esta noche o conmigo en mi apartamento.
—Comeré donde vivo —respondo bruscamente, y luego me cubro el vientre con las palmas de las manos de forma protectora—. Donde vivimos.
—Violet, esto es solo un acuerdo a corto plazo. Por favor, tómalo como lo que es.
Me vuelvo para mirarlo. Me suplica en silencio.
—¿Y cuánto dura «a corto plazo»? ¿Hay algún documento que deba leer para entender los parámetros de la decisión que tengo que tomar?
Si decido estar contigo, ¿hay un periodo de reflexión?
—Su rostro se crispa, molesto—. ¿Tengo que pasar un número determinado de días en mi apartamento de espera hasta que decidas que ya puedo subir?
—Lo sabremos cuando sea el momento adecuado. —Intenta cogerme la mano que tengo en el vientre, pero lo aparto—. Te quiero, Violet.
—Pues tienes una jodida forma muy rara de demostrarlo.
—Desde nuestra conversación en el hospital, no he hecho más que darle vueltas a la cabeza.
Eso solo ha conseguido que me enfade más.
A estas alturas, estoy a punto de estallar de furia con él.
Es como tener una zanahoria colgando delante de un burro — esto es lo que podrías tener — solo para que te la quiten de un tirón. Pues yo quiero la maldita zanahoria.
El resto del trayecto transcurre en silencio hasta que su teléfono suena y se enfrasca en un debate lleno de jerga legal que no entiendo.
Me quedo sentada mirando los edificios pasar por la ventanilla.
La gente abarrota las aceras, corriendo para llegar a donde sea que vaya.
El edificio familiar aparece a la vista y nuestro coche rodea la parte de atrás antes de detenerse en lo que parece una entrada industrial.
Nos quedamos todos sentados hasta que Harry termina la llamada.
Sin decir palabra, abre su puerta y sale antes de venir a abrir la mía.
Cojo la mano que me ofrece. Me lleva hasta una pesada puerta de acero y, detrás de ella, está el almacén con el ascensor que nos lleva directamente a la sala de juntas de The Level.
La señora D. me está esperando junto con Samantha.
En cuanto salgo a la sala, las dos corren a abrazarme.
Harrison se queda detrás de nosotras, sin hablar.
Merodea, pero no interrumpe mientras las mujeres me abrazan y lloran.
Cuando me sueltan, la señora D. me coge la cara entre las manos y me mira directamente a los ojos.
—Me alegro muchísimo de que haya vuelto con nosotros. Voy a tenerla entre algodones hasta que nazca este angelito. —Sus ojos se desvían hacia mi vientre y luego se dirigen al hombre que está detrás de mí—. ¿Necesita algo, señor Waite? ¿O puedo llevarme a Violet a mi apartamento para que se instale?
—Céntrese en Violet —dice él—. Pero, por favor, ¿podrían darnos un momento? Ahora le bajo yo a Violet.
—Por supuesto —responden Samantha y la señora D. a la vez, y se marchan.
Me acerco a la ventana y contemplo la ciudad.
Él se coloca detrás de mí, pone las manos a ambos lados de mi cintura y apoya la barbilla en mi hombro.
Me aprieta contra él y siento cómo se endurece contra mi espalda.
—Sí que te deseo —susurra suavemente, y luego me da un beso en el cuello—.
Más que nada que haya deseado en mi vida.
—Puedes tenerme —le respondo, esperando que la sinceridad de mi voz sea evidente.
—Cuando era un niño y vivía en el burdel con mi madre…
—Me quedo quieta, sin saber adónde va a parar esta conversación.
Nunca me ha hablado abiertamente de su infancia ni de su pasado.
Todo lo que sé es a través de mis hermanos.
Los tres solían estar muy unidos, pero por lo poco que les vi juntos, sé que ahora no es así—.
Nunca sabía de dónde iba a salir mi próxima comida.
No había ninguna garantía de que fuéramos a comer. Los niños eran un producto del trabajo.
—Harry, yo…
—Déjame hablar —me regaña, pero sus dedos se flexionan en mis caderas para tranquilizarme—.
Yo era un objeto insignificante que fue desechado en cuanto mi madre murió.
Durante todo el tiempo que estuve allí, me trataron como tal.
Los días que no nos daban de comer, el hambre era insaciable.
Era una obsesión. Más de una vez me castigaron por robar en la cocina.
—Se ríe—. Esa necesidad y esa determinación me ayudaron a convertirme en lo que soy hoy.
—Para mí siempre fuiste especial —le digo—. Fascinante, incluso. —Su agarre se vuelve más posesivo. Cedo, permitiendo que me apriete más contra él.
—Esa hambre ha vuelto, Violet. Y es a ti a quien ansío.
—Desliza una mano desde mi clavícula por mi cuerpo y la vuelve a posar en mi cintura—.
No te tomes mi reticencia a que te mudes como algo negativo.
No te convenzas de que de alguna manera no te quiero.
Es solo que estoy siendo sensato. Estoy dándonos la mejor oportunidad posible.
Sus labios rozan un lado de mi cuello mientras sus brazos rodean mi vientre cada vez más grande.
Mi cuerpo se relaja en su abrazo y mi corazón se ralentiza a medida que me calmo.
Siempre supo cómo hacerme sentir segura, tanto cuando era una chica de dieciséis años a la que su hermano atormentaba como cuando era una joven teniendo su primer encuentro sexual.
Ahora, con treinta y pocos años, embarazada y en una encrucijada, lo ha vuelto a conseguir.
Me tiene, entera. Me giro en sus brazos y lo miro. Me recompensa con una sonrisa preciosa.
—Hemos estado separados catorce años y nunca hemos estado juntos de verdad. Estás emprendiendo uno de los viajes más importantes de tu vida al convertirte en madre. La vida te ha cambiado de forma irreconocible en cuestión de meses. —Deja de hablar y sus ojos buscan los míos.
—¿Qué pasa?
Me lanza una mirada que me dice que no está seguro de si decir lo que piensa.
—No puedo ser tu segundo plato. —La afirmación queda suspendida entre nosotros—.
No soy estúpido. Sé que querías a Aiden.
Me hierve la sangre lo que te hizo. Sé que llorarás por lo que teníais, fuera real o no.
Era él con quien veías tu futuro. Es él quien engendró a tu hijo. Este hijo.
Sin saber cómo responder, apoyo la cabeza en su pecho y aprieto mi abrazo alrededor de su cintura.
—Cuando me enteré de que después de dejar los estudios te habías ido de Glasgow a Chicago y luego descubrí por qué, me puse furioso.
En mi mente, tú y yo siempre acabaríamos volviendo a estar juntos, aunque admito que nunca me esforcé para que así fuera.
Éramos muy jóvenes, siempre pensé que había tiempo, y que quizás cuando fuéramos mayores sería posible.
Luego me enteré de que te habías enamorado de otro.
Saberlo me destrozó. Me destrocé a mí mismo.
Apoya la barbilla en mi coronilla mientras escucho.
—El amor se convirtió en algo que no quería ni necesitaba.
Depender de otra persona estaba fuera de toda cuestión.
Me volqué en el trabajo y en la vida de soltero con tus hermanos, mientras intentaba superar mis propias expectativas ridículas.
Nunca ha habido nadie que me hiciera sentir como tú con una sola mirada.
A lo largo de los años, nunca he tenido una relación como la tuya. Nunca he estado con alguien con quien realmente viera un futuro. Ahora, sí. Por eso estoy siendo cauto con nosotros, porque «nosotros» es muy valioso. Tengo pánico de que lo rompamos.
—Nos queremos, Harry. Comprometerse con alguien o con algo siempre es un riesgo —digo en voz baja contra su pecho—.
Sé que eres el mío desde que era adolescente.
Incluso cuando estaba en Chicago, planeando un futuro con Aiden, pensaba en ti y me preguntaba si habrías encontrado lo que buscabas y por qué yo no había sido suficiente para ti.
Sus manos suben hasta mis hombros. Me empuja ligeramente hacia atrás y mis ojos se alzan hacia él.