26. Hospital Guy, Ciudad de Londres #2
—Nunca has dejado de ser suficiente para mí.
—Se arrodilla frente a mí, tomándome por sorpresa—.
Si alguna vez te he hecho sentir así, por favor, perdóname.
Nunca fue mi intención. Huí porque tenía miedo y tú eras absorbente.
Me asustaba. Y ahora también tenemos que pensar en este pequeñín —dice.
Todavía de rodillas, me coge las manos y me besa la barriga—.
Puede que no sea el padre biológico de tu hijo, pero si me eliges, te prometo que seré el mejor padre que pueda ser para él.
—Ya te he elegido —le digo—. Ningún tiempo separados cambiará eso.
Entiendo tus preocupaciones y por qué quieres que hagamos las cosas así.
—Tiro de sus manos, animándolo a que se levante—.
Pero que sepas esto: tú no eres un segundo plato.
Aiden fue mi segundo plato. Apareció en mi vida cuando yo estaba curándome un corazón roto por nuestra culpa.
Siempre has sido tú el que yo quería. En el fondo, lo he sabido todo el tiempo.
Mi estupidez me arrinconó y me mantuvo en Chicago.
Mi orgullo también. Negarme a ver lo que era evidente.
Alzo la mano y le paso los dedos por la nuca. Cierra los ojos.
—Bésame —susurro—. Sé el último y único hombre al que bese a partir de hoy, porque te lo digo ahora, para mí se acabó. Eres todo lo que necesitaré. Solo existirás tú.
Me coge de la mano y me guía hasta la larga mesa de cristal; luego me gira para que quede frente a él.
Pone las manos en mi trasero y me levanta suavemente sobre la fría superficie.
Enrosco las piernas alrededor de su cintura mientras él se coloca entre ellas, mi vientre hinchado presionado contra sus abdominales tonificados.
Me besa, con ternura al principio, explorando mi boca suavemente.
Con mis brazos alrededor de su cuello y los suyos rodeándome, disfruto de la sensación de estar envuelta por él.
Envuelta en él. Noto las lágrimas en mis mejillas antes de darme cuenta de que han aparecido.
—No llores —dice en voz baja contra mis labios—. Te tengo. —Después de unos cuantos besos más, me baja de la mesa—. Será mejor que te lleve con la señora D. o enviará un equipo de búsqueda. —Suelto una risita y él sonríe antes de volver a cogerme de la mano para llevarme a mi nuevo hogar temporal.
Un corto viaje en ascensor nos lleva a la planta veinticinco.
Hay guardias de seguridad apostados en el vestíbulo.
Harry asiente al hombre y me lleva al apartamento.
Llama firmemente a la puerta y esta se abre de inmediato.
—Creía que os habíais perdido —dice Samantha, mirándonos a ambos—.
¿Os estabais poniendo al día? —suelta una risita y menea las cejas.
—No es asunto tuyo —murmura Harry.
—No pasa nada —responde ella con una sonrisa descarada—. Violet me lo contará todo con pelos y señales más tarde. No hay nada sagrado entre nosotras.
—Pues te llevarás una gran decepción —le dice él—. Y sí, ya he aprendido que la discreción no es tu punto fuerte. —Ella le saca la lengua y él abre los ojos como platos—. Eres una pesada —le dice—. ¿Por qué demonios sigues aquí?
—Soy la escudera de Violet —responde sin dudar—. Y sin mí, habrías ido un paso por detrás. Estoy aquí para quedarme, así que vete acostumbrando. Siempre le guardo las espaldas a mi chica.
Antes de que pueda responder, la señora D.
aparece frente a nosotros con su delantal característico y una bandeja de delicias, esta vez galletas con pepitas de chocolate recién hechas.
Nos las reparte mientras estamos de pie en el pasillo.
—Su habitación está por aquí —dice. Harry me sujeta la mano con firmeza mientras caminamos.
Abre la puerta cuando llegamos y me hace entrar.
Es un dormitorio de matrimonio sencillo, todo de lino y visillos blancos. Sobrio. Sencillo. Limpio.
—Es precioso —digo—, y gracias por acogerme.
—Será bienvenida todo el tiempo que quiera o necesite estar aquí. —Sus ojos perspicaces se mueven entre Harry y yo—. Los dejaré para que se instalen. La cena será a las seis. Los hombres ya han dejado aquí su maleta. Está junto a la ventana.
Se va, y Harry se acerca, coge mi maleta y la pone en la cama.
La abro y empiezo a guardar mis escasas pertenencias.
Unos cuantos vestidos de verano, un par de vaqueros, dos camisetas de tirantes finos y mi sudadera con capucha.
No es mucho, solo lo que Connor, al parecer, consiguió a través de mi madre, pero algo es algo.
—Quería preguntarte —digo, y Harry me mira—. La enfermera de la clínica de maternidad. ¿De qué la conocías?
—No la conocía, pero tuvimos suerte. Su hermano es un cliente reciente al que conseguí absolver. Aiden también le debe una gran cantidad de dinero. El mundo es un pañuelo, así que estuvo encantado de ayudar cuando hablé con él.
—Parece que todo y todos están interconectados —reflexiono—. Hay tantas piezas del puzle que encajan, pero a la vez no.
—Más de lo que imaginas, pero no quiero que te preocupes por eso.
Estás aquí y a salvo en este apartamento.
Prométeme que descansarás. Prométeme que te pondrás a ti y a esta personita de aquí primero.
—Me vuelve a tocar el vientre; parece ser un tema recurrente.
El bebé da una patada y él retira la mano.
Me río y él sonríe nervioso, luego vuelve a poner la mano donde estaba. Pongo la mía sobre la suya.
Nos quedamos así, juntos, mientras mi bebé se mueve dentro de mí.
Los dos lo sentimos. Sé que sí. La nueva vida dentro de mí y la nueva vida que empieza entre nosotros.
Nosotros tres. La esperanza en el futuro florece tímidamente.
Hoy parece que por fin estamos siguiendo el mapa correcto hacia donde tenemos que estar.