Harrison (The Level 1) 25. La sala de juntas de The Level
65%

25. La sala de juntas de The Level

La sala de juntas de The Level

Harrison

Marshall, Damon y Hunter están sentados alrededor de la mesa de la sala de juntas de The Level. Cada uno sostiene una botella de cerveza. Cuando entro en la sala, las levantan en mi dirección. —Enhorabuena —gritan al unísono—. Misión cumplida. Me río y niego con la cabeza.

—Aunque con algunos contratiempos —añade Damon.

—Pero la sacamos y está viva —dice Hunter, dándole otro trago a su bebida.

—¿Cómo está? —pregunta Marshall.

—Afectada, pero bien. No está contenta por tener que mudarse al piso de abajo.

—Me quito la chaqueta del traje y la coloco sobre el respaldo de una silla antes de coger una cerveza de la nevera.

Le quito la chapa, me la bebo de un trago y cojo otra antes de sentarme frente a ellos.

Joder, qué cansado estoy. Ha sido un fin de semana estresante y hoy en la oficina no ha ido mejor.

Nuestra noche de chicos del miércoles se ha pasado al lunes, ya que a Violet le dan el alta mañana.

Tengo pensado pasar el día con ella, asegurándome de que se instale bien en el apartamento de la señora D.

Esta noche, volvemos al trabajo que nos ocupa: drogas adulteradas y cómo cojones está metido Aiden Marley en todo esto.

Con todo lo que ha estado pasando, he perdido de vista la situación actual. Espero que el equipo me ponga al día.

—No me sorprende que esté molesta, y supongo que también confusa —dice Damon.

Lo miro. Está sentado en el sillón de cuero, recostado y observándome.

Con el cielo de Londres oscureciendo a su espalda, el atardecer crea un resplandor anaranjado a su alrededor, como un aura.

Los tres primeros botones de su camisa están desabrochados y la corbata le cuelga floja del cuello—.

Le estás mandando señales contradictorias.

—¿Señales contradictorias? ¿Rescatarla de un matrimonio concertado no es señal suficiente de que me importa? —Se ríe a carcajadas—. Intento hacer lo correcto no forzando las cosas entre nosotros.

—Waite, ¿no crees que la situación ya es bastante compleja sin añadirle más sorpresas?

Le dices que la quieres, intentas rescatarla y fracasas, y luego consigues sacarla en el segundo intento.

—Se vuelve hacia Hunter, que asiente a su resumen.

Marshall escucha con una expresión neutra, sin revelar lo que piensa—.

Hay un accidente, acaba en el hospital. Luego se despierta y te encuentra durmiendo junto a su cama.

Supongo que en ese momento tú eras el potencial amante solícito.

—Enarca una ceja—. Y, en medio de todas esas feromonas arremolinándose por la habitación y los sentimientos…

—Hunter se lleva los dedos a la garganta y finge una arcada.

Todos los hombres resoplan de risa—. Le dices…

sí, Violet, te quiero, pero no puedes mudarte conmigo.

—¿Me estáis vigilando con una puta cámara? —mascullo, molesto por su evaluación, que es acertada.

—Violet se lo dijo a Samantha, que se lo dijo a Connor, que me lo dijo a mí —dice—. Y sí, está cabreada contigo.

—¿Samantha habla con Connor? ¿Desde cuándo? —digo, perplejo por la conexión y ligeramente perturbado por que mi vida amorosa sea discutida libremente por los de nuestro grupo y los de la periferia.

—Desde su pequeña jugada de poder aquí arriba —informa Damon—. Está bastante colado por ella. Aunque no creo que haya pasado nada. Quizá quiere que le dé algunos consejos sobre cómo controlar a Russ.

—Nadie puede controlar a ese maníaco —interviene Hunter, y todos nos quedamos boquiabiertos.

—¿Has oído alguna vez la frase «le dijo la sartén al cazo»? —le pregunto. Se encoge de hombros y vuelve a pelar un plátano con su navaja. ¿Qué le pasa con las navajas? En realidad, con él, las navajas y la fruta. Me pregunto cómo coño he acabado aquí, trabajando con él.

—¿Nos honrarán los hermanos Chase con su presencia?

—dice Marshall, desviando el tema de conversación—.

Tenemos mucho que discutir. Algunos queremos quitarnos de en medio el negocio para poder beber cerveza y tajarnos.

Todavía tengo los nervios destrozados desde el pasado viernes, y luego mi fin de semana estuvo lleno de idiotas.

—¿Qué te pasó? —inquiero.

—Hombres con aires de grandeza a los que pago una pequeña fortuna para cerrar tratos y que no hacen aquello para lo que se les paga.

Me ha costado cuatro millones por una firma que faltaba y no completar a tiempo.

Como siempre, se echan la culpa unos a otros en lugar de solucionar el puto problema.

—Sopla con fuerza—. A la mierda la cerveza, pasa el whisky.

El decantador del líquido ambarino está en el centro de la mesa, rodeado de seis vasos listos para nosotros. La señora D. es un ángel; todo está preparado como siempre. Pronto entrará con una montaña de comida para que piquemos algo mientras discutimos las tácticas.

—Entonces, ¿vienen Russell y Connor o no? —insiste Marshall, con una irritación obvia por la espera y en completo contraste con su habitual calma.

—Ya vienen —le digo—. Los dejé discutiendo en el despacho de Russell.

—¿Sobre qué? —pregunta Damon.

—Sobre su padre y qué decirle. Él sabe que estuvieron implicados en la salida de Violet de la clínica de maternidad. Sus teléfonos no paran de sonar, exige hablar con ellos. Quiere una compensación.

—¿Se ha puesto en contacto contigo? —Niego con la cabeza—. ¿Esperas que lo haga?

—No, dudo que me llame. Probablemente intentará manipular mi situación de alguna manera o ponerme las cosas difíciles en el bufete. Lo que Violet decida dictará lo que ocurra a continuación.

—¿Qué quieres decir? —La frente de Damon se arruga, pensativo.

—Le dije a Russell que si Violet decidía que no quería estar conmigo, le daría a él y a Connor mis acciones de la empresa y me marcharía.

Nuestra relación ha ido empeorando gradualmente desde que mi carrera superó a la suya.

El trabajo diario es duro y ya no congeniamos, pero necesitaba su ayuda para liberarla.

Así que jugué la única carta que tenía. El bufete.

—Damon se queda con la boca abierta—. Por eso le he dicho que se quede con la señora D.

Necesito estar seguro de que si me elige a mí, me elija porque es lo que ella quiere.

—No puedes hacer eso —gruñe Damon—. Y no se puede esperar que lo hagas.

Ese negocio es tanto tu éxito como el de la familia Chase.

—Se cruza de brazos—. Así que lo que dices es que te lo has jugado todo a la decisión de una mujer.

Una mujer que ha pasado por más mierda en los últimos meses que la mayoría de la gente en toda su vida.

Y… —hace una pausa, centrándose en mí con ojos astutos— está embarazada de seis meses con las hormonas jodidamente descontroladas.

—Que esté embarazada no afectará a su decisión.

—Las embarazadas están como una puta cabra. Su opinión cambia de un día para otro, de un minuto para otro. Créeme, viví con una. No se puede confiar en que ninguna de ellas esté lúcida. Te la estás jugando a lo grande.

—Bueno, tengo que esperar que cuando dice que me quiere, lo diga de verdad —le digo.

Mis tres amigos se quedan boquiabiertos al unísono, obviamente atónitos.

El bufete ha sido mi vida desde que era joven.

Convertirme en abogado es lo que define mi éxito.

Miles de horas de trabajo para levantarlo, y lo he arriesgado todo por amor, lo único que dije que no era necesario en mi vida, la experiencia que estaba convencido de que no necesitaba.

Esa creencia se fue por la ventana en el momento en que Violet Chase volvió a cruzar esa puerta en junio.

Cuando salí de ese ascensor y la vi en el vestíbulo, todos los viejos sentimientos volvieron de golpe. Los que fingí no tener nunca.

Durante años, llené mi vida de trabajo y mujeres, persiguiendo la emoción de ganar más, de ganar siempre, y de tener a una mujer guapa en mi habitación libre.

Me encantaba cómo se colgaban de cada una de mis palabras, la forma en que sus ojos bailaban cuando sacaba la tarjeta de crédito de oro.

Ahora, al aceptar lo que siento por Violet, lo que siempre he sentido, todo parece tan insignificante.

Egoísta y sin sentido. Si la hubiera contactado después de nuestra primera vez juntos, tal vez ambos nos habríamos ahorrado muchos disgustos.

Pero, por otro lado, quizá lo habríamos arruinado de todos modos.

Esta es nuestra oportunidad de ser felices; no volveré a huir. Ojalá ella tampoco lo haga.

Unas voces airadas desvían mi atención de mis pensamientos.

La puerta se abre de golpe; Russell y Connor entran, uno al lado del otro.

Connor se sienta a mi lado, luego se inclina hacia delante y sirve dos generosas medidas de whisky.

Le pasa la más grande a su hermano. —Siéntate de una puta vez y bébete eso —le espeta—. Eres un capullo integral.

—Se merecía que lo despidieran —replica Russell. Miro de uno a otro, confundido. ¿A quién coño ha despedido ahora? Espero que no sea otro caso de despido improcedente del que tengamos que ocuparnos; el último ya fue bastante malo.

—Se comió tu sándwich —dice Connor, lenta y deliberadamente—. Estaba en la nevera del personal y no tenía tu puñetero nombre. ¿Qué esperas que pase? ¿Y por qué cojones traes el almuerzo al trabajo como un becario?

—Era mi favorito. La señora D. me lo preparó con las albóndigas que sobraron —responde como un colegial adolescente.

Russell se lleva el vaso a los labios y bebe con avidez, luego lo vuelve a llenar antes de sentarse.

Se coloca en la cabecera de la mesa, listo para mandar como siempre—.

Fue un robo. —Connor pone los ojos en blanco.

—¿A quién has despedido? —pregunto.

—A Kevin, del departamento de administración —responde Connor—. Por robo de sándwich. Esa es la puta razón que ese idiota escribió en el correo. No sé cómo coño llegó a ser abogado.